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6 min
Perspectivas
Varios |
15.12.16
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Sinopsis

Nuevo relato, espero que les guste.

 

 

Perspectivas

 

El día que transcurrió esta historia amaneció soleado. Carlos esperaba el colectivo, resignado a ser encandilado por esos rayos tan molestos. Carlos odiaba aquellos días. El colectivo, unos cinco minutos más tarde, se hacía presente. Subió, indicó el destino, pagó y se sentó en uno de los asientos individuales que había disponibles, justo en el centro. Realizó estas actividades de forma mecánica, pero no tan fluido como las personas que toman el colectivo a diario.

Carlos se relajó con un raro movimiento de hombros. Ajustó la cortina a su placer, y sacó el libro de su mochila. Empezó a leer, rápido, pero a conciencia, procurando hacer oídos sordos a las múltiples charlas que llegaban a sus orejas. Lamentaba haber perdido los auriculares. Leyó unas cinco páginas de forma ininterrumpida, se frenó en un punto a parte. Miró por la ventana, y a los pasajeros que subían. Cuando se dio cuenta que el mundo real no era interesante, volvió a las páginas de tono amarillento.

El viaje estaba a medio camino, y llevaba leídas seis páginas. El viaje pasado había leído diez. Volvió a la historia, pero había perdido algo el interés. Las oraciones eran largas y hacía mucho que no había diálogos. Dejó de leer, colocando el dedo entre las páginas del libro. Vio hacia adelante, y se dio cuenta que el camino pronto llegaría a su fin. Se alarmó ligeramente. Si hay algo que molesta a Carlos es dejar la lectura en el medio de una oración. Se apresuró, leyendo bastante más rápido que su ritmo habitual. Con la vorágine no entendía la totalidad del texto, pero a aquella altura no le importó demasiado. Empezó a leer salteándose renglones, ya sin entender nada, tragando las palabras carentes de significado. Su mirada alternaba al libro y al frente, a razón de cinco segundo a uno. Pronto se dio cuenta, que tenía que pararse si no quería saltarse su parada. Eso hizo, pero el apuro provocó que su libro salga despedido a algún rincón de los asientos dobles. Se movió con rapidez, recuperó el volumen, y llegó a tocar el timbre a tiempo. Apenas se enderezó, alcanzó a ver que otro colectivo avanzaba en forma transversal por la bocacalle. El tiempo pareció detenerse, o al menos hacerse mucho más lento. Vio a través del espejo al conductor de su colectivo, que no estaba enterado de lo que iba a suceder, su mirada solo se centraba en frenar y abrir la puerta trasera. Vio a los pasajeros, vio aquel casual fotograma, y nadie era consciente, que eran probablemente los últimos instantes de sus vidas. Los ojos de Carlos vieron cómo el otro colectivo se acercaba a una lentitud asombrosa. Eran unidades de la misma línea, donde el recorrido se cruzaba. Los últimos pensamientos de Carlos se trataban de vislumbrar si el chofer del otro colectivo se había dormido o desmayado. Por desgracia la pregunta quedó en suspenso, y nunca logró una conclusión.  

 

 

 

Javier era un joven de unos veinticinco años. Le gustaba nadar, las pinturas y ver películas de los 90´. Aún así, no mostraba gran interés por estos pasatiempos. Solo los realizaba para matar el tiempo. Javier era bastante torpe. Hacía poco que había aprendido a andar en bicicleta, y ahora daba uno de sus paseos, bajo el sol de mediodía. La mayoría de los ciclistas lo rebasan con facilidad, a pesar de que él tuviera el último modelo de la bicicletería del barrio. Veía como algunos lo pasaban silbando y sin las manos en el manubrio. A Javier le costaba andar incluso con una mano, y sentía una envidia por los habilidosos que eran los otros ciclistas.

Había llevado una botella de agua. Estaba llegando a una avenida cuando se le ocurrió tomar el último sorbo, antes de que pierda la frescura. Intentó aminorar la marcha. Puso su mano derecha en el manubrio, firme. Y con la otra agarró la botella. Esto era un maniobra épica para Javier, pero a fuerza de movimientos toscos y lentos, había ejecutado su plan. Pronto escuchó que un colectivo se acercaba por su izquierda. Su percepción auditiva le informo del claro peligro que estaba por correr. El joven se puso nervioso, y empezó a zigzaguear. Estaba tambaleándose, y en un segundo de lucidez, logró inclinar su cuerpo hacia la derecha. Cayó estrepitosamente, posiblemente dislocándose el hombro. La bicicleta fue a parar unos metros adelante, pero estaba intacta. El agua había volado para el cielo, aproximadamente un metro y medio de alto. Una señora que paseaba al perro vio la caída en su totalidad. No pudo evitar soltar una carcajada, pero es verdad que movimiento del agua por los aires le pareció digno de admirar, muy artístico.

Javier, se encontraba en el suelo, todavía sin sentir dolor. Su primera impresión fue una mezcla de rabia con el conductor del colectivo, que siguió como si nada hubiese pasado; y una porción de alegría de seguir viviendo en un mundo no tan interesante. Levantó la mirada, y pudo ver como el choque se producía, a unos veinte metros suyo. El accidente fue bastante espectacular. Un colectivo había cruzado y envestido la parte trasera del micro que casi lo había arrollado, provocando que este gire en sentido anti horario. El sonido del impacto se movió en perezosas ondas acústicas, que llegaron unos segundos después a Javier, parecido al fenómeno de un rayo. La porción de ciudad se paralizó. Y todo quedó en un completo silencio. Las miradas tenían un único punto de fuga, el primero que reacciono fue Javier. Corrió al lugar de los hechos, renegado con la pata derecha. El lugar era un perfecto desorden. Vidrios y partes no reconocibles dispersos por la calle. En medio de aquello, Javier vio un libro. Ocupaba justo el centro de la escena, como si fuera lo más importante. La tapa miraba hacia el cielo, con la indiferencia propia de los objetos sin vida. El muchacho levantó el libro y lo abrió. Dentro había un boleto de ese día, de hace unos largos minutos. El resto de la gente seguía detenida, ahora observando a Javier, que leía con atención las últimas palabras del capítulo.  

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