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6 min
Paseos en una vía muerta
Amor |
19.02.17
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Sinopsis

Érase una vez una vía de tren que no llevaba a ninguna parte. El camino acababa sin más, terminándose el carril en medio de un inmenso paraje árido, por lo que podríamos decir que acababa en la nada, era una vía muerta. Sin embargo, un hombre la recorría a diario, sin excepción, daba igual el día que fuera o el día que hiciera. Siempre iba mirando para abajo, nunca levantaba la vista de las vías metálicas o de las piedras de en medio. Las manos las guardaba en los bolsillos de su viejo y manchado pantalón. No importaba nada, sólo su paseo diario.

Este hombre no vivía muy lejos de la abandonada estación que nunca llegó a utilizarse, al igual que la vía. Tenía una pequeña villa, en medio de la nada anteriormente referida pero cerca de un pueblo. Casi nadie sabía cómo llegar hasta esa casa, por lo que rara vez iba alguien a visitarle, salvo algún turista extraviado que no sabía muy bien como había llegado hasta allí. El hombre, que no había sido nada solitario de joven, se volvió huraño y desconfiado del mundo.

Un día de Navidad, con una lluvia incesante y un viento helador, el hombre caminaba como siempre por las vías. Las manos no las sacaba de los bolsillos del abrigo, por lo que el agua le golpeaba en la cara sin que él hiciera nada por evitarlo. Una figura se interpuso en su camino. El hombre levantó la cabeza y entre las múltiples gotas que arrasaron sus ojos pudo ver a la persona por la que daba todos esos paseos, tras años sin verla.

 

Hacía quince años, este hombre se levantó como siempre hacía, a las siete de la mañana. Se extrañó de que faltara su mujer en el otro lado de la cama, pero se tranquilizó pensando que lo más probable fuera que estuviera en el baño o que se hubiera desvelado y estuviera dando un paseo por la casa. Pero tras un estudio exhaustivo del lugar, el hombre concluyó que estaba solo. Volvió a su habitación y descorrió las sábanas y mantas. En el lugar donde se colocaba todas las noches su mujer había una nota, escrita en un cuaderno que tenía la mitad de las hojas arrancadas. La nota era muy simple y decía que se había marchado pero que volvería. Sin más explicaciones. Sólo que de vez en cuando acudiera a las vías del tren, pues  ella volvería por allí, y quizá necesitara ayuda con las maletas. Por supuesto, el buen hombre no fue de vez en cuando a las vías del tren, si no que acudía todos los días.

 

La mujer no le dijo nada al principio. Sólo le entregó su maleta, tras lo cual ella siguió su camino por las vías del tren, bien guarecida por un paraguas, sin hacer más caso al hombre del que se le haría a un armario donde dejas tus cosas. Él tardó un poco en recuperarse, pero inmediatamente después le siguió.

Al llegar a la casa, ella lo primero que hizo fue desplegar el paraguas en el suelo para que se secase. El pobre hombre dejó la maleta como pudo, casi tropezándose. Ella miro alrededor, con cara de sorpresa y nostalgia, al observar que nada había cambiado desde que se fue.

-¿Por qué te fuiste?-le imploró el hombre.

-¿Esa es la primera pregunta? Pensaba que sería que qué tal estoy.

-Se te ve bien. Ahora dime por qué te fuiste.

-Simplemente deje de quererte. Eso suele pasar, es muy normal.

Al hombre se le cayó el alma a los pies al escuchar eso. No le sorprendía pero siempre había tenido la esperanza de que no fuera por eso.

Fueron a la sala y se sentaron en el sofá, con la televisión apagada delante. La mujer cogió el mando para encenderla pero él se lo arrancó de las manos.

-Vamos a hablarlo. ¿Por qué te fuiste, sin más, y no me dijiste nada?

-No quería hacerte daño.

-Más daño me has hecho yéndote sin decirme nada, viviendo en un sinvivir por no saber que hice mal…

Llegados a ese punto el hombre no pudo continuar. Se echó a llorar desconsoladamente. La mujer pareció perder su frialdad de hielo.

-¿Después de tanto tiempo? Por eso te dije que volvería, para explicártelo todo. Pensaba que ya habrías rehecho tu vida y está revelación no te haría tanto daño como en su momento.

-Pues te equivocabas. No has podido hacerme más daño del que me has hecho. ¿Qué hice mal? Éramos felices…

-Lo éramos, pero nos encerramos en la rutina y yo me ahogaba. Además tu bondad excesiva me ponía enferma. No se puede ser así, al final cansa y la gente te menosprecia.

-Nadie me ha menospreciado más que tú, dejándome de una manera tan cruel, solo para evitar el mal trago de tener que hablarme claro.

Tras un silencio muy incómodo, ella se levantó y volvió hasta donde su paraguas. Recogió la maleta y volvió a la sala. El hombre se había levantado.

-Adiós-le dijo simplemente la mujer, y el hombre sabía que era un adiós para siempre.

-Hasta siempre-le murmuró él, provocando apenas, un destello en los ojos de ella, que significaba muchas cosas que jamás se habían dicho.

Cuando ella finalmente salió de la casa a luchar contra las inclemencias del tiempo, él subió hasta su habitación y se echó en la misma cama en la que solía dormir con su mujer. Recordaba los primeros tiempos con ella. Era maravillosa, una mujer que jamás haría nada malo, por eso en parte se enamoró de ella. Sin embargo, había cometido una gran falta al haberle dejado sin explicación alguna hacía quince años.

Entonces comprendió que algo de su forma de ser debió de convertirla en mala. En ese segundo asumió que moriría solo, encerrado en esa casa hasta el fin de sus días, porque a pesar de ser un gran partido sin grandes defectos destacables, algo de su forma de ser condescendiente conseguía hacer que le abandonaran. 

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