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6 min
Pensé en ti
Amor |
14.11.19
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Sinopsis

PENSÉ EN TI

           Pensaba hoy en ti y fue que el recuerdo se volvió denso y húmedo, al modo de esas nubes que vanguardia son de la tormenta, nubes en este caso saturadas de palabras que, convertidas en lluvia, desde el pensamiento fluyeron al papel para anegarlo con su líquida substancia.

           Pensé, es cierto, en ti y al evocarte no pude sino admitir que a tu lado pasé momentos exquisitos, únicos, bellos momentos que engrosaron el acervo de mis vivencias más gratas, momentos que fueron el reflejo de sublimes sueños, quizá imposibles, como casi todos los sueños, pero que durante su idílica forja convergieron con una realidad que, seducida ante el embrujo que desprendían, no dudó en acogerlos en su seno.

           Pensé en ti y hube de aceptar que pocas como tú han sabido descender bajo mi piel hasta conseguir llegar a recónditas simas, justo hasta ese profundo mar de coral donde se afincan las raíces de donde brotan las emociones más excelsas. Tú supiste estimular los filamentos que crecen de esas raíces, activar nervios que permanecían adormecidos como exánimes sargazos bamboleantes entre las aguas; los vigorizaste y a través de ellos descubriste en mi interior misterios que no pensé pudieran ya por nadie volver a ser desentrañados.

           Contigo fui feliz. Por momentos, claro, a sorbos, único modo en que la felicidad permite ser deglutida; pero fui feliz.

           Qué duda cabe que tu hechizo fue poderoso, lo suficientemente poderoso como para alterar la realidad y con la materia de que se nutre el deseo modelar fascinantes espejismos. Bellos espejismos, oasis en medio del desierto, remansos de vida; pero quiméricos al fin y al cabo, manantiales de la utopía, materia evanescente que como tal termina disipándose en esa misma realidad que durante un fugaz instante sucumbió al embrujo.

           Pensé en ti y recreé de nuevo en mi mente la idílica estampa de tales espejismos, por más que, al ser consciente de su naturaleza ficticia, ya no provocaran en mí el mismo efecto de antaño. Puedo reconstruirte en mi interior como quien encaja las piezas de un rompecabezas, pero ya nada me dice el conjunto, ya no distingo en él a ese ser divino que en su momento me obnubiló y al que quise con locura desatada, ya no veo brillo en su imagen cincelada, aparece por el contrario deslucida y mustia, como el vestigio de un pasado irrecuperable. Todo pasa al fin y al cabo. Todo pasa y todo muere, como pasan y mueren las estaciones a lo largo del año, como pasa el viento que arreció durante la tempestad, como pasa el peregrino tras su agitado periplo, dejando sobre el camino las huellas de su tránsito.

           Pensé en ti y con tristeza comprobé que ya sólo permaneces en mi mente como una reminiscencia difusa, como uno más entre la enmarañada mixtura de recuerdos que se solapan y lidian los unos con los otros por permanecer en la fragosa selva de la memoria. Te evoco y ya no se aceleran los latidos de mi corazón, ya no acude la melancolía a dibujar por tu ausencia desolados óleos en mi alma; tu recuerdo dejó de ser beligerante para convertirse en un mero pasaje histórico, naturaleza muerta, un plantío de flores marchitas ocupando lo que otrora fuese parterre exuberante.

           Continúo siendo el guardián enmascarado de un universo repleto de sueños, un universo del que en su momento te entregué la llave para compartir contigo todos y cada uno de sus fúlgidos rincones. Entraste en ese universo y grabaste cada estrella con tu imagen, imprimiendo en ellas tu estampa a modo de tatuaje. Ahora, en cambio, ese firmamento luce sin ti.  Dejaste que la llave se extraviara y con ella perdiste el acceso a mi mundo mágico. Ya no estás en él, ya no eres la dueña de mis sueños, se empañó la impronta que tatuaste en ellos.

           Entre rumores incomprensibles y silencios absorbentes, te vas sumergiendo en la triste negrura del olvido, metáfora en cierto modo de la propia muerte, en cuanto que supone un definitivo fin. Y así, poco a poco, tu imagen se pierde entre las nieblas que la separación y la distancia conforman, mientras yo continúo mi viaje, perdido entre una multitud extraña entre la que no me reconozco, enfilando otras sendas, otros horizontes, otros paisajes en los que ya no estás tú. Otro es ahora mi rumbo. Otra la luz que guía mis pasos. La tuya se apagó, sofocada va quedando por este olvido que mastico día a día; acerbo sabor el suyo, apenas sazonado por la nostalgia.

           Pensé en ti y recordé los versos de Neruda. También yo te quise. También tú me quisiste. También yo te tuve entre mis brazos y te besé infinidad de veces bajo un cielo infinito. Y también mi voz buscó el viento para acariciar tu oído, como asimismo mi corazón y mi mirada te buscaron…. Pero, como en el poema, aquello pasó y tampoco nosotros somos ya los mismos. Me pregunto en todo caso si tan corto es en verdad el amor y tan largo y doloroso puede llegar a ser el olvido.

           Porque pensé en ti y reconozco que me dolió constatar cómo el holograma que reproducía tu imagen me era ya tan opaco.

           Porque pensé en ti y me llené de amargura al notar que mi piel calcinada ya no añoraba los besos de tus labios ni las caricias de tus manos, esos besos y caricias que en su momento constituyeron mi máximo anhelo.

           Porque pensé en ti y me di cuenta que de ti sólo quedaba en mi alma el abismo de un sueño roto.

           Aunque, pese a todo, no puedo negar que contigo fui feliz.

 

 

 

 

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