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4 min
Pecho Lobo
Humor |
14.05.19
  • 5
  • 2
  • 183
Sinopsis

Historia en piscina

 

 

 

Pecho lobo frente a pecho lata, tan cutre disquisición dialéctica sentado al borde de la piscina. Son las doce y veinte de la noche, lo veo en el reloj aséptico de la pared, el rumor lacustre, todo tan higiénico como ese olor a cloro o a desinfectante de hospital: el tipo del pecho lobo cimbrea brazos y piernas, luce bañador paquetero, bronceado en rayos uva, sonrisa de escualo intrépido, se ajusta el gorro y las gafas y se lanza en escorzo olímpico a su particular mar tirreno: me salpican sus gotas de suficiencia engreída, la disquisición empieza a conspirar. “¡Patitos al agua¡ -mi conciencia casi siempre me protege de la depresión-. ¡Chof¡”

Entre su calle y la mía no hay nadie, por ahora: con todo, el ritmo que imprime al croll es frenético, levanta olas, el tipo y su promiscua madre, me hace zozobrar, glup glup glup. Pienso en tarjeta American-Express, en un A8 aparcado en batería y en un calambre providencial que no le da. Mejor ir a mi bola.

Nado de espaldas, hundiendo gradualmente con más ahínco las manos, expiro e inspiro, caudales de líquido clórico intentando meterse en la nariz. Descanso apoyado en el bolardo del extremo opuesto, jadeo como un perro nervioso, levanto mis gafas y veo un tercer pecho, alto, redondo, frutal. La dialéctica se hace añicos, presiento, mientras la chica se despoja del albornoz con una delicadeza sensual: ahora el imbécil querrá impresionarla cambiando el estilo, vaciando la piscina si es menester. Dicho y hecho: del croll ha pasado al mariposa, con un ímpetu que tiene algo transgresor y algo interesadamente obsceno: a veces me paso de rosca con la cerveza y otras con las ideas, como me pille algún freudiano ortodoxo me clava en su cruz. La chica se lanza con naturalidad femenina, avanza relajadamente entre ambas calles, el idiota aminorando su marcha tal vez como preámbulo al encuentro fortuito, igual que concesión al privilegio de su atractivo.

Los pechos lata siempre seremos unos negados, especulo en cada abrazada sincrónica, cataratas de espuma verdosa salpicando por doquier: ahora llegaré a casa y me tomaré un yogur y me bajaré la nueva normativa sobre procedimiento concursal y nada habrá pasado, nada es lo que no se recuerda. Vislumbro entre las gotas los banderines de los últimos cinco metros y al gallito bronceado conversando con la chica.

Abordo la escalerilla, me quito los tapones, la humedad calefactada en el bigote, los chapoteos zompos y las voces con eco, el pollito ya tiene plan. Corteja a la chica con prestancia de alto standing, adoptando poses eficientes, elegante barrunto hasta en los salivazos: ella permanece instalada en la espera y ruego que en la perplejidad. Me quito el gorro, me seco rápidamente, toalla en la percha del hombro, giro ciento ochenta grados. Que le den.

-¿Paquito? ¿Paquito Ojados? ¿El hermano de Teresa Ojados?... –la voz nasal asombrada, femenina.

-Eso me dijeron de crío –he vuelto la cabeza, no puede ser.

-¡Paquito, si soy yo! ¿No me reconoces?... –chapotea con violencia en el agua-. ¡¡La que te daba todas las tardes de merendar mientras tu hermana fumaba a escondidas!!

Antes de que racionalice el recuerdo ha salido de la piscina y me abraza sin cortarse, su piel fresca adherida a la mía y dos ventosas en la cara.

-¡¡Paquito –me alborota las greñas, revueltas ya-, qué alegría!!

    Sonríe luminosa, el escualo alucinado y con rostro de bisonte.

-Venga –empieza a recoger sus pertenencias-, vente conmigo, no creo que a esta hora haya nadie en el vestuario de las chicas, así mientras estoy en la ducha me cuentas qué es de tu vida.

Asiento un poco inquieto pero gratamente complacido. Cogemos las bolsas de deporte y Eva pasa un brazo por mi cintura. De pronto se detiene.

-Ay, espera, mi gorro…

Entonces lo miro por última vez: sostengo, neutro, su mirada vengativa, no sé muy bien de qué. Los pechos lobo casi siempre ganan.

-Venga Paquito, lista –se esponja el pelo de tundra, feliz-; vámonos ya.

 

 

   

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Novel eterno, algún premio literario criando polvo en el desván, aficionado a escribir. Licenciado en Derecho.

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