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4 min
Paranoia por Chikungunya
Drama |
28.12.16
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Sinopsis

Paranoia por Chikungunya

 

Oigo el zumbido penetrante y transversal del insecto en lo más profundo de mi mente, y pienso que no quiero ser yo el tercero de las víctimas. Sin embargo lo presiento. Lo intuyo desde lo más recóndito de mis sentidos que se transformaron agudos por la amenaza. Y es que aunque no quiera imaginarlo, creer en dicha posibilidad remota, el sonido de un aleteo frágil, constante y cauto confirma mis sospechas. Lo malo es que ignoro su proceder, pues las ventanas las he cerrado con seguro, la puerta posee un enorme candado y los orificios insignificantes de la habitación están sellados sin salida. Aún así pareciera que la paz en donde estoy se alejó junto con la tranquilidad que me caracteriza, una vez que conocí la presencia de ese animal diminuto y peligroso. No me siento a salvo, ni mucho menos inmune en el encierro abrupto en el cual me sometí, y todo porque oigo por lapsos el zumbido provocador disperso entre la superficie de las paredes, detrás de los enseres, vibrando en el techo y dormitando bajo las cobijas.

            Es casi indescriptible su resonar, ese que hace con naturaleza y atormenta mis oídos que lo oyen claramente. No lo puedo evitar. ¿Cómo lograr que desaparezca, que se esfume de las funciones que desempeña mi cerebro? Todo sería más fácil sí ignorara su existencia y mucho más sencillo sí él hubiera escogido cualquier otro lugar para estar, porque en efecto se encuentra aquí observándome, pendiente de mis reacciones, analizando escondido mis movimientos, expectante y sigiloso, listo para atacar. Aunque debe presentir que yo lo sé y que a pesar de estar al borde de paralizarme por su desconocido aspecto, tengo la disposición de defenderme ante su arremetida. Quizá se sienta asustado como yo y el nerviosismo le haga tambalear las delgadas patas, y por eso vuela con un admirable disimulo a lugares donde no lo logro ver, donde mi visión se obstaculiza llegar con facilidad.

            Evitando posponer esta irremediable ansiedad que siento, creyendo que tan sólo matándolo culminaría la tortura, me levanto de mi sitio para ir en su búsqueda siguiendo atento el sonido que produce sus alas. No obstante, cada flujo consciente de mi cuerpo lo hago pausado y estratégico, eludiendo su interés de tomarme por sorpresa. Así que camino paulatinamente persiguiendo las huellas de su persistente revolotear, echando vistazos breves pero precisos centímetro a centímetro sin descuidar un segundo mi espalda. “Mosquito marica”, le digo desafiándolo. “Sal de donde estés”. Y nada me responde. Confirmo entonces que si no quiere jugar conmigo planea con astucia desesperarme, entorpecer mi pensar, consternar mi paciencia. Lo malo es que gracias a sus bien planeadas acciones, la indiferencia de su sagaz acto me debilita ante su inteligente posición. Pese a todo eso no dejo de perseguirlo lentamente. Continuo buscándolo de lado a lado, por todas partes, mientras sigo oyendo tajante el zumbido inmerso en el aire cada vez más tenso para mí.

            Completamente perturbado vislumbro una efímera sombra en la blanca pared, lo que genera en mí un inefable estado de alerta, estimulando que mi cuerpo gire con brusquedad hacia atrás. Después mi cabeza despeinada es la que se mueve en todas las direcciones investigando una explicación razonable o bien la aparición del maldito mosco infectado cruzando veloz. Entre tanto transpiro frío por causa de la exasperación y los repentinos ajetreos de mis músculos y articulaciones; luego palidece mi rostro y tiemblan mis huesos al ritmo avivado de mi corazón. Pronto oigo con más ímpetu el zumbido ensordecedor, profundo y claro del mosquito, hasta que la sombra nuevamente aparece asemejándose bastante a uno de mis exagerados movimientos, aclarándome que soy yo el que la produce. En ese instante, cuando un grado de mí se apacigua al corroborar que el entorno sigue normal, me sereno tan sólo un poco, sin dejar de lado la idea de que sigo siendo vigilado por él y que sé está burlándose oculto en el rincón menos pensado, esperando el momento indicado para salir a picarme.

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