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8 min
Pájaros Ácidos
Terror |
14.02.16
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Sinopsis

Una extraña epidemia de Pájaros Ácidos ataca la ciudad. De las muchas historias, un pequeño relato de alguien aislado. Sin nombre. Como siempre. Comentar y valorar. No hay nada de especial....siempre igual de mal.

         

                Desde la ventana del salón no se apreciaba ningún peligro. Pero la amenaza no se deja ver; se oculta, y cuando te tiene acorralado, se cierne sobre ti.

 La tarde era gris. Unas horas antes, el sol se había dejado ver entre algunos huecos de nubes. Y sin previo aviso, se había vuelto a ocultar tras aquel manto de nubarrones. Un señor con sombrero corría por la acera de enfrente. Llevaba sus manos puestas en la cabeza, protegiéndose de algo venidero del cielo. Giró la esquina que daba a otra calle. El hombre cayó de espaldas al encontrarse con un joven, que, al igual que él, corría desesperado. Ambos se incorporaron lo más rápido que pudieron. El joven lo hizo algo mas habilidoso, pero los dos consiguieron reponerse y retomar el camino a cualquier parte. El señor dejó extraviadas unas gafas, que dejaron de ser útiles al ser pisadas por el muchacho.  Desaparecieron de mi vista, cuando al poco tiempo, unos gritos me hicieron estremecerme. 

                Paseé la mirada por la avenida y volví al interior de mi hogar. Las cortinas volvieron a su posición al retirarme de la ventana. Busqué en el mando a distancia el volumen de la tele. Listé uno a uno todos los canales que aún seguían con emisión.

La última vez que había escuchado alguna noticia relacionada con lo ocurrido, fue hace cinco días. Desde entonces, únicamente puede verse el logo del canal, con un: Debido a los acontecimientos, la emisora dejará de emitir hasta nuevo aviso. Estén atentos a cualquier cambio. No salgan de casa.

                No saber cómo lo estaban afrontando otras personas, si lo ocurrido había llegado a otros lugares o si todo se había solucionado, y como siempre, yo era el último en enterarme; me estresaba. A razón de esto, decidí buscar la información sin intermediarios. Cerca de casa había una comisaria, seguro que allí me podrían ayudar a sosegar mis temores. 

                No apagué la televisión. Me gustaba tenerla encendida, me daba algo de compañía; y si cuando volviera, habían dado alguna noticia, me enteraría inmediatamente. Dejé en su lugar el mando. Me dirigía a la cocina, abrí el grifo y dejé correr el agua. Aún seguía manando de aquel color negruzco, con briznas blancas y un hedor horripilante. Por si acaso, esperé un par de minutos más, por si la tubería estaba sucia y antes debería expurgarse. Nada. Aquel manantial de mierda no paraba de brotar. No me quedó más remedio que cerrar el flujo.

Bebí agua de la botella. Ya solo me quedaban tres, cuatro con esa. A uno le da más sed cuando sabe que hay menos agua para aplacarla. La tenia racionada a tres vasos por día. Sé que os puede parecer una locura, pero sabía cuándo empezó el problema, no cuando terminaría.  El agua me corrió por la barbilla, maldije mi estúpida boca. Hay veces que al beber parece que la boca la tenemos dormida y se nos va entre los labios. Apreté los labios con fuerza y me cagué en dios.

                Me observé en el espejo del pasillo. El pelo comenzaba a tener un aspecto pegajoso. Un mechón se agarró a mi frente por el sebo que desprendía. Tantos días sin pasar por debajo de la ducha, comenzaba a darme asco ser yo mismo. 

Hacia frio fuera. Cogí la chupa de piel sintética, yo no uso material animal, el animal no es menos que nosotros. Nosotros somos menos sin el animal. Parece ser que no somos capaces de vivir sin ellos. De ahí que mi cazadora fuera de piel sintética. Recogí las llaves de la cerradura y salí al pasillo de la comunidad. Cerré la puerta con dos vueltas de cerrojo, y me las llevé al bolsillo con cremallera. El ulular del viento retumbaba desde la parte alta del piso. El bloque parecía estar deshabitado, no pude resistir la tentación de gritar un <Hola>, más que nada por el efecto del eco chocando contra las paredes vacías. 

                Bajé a la planta baja, donde se repetía la misma imagen que en mi planta. La puerta de entrada temblaba con cada soplido de viento. A través de los cristales enrejados vi cruzar una caja de cartón, que se encajó en el pequeño espacio que hace el bordillo. 

Entreabrí la cancela. La caja intentó entrar dentro junto a una ráfaga de viento, pero se vio obstaculizado por la puerta. Entonces había comenzado a llover. Una pequeña llovizna, apenas gotas apreciables, pero que mojaban todo el asfalto y la acera. La ventisca la embrutecían, tanto que tuve que dudar de si salir o no. Lo dudé dentro, a resguardo de aquella maldita lluvia.

                A lo lejos comenzó a gritar alguien. Cada vez se oía más y más cerca. Provenía de la calle.

Me acerqué a los cristales y pegué el rostro buscando su procedencia. Desde allí no conseguía ver nada. No era muy apetecible abrir, el chaparrón había comenzado a contenerse, pero el viento amenazaba con derribar al más fuerte.

                Me derrumbé de espaldas. La caída me hizo guiñar el entrecejo y suspirar una exclamación de dolor. Un individuo había resbalado con el agua y había caído de bruces. Desde el suelo observé como había rendido todo el peso de su cuerpo sobre la rodilla izquierda, y esta, impactó contra el bordillo de la acera. Sus gritos, amortiguados por el cristal, se escuchaban en todas las esquinas. En mi posición, creí ver una sombra en el cielo, que era nube o enjambre de puntos negros. Aquel tipo inicio un sofocante: <Ayúdame>. Su voz se clavaba en mis oídos.

                < ¡Ayúdame por favor! ¡Ayúdame! ¡Ya vienen! >

                Intentó hacer un movimiento. Se sentó en el suelo, con todo el dolor que yo no podía comprender. Pero su agonía le volvió a tumbar. De debajo del vaquero, a la altura de la rodilla, una mancha rojiza se infiltró. Un descocido dejaba ver un trozo de hueso, blanco a reales, rojo en algunas partes y negruzco del asfalto en los huecos libres. Las venas del cuello se le hincharon, como si una mano invisible estrangulara su garganta. Contenía el dolor como podía. Extendió una mano hacia la puerta, como si desde el suelo, y con la rodilla partida, pudiese abrir. Entonces, me di cuenta de que aquella mano era para mí.

                Una lluvia espesa, como el excremento de un pájaro, comenzó a caer sobre aquel pobre e indefenso hombre. Que volvió a pedir de mi apoyo.

                Efectivamente. Ya habían llegado. La nube que se acercaba resultó ser una bandada de pájaros ácidos. Aquellos animales habían surgido como de la nada. Un día fue un caso aislado, y hoy, un problema mundial.

Aquellos pájaros comenzaron a descargar sus excrementos sobre el pobre hombre. Cada gota derretía la ropa que llevaba. La sudadera comenzó a desintegrarse, como la cera de una vela se derrite ante el fulgor de la llama.  Una gota descendió, cayó sobre su ceja y fue abriendo un surco de piel, carne y hueso; hasta que se detuvo en el parpado, perforándolo. El excremento se introdujo en el ojo por el agujero que había creado. El rostro se tiño de aquel viscoso moco. Comenzó a desfigurarse el rostro. Donde antes había pelo, comenzó a crecerle hueso blanquecino. Una hilera de pellejos sangrientos se despojó de atrás de las orejas. Podría afirmar, que las orejas también se desprendieron.  El labio superior se derritió, introduciéndose la piel por la boca y ahogando los últimos gritos que le quedaban.

En pocos instantes, aquel hombre, había pasado a ser un despojo en el suelo, donde la mayor parte era hueso con retales de piel. Las enormes cuencas, que antes habían sido unos ojos desconocidos, me miraban sin expresión. Estaba casado. Me lo dijo el anillo que moría en el dedo huesudo que se extendía en mi dirección.

                La nube que eran pájaros ácidos se marchó. Dejó un bonito cadáver derrumbado ante la terrorífica y repugnante sombra que proyectaban.

                Yo. No me pude mover de allí. Quizás por temor a terminar como él. Quizás paralizado por el miedo. O, quizás, porque uno en casa está mejor. Más seguro. ¿Y la información que iba buscando? Bueno, todo a su tiempo. Si hay algo que saber, la tele es una sabia consejera hoy en día. La vida es una lucha por sobrevivir.

Volví al calor de mi hogar. A la información de mi ventana. A la compañía de mi tele.

 

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