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8 min
Perdón de Dios. 1ª parte.
Históricos |
04.01.17
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Sinopsis

Lejos de su hogar, el rey inglés comanda un ejército de fieles cristianos para recuperar tierra santa de manos de sus enemigos.

-Alzad la sagrada cruz de Jesucristo. Desenvainad las espadas y preparad vuestras almas. Hoy luchamos por Dios, para expulsar a los infieles de su santa tierra. ¡Por el rey! ¡Por Dios! ¡A la guerra!-exclamó finalmente el cruzado al tiempo que bajaba la visera del yelmo y mostraba su brillante acero al incansable sol de Palestina.
Tras la empalizada que los protegía y una improvisada trinchera, se extendían doscientos metros de tierra de nadie.
El campo polvoriento, teñido con la sangre de aquellos que lucharon en el nombre de Dios, se preparaba una vez más para ser arrasado por la guerra. Varios trabucos eran colocados en posición. El ariete se disponía a seguir el camino menos accidentado mientras los hombres se santiguaban frente al altar y ante los curas que caminaban entre las temblorosas filas.
-Que comience la batalla.-ordenó el rey desde su montura, a la entrada de su tienda. El aire soplaba en su contra, levantado su capa roja al viento, junto con los pendones de sus caballeros.
La guerra alzó largas columnas de humo, cubriendo poco a poco el cielo con oscuras nubes que ocultaron el sol. Costaba respirar y los hombres, imitando a sus enemigos, se tapaban el rostro con telas.
Y cumpliendo las órdenes de su señor, cerca de dos mil hombres comenzaron a avanzar por aquel campo sembrado de muerte. Varios grandes paneles de madera cubiertos con pieles húmedas defendían su avance. Mientras tanto, la artillería descargaba toneladas de rocas sobre muros sarracenos. Ninguna era la esperanza albergada de abrir brecha. Sin embargo, los impactos hacían mella en torres y almenas, debilitando la situación del enemigo.
Pronto, una vez la posición fue propicia, hábiles arqueros venidos desde el otro lado del mediterráneo y allende, proporcionaron fuego de cobertura sobe la infantería que corría sudorosa hacia el castillo, portando arietes y escalas.

Las flechas silbaban a su alrededor, amenazando su vida a cada segundo que pasaba. Con el corazón encogido alzó el escudo para protegerse y al instante sintió un golpe al otro lado de la superficie. Y otro, y otro. Uno a uno los impactos iban aboyando la protección.
A su alrededor, los hombres caían por decenas. Una flecha a la pierna y estaría perdido, al igual que el templario que avanzaba a su lado. Su Dios lo había abandonado o reclamaba su vida mientras él se retorcía dolorido en el polvo del desierto, lejos del lugar en el que nació, junto al lugar en el que murió su amado señor. Su agónico final llegó en forma de virote contra el rostro. Sintió curiosidad por saber qué quedaba de él, pero cayó silenciado bajo las botas de cientos de soldados cristianos.
De pronto el suelo se levantó bajo sus pies. La tierra saltó por los aires y él con ella. Cuando volvió a abrir los ojos la sangre bañaba su rostro. Se palpó el cuerpo más no encontró la herida de la que manaba. Echó un vistazo a su alrededor y vio largos charcos rojos y varios hombres tendidos sobre el barro. El aire estaba cargado de humo y sangre. Pequeñas gotitas le iban cayendo sobre el rostro. Se puso en pie, indiferente al milagro que acababa de salvar su vida.
Una última carrera le sirvió para tomar refugio al pie de las murallas. Fue una mala elección, pues allí el peligro era aún mayor. Piedras, aceite, jabalinas y todo tipo de objeto imaginable como proyectil caía desde las almenas. Y se preguntó qué demonios hacían los arqueros desde las empalizadas.
Miró a su alrededor, buscando protección alguna. Más lo que encontró fue muerte. Muerte dondequiera que posara la mirada. Pocos hombres conseguían hacer lo que él y llegar hasta el muro. El resto quedaba por el camino, acribillado por flechas sarracenas. No sabía muy bien qué pensar, pero por el momento parecía que el Dios musulmán estaba más presente que el suyo propio.
-Santo Dios misericordioso, ten piedad de mi…-fueron las únicas palabras que escuchó de aquel buen hombre. Se trataba de un noble, a juzgar por su atuendo, embutido en acero. Pero de poco le había servido la armadura que había pagado con sus riquezas. Una enorme roca, lanzada por más de una persona, aplastaba su cabeza con la fuerza de los cielos.
-Descanse en paz.-murmuró apesadumbrado.
“¡Escalas”! gritó una voz a sus espaldas. Y para cuando se quiso dar cuenta todo estaba preparado. Había pasado demasiado tiempo mirando al suelo y pensando en la vida.
El grueso del contingente se había plantado ante las puertas de la fortificación, ballesteros ocultos tras sus paveses acababan con aquellos defensores con valor suficiente para asomarse al exterior.
Las escalas se alzaron del suelo y golpearon contra las almenas para desesperación de los infieles que las protegían. Los primeros en tocar su madera cayeron al instante bajo un intenso fuego enemigo, un último intento de detener su avance. Sin embargo la marea de soldados cristianos era incansable y donde caía un soldado de dios, otro ocupaba su lugar.
Alguien lo agarró del brazo y lo obligó a ir a la escalera más cercana. Junto a él, la sagrada Cruz había sido plantada en el suelo y decenas se agolpaban a su alrededor, buscando su escudo celestial.
La imagen del símbolo que representaba a su Dios le dio fuerzas. Fuerzas para echarse el escudo a la espalda y subir por la larga escalera de mano que lo separaba de una muerte casi segura.
Por la gracia de Dios los proyectiles surcaban el aire sin acertarle, pese a las muchas ocasiones en que vio pasar la vida ante sus ojos. El soldado que ascendía sobre él lo hizo más alto de lo que debía, pues mientras su cuerpo caía hacia un lado con una flecha incrustada en el hombro, su alma se hacía un hueco en los cielos junto a su salvador.
Finalmente y contra todo pronóstico alcanzó el final de la escalera. Saltó rápidamente al otro lado y sin apenas tener tiempo para situarse alguien lo placó contra la pared. Fue un golpe duro, dejándolo sin respiración durante unos segundos que le parecieron una eternidad.
Tras el visor del yelmo pudo ver a su atacante. Se trataba de un sarraceno, no cabía duda. Su tez morena lo delataba, así como la armadura oriental que portaba, su espada y rodela.
Intentó golpearle con su acero. Sin embargo ni siquiera pudo alzar el brazo antes de que un nuevo golpe llegara, esta vez propinado con el escudo.
Cayó de espaldas, desorientado y dispuesto a abrazar a los ángeles que en esos momentos bajaban a rescatar su alma. Sin embargo no llegó golpe alguno. Abrió los ojos y vio al sarraceno siendo acuchillado por un soldado con la cruz roja en el pecho.
Se puso en pie lentamente, dolorido. Cogió el escudo y la espada del suelo y se preparó para recibir un nuevo ataque, esta vez lo vería venir. Pero no fue así. Tan pronto como alzó el escudo para cubrirse el pecho un nuevo enemigo saltó sobre él gritando como si lo poseyera el demonio.
Se plantó en el suelo con fuerza y el otro retrocedió aturdido por el golpe. Alzó la espada y la descargó sobre él con todas sus fuerzas. Rebotó contra su yelmo, aboyándolo y dejando a su portador sin sentido. Sonrió alegremente al verse victorioso.
-¡A cubierto!-Tan pronto se giró, una flecha le alcanzó en la garganta. Soltó sus armas y se echó las manos al cuello, desesperado. Frente a él una larga fila de arqueros disparaban sobre ellos desde los tejados de los pocos edificios que en el interior se encontraban.
Cayó al suelo de rodillas, aún estaba vivo. Pobre desgraciado. Junto a él los cuerpos de sus hermanos se amontonaban unos sobre otros mientras iban cayendo uno a uno. Aquello no era más que una trampa, un matadero.
Un fuerte temblor sacudió los cimientos al tiempo que cerraba los ojos y soltaba un último suspiro, viendo como la vida se le escapaba en él.

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