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5 min
Perdóneme, Sr. Eminencia
Reflexiones |
23.03.20
  • 4
  • 8
  • 127
Sinopsis

Un crítico literario se burla de un escritor. Pero luego descubre que no todo es literatura.

Era yo todavía muy joven e inseguro, pero engreído y ambicioso. Comenzaba a escribir y mis cuentos eran –siendo sincero aún lo son– francamente ridículos y sensibleros; sin embargo, para mí, en mi anublada cabeza eran los mejores del mundo; ya existía la internet, por cierto, y los publicaba de manera anónima como recién salidos del horno con un eficiente copy-paste de Word a la página web. Por los números que acumulaba, me creía un genio.

Recuerdo que había llegado por casualidad a un post de Facebook –sí, ya existía Feisbuk– de uno de los escritores contemporáneos más renombrados de mi pueblo, y que en ese momento radicaba en París; sus libros habían sido publicado por todas las editoriales conocidas del planeta, tales como Seix Barrial, Mondadori, etc, y tenía reseñas literarias del New York Times, el Boston Globe, El País, el Bild , Le Monde, y muchos más. Yo me había convertido en uno de sus lectores y comentadores recurrentes, ya que sus posts, en su mayoría, eran sardónicos y hasta divertidos.

A mí, no obstante en honor a la verdad, de todos sus libros sólo uno me gustaba, “Los pendejos se hacen a sí mismos por convicción”. Era un escritor mordaz y picapleitos; en cambio, tenía un alma tan dulce y samaritana que cualquiera se animaba a verle la cara de tonto. Solo tenía un defecto: era endiabladamente pretencioso y narcisista, ah, y a pesar de ser un excelente prosista, era una nulidad como poeta. Yo no lo sabía.

Cierta vez, publicó un poema que él consideró una eminencia literaria. Para mí no tenía la calidad suficiente. Y lo peor es que se los etiquetó a todos sus editores internacionales que comenzaron a lanzarle grandes vítores. El poema decía así.

A la flores

"Las flores del romero,
niña Isabel,
hoy son azules,
mañana miel.

"
El jazmín es una flor,
no vividora

ya que no dura horas

¡Rayos de estrella!
El ámbar es ella
aprended, flores, de
entre ayer y hoy,
maravilla fui,
y sombra mía aún no soy".

Impertérrito en mi opinión y molesto por tan burdo “crimen poético”, le escribí en los comentarios:

“Apreciado amigo mío, siento decirle que, a pesar de que lleva la prosa en sus adentros, usted nunca llegará a ser un gran poeta. Su poema carece de lo que es principal en la poesía: LIRISMO; y en vez de ser un canto a las flores, se convierte en una adulación a su persona. Atentamente, un lector asiduo de su obra.”

La que se armó en la sección de los comentarios. Como pude, me di a la tarea de capear la guerra fratricida de proporciones épicas que se libró entre sus seguidores y los que defendían mi postura. Fue inútil. Me llenaron el buzón de notificaciones inservibles.

“Dios se apiade de tu alma, fariseo del diablo. Tienes el infierno ganado, ignorante”, me escribían.

“No juzgues para que no seas juzgado, basura de mierda.”

“Quien sos vos, hijo de puta, para decidir qué es bueno y qué es malo.”

Pero el mensaje más duro vino del propio creador. Me escribió:

“Se ve que sos una persona inteligente. Me gusta. Pero no, lastimosamente, no puedo tomar tus palabras en serio. NO SOS UN CRÍTICO LITERARIO importante, no tenés siquiera una carrera como ESCRITOR o EDITOR, nunca nadie ni ninguna editorial internacional te ha publicado trabajo alguno, ni siquiera un maldito cuento. En una palabra, SOS UN MALDITO DON NADIE.”

¿Qué si lloré? No; en cambio, decidí rehacer el poema en plan de venganza y distribuirlo en la internet atribuyéndolo a su nombre. Escribí:

A las flores

"Las flores del romero,
niña Isabel,
hoy son flores azules,
mañana serán miel.

“Flor es el jazmín, si bella,
no de las más vividoras,
pues dura pocas horas
que rayos tiene de estrella;
si el ámbar florece, es ella
la flor que él retiene en sí.
Aprended, flores, en mí
lo que va de ayer a hoy,
que ayer maravilla fui,
y sombra mía aún no soy".

Pronto el poema fue tagueado y compartido miles de veces en Facebook; apareció posteado por todas partes, hasta en las postales del día de la Madre. El escritor quiso detener el bulo y la chanza pero se vio superado por la cantidad y calidad del poema. Yo me sentí realmente satisfecho.

Muchos años después, sazonado ya por la vida, mientras releía a los clásicos de mi patria, me topé con uno de sus libros. Abriendo extremadamente los ojos, me di cuenta que en realidad era un genio. Me avergoncé de mí mismo. Viaje a París enseguida, pregunté por su apartamento y pronto di con él. Vivía con modestia y dificultades económicas. Andaba en silla de ruedas, rodeado de su familia, su excepcional familia. Todavía tenía ese carácter alegre y despreocupado.  Bajé la mirada y lloré por mis errores. No hice mención de lo sucedido tiempo atrás.

Simplemente me arrodillé acongojado, le tendí la mano y dije:

“Perdóneme, Sr. Eminencia”.

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  • francesc miralles, gracias por tu comentario. Y sí, recuerdo tu cuento "La Voz". Y sigo firme en lo que te comenté en su momento. Un gran saludo, amigo.
    kerman fdez lez, gracias por el comentario, amigo. Saludos
    Creo que quieres hacer gala de tu sentido crítico, por lo que a veces exageras tu jucicio crítico.
    Un buen relato. A veces se juzga el trabajo de una persona por un simple error, cuando como dice Serena el madurar también contribuye a hacer obras maestras. Esto ocurre también con el mundo de la interpretación, con los actores de teatro y de cine. Muchas veces uno escribe para contrarrestar una vida de penurias, que es una forma de respirar. En mi relato sobre la "VOZ..." se basa en hechos reales, y lo que el protagonista sintió cuando ve a la amiga triste, fue realmente así. En cuanto al amigo que conoció en una escuela de idiomas aunque es algo episódico la vida en la ciudad en la que se entra y se sale de centros, y de lugares es frecuente hacer amistades.
    Suele ser así. En la juventud somos osados, impulsivos, porque la vida aún no nos ha bajado los humos... con el paso del tiempo entendemos que una flor no hace verano y, como en este caso, que el trabajo de toda una vida no se valora por un solo acto. Es lo bueno que tiene madurar.
    Precioso y preciosista. Me lo he pasado en grande y hago mía tu moraleja. Me ha encantado. Un saludo fraternal y virtual con el codo. Muchas gracias por parte de este, hoy, insomne. kfm
    Serendipity, así es. Aunque aquel joven crítico tenía la razón, a la larga y en la madurez, se dio cuenta que la obra del escritor era mayor, mucho mayor que aquel simple poema.
    Le honra reconocer que se había equivocado. Nunca es tarde para pedir perdón. Saludos
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