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15 min
PALABRA DE BÍPEDO (17)
Varios |
08.04.19
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Sinopsis

Palabras a nadie...

MAYO

 

SUGIERO LA INOCENCIA

 

(NOTAS SOBRE UN ESPEJO)

 

PARA: Dunah

       Who

       Rue

       Caballita de mar

       Cabellera de peces

         Marta

         etc.,

 

 

PRELUDIO

 

     No se si te topes con esta carta. No se si alguna vez leas estas palabras a destiempo: terribles, oscuros, y pequeños artefactos del recuerdo, incansables luciérnagas que en lugar de alumbrar leen a Corbière y se deleitan en la faz de lo irrecuperable per se o tedio vital o spleen de París (más a lo Baudelaire pero da igual, y es que está lloviendo y La lluvia me agita la nostalgia y las letras se me escapan hurtándole las cejas a cuanto control de calidad quiere frenarlas) En fin, volviendo a Tristán (“Los Amores amarillos” han estado de pie sobre mis ojos los últimos 20 años (fa vint anys que tinc vint anys, diría Serrat) payaseando en mis pupilas, fundiendo en ellas bolitas de opio y ajenjo. Pero es inevitable que me repita (las horas tristes me pierden) y te sigo jodiendo con Tristán: alguna vez le escribí estos versos a Dunah, inspirados en el tristánico transcurrir del poeta: “Me castran las paradojas (tú haces de Tristana Corbière y yo soy el cerdito que paseas por París”) La realidad de estos versos no ha mutado en absoluto, lo único que falta es la puesta en escena: 3 de la tarde al pie de la torre Eiffel, tú llevas una cinta roja terminada en lazo y yo voy en desnuda metamorfosis.     

     De todas formas, creo que debo mostrarte cada palmo de piel que todavía resiste sobre mi cuerpo transfigurado en silueta o sombra chinesca. Por empezar como mejor se pueda, (o tal vez no) contaré los años que han transcurrido desde que nos dimos de boca en una tierra extraña de incógnita geografía: 10, como los deditos de mis manos. Inútil decirte que mis pétalos de fosa te amaron de inmediato: rostro al espejo, pez al anzuelo, polilla a la luz. Luego de incontables lunas (perdona el manoseado recurso indoamericano) sin saber de nosotros y sin ni siquiera hablarnos (entre paréntesis o fuera de ellos o con deliciosas y delirantes postdatas que Groucho envidiaría) todavía no atino con el porqué del cómo, ni con el cuándo, ni con el quién sabe qué nos separó y nos puso de culo en la acera: cada uno de su lado y si te he visto no me acuerdo. Supongo que la primera metedura de pata (lobo al fin y al cabo) fue mía. He sido, y soy, un riguroso egoísta que siempre ha pretendido mantener su cueva intacta, ergo: suerte de naipe que pugna por permanecer oculto en la baraja, cíclope torpe que al esconder su lastimoso ojo es incapaz de ver las heridas que abre y los silencios que forja. Lo único que siempre tuve claro fue qué hacer contigo, y es que contigo lo que sucede es amarte: no se puede otra cosa que amarte. No se puede. 

     Sin duda soy culpable de algo, seguramente abrí el tarro de las mariposas y dejé caer en él varias gotas de ácido prúsico (quizá rúsico por ser rójico) lanzando por la ventana mis dados y tus espigas. Para tu consuelo, quien suscribe, describe, o prescribe, ha sido un lobo muy particular: aullido con piel de cordero y viceversa: algunas cabezas ha cortado, pero la suya también fue cortada varias veces. Entiende tu dolor, tu indignación, y tu rabia, tu anhelo de hacerlo fusilar, tu deseo de atravesar su cuerpo con un pez espada rectal, tu maligna inclinación a convertirlo, tijeras mediante, en un absurdo Farinelli de teatrales chillidos.

     En mi defensa (reo de muerte) solo puedo murmurar que mi amor por Dunah persiste, y que nunca he terminado de perderla: Cuelgo de ella sin derecho a redención, mientras Marta nos contempla y se ríe, sabiendo que olvidarnos es su mejor apuesta. Sin que ello lo detenga, el lobo insiste en recordarla, en traerla por diversos laberintos y posarla en su vigilia y en sus sueños (memoria: suplicio de Tántalo, párpado que sostiene el óbolo para Caronte, remero infame ebrio de sótanos y buitres, fatigado fantasma de un lobo y una rosa)

 

CUERPO

 

     ¿Alguna vez hicimos el amor? Sí, lo hicimos. Sin vernos y sin tocarnos, furiosos en la lujuria de las palabras, suaves en los signos de puntuación, cercanos y distantes en el reposo del cigarrillo que sigue al orgasmo como inevitable certeza, inocentes de encuentros y rupturas, percibiendo como única luz el soplo lejano de los besos, el roce invisible de cada dedo al entrelazar nuestras manos, al detenernos a mirar lo imposible extraviados y absueltos.

     Hoy día ya no hago el amor. Sería demasiado penoso mostrar mi cuerpo reducido a huesos y pellejo: el jinete del hambre cabalga raudo por estas tierras, galopando por el fondo de la boca, permutando cada libra de peso en una libra de escorpiones (semeja al Ángel del pozo sin fondo) y arrancando a dentelladas la poca mies que insiste en pervivir desde la violenta desidia de los hombres. Te será fácil comprender que lo que menos deseo -situación impera- es recibir una mirada de lástima o de asco de los ojos de la hembra de turno al momento de bajarme los pantalones y mostrar un largo animal que pendula hundido entre concavidades vacías de carne y grasa. Lo único bonito, por lo menos para mí, es el extraño dibujo de mi espalda: los omoplatos parecen estar a punto de dar a luz un par de alas, y la columna es un monstruo vivo que serpentea sacándome la lengua.

     Me he visto en la necesidad de renunciar a cualquier tipo de deleite: cigarrillos, vino, mujer, y libros, eran constantes que ahora son inalcanzables, o bien por su altísimo costo o bien porque lo imprescindible es hallar que comer y como pagarlo. La buena nueva es que no he dejado de escribir, aunque comprobé que los malditos era unos mierdosos al asegurar que el hambre inspira: y una mierda, el hambre no inspira, expira; Knut Hamsun solo pudo escribir “Hambre” cuando dejó de sentirla. A pesar de todo ello, terminé por fin el que considero mi mejor poemario: “Pies de mujer y otros poemas cotidianos”, está en etapa de corrección. También trabajo en la revisión de un poemario de vieja data que me sigue pareciendo interesante: “Acusaciones previas”; Al mismo tiempo escribo cuatro poemarios nuevos: “Anatomía Simple”, “Figuras y Fisuras”, “Oficio de cojo”, e “Incitación al Suicidio.” Además, sigo trabajando en un libro de relatos titulado “Mitómano y otros roedores” y en una colección de Haikús llamada “Sin Lugar.” Supongo que a estas alturas (desiguales y circuncisas) de la presente carta (inacabada aunque inconclusa) llevas rato con las cejas enarcadas, diciéndote a ti misma lo más apropiado al caso ( desde me importa una mierda hasta vete al carajo, pasando por déjame en paz lobo patético e idiótico) La verdad es que no quiero ni busco nada en particular, tan solo sentí la necesidad de hablar con la mujer que amo, y esa -para bien o para mal (lugar común irrespirable) te guste o no te guste (qué remedio) eres tú: sombra incansable que me acompañará hasta el reducto final, hálito de luz que dejará una flor a ras de tierra, sobre mi frente.

 

EPÍLOGO

 

     Imagino que tanta palabreja fastidiosa tiene que ver con la necesidad de cerrar nuestra circunferencia (vulgo círculo) por la punta de la figura que me concierne. Desde aquí, puedo ver que tu parte finaliza en un portón aherrojado con metáforas y silencios. Nadie como yo para dar su debido término a las más variadas figuras geométricas: triángulos amorosos, cuadrados generacionales, u octaedros florecidos, son simples juguetes en mis manos de clausurador profesional. A pesar de ello, nuestro círculo es para mí harto imposible de finalizar. La razón es obvia: se pierde la partida al suponer que ocultar a la reina es suficiente. ¿La consecuencia?; nuestro círculo evolucionó hasta convertirse -inexcusable descuido- en un círculo vicioso, suerte de historia detenida que se repite a sí misma sin culminar jamás (el eterno retorno de Federico suscrito a un minúsculo punto de inflexión, suficiente para convertirlo en abismo que mira, traga, y diluye)

      Además, no solo perdí una mujer, perdí -como mínimo- a cuatro: la hembra, la chiquilla, la caballita de mar, y la poeta: los cuatro ases tenía Will Bill cuando le dieron un tiro en la nuca, la mano del muerto se la llama desde entonces. Fuera del anecdotario yanqui (también podría hacer un paralelismo con la Revolución francesa (los años del terror) o con tantas otras situaciones históricas repletas de alegorías en las que imagino subyace la forma en que me siento actualmente, for example: sin cabeza o comiendo roedores en un gulag) dejo en claro que nada de esto es tu culpa, se trata, como siempre, de mí mismo, y en este caso de un mí mismo bastante comprometido con su propia estupidez.

     Y de seguido surgen las preguntas básicas: ¿adónde ir con mis manos convictas de abandonos y silencios? ¿Habrá un lugar para que este lobo envejecido resigne la cabeza y esconda los colmillos? ¿Quién transcurre sin dar o recibir puntapiés, bien sea de abejas -como quería Julio- o de búfalos furiosos? ¿Quién puede mostrar sus ojos limpios de espinas y de piedras? ¿Quién (punto y a otra parte) puede renegar completamente de su ser y hacer? Y (claudendo ratio) “¿Quién que Es no es poeta?” (Heidegger, que llegó sin aviso: ya no me esfuerzo en corregir imponderables) o por lo menos se cree que lo es y se dedica a emborronar cuartilla tras cuartilla (demasiados poetas y poca poesía: el lastre del poema es el poeta)

     Es obvio (a ojos vista, de perogrullo, un tiro al piso) que tantos circunloquios por avenidas dispares y laberínticas evoluciones tiene algo que ver (excepción: calle ciega) con la imposibilidad de encontrar un final adecuado para esta carta. Ergo: dejaré de buscar un final adecuado: mis dedos sobre las teclas quedan a cargo de encontrarlo. Mientras espero que mis tarsos, metatarsos, falanges, y falangetas, den señales de un atisbo de creatividad, una calurosa sensación de últimas palabras invade mis huellas digitales (me pasaba algo semejante al tocarte) y me devuelve al passage du silence cruzando el pont des arts, en el que todavía puedo ver al pequeño conejo blanco obsesionado por su reloj de bolsillo, o al Barón de Münchhausen colgando en la punta inferior de una media luna que se empeña en sacudirlo y ser de queso (gloria para roedores y pájaros de esquina)

     En fin, para no seguir tocándome los cojones (y probablemente tocándote los ovarios) con este planito histórico que me lleva de un extremo a otro del puente impidiéndome volver o cruzar del todo (manos a la espalda y colilla entre los labios) terminaré como debo terminar: dibujando tu retrato desde el primer cabello hasta el último bostezo. Entonces sucede que todo se torna irreversible: Martha (¿con hacha o sin hacha?) vs Dunah vs Who (¿Quién o Ella) vs Rue vs los peces de tu cabello vs un largo etcétera de osos, conejos, y espejos, Alicias y Malicias de párpados hinchados (rioja, porros, y noches sin tregua) socavando silogismos, afeitando a navaja la nuca de Sócrates, saltándose de una todos los stops, no pise la hierba, desvíos, pasos de cebra, rellenen el formulario adjunto, sírvanse tomar su puesto en la fila, esperen el timbre de salida, no se hagan humo y desierto escribiendo poemas. Ese puto prefijo de la antinomia (a menos que sea sufijo) es lo que te hace una espléndida rosa de pétalos directos, sin los absurdos giroscopios y gravitaciones pueriles que suelen ser la cruz intacta de las hembras sui géneris. En ti ninguna máscara prospera: tu marca de fábrica es la cruda belleza de la palabra que no toma derivas ni atajos multicolores para evadir lo que la lengua requiere derramar. Poeta de sedientos y alucinantes torbellinos internos que dan a luz irredentas muñecas numeradas, convertidas en hablantes de un lenguaje de símbolos, un lenguaje dulce, nostálgico, brillante, oscuro, e incluso siniestro:

 

“Seis descansa en la enorme caja de cartón,

entre el espumillón, las bolas relucientes,

las estrellas de purpurina y las figuras de Belén.

Cada Navidad la ahorcan del árbol.”

 

     Tan preciso desgarramiento de lágrimas y epifanías podría subtitularse, a la manera de Baudelaire, “Mon coeur à la nue”, o tal vez (siendo tal vez un quizá que evoluciona hasta transformarse de insecto en locomotora) lo que revele mi total empatía con tu piel y tus poemas sea sentarme a escuchar su alarido silente, su mágico anarquismo que les permite dar un giro inesperado para sacar de la chistera un león en lugar de un conejo. Por todo ello (verbigracia, ergo, en consecuencia, por ende, bla, bla, bla) leer un poema de sombras o de  huesos calcinados o de pies al borde fatal de la cornisa o de amor eterno (dejando de lado los que chorrean esa dulzura insoportable de los guiones de telenovela) me remite sin pausa y sin protesto a la sonrisa triste de tus ojos, a la caballita de mar tatuada en salva sea la parte, a los huevos de Lumpa vomitados con asco y rabia, a los años de luz viviendo entre letras, pasiones y poetas, al paredón de fusilamiento en el que espero la definitiva descarga de tus labios.

     Estoy solo por voluntad propia (en pleno dominio de mis facultades mentales, por lo cual (y por tanto, por aquello, por lo otro) lego todas mis incoherencias al vacío nominal de mi sombra) y por voluntad propia pervivo en “la presencia de tu ausencia” (Jean Paul dice) defendiendo como cierta cada palabra de amor (parola di amore) que alguna vez te dije (escribí, soplé, musité, aullé, etc) y cada segundo de caricias ocultas en que nos respiramos ceja a ceja, costilla a costilla, dedo a dedo transitando rincones, hurgando secretos, jugando a mutilar palabras con suspiros.

     En definitiva y ad infinitum: nunca te mentí. Te amé y te amo. ¿Cómo explicar entonces el alejamiento de barco que zarpa sin aviso? ¿Ahogo, desinterés, cobardía, Parkinson, demencia senil, o qué? Ni lo uno ni lo otro. No hay explicación que sobreviva a un laberinto de aporías, paradojas, y contradicciones. Solo puedo acotar que en mí el desapego es naturaleza: estrujo la flor hasta que pierdo los pétalos uno por uno. Siguiendo con la división esquizo de mi yo, podría decirse que el lobo es inocente y el hombre culpable. Desde aquí donde me encuentro (imposible determinar el ángulo del dolor agudo que me somete) no puedo saber si este galope de palabras desatadas haya logrado su principal objetivo: alejar de Dunah la idea de que mi cuello le pertenece al Dr. Guillotin. Lo que aún me resta es multiplicar las disculpas de este hombre dividido, y sumar a mi piel la ya inevitable desaparición de la tuya.

     A tu lado y sin opciones te dejo ir y dejo ir a estas letras animales o elefantes sin mapa de abordaje, con la secreta intención de que se duerman en tus manos y sean la consagración de una renuncia que me ahoga.

 

   PD: J t´aime toujours

   Ti amo sempre

    Eu sempre te amo

    I always love you

 

PD2: Extraño tocarte por debajo de la mesa

PD3: Un diluvio de pájaros me abandonan

 

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Un oldman alto, hosco, y feo; hastiado de cigarros, bares, y noches sin término (hembras que llegan y se van, botellas de Whisky, la vieja escuela, el último dinosaurio, y así de pendejadas una detrás de la otra) Me aburre el sexo sin caras ni compromisos (ya tuve suficiente de esas pajas modernistas) Hoy día no me gustan los bares: parecen agujeros para heridos de guerra. Me gustan las personas y los perros (“Esa misteriosa devoción de los perros”, decía Borges) Amo a mi hija y a mi nieta: mis únicas dos rosas, mis últimas palabras. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

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