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5 min
Otto
Amor |
07.11.17
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Sinopsis

Convivencia de solitarios

Otto

 

 

El 21 de septiembre de 1978,  mi gato Otto se fue de la casa. Su madre, la gata Mimí, lo había parido tres años atrás.  Era totalmente blanco y de pelo largo. Ese fue el motivo de su nombre germano.  Cuando comprobé su ausencia quedé destrozada. Una tremenda sensación de vacío me recorría el cuerpo. Sentía como si  una energía movilizadora  me hubiera abandonado y arrastraba pesadamente mis pies por la casa.

 Más tarde  comprendí  que –periódicamente-  Otto se iba y después de unos cuantos días ausente, regresaba. Nunca se fue del todo de la casa porque era su casa. Él no era mi gato sino el gato que vivía en la misma casa en la que yo vivía.

En 1980 me fui a Perú y regresé casi al finalizar el año. Quince días después de haberme reinstalado en la casa, Otto reapareció. ¿Dónde estuvo durante todo ese tiempo?... ¿Quién lo alimentó?...  ¿Dónde se cobijó?...  Misterio.

 

Volviendo a ese día de primavera del  78, recuerdo que a la tarde decidí ir a la reunión semanal de los “Amigos de la Literatura”.   Cuando leí el anuncio en el diario, me reí un poco. Pero la curiosidad  y la soledad me impulsaron a ir.  Lo hice y además, seguí yendo dos o tres semanas más y luego, no sé si fue porque me cansé o porque no logré integrarme,  dejé de ir. Cuando reaparecí, alguien me dijo:

            -Aquí siempre se vuelve, es como una isla a la que  se puede abandonar por un tiempo, internándose en el mar. Pero luego es necesario volver, es como la vida.

            Yo asentí sin entender la comparación. Me preguntaba: ¿acaso de la vida nos vamos y luego volvemos?

 

            En el momento que  salía para la reunión, Otto me siguió hasta la mitad de la escalera. Le toqué la cabeza suavemente  y,  por decir algo así como un adiós, le pregunté:

            -¿Así que hoy te vas a nochear?  Otto ni se dignó mirarme y siguió con la mirada fija quién sabe en qué. Recordé a  Baudelaire y su poema Los gatos:

 

                                               Al meditar adoptan las nobles actitudes

                                               de las esfinges, que en solitarias latitudes,

                                               en ensueños sin fin se adormecen tranquilas;

 

 Lo dejé  sentado tranquilamente como si fuera el dueño absoluto del tiempo y el espacio y yo,  una amante ferviente  que marchaba hacia la sabia austeridad  sin serlo aún porque todavía me encontraba en la edad del gato...

 

            Cuando regresé, pasada la medianoche,  lo hice acompañada para ahuyentar un poco la soledad. Lo cierto es que  me estaba pesando y quería oír otra voz y sentir otro cuerpo a mi lado. Noté la ausencia de Otto porque no estaba esperándome -como era habitual-  para que le abriera la puerta pero no le dí importancia. Estaba preocupada en guiar a mi acompañante en la oscuridad; no quería que,  por desconocer las irregularidades del camino,  terminara largo a largo y de narices. Porque eso también hubiera terminado con el romanticismo del que venía impregnado “ mi amigo de la literatura”.

Sólo al día siguiente, cuando recobré la conciencia y la soledad,  comencé a angustiarme.  Salí a  tirar la yerba del mate y lo llamé.  Lo llamé primero suavemente como si,  al estar durmiendo cerca de la casa, no fuera necesario levantar mucho la voz. El siempre escuchaba y venía  por su comida.  Pero al comprobar que no aparecía, lo llamé cada vez más fuerte hasta que oí un lejano y lastimero maullido. Maullé y me contestó, lo hice otra vez para sacarme las dudas, y, otra vez oí su lejano maullido.   Entablamos un maullólogo (diálogo de maullidos) y eso me permitió orientarme hacía el lugar en que estaba. Después de haber dado unas cuantas vueltas alrededor de dos casas vacías sin poder ubicarlo, lo encontré. Estaba en el fondo de una piscina sin agua y,  no sé por qué no podía salir  por sus propios medios. Bajé como pude y lo alcé entre mis brazos.  Lo acariciaba y lo peleaba al mismo tiempo mientras -con el corazón feliz-  me lo traía para la casa.

            ¡Que extraña relación mantenemos con los gatos! Creemos que son nuestros y ellos deben pensar lo mismo de nosotros. Jean Grenier decía que los hombres de acción no quieren a los gatos, pues no tienen tiempo.. Más bien son los misántropos y los egoístas quienes los aman.  Borges amó a Beppo, Grenier a Mouloud, Marcos amó a Faustina, yo amé a Mimí y  luego,  a su hijo Otto. 

Ahora, después de  haberme prometido a mí misma  no volver a tener un gato en mi casa,  apareció Chunchuna  y parió sus gatitos. Ella murió y me quedé con Pelusa. Debo decir que es el gato más conocido que he tenido. Su majestuosa presencia, apresada en múltiples fotos,  pasea por Internet en sitios y Foros. Adorna la pantalla de mi PC y llena la casa y las alfombras con los pelos que se saca. En la primavera se sienta a mi lado en la mitad de la escalera.  Unos escalones más abajo, se instala Lobo -mi perro-,   y los tres, en pacífica compañía,  nos deleitamos escuchando el silencio del parque al atardecer.

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