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5 min
Pequeño relato: Ser Precavido
Humor |
31.01.16
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Sinopsis

Un pequeño relato, que relata con absurdo y realidad mis ultimas noches.

Ser precavido es un hábito que deberíamos tener intrínsecos en nuestro sistema genético. Yo, todas las noches, me percato antes de ir a dormir de que no hay ningún inquilino no deseado en mi casa. Bueno, cuando digo inquilino no deseado es obvio que la suegra no entra en ese rango de inquilinos; aunque si podría formar parte de la lista de no deseados. Pero son cosas que pasan cuando la vida te da patadas en la boca del estómago y tienes que cambiar el pronombre personal tú, por su; y formar la frase inquilinos no deseados en su casa.

                Aproximándonos nuevamente al hilo conductor de mi narración. Todas las noches me gusta adormilar el día, sosegar los últimos atisbos de las horas con leves lecturas o con el aporrear del teclado, en la búsqueda de nuevas aventuras literarias. Enciendo mi Tablet y sintonizo el Spotify en música apta para cualquiera de las opciones. Música para leer o música para escribir si lo que quiero es escribir. Pero he de decir que la variedad musical es nula. Otra opción es ponerte música que no tenga cantante; como puede ser música instrumental, JAZZ o a Ramoncin. Dicen que las canciones en otro idioma también son una opción.

                Suelo hacer esta acción (la de leer o escribir) unos tres cuartos de hora, o a lo sumo una hora. Pierdo mucho tiempo en las cuatro chorradas de turno: ver Instagram, ver Facebook, ver el Carnaval de Cádiz y jugar a Clash Of Clans. Pero luego, mi imaginación, durante ese otro tiempo se desarrolla y disfruta.

Sobre las once el parpado comienza a sufrir una decadencia parecida a la que sufre un aceitunero después comer y comienzo a plegar todos los objetos que he ido vomitando a lo largo de la noche: guardo el ordenador o el libro, apago el brasero, recojo ropa olvidada, el mando en su sitio, los cables del móvil, los vasos que van apareciendo a lo largo del día y no encuentran su camino, y un largo etcétera.

Siempre disfruto con los movimientos arrítmicos de los sueños de mi suegra. Me gusta imaginar que es una chaman de una tribu india, y que los movimientos que su cuerpo transcribe (parecidos a los vaivenes de los cochecitos de los bares) es un baile ritual expulsando a los demonios del pueblo. Suele terminar con una especie de mitad ronquido, mitad palabra a todo volumen con el cual se termina despertando. Entonces, el ritual de la expulsión de los demonios ha terminado con éxito. Mira la hora, y dice: < Me voy a acostar>. Señora, lleva acostada todo el santo día.

                Ella también suele hacer unas acciones antes de acostarse. Preguntar: <¿Vas a sacar a la perra?>, intentar bajar la persiana, cerrar la puerta y decir: <¿No os acostáis?>. Esta frase la va intercalando con otras como: < Acostaros ya> o <¿Apago el brasero?>. Normalmente cuando dice esto, antes ya ha apagado el brasero. 

                Nuevamente me he salido del camino.

Tengo una pequeña obsesión. Antes de acostarme, cuando he subido de bajar a la perra y serrado con doble candado la puerta, suelo mirar con atención. La cocina donde actualmente resido tiene lo que en casa llamamos ¨La terraza¨. Esta terraza esta desprovista de un camarero que te anote una caña (aunque en la casa hay sillas como para montar un salón de bodas). En la terraza hay una ventana que da a un patio comunitario (he de mencionar que vivo en un 1º) y entre las muchas, miles, millones, trillones de cosas que envuelven el pequeño habitáculo; hay un armario empotrado que oculta la lavadora y un mueble de un cuarto de baño. Y según mi imaginación, también se ocultan los vecinos de los pisos superiores que han bajado por la cañería, han entrado por la ventana (que siempre está abierta) y se ocultan tras las puertas del armario. Esperan a que nos durmamos para salir de su apestoso escondite, rebuscar entre nuestros objetos, robarnos; y lo que es peor, matarnos de un susto. Sé a ciencia cierta que esto ocurre, por eso muchas veces no encuentro las llaves donde las deje. Una vez que han entrado y se han hecho con todo lo que quería, cogen las llaves, desbloquean la cerradura y salen como si no hubiese pasado nada.

                En realidad, no sé si algo de lo que he escrito es cierto. Pero lo que si se, es que mis tres cuartos de hora están cumplidos; y si por casualidad algún vecino lee esto, sabrá que la ventana siempre duerme abierta y en estos momentos puede estar escondiéndose tras las puertas o lo que es peor, matarme de un susto. Una noche más miraré tras las puertas. 

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