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6 min
Pegaso.
Amor |
14.07.17
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Sinopsis

Un amor nacido entre la diferencia e indiferencia. Amor que traspasa las barreras de lo posible, amor que da vida a un nuevo ser. Continuará...

Una vez una oruga se enamoró de un unicornio.

El unicornio le decía que jamás lograría tener nada con él; que era literalmente imposible que estuvieran juntos.

La oruga le respondía que sólo le diera una oportunidad para demostrarle lo contrario.

El unicornio accedió sabiendo de antemano que la oruga necesitaba darse un golpe de realidad para darse cuenta que no era posible.

Además de que el unicornio pensaba, ¿Qué haría un ejemplar tan magnífico como él con un gusano como ese?

La oruga cada día acompañaba al unicornio a donde quiera que iba, aunque el unicornio se quejaba por tener que ir más lento a causa de la oruga.

El unicornio deseaba librarse de ella, así que cuando aquella se distraía corría lo más rápido posible para perder de vista a la oruga, o simplemente se escondía para no ser hallado.

La oruga simplemente era persistente, y se quedaba esperando a que el unicornio pasará de nuevo por ahí para reanudar la marcha con él.

La oruga siempre fue paciente; pero un día simplemente no acudió a acompañar al unicornio en su rutina..

El unicornio, aunque le "aborrecía" la compañía de la oruga, la esperó un poco más...

Pero no llegó..

Fastidiado por la espera decidió irse sin ella.

Pero no sólo fue un día, sino que por un tiempo muy largo, la oruga no llegó a acompañarlo.

El unicornio pensó que debería sentirse feliz, él quería desaserse de la oruga. Pero lo invadía una profunda tristeza; al fin y al cabo era su única compañía.

Nadie más se le acercaba más que para admirarlo por su hermosura, pero nunca para intentar conocerlo como había perseverado aquella oruga.

Decidió buscarla en aquél árbol donde se habían visto por primera vez...

Al acercarse vio a un grupo de animales apretujándose al rededor del árbol, donde contemplaban una hojarasca seca y grisácea, de esas que ya han perdido su color y dejándose consumir por el tiempo.

Le pareció algo despreciable, aburrido y una total pérdida de tiempo.

Pero algo no lo dejaba avanzar u apartar la mirada de esa hojarasca, para su asombro, como si aquella cosa repulsiva hubiese sabido lo que pensaba al respecto; se movió.

Fue algo muy leve, pero no fue el unicornio únicamente quien se dio cuenta.

Los demás animales profirieron un alarido de expectación.

Y después, otro movimiento, y otro más... Y otro de nuevo.

Empezó a sacudirse, de poco a mucho.

Hasta que finalmente, se quebró.

Todo al rededor de sumió en silencio y atención total, contemplando una especie de evento extraordinario.

Parecía como si el viejo viento hubiese dejado de soplar su brisa, sólo para que el revolotear de unas grandes y hermosas alas, (que se asomaban por la resquebrajada cáscara), tuvieran su primer debut con estilo y elegancia.

Cediéndoles el puesto de un soplo esplendoroso, necesario para vivir.

De colores orgiásticos, luminosas y sensibles como dos claros de agua limpia que reflejan el sol que los gobierna.

Detrás de ellas, hasta al fondo, una pequeñísima criaturita salió.

Apenas vista, pues ahora estaba irreconocible.

Todos aplaudían y vitoreaban por el esfuerzo de éste nuevo ser, y se preguntaban como se llamaría.

Aquel ser alado, miró en todas direcciones, hasta que sus ojos se fijaron en los del unicornio.

Él se acercó levemente, como no queriendo romper la mágica tela que los envolvía en el nacimiento de tan bella creación.

Los demás animales se dieron cuenta de la presencia del unicornio y le soltaron:

"Vete, que ya tenemos un nuevo rey. Mucho más hermoso y más puro, vete."

El unicornio sabía que sus palabras eran reales, pero no se movió.

Pegado al suelo, y mirando a él.

Todos se quedaron perplejos, pues creían que lo habían herido finalmente, que mostraba signos de debilidad.

Hasta que uno de ellos alzó la voz y gritó: "¡Le da una reverencia al nuevo rey!"

Y juntos, a la par, mostraron sus respetos y fidelidad a la hermosura que en ese día gobernaba el bosque encantado.

"¿Porqué te inclinas, amado mío?"

Entre murmullos, los animales se preguntaban a quien de todos les estaba hablando. E igual de sorprendidos al verlo inclinarse, lo vieron erguirse.

"No acudiste a nuestra cita, y he venido a buscarte."

Otro de los animales los interrumpió: "¡Mientes! Todas las tardes con la única con quien paseas es con esa pobre oruga que no se cansa de tu opulencia o de que seas un desparpajado y un idiota."

El unicornio se alzó aún más, y aquél que se atrevió a hablar calló abruptamente.

Él magnífico ejemplar de unicornio dijo: "Es verdad, y es con quien mismo estoy hablando y a quien ustedes adoran."

Se quedaron de piedra, y esperaron atentos.

"Sí, soy yo, ¿Cómo supiste?"

"El color de tus antenas, la punta es carmesí."

"Pensé que nunca me mirabas, pensé darte asco."

"Vale, es verdad que no me gustan las cosas que se arrastran, y me di cuenta de ello porque cuando me escondía, estaba pendiente en no ver un par de puntitos rojos entre la hierba, buscándome."

"Lo sé, por eso he buscado una forma de ser agradable a tu parecer, me ha dolido, y lamento haberte dejado solo tanto tiempo, pero la bellaza cuesta."

"¿Cómo te llamaremos ahora, su majestad?"

"Como te he amado tanto, dime pues el tuyo, que nunca nadie lo ha escuchado, y después, si te place, ponme el mío."

"Mi mamá me decía Mari, de la misma forma que mi abuela le decía a ella, y a la vez la madre de ésta misma. Y tú siempre has estado a mi lado, aun cuando no he sido justo y ahora no soy digno ni de hablarte, majestad.

Me digno a nombrarte Mariposa.

Como una muestra de cariño, que no te he podido corresponder. Y como referencia a ti, que te has posado en mí, tu ahora fiel sirviente."

 

Continuará...

 

-Siempre tuya, Charlotte.

 

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