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6 min
Perdón de Dios. 2ªparte
Históricos |
17.02.17
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Sinopsis

Caían uno a uno, frente a las puertas, en un vano intento por establecer una posición junto a los muros y garantizar la seguridad del ariete y de los hombres que lo empujaban.
A sus espaldas, el rey arengaba a los hombres desde la seguridad de una decena de paveses.
Pero el león inglés hondeaba cada vez con mayor dificultad. Los proyectiles caían sobre ellos en una intensa lluvia caída de los mismísimos infiernos. Y en aquellos momentos, mientras se protegía con el escudo dentro de la formación, rodeado por sus compañeros, pensó. Pues no podía hacer nada más que pensar al tiempo que sentía uno tras uno los golpes en la superficie de la protección que sostenía con fuerza, aterrado ante la posibilidad de que quebrase.
¿Qué hacía allí? Lo sabía, tenía sus razones. Había abandonado su hogar junto a su hermano, allí en las colinas de Aberdeen, en Escocia, para ganar dinero. Pues aquella fue la promesa del rey. Cientos de mensajeros partieron desde Londres para llevar las nuevas a lo largo de la isla. Que el león inglés marchaba a la guerra santa contra el infiel musulmán. Que Dios necesitaba de sus brazos para portar las armas que defendieran el cristianismo. Y más que todo, que la paga estaba asegurada. Sumándole las riquezas de los saqueos. Pues nadie se interpondría a la razia del infiel.
Pero la pregunta era, ¿por qué? Si las santas escrituras decían la verdad, ¿por qué estaban allí? Si Dios era omnipotente, ¿por qué crearía un mundo con falsas religiones? Para ponerles a prueba, decían, pero…Dios todo lo puede y en todas partes se encuentra, ¿Acaso un ser capaz de todo, necesitaba pruebas de su fe o de su buena voluntad? ¿Con qué fin? Si así era, ellos no eran más que peones en un juego que solo él entendía y solo su disfrute causaba.
Aquellos pensamientos lo atormentaban, amenazando con quebrantar su fe, y por lo tanto, borrar cualquier sentido a su existencia. Por fortuna, Dios escuchó sus dudas, y para acallarlas, una roca arrasó a su derecha con sus compañeros.
La fuerte explosión levantó una nube de arena mezclada con la sangre de los caídos, ahora irreconocibles. Pero no por ello bajó el escudo, ni cambio de posición. Se mantuvo en su sitio, a salvo de la muerte tan solo gracias a unos pocos centímetros de madera que portaba con fervor.
Miró a su alrededor, sacudiendo la cabeza para aclararse la vista de la sangre ajena, y por fin vio el ariete pasando junto a ellos, dirigiéndose hacia las puertas. 
Poco tardaron los proyectiles en cambiar el blanco y darles un respiro. Y aun así mantuvo el brazo en alto, agarrotado bajo el peso del escudo, ya que el miedo a la muerte superaba cualquier cansancio que pudiera sufrir.
-¡Vive Dios!-gritaron los hombres en cuanto las puertas cedieron ante el envite del ariete.
Decenas de soldados corrieron al interior, ansiosos por probar la sangre sarracena, pero él mantuvo la calma y caminó lentamente en dirección a las puertas para no dar oportunidad a los arqueros enemigos.
Al entrar ya no quedaba apenas resistencia enemiga o no la veía, pues soldados ingleses corrían por todas partes, buscando un contrincante con el que valerse.
A decir verdad él también quería combatir. Tras haber sobrevivido al avance por aquel campo sembrado de muerte, quería ver cara a cara a aquellos que les habían disparado y hacérselo pagar. No se detuvo a pensar en que ellos defendían su hogar, y que aquel desierto, que ellos consideraban infernal y estéril, sin valor alguno, para los sarracenos lo era todo.
Y encomendándose a los santos corrió hacia la torre del homenaje, el último claro bastión del enemigo ante el invasor. Por fortuna, sus puertas no habían sido cerradas. Alzaron el acero y cargaron contra sus defensores.
Embistió al primero con el escudo, tirándolo al suelo. Con la espada atacó al segundo que le quedaba a la derecha, cercenándole el brazo. Entonces volvió su atención sobre el caído. Levantó el escudo y lo descargó sobre su rostro una y otra vez con la punta de madera, hasta que dejó de moverse.
A su alrededor varios compatriotas combatían contra sus contrincantes, pero no tenía tiempo de ayudarles, debían evitar a toda costa que cerraran las puertas o el asedio se prolongaría, así como las muertes. La cruz debía brillar en lo alto de aquella torre.
Corrió escaleras arriba y atacó a uno de los guardias sin piedad. El pobre hombre, que miraba la escena encogido tras su arma, recibió un tajo en el pecho y fue apartado de un golpe al tiempo que se desangraba.
Entró dentro del edificio y se encontró con media docena de soldados preparados para luchar, esta vez no los iba a coger por sorpresa. Al mismo tiempo, desde las escaleras que rodeaban la estructura por el interior, los arqueros apuntaban a la entrada.
Hincó la rodilla en el suelo y se cubrió con el escudo. Una flecha impactó en él, pero el resto fallaron. Sin embargo, para su sorpresa, vio por el rabillo del ojo como varios cuerpos caían al suelo sin vida. Volvió la cabeza y vio a sus hermanos ingleses cargando junto a él. Lamentó la muerte de los caídos, pero debía actuar. Se dio un golpe en el casco con la empuñadura para infundirse coraje y cargó junto a ellos.
Los primeros instantes del combate fueron un ir y venir de empujones. Una demostración de fuerza empujando escudo contra escudo para derribar al contrario y asestar el golpe de gracia.
A sus espaldas más soldados llegaban en su ayuda.
A través del visor podía ver los ojos de odio y desesperación de su contrincante. No era más que un niño, apenas dieciséis años, sin haber conocido todavía la vida. Sintió lástima y lloró por su destino. Su deber era recuperar tierra santa y ello conllevaba acabar con sus enemigos. Sin embargo su piedad se impuso al deber. Cogió fuerzas y golpeó el escudo hacia el frente, desestabilizando al joven palestino. Antes de que pudiera darse cuenta arremetió contra él y lo noqueó de un nuevo impacto.
Una flecha cayó desde lo alto de las escaleras que llevaban a los pisos superiores y fue a parar contra su yelmo, aboyándolo. Se llevó una mano a la cabeza, dolorido, y al momento su mente se nubló a la vez que sentía un fuerte dolor en la nuca. Para cuando quiso darse cuenta se encontraba postrado en el suelo, luchando por respirar.
Sentía el peso de la gente sobre su espalda, luchando y cayendo, pero pronto perdió el conocimiento.

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