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15 min
Pesadilla de Andrómeda
Suspense |
21.09.16
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Sinopsis

En el reino de las pesadillas, hay algunas que llegan en estado de vigilia. De la colección de cuentos "La Vendedora de Sueños".

Jamás olvidaré cómo luce la constelación de Andrómeda sobre los despejados y misteriosos cielos de Jalpan de Serra en el estado de Querétaro, México; jamás olvidaré lo ocurrido aquel mes de noviembre, el mes de los muertos.

 

Contaba yo con unos ocho años de edad cuando por vez primera visitamos la ciudad de Querétaro, llegamos un jueves, la finalidad era estar ahí hasta el sábado, día en que iríamos a conocer parte de la Sierra Gorda. Salimos temprano mis padres y tíos junto  con mis primos Pilar y Pedro hacia Jalpan, dijeron que íbamos para llevar regalos, dulces y víveres a los niños más pobres y a sus familias.

 

Recorrimos en coche la intrincada y serpenteante carretera, recuerdo haber pasado de paisajes semidesérticos, valles y montes,  a la abundante verdura de la zona. Como niños, vivíamos una aventura al ver los peligrosos desfiladeros por un lado y las colinas revestidas de un verde manto aterciopelado cubierto de zonas  boscosas. Al llegar al centro del pueblo, visitamos  la Misión de Santiago de Jalpan, el recinto nos daba su fresca bienvenida.

 

Fuimos recibidos con calidez por el presidente municipal, quien ya nos aguardaba. Él mismo nos explicó que la Misión se fundó antes de la llegada de fray Junípero Serra en 1744, pero que este empeñoso fraile se encargó de la construcción del hermoso templo desde 1751 hasta 1758; que fue la primera en ser construida y se dedicó al apóstol Santiago. Nos pareció hermosa e imponente.  Hacia el medio día, en el centro de la plaza, muchos habitantes se reunieron en una enorme fila. Nosotros, acompañados por el presidente, repartíamos ropa, juguetes y alimentos. Por la tarde el atento alcalde, nos invitó a comer en su casa. Nos regaló varios litros de pulque y nos agradeció la buena obra que habíamos ido a hacer.

 

Hacia las nueve de la noche salíamos de ahí con destino a la capital de Querétaro, para pasar la madrugada en la virreinal ciudad y al día siguiente continuar nuestro rumbo hacia México. Como era nuestra primera visita a Jalpan, el presidente municipal pidió a un arriero que nos guiara hasta la salida a Querétaro. El arriero nos flanqueó durante un tramo junto con sus dos hijitos.

 

Cuando el señor consideró que ya nos había indicado lo suficiente, se regresó en su burrito, pero uno de los niños, el mayor, que tendría como unos once o doce años, quiso seguir acompañándonos, y con una mirada que parecía ver más allá del infinito, subió a la defensa trasera del coche. Desde dentro escuchábamos que gritaba “¡Por acá, por acá, patrón, dése la güelta y a luego se sigue derechito!” Constantemente nos daba indicaciones.

 

Mi tío, que iba manejando, siguió por un angosto camino de terracería y aumentó la velocidad, “¡No patroncito, no, por a´i no, sígase p ´al otro lado!” con la oscuridad, no se percató de  que ese camino estaba interrumpido abruptamente por una curva, como siguiera derecho, caímos en una enorme zanja en cuya parte baja había milpas. El niño gritaba. Era demasiado tarde, el auto volcó, dimos la  vuelta entera dentro de él y cayó en la pendiente, al girar quedó en sus cuatro ruedas.

 

Pero esa vuelta fue eterna. Todo se sacudía y nos golpeábamos unos contra otros. Después de un tétrico silencio se escucharon los lastimeros gritos de aquel muchacho, eran gritos roncos y largos, parecía que relinchara un potrillo, y es que él iba de pie en la defensa, justo del lado izquierdo, cayendo todo el peso del auto sobre él.

 

Estábamos asustados. Queríamos salir del coche y no podíamos. Las puertas estaban trabadas. Mis primos salieron por una ventana. A mí me dolían  todos los huesos, no podía moverme. Mis primos me jalaron para salir como ellos y fui a dar sobre las milpas. Cada uno salió como pudo.

 

Estática, sentada entre la hierba y el lodo, observé que todos estaban mudos. Excepto mi tía, que se carcajeaba y lloraba, mientras golpeaba con su bolsa a mi tío en una crisis histérica; mi papá le dio una cachetada, ella reaccionó y cayó de rodillas para llorar. Mi madre estaba pálida, veía sin mirar, y el niño seguía lamentándose como un becerro. Su voz atormentaba mi pequeña mente. Una llanta seguía sobre él.

 

Mi papá y mi tío, como hipnotizados,  empezaron a caminar hacia el otro extremo del camino pero un señor les gritó “¡No, no se vayan por ái, van pa`l desfiladero!, ¡cuidado!”. En ese momento reaccionaron y regresaron para empujar el coche una y otra vez e intentar sacar al niño de debajo de él y lo lograron. El muchacho estaba empapado en sangre y lanzaba horribles gritos. Estaba casi destrozado y se convulsionaba.

 

Mi papá tenía una hemorragia en una pierna, mi madre le improvisó un torniquete con un trozo de camisa. El pulque que nos habían regalado se derramó por completo, todo apestaba a alcohol  y estábamos empapados del mismo. En ese instante experimenté una opresión en el alma, junto con una sensación de desamparo  terribles, a pesar de estar presentes mis padres. Todo era caótico.

Al poco tiempo llegó un grupo de gente del pueblo con antorchas y, sin proferir una palabra, se llevaron al niño sobre un petate, mientras el muchacho seguía frenético. Llegó un representante del ministerio público a levantar un acta y dijo que se llamaría a un juez. De súbito, vimos a lo lejos que venía a todo correr una muchedumbre con antorchas acercándose hasta nosotros.

 

El señor del ministerio aconsejó a mi papá y a mi tío  se escondieran y buscaran el apoyo del presidente municipal antes de que los pobladores tomaran venganza y les indicó por dónde huir. Ellos se fueron rumbo al pueblo escondiéndose entre las milpas y después nos relatarían que sólo escuchaban las voces furiosas de aquellos habitantes que los buscaban a caballo y con machetes que pasaban con coraje, como queriendo segar las milpas, iban de un lado al otro para matarlos.

 

Mi papá dijo que apenas podía caminar con la pierna lastimada. Recuerdo que a lo lejos se escuchaban los aullidos de los perros, como si presintieran lo que sucedía.

 

El presidente, que ya se había enterado, encontró a mi papá y a mi tío entre unas zanjas, los subió a su camioneta y les dijo que lo mejor sería encerrarlos por aquella noche “en calidad de detenidos”, más bien se  trataba de protegerlos y hacer creer que estaban detenidos, mientras se averiguaban los hechos por parte del juez, de lo contrario, aquella gente los lincharía sin ninguna compasión, estaban furiosos. Además, con el pulque que se había derramado,  los podían acusar de que iban en estado de ebriedad. Al siguiente día, después de averiguar los hechos y tomar los testimonios,  podrían irse sin problema.

 

Les dijo que no se preocuparan por su familia, pues mandaría por nosotros en cuanto pudiera, que ya su asistente tenía instrucciones de llevarnos a un sitio seguro para alojarnos más tarde en el pueblo, en la casa de su compadre. Llegaron al ministerio, donde ya los reclamaban los indignados pobladores, se fingió el arresto y, aunque no muy conformes, los habitantes se retiraron de ahí.

 

Las mujeres y los niños permanecimos angustiados junto al coche. Llegó el perito,  del que después supimos, era el asistente del presidente municipal;  dijo que ya mi papá y mi tío estaban a salvo y habían quedado arrestados para protegerlos mientras se calmaban los ánimos.

 

Al hacer el recuento, no faltó el vecino que dijo haberlo visto todo. Yo sentía que  aquello era irreal, como una pesadilla. Recuerdo que me miraba a mí misma desde fuera, como si flotara sobre la escena. Entonces llegó un comedido indito que se ofreció en lo que pudiera servir y mi mamá y tía juntaron todo lo que traían en sus monederos, vaciaron unas cajetillas de cigarros y dentro de éstas pusieron, muy bien envueltos, billetes enrollados y las enviaron a mi padre y a mi tío al ministerio público.

 

El asistente nos dijo que ya venían por nosotras para alojarnos en otra parte, pero en tanto, nos llevó hasta una calle  de tierra, en la que había una tienda de esas en las que se vende de todo y ahí, tras una cortina floreada, nos resguardaron de las miradas de la gente.

 

El lugar estaba casi en penumbras, sólo había un débil foco que apenas si alcanzaba a iluminar el centro del local. La dueña nos dio un té. Los vecinos entraban sin vernos, gracias a la cortina y a la oscuridad que prevalecía y escuchábamos: “Juanito va empeorando, está con delirios”. Cada tanto entraba otra vecina y compraba más alcohol y material de curación y decía: “Ya está rete malo, tiene calentura y no reconoce ni a su apá”.  Más tarde entró una señora que dijo llorando: “Deme varias veladoras, que  Juanito ya está difunto”. Al escuchar esto,  sentí  un dolor y miedo aún peores, entonces me refugié en mi madre para susurrarle:

 

- Má... ¿Nos van a matar?

-No te preocupes hija, todos vamos a estar bien...

De pronto hubo ruido y voces afuera, fui con mi prima hasta la entrada de la tienda tratando de no ser vistas. Con la oscuridad de la calle destacaban las muchas velas que traía una gran procesión de gente, la que avanzaba detrás de una  camilla con el cadáver del muchacho cubierto por un sarape hasta los hombros. Su rostro, en que destacaban las negras pestañas en los párpados cerrados, estaba completamente blanco, parecía de  cera.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                        Aquel  escalofriante cortejo pasó frente a nosotras rezando el rosario  en un sonsonete triste, muy triste y angustioso… Iban cubiertas con rebozos oscuros, miraban hacia el suelo y caminaban lentas. Les seguía un grupo de hombres con antorchas en las manos.  Me sobrecogí. Todo era tan pesadillesco…

 

Llegó el secretario del presidente y nos subió a su coche para llevarnos hasta la casa del compadre del presidente.

 

Llegamos a una enorme casa colonial de dos pisos. El dueño y su esposa nos recibieron con gentileza y nos invitaron a pasar al enorme comedor.

 

Sentado a la mesa, estaba un niño de unos doce años edad que asumimos era su hijo; aunque en toda la cena no pronunció palabra ni cenó. Sólo nos miraba con curiosidad. laSu mirada me enervaba aún más.

 

Al finalizar, el señor de la casa nos guiaba hasta nuestra habitación, y antes de llegar a ella cruzamos por una estancia en la que había un crucifijo de tamaño natural, estaba en un nicho y tenía una veladora encendida junto al largo reclinatorio.

 

El señor se dirigió a él y nos dijo con voz paternal: “He aquí a Dios Nuestro Señor. Si lo desean, pueden orarle”, y se hincó ante  la imagen, también su hijo se arrodilló con nosotros. Rezamos por mi padre y tío y por el alma de aquel niño que había muerto en el accidente.

 

Luego, el anfitrión dijo: “Este Cristo es muy milagroso, ahora tiene sus pies limpios, pero por las mañanas aparecen con lodo, porque durante las noches sale de esta casa a recorrer los caminos para hacer caridades por el pueblo y no regresa sino hasta antes del amanecer, así que a diario tenemos que limpiar sus pies”, al decir esto se los besó con solemnidad. Me sobrecogió aquella historia y me acerqué para observar los pies del Cristo por un buen rato, en verdad parecían muy reales.

 

Después nos llevaron hasta una habitación grande, en donde pudimos lavarnos y cambiarnos de ropa gracias a una maletita que mi mamá había rescatado del desastre. Yo estaba rendida, pero me había quedado la incógnita del Cristo y, sin hacer ruido, salí al pasillo.

 

Todo estaba sumido en un apabullante silencio. Llegué al salón del Cristo ¡ya no estaba en su cruz!, la veladora aún permanecía encendida, ¡pero la cruz estaba sola! Me sorprendí y consolé a la vez: el alma del niño ya estaría descansando.

 

Me giré para regresar  y vi que el hijo de los señores estaba detrás de mí, me observaba y me sobresalté, entonces dijo con voz pausada: “Nuestro Señor acaba de salir y regresará en la mañana”, sentí temor. A lo lejos se escucharon unas agudas  carcajadas, no parecían de este mundo, pregunté al niño y dijo: “Acompáñame y verás quién se está riendo”. Lo seguí y llegamos a la azotea, desde la que atisbamos parte del poblado y la iglesia. El niño señaló al cielo y dijo: “Fíjate bien arriba...” Levanté la cabeza y observé que cerca de la constelación de Leo las estrellas titilaban como nunca las había visto. Pero venían a la tierra, como flotando, muchas y pequeñas luces de fuego en forma de pelota, y agregó: “Ahora mira al campanario”. Del campanario salía ululando un enorme búho blanco que volaba en cacería de las bolitas de fuego, cuando llegaba hasta ellas las tragaba, volaba una y otra vez atrapando a cuantas podía, después emitía esos sonidos que semejaban carcajadas. Y dijo: “Esas bolas de fuego que devora el búho son las brujas que vienen a la Tierra, él evita que vengan y causen daños, por eso se las traga, pero no puede con todas. Siempre en noviembre”. En ese instante las campanas empezaron a doblar por el alma del difunto y el búho regresó al campanario. Los fuegos desaparecieron.

 

Cuando las campanas callaron, el niño sólo dijo: “Adiós” y se marchó. Yo también me fui a mi cama y quedé profundamente dormida.

 

Por la mañana  los señores ya tenían el desayuno dispuesto con varias suculencias. Una vez más tuve la tentación de ir a ver al Cristo y ya estaba en su cruz, sus pies estaban cubiertos de lodo fresco, como si hubiera caminado kilómetros. La amable señora de la casa los limpiaba con un paño húmedo, me miró y  sonrió.

 

Al medio día, el eficaz secretario llegó a la casa y dijo que mi papá y mi tío saldrían libres por falta de pruebas, pues fue un accidente; pero que por el momento evitáramos ir a la calle, pues el pueblo estaba muy resentido, también nos dijo que el presidente haría que nos llevaran a todos rumbo a Querétaro.

 

Más tarde fue un chofer a recogernos y mi mamá y mi tía se despidieron de los dueños de la casa agradeciendo sus atenciones. Como ya no vimos a su hijo para nada durante aquel día, mi tía preguntó por él:

 

  • ¿Nos despiden de su niño?, pues hoy no lo vi…
  • ¡¿Nuestro niño?!     -       Dijo la señora sorprendida   - Pero, ¿cuál niño?,  no tenemos hijos.
  • Disculpen nuestra confusión     - dijo mi madre -,  entonces sería el mocito quien  cenó ayer con nosotros...
  • Tampoco.  Durante la cena, no nos acompañó nadie, sólo éramos ustedes y nosotros dos,  no tenemos criados varones…

 

¿Sólo mi familia y yo habíamos visto al niño?

 

Jamás olvidaré cómo luce la constelación de Andrómeda sobre los despejados y misteriosos cielos de Jalpan de Serra; jamás olvidaré lo ocurrido aquel mes de noviembre, el mes de los muertos.                      

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Escritora, Lic. en lenguas modernas con especialidad en español, maestría en teoría de la literatura y literatura comparada por la universidad Complutense de Madrid, España. Ha colaborado en diversas publicaciones y medios electrónicos de comunicación como guionista, conductora y actriz. Tiene varios premios por relato, ensayo y cuento, como 1er lugar en 8o certamen universitario de cuento por la UAQ, donde fungieron como jurado Carlos Fuentes y Juan José Arreola. Entre otros premios y reconocimientos destacan el 1er lugar en certamen de ensayo sobre Nal. de valores patrios. 2o lugar Nal. en concurso "relato a mi hijo". 1er lugar en premios DEMAC 2003-2004 con biografías de mujeres mexicanas. Libros publicados: "Mujer en dos Tiempos" (novela); "Ellos, mis Huérfanos, Doña Ma. Josefa Vergara y Hernández, 1747-1809" (biografía novelada); "La Vendedora de Sueños" (cuentos); "La Noche de las Luciérnagas" (novela). Es nieta del escritor y productor Carlos Chacón Jr.

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