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5 min
Para Siempre Caliente, Nunca Tibio
Reflexiones |
24.10.18
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Sinopsis

Un padre se ve impedido por la vida de dejar alguna herencia económica a su único hijo y decide dejarle una enseñanza para toda la vida.

Verlo ahí postrado para mí era desastroso, solo habían pasado cuatro días de aquel ataque, un ataque cerebral me había quitado lo único que me quedaba, mi padre.

Mi madre se marchó muchos años atrás, cuando era solo un bebe, según ella porque no había nacido para ser ama de casa, había nacido para ser libre, para ser reina, para ir por la vida siendo feliz. Mi padre por el contrario, decidió asumirme, porque era su candado a la vida, era en mi donde era feliz.

Así pasaron los años, vi a mi papá ser el mejor de todo. Don José, como le llamaba todo el pueblo, era el mejor vendedor de frutas que tenía el barrio. Todos lo amaban, incluso quienes se dedicaban a los actos oscuros, lo respetaban como a nadie y lo cuidaban como se cuida a un padre.

Para papá no había diferentes, para papá valía lo mismo aquel que se paraba en su flamante vehículo a comprar las manzanas y uvas de su dieta, como el limpiabotas, que con su primera picada de la mañana, compraba un pedazo de piña, quizás siendo su única comida del día.

Así crecí viendo a mi papá ser feliz, porque como decía papá, levantarse cada mañana, para papá era motivo de felicidad. Así crecí viendo a papá ser exitoso, porque para papá, el éxito estaba en poder darme mis tres comidas y quitar el hambre a uno que no tuviera con qué.

Así recordaba yo a mi papá mientras lo miraba a través del cristal que hoy nos separaba. Allí estaba papá, conectado a las maquinas, con respiración imperceptible al ojo humano. Cansado, abatido, con los golpes de los años pasando factura, porque así era la vida, daba mientras pedias, pero un día cobraba y con intereses.

La amable enfermera ha vuelto a la habitación, mira la pantalla de donde sale el pitido, y pone unas notas de la primera medición de la mañana en las hojas que cuelgan de la cama y mientras ella hace su trabajo, yo vuelvo a viajar en el tiempo y recuerdo cuando papá me decía:

Sabes hijo, para muchos en el barrio soy un mediocre, un conformista, porque nunca he hecho mi mesa de frutas crecer, sería fácil me decían, el usurero de la esquina me prestaría cualquier monto, porque sabía que le pagaría, pero si lo hago, estoy más que seguro, que dejaría de ser feliz, porque tendría que trabajar para pagarle los réditos y no para comprarte el helado de vainilla de todos los sábados. Dejaría de ser exitoso porque no podría alimentar a quien tiene hambre, porque esa fruta que se coma seria faltante para completar los pagos.

La enfermera sale de la habitación con un sobre blanco en sus manos y me lo entrega, lo abro y ahí están sus letras, esas que con mucho trabajo se pueden entender, pero que yo había aprendido a descifrar, eran las letras  de papá que tanto yo amaba, seco las lágrimas de mis ojos y leo:

“Dinero no te puedo dejar nada, pero si te puedo dejar esta enseñanza: Todo lo que vayas a hacer hazlo bien, si vas a ser malo, pues hazlo como el más malo, pero si decides seguir lo que te enseñe y decides ser bueno, pues sé el mejor, porque para ser recordados en la vida tenemos que ser frio como el hielo que quema o calientes como la lava que también quema, a los tibios nadie los recuerda.

Así sus palabras me hicieron perder en mis pensamientos, sé que pudo poner el ejemplo de mi madre como la más mala, pero no lo haría, nunca hablo mal de ella, hasta creo que aun la amaba y así me perdí el último suspiro de su papá porque cuando volvió a mirar por el cristal, de papá solo quedaba el cuerpo. El doctor se quitaba los guantes resignado, la pantalla ya no pitaba como lo había hecho por los últimos cuatro días, el pito se había convertido en solo zumbido y frente a mi estaba ella, la enfermera de gran sonrisa ahora la ocultaba, se veía triste. Me abrazó y la escuché llorar, aquí entendí todo, después de trece años de haber perdido a mi madre, mi papá se marchaba, Don José, se había ido y lo hizo como mejor lo sabe hacer, hasta al momento de su muerte me cuidó y no me dejó ver su último suspiro, hasta para morir se negó a ser tibio, hasta para morir fue caliente.

 

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