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10 min
Persecución
Terror |
19.10.19
  • 5
  • 1
  • 2344
Sinopsis

Persecución

...No tuve tiempo de mirar detalles, pero mi mirada fría y sudorosa alcanzó a notar el número 1232 al entrar a aquella casa derruida por los meses. La fachada era de color suave, crema, y la esperanza que infundió sobre mi corazón acelerado era justo lo que estaba esperando. Cuando dí el último vistazo sobre la calle, supe que no volvería a salir en días, dado mi constante temor. No iba a estar seguro de poner un solo pie afuera hasta que todo hubiera pasado. Por lo tanto, me tomé tres segundos para absorber los detalles importantes; como el que todavía faltaba más o menos una hora para que Sol alcanzase su punto en el mediodía, y que el ambiente seguiría frío, con las películas de rocío esparciéndose sobre las bellas calles, y sobre los arbustos enanos que eran lo único que reflejaban cierta tranquilidad.

No tuve más tiempo de observar los elementos que ahora se presentaban cuando entré por el portal sin puerta, pero eso era lo de menos. Si quería salvarme, tenía que ser rápido, y buscar un escondite seguro hasta que se fueran. Fue todavía de menor relevancia cuando todo lo que observé fue una recepción totalmente oscura, con leves trazos de franjas moradas, asomándose entre los resquicios de las ventanas lejanas a mi izquierda. Entre mis pies, toda clase de restos de maderas y techo destruidos hicieron ruido por primera vez tal vez en semanas, mientras, todavía espantado, me dirigía hacia un pórtico donde unas escaleras calladas me recibían. La escena trémula de mi cabeza cambió con rapidez.

Probablemente pasaron otros diez segundos en lo que subía apresurado, logrando conjugar el trotar de mis zapatos brillantes con los de mi corazón aterrado. Mientras subía, pensaba en si tendría suficiente tiempo para refugiarme, pero nada más; porque cuando uno se encuentra en peligro inminente, lo único que se tiene en mente es hacer a un lado todo el resto y concentrarse en la primitiva supervivencia.

Cuando me encontré arriba, me encontré con que había varias habitaciones, y me pregunté en qué clase de sitio me hallaba. Por fin, varios haces de luz del Sol caían desde arriba, donde la oscuridad todavía reinaba, y también en todo a mi alrededor. Me sirvieron de guía para percatarme de que la casa era enorme, constituida por varios pisos, quizás al menos cuatro, lo cual, aunque me ofrecía un rango mayor de oportunidad de encontrar algún escondrijo, también significaba que podría perderme fácilmente… Mi torpeza era evidente y me dirigí, sin pensarlo, hacia arriba, cavilando que ese sería el último lugar donde ellos buscarían.

Era un recinto enorme, sí, y conforme subía por las infinitas escaleras hacia el tercer y antepenúltimo piso me di cuenta de que mis captores habían entrado por la abertura sin puerta donde yo había estado antes. Toda mi adrenalina se disparó entonces, y, como en un acto de arriesgada locura, asomé levemente mi mirada hacia abajo por entre los espacios del barandal viejo que limitaba el pasillo donde me encontraba. Con el corazón resonando discreto dentro de mi cabeza, pude divisar otro ligero atisbo de mis perseguidores. Los vi desplazándose con seguridad entre los pedazos de construcción, tan fácilmente arrancándolos desde el baldío y examinándolos con sus anormales extremidades, para luego arrojarlos. En sus cuerpos oscuros y húmedos se reflejaba el único y enorme haz de Sol que penetraba desde lo alto en el tragaluz, a unos 15 metros de altura. El escenario era espeluznante, pues no había más que silencio allá abajo, y estaban ahora tan cerca de mi…

Me desplacé unos centímetros a la izquierda para lograr ver mejor, pero el barandal dejó escapar un ruido seco debido al metal oxidado, y sólo entonces me di cuenta de la insensatez que estaba efectuando. En un santiamén, mi cuerpo aterrado y torpe volvió a esconderse lejos de los barrotes del barandal, y mis piernas reaccionaron por fortuna para esconderme en la última puerta del pasillo. Allá abajo; solo tuve el tiempo necesario como para divisar más sombras… no supe si se habían dado cuenta, pero aquel eco habría sido suficiente como para dar una señal clara.

Cuando entré en la habitación, cerré la puerta detrás de mi, y presa de una agitación espantosa, busque un lugar seguro para esconderme. Una oscuridad purpurina estaba colocada en cada uno de los cuatro extremos del enorme cuarto. Parecía no ser una recámara común, pues era más espaciosa de lo normal. Unos pocos restos de muebles probablemente enmohecidos y apolillados adornaban la extensa planicie del piso y ofrecían buenas oportunidades de camuflaje, aunque sabía que el tiempo para pensar en alguno era reducido.

Deslizańdome con tarda rapidez entre los rincones de la recamara, orientándome con ayuda de la poquísima luminosidad proveniente de una única gran ventana cubierta por cortinas moradas; encontré un escondrijo casi imposible, un hoyo abierto a manera de madriguera cerca de una de las esquinas, bastante oscuro, pero que me sería de bastante utilidad.

Respirando por un segundo casi totalmente aliviado, como si mis problemas hubieran terminado, tomé con ridícula cautela algunos de los muebles más pequeños, acomodándolos de manera estratégica por aquí y por allá, de manera que se vieran “ordenados”. Pasado poco más de un minuto, temí porque mis pasos obtusos hubiesen atraído a mis captores, así que decidí terminar cuando encontré un ropero destruido lo suficientemente grande como para tapar la entrada del agujero abierto en las paredes del cuarto. Aquel armario de madera crujiente tenía, para mi suerte, un boquete abierto de tamaño considerable en la parte de atrás, por lo que decidí arrastrarlo para que aquel hoyo coincidiera con la la trinchera abierta en la pared, y, una vez allí, me sirviera como una especie de pasadizo todavía más seguro. Solo me bastó darle un par de patadas y desgajar con las manos los trozos de madera colgantes para hacer la rotura del mueble aún más grande, hasta asegurarme de que mi cuerpo pudiera pasar por allí.

Cuando lo hice, coloqué, no sé por qué, una lámpara de noche de buen calibre que estaba arrumbada por allí, y un viejo radio sin baterías también pesado; encima del ropero, como para que mi treta no se viera tan sospechosa. A continuación, abrí una de las dos puertas del guardarropa, me agaché y me introduje con cuidado a través del pasaje que ahora había construido. Cerré las puertas y me arrastré con dificultad, pero deprisa, primero a través de la caja del mueble, y luego hacia lo más profundo de mi oscuro escondite.

Mientras tanto, guiados como por alguna especie de siniestro ecolocalizador, pude percibir el lento andar de ellos al subir las escaleras hacia el tercer piso, que era donde me encontraba, y por unos segundos lamenté no haberme arrastrado hacia el último piso, donde era menos seguro que revisaran.

Mi cuerpo entero temblaba de miedo, aunque me encontrara relativamente seguro, en los interiores de una cámara secreta húmeda, que sospechaba pudiera haber sido construida allí antes… Dudé acerca de su naturaleza, puesto que era casi un búnker, aunque claro, tosco, que alguien había abierto a la fuerza entre las paredes; por dentro cubierto de moho y alimañas invisibles entre tanta penumbra. Pero la penumbra era segura, porque volvía invisible, y más aún, mi estrategia había sido ingeniosa, porque podía asomarme a mirar de reojo entre los resquicios de poquísima luz que entraban entre las grietas y espacios de la puerta del guardarropa.

En todo momento, me mantuve silencioso, totalmente obsesivo, tratándome de asegurar de que ni mi respiración fuera captada, pero llevándome las manos a la boca de la ansiedad… Ahora los pude sentir caminando sobre el piso, aunque puertas más allá, a través del pasillo. Se acercaban, y cerré mis ojos con fuerza como para escapar lo más lejos del terror… Quería estar lejos, lo más lejos posible; y ser silencioso, pequeño e indetectable, aún si estuviera entre las tinieblas como ahora.

Las pisadas aumentaban en número y fuerza; arremetí mis piernas contra mi cuerpo para encogerme, abrazándome a mi mismo, a punto de chillar del miedo. Nunca los había tenido tan cerca.

De pronto, como si de un rayo esperanzador se tratara, escuché que sus movimientos se alejaban, ahora hacia más allá del principio del pasillo, y después oí como subían las escaleras metálicas hacia el cuarto y último piso, todos en grupo. Ni siquiera habían entrado a mi habitación, pero eso no significaba mi salvación.

Percibí como se dirigían en tropel hacia el último pasillo de ese último piso, y casi pude visualizarlos abriendo las puertas de par en par, cada uno adentrándose en sendas habitaciones, desordenando y examinando con prolija astucia los objetos tirados… Finalmente, escuché las fuertes pisadas de algunos de ellos en el último apartamento de la última planta, y también sus voces grises y robóticas, comunicándose de manera antinatural y espeluznante, examinando como resollaban por encima de mi.

Me pareció detectar cierta sonoridad autómata, maquinal, en sus diálogos tenebrosos, aunque posiblemente para ellos fuera natural. Cuando intercepté el tronar de sus vozarrones, que parecía no tener distinción entre ellos, pude descifrar con mis oídos ciertas palabras que denotaban el final de una exploración, como si hubieran decidido marcharse. Se oyeron unos cuantos tropezones, y más voces desconocidas, mientras yo miraba hacia arriba como tratando de observar algo, aunque solo se interpusieran las franjas oscuras de mi escondrijo. Volvieron a la puerta, y se volvieron de su camino.

Temí enormemente el que regresaran a examinar el piso donde yo estaba, pero no fue así. No sé si agradecí a Dios, totalmente y para mis adentros, pero respiré por fin calmado. Mis ánimos agitados dieron paso a una indescriptible paz, y mis músculos se soltaron como en un profundo ataque.

Dejé de escuchar sus atronadores pisotones, y estiré mis piernas cansadas; mi cuerpo acalambrado volvió a su estado anterior de permanente vigilancia. Me senté, todavía dentro de mi armado escondite, y reflexioné durante toda aquella tarde, hablando conmigo mismo acerca de lo que había pasado, y repasando cada uno de los sucesos.

En una cosa había estado completamente seguro para conmigo, y era, como había dicho bien al principio, que no iba a salir de allí, de mi guarida oculta en las tinieblas más seguras de este mundo, durante los próximos siete días…

 

 

 

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Soy el escritor transparente. Tengo 23 años de edad. Me gusta escribir relatos extraños y psicodélicos. Tengo un gusto particular por objetos translucidos y coloridos.

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