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10 min
¡Papá por sorpresa!
Humor |
16.02.16
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Sinopsis

Cuando una loca se cruza por el camino. No sean malos con las criticas.... cada vez estoy mas estúpido.

Rimonela, una joven muchacha de apenas unos 17 años, poco agracia y que, por su cara, abundan una horda de espinillas. Entra a toda velocidad en un pequeño despacho iluminado simplemente con un flexo que apunta a unos documentos. La estancia tiene apenas espacio para albergar un sofá de dos plazas, una estantería de metal gris y un perchero de astas. En su interior, Anela, la dueña de aquel local, un pequeño hostal de mala muerte.

- ¡Señorita, Señorita! –Rimonela entra ajetreada en el despacho. Viste un sencillo vestido a rallas rojas y negras, típico de aquellas fundas de guitarras de los años 80.-

- Rimonela, por el amor de Dios. ¿Qué te ocurre? ¿Acaso está ardiendo el negocio?

- Señorita Anela, Señorita Anela. –Hace una pequeña pausa. - Él está aquí.

- ¿Cómo dices? – Anela se incorpora casi de un salto. Empieza a palpar su cuerpo, como si buscara un cigarrillo perdido. Estira las arrugas de la falda y observa el rostro de Rimonela.-  Rimonela ¿Estas seguras que es él?

- Sí. –Responde a secas. -

- ¿Estoy bien? ¿Cómo me ves? – Anela llevaba esperando aquel momento desde hacía bastante tiempo. Escupió en la palma de una de sus manos y con aquel ungüento pegajoso peino su flequillo.- Es igual, no importa. Siempre he sido una chica atractiva, alguien como yo no necesita estar acicalándose constantemente. Con esto me valdrá.

 

Anela extiende por el flequillo el esputo e intenta disimular algún grumo entrelazando algunos mechones, y alisando el cabello con la palma de la mano.

 

En la estancia contigua al despacho, un muchacho de unos 31 años espera junto un pequeño mostrador de caoba ennegrecido por el paso del tiempo y de miles de manos. Aquel joven es Antonio, que espera ser atendido mientras deja descansar su cuerpo apoyando un codo sobre el mostrador.  Junto a él, un pequeño timbre le llama la atención y decide hacerlo sonar, esperando que la dueña de aquel suburbio se apresure en salir.

De un pequeño umbral detrás del mostrador, arropado con una cortina de varas de madera, surge Anela. Mira hacia abajo, haciendo que lee un pequeño papel que porta entre sus manos.

 

- Buenos días estimado caballero. –dice Anela en un absurdo intento de disimular que no se había percatado de su presencia. - ¿En qué puedo servirle? –Aun sin apartar la vista del papel. -

- Quisiera una habitación para una noche, por favor.

- Esa voz me suena. –Anela levantaba lentamente la mirada de aquellos papeles, en un intento de recordad. Frunció el ceño mientras desparramaba su mirada en él. – No puede ser, ¿Eres tú? – Escudriña al cliente con su rostro enjuto. Para finalmente terminar asintiendo con una gran exclamación.- ¡Oh! Claro, eres tú. Eres el hijo de Rudolf, que se casó con Tintínela, la Actriz Porno. Claro hombre, tu abuelo era el capitán Buche, que sufrió un disparo en la pierna y término quedándose manco. Lozana tu abuela, hija de Titu, que buscaba chatarra junto a Roberto el hijo del farmacéutico. ¡Oh! Sin duda alguna eres tú, Antonio, hermano de Perpetuo que mantuvo un leve noviazgo con el sepulturero del pueblo. Pobres, ¿Sabes que al final fueron pillados por su mujer, hermana de tu padre? – Permaneció un instante en silencio, como recordando todas aquellas anécdotas. –

- Bien sabes quién soy. ¿Crees que soy estúpido y que no he oído a esa cría decírtelo? – Antonio hace un gesto con la mano e inclina la cabeza hacia un lateral. – Estas cosas pasan cuando la distancia entre los chimorreos y el objeto chimorreado es apenas de un metro.

- Pero que dices Antonio, nosotras no hemos hablado…

- Está bien, dejémoslo. – Dijo sin dejar que terminara la frase. - ¿Por qué no me das una habitación y zanjamos el tema? – Apoyó el brazo izquierdo sobre el mostrador, en síntoma de cansancio y tamborileo sobre la madera con las uñas. - Anela, quiero descansar.  

- Sí, sí. Te daré la mejor habitación que tengamos. Y te la daré lo más cerca de mí, para que, si tienes cualquier sugerencia o necesidad, puedas acudir a mí. – Levantó una ceja, que era bastante poblada y poco discontinua, en un gesto de sensualidad. -

- ¡Por el amor de Dios! Baja esa ceja o lo que sea que tengas hay encima, tienes hasta ácaros. Parece que se te ha meado un gato ahí – Antonio retrocedió unos pasos - Para empezar, dudo que este antro tenga una habitación decente; y si con la frase: Te daré la mejor que tengamos, te refieres que me vas a mandar a la sala de la caldera, antes preferiría dormir en lo alto del mostrador. – Dejó un tiempo que rellenó con un suspiro. - Por favor, me da una habitación.

- Está bien, no te preocupes. Veo que aun tienes ese ardor que me ponía el coño húmedo. – Anela hizo el intento de acariciar el hombro de Antonio, pero estaba demasiado lejos y se quedó con el brazo pendido en el aire. Hizo un gesto de aproximarse un poco más, estirándolo lo máximo que podía, pero Antonio retrocedió más.

- ¡Basta ya salmón con patas! Será mejor que me marche a otro hostal.

- Ja ja ja – Anela ofreció su mejor risa abriendo de par en par la boca y dejando entre ver unos grandes ventanales donde antes había dientes. – Me encanta cuando te haces el duro.

- No vuelvas a reírte así, y si piensas seguir riéndote, será mejor que tapes esas lorzas que tienes por tetas. – Puso las manos ante sus propios ojos, en gesto de rechazo. – Por dios, como se mueven. ¿Qué tipo de material es? ¿Gelatina?

- Veo que aun te fijas en mis encantos de mujer. – Anela acentuó más aun su repulsivo escote. – No hace falta que te vayas, te alojare en la planta de arriba, así no tendrás que verme.

- Estupendo. Será mejor para los dos.

- Bueno, al menos podrás decirme a que te dedicas. Desde que saliste del pueblo nadie ha vuelto a saber de ti.

- Trabajo en un musical en la costa del Sol. Hago de una damisela que viaja por la costa en busca de un nuevo amor y me encuentro con un hombre multimillonario que me invita a cenar.

- ¡Oh! Suena muy bien. – Abrió un cajón donde guardaba las llaves de las habitaciones y rebuscó la llave de la habitación de Antonio. – Y dime ¿Quién hace de ese ricachón del que te enamoras?

- David Bisbal.

- Cántame algo. Y te aseguro que esta noche quedara casi pagada. –Volvió a levantar la ceja en forma de mensaje codificado. Quería sexo con Antonio y se lo estaba dejando claro. En esta ocasión, Antonio no se percató de su ceja. – Te lo aseguro.

- Está bien. – Por un instante se lo pensó, pero vio una buena oportunidad para zanjar todos los asuntos indeseados. – Te cantaré un trozo donde ambos van a un restaurante a cenar, y cuando piden una ración de patatas fritas, se dan cuenta que una de ellas no está frita, si no asada.

- ¡Genial! – En aquella exclamación había poco de pasión, pero las ganas de seguir viéndolo eran más poderosas que la verdad.

 

Antonio se posiciono en mitad de la estancia, e hizo un carraspeo con la garganta para evitar cualquier tipo de gallo que surgiera por sus cuerdas vocales. No tenía ganas de cantar, y menos allí, y aún menos delante de aquella estúpida mujer. Pero si podía hacer con ello que lo dejara en paz, se quedaría más que satisfecho con ello.

- ¡Ohhhhh! Camarero, camarero. Venga usted corriendo.

           Que mi patata no está dorada. Que no, que no, que no está dorada.

            Más bien azada,

            Patata

           Asada

           No dorada

           Mira que patata señor camarero, me siento abochornada, señor camarero.

           Esta patata se encuentra demacrada

          ¿Será quizás que no está dorada?

¡Ohhh! Camarero, yo y tus muertos, que esta patata se encuentra asada.

 

Anela batió sus manos en aplausos y silbó como solo un hombre lo hace.  Salió de detrás del recibidor y fue a abrazarse a Antonio.

Con un quiebro de rodillas, Antonio se deshizo de ella.

 

- Por favor, la llave de mi habitación. Tengo sueño y es tarde. – intentó ser lo menos desagradable posible. -

- Como quieras. – Anela se encaminó nuevamente detrás de aquel trozo de madera.- ¿Sabes que estoy esperando un hijo tuyo? – Dijo sin más miramientos, de espaldas a Antonio. Le hubiese gustado ver la cara que había puesto. – Así es como pagas lo que una vez tuvimos.

- ¡Creo que haberte quedado aquí te ha vuelto estúpida! ¿Cómo qué esperas un hijo mío? ¿Cuánto hace que nos acostamos? ¿siete u ocho años? – Preguntas y más preguntas era lo único que le venía a la cabeza. Sin duda aquella mujer estaba preparada para entrar a formar parte de la lista de gente imbécil ¿Cómo era posible que alguien siguiera embarazada tras ocho años? – Dime ¿Cómo es posible que aun mantenga la gestación?

- Te amaba tanto cuando hicimos el amor, que, al marcharte, mi cuerpo se quedó frio como el hielo. – Lo miró fijamente y fue acercándose a él, pero guardando la distancia para que no la rechazara. – Tu espermatozoide quedó triste al igual que mi ovulo. Todo se paró en mi interior, todo en mi lloraba tu ida. Aquella mañana cuando me levanté y vi que te habías marchado, lloré como solo los ángeles lloran. – Antonio fue abordado por la fantasía. Su rostro expresaba la sorpresa, ¿Dónde me encuentro? Se preguntó ¿En un psiquiátrico quizás? – Pero ahora que has vuelto, todo sigue donde se quedó, sigue su rumbo. 

- Será mejor que me marche. Creo que estás loca…

- No. –Interrumpió Anela. Anduvo unos pasos y lo cogió de las manos. – bienvenido a casa, Papa. 

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