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9 min
¿Pienso, luego existo?
Reflexiones |
26.03.17
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Sinopsis

Olivia se da cuenta un día de que la vida no tiene sentido, yo, su mejor amiga, deberé hacer lo posible para encontrárselo.

Tic- tac, tic-tac. Olivia miraba atentamente las manecillas del reloj como uno ve la lluvia caer, como si en el mundo nada más importase, como si todo se redujera a esas manecillas que parecía ser, no avanzaban lo suficientemente rápido. Olivia aborrecía las clases de filosofía, "Son muy monótonas" decía, pero en realidad todas lo eran, para ella, al menos. Era consciente de que últimamente no había estado muy implicada en lo relativo a sus estudios, pero no porque no le importase, como no cesaban en repetirle sus padres una y otra vez, era sino la falta de motivación. Su carencia de interés era evidente,  el porqué, yo no sabría hasta más tarde.

El sonido del timbre indicando la hora del recreo pareció sacarla del trance, aunque no logró que la expresión pensativa de su rostro cambiase. Salió de clase rápidamente y me esperó fuera.

Aquel era un lluvioso día de enero, de esos en los que la niebla es tan espesa que no permite ver a través y la lluvia le da un olor a nostalgia al aire, a primeros besos, a viejos amores, a todas las personas y sitios que dejamos atrás hace tiempo, a todo eso y más, que solemos guardar encerrado en nuestro corazón y solo días como ese son capaces de abrir. Al salir observé a Olivia de pie frente a una ventana, viéndolo todo y a la vez, nada. Me paré junto a ella, simulando observar aquello que tanto le cautivaba, si era el dulce sonido de la lluvia o el ambiente misterioso de esta, no lo sabía, pero al sentir mi presencia, se relajó.

Olivia era mi mejor amiga, y alguien que a primera vista era la persona más extrovertida del mundo, risueña y amigable pero a la vez con carácter. En cambio, su pensamiento era aún territorio desconocido antes de mí. Y tan cierto es que las apariencias engañan, que todos podían creer saber todo sobre ella, pero no tenían ni idea. No sabían el miedo irracional que tenía a la muerte, sus pasiones o sus sueños frustrados. ¿Irónico, verdad, que sea la persona más extrovertida aquella que más esconda? Pero todo y todos tenemos un porqué.

Su porqué era la coraza que llevaba eternamente a sus espaldas, tan pesada como aquello que pensaba y no decía, y tan dura como el muro que ahora protegía su corazón. Porque después de tantos golpes y decepciones que le había dado la vida, de todas las veces que se había visto forzada a empezar de cero, de desilusiones, desesperanza y soledad, nadie podía culparla de haberse puesto tal indestructible coraza, y yo no iba a ser la primera. Si bien no la culpaba, reconocía el cansancio en su rostro y le ofrecía ser yo quien cargara con ella durante un rato. Así fue como conocí a la verdadera Olivia. Pero no todo era malo, aquellas experiencias la habían hecho volver a la inocencia de su niñez, pues sonreía por nada, se conformaba con poco, y se hacía querer más que nadie, era adorable y a la vez inteligente, orgullosa, rebelde, complicada, un puzle sin resolver. Me arriesgo a decir que yo era quien más la comprendía, y por eso la quería tanto. Yo la describiría como el viento, volátil, fugaz, dinámica. Como el viento, ella no parecía pertenecer a ningún lugar, solía pensar que pertenecía al mundo, no pertenecía al lugar donde vivía o había vivido, sino a aquellos quienes le guardaban un lugar en el corazón, estuviesen dónde estuviesen. De ahí que siempre tuviese miedo a que tal como llegó, se fuese. Entonces, aún con la mirada fija en la lluvia me preguntó:

-¿Cuándo dejamos de existir, y comenzamos a vivir?

La pregunta me sorprendió por completo, dejandome sin palabras. La miré extrañada buscando una respuesta y al ver que no la tenía, continuó:

-¿Qué sentido tiene estudiar, ganar dinero o formar una familia... Si no se es feliz? -Había en sus ojos un destello de melancolía, anhelo incluso, por algo que probablemente no había tenido el gusto de conocer. - La vida debe ser algo más que eso, ¿no crees?

-Creo que la clase de filosofía se te ha subido a la cabeza, Aristóteles. -Bromeé para quitarle importancia.

-Lo digo en serio, ¿nunca te has preguntado por qué estamos aquí?

-Dejé de hacerlo cuando me di cuenta que nunca encontraría una respuesta. – Respondí pensativa, el ambiente afectándome también.

-Tal vez - Dijo ensimismada, en un susurro imperceptible tras el sonido  de la lluvia, mientras volvía a mirar tras la ventana.

El recreo terminó y se fue a casa, cansada ya de las clases. Aquella misma noche me fui a la cama temprano, aún sumida en mis pensamientos y con una única cosa en mi cabeza: su pregunta, un puzle que no era capaz de resolver, y que me volvía loca al no saber resolverlo. Tan sumida en ellos estaba, que no recordaba cuándo me había quedado dormida, seguramente bien entrada la madrugada.

De repente, el teléfono. Aún en cama y adormecida, tanteé la mesita de noche en su búsqueda. En él había un único mensaje:

"Algunas veces incluso vivir es un acto de coraje"

Todo a mi alrededor se ralentizó. El silencio me ahogaba y mi mente parecía haberse separado por completo de mi cuerpo, viendo como me vestía a toda velocidad y abría la puerta de casa con un único destino.

No sabía cómo, pero allí estaba, en una de las calles más transitadas de la ciudad, que aun siendo de madrugada, seguía llena de gente. Llena de historias, de pasados, de preocupaciones. La mía,  la frase de Séneca que se repetía en mi cabeza una y otra vez. Entonces lo vi, a unos cientos de metros, al final de la calle había un pequeño camino de tierra, el mismo que tantas veces habíamos cogido para ir a la playa. En especial a un pequeño puente en el que solíamos pasar el rato años atrás,  el único sitio en el que, decía, no se sentía desplazada. Al verlo corrí. Corrí hasta que no pude más y aún entonces seguí corriendo. La lluvia caía casi tan rápido como cuando la observábamos desde la ventana, solo que ahora sí tenía respuesta a su pregunta y estaba dispuesta a hacer todo lo que estuviese en mis manos para hacérsela llegar. Las carreteras estaban abarrotadas de coches circulando a gran velocidad que apenas se vislumbraban bajo la lluvia y solo estaban iluminadas por tenues farolas situadas cada pocos metros. El aire gélido apenas me permitía respirar, y cada vez calaba más en mis huesos. Lo único que me podía resguardar era una chaqueta de cuero y un gorro de lana que me había puesto apresuradamente antes de salir y que ahora estaban completamente empapados. Llegué al puente minutos después, donde se encontraba de espaldas a mí, mirando al mar, embravecido por la tormenta. Los tablones de madera crujieron bajo mis pies, alertándola de mi presencia.

- Sabía que vendrías.

- ¿Qué estás haciendo?

- No te acerques. -Se giró mientras lo decía, para hacerme entender que iba en serio.

- He encontrado tu respuesta.

- Es demasiado tarde.

La lluvia seguía cayendo, poniendo aún más distancia entre nosotras, y el mar golpeaba el puente bajo nuestros pies. En ese momento me pareció ver una sonrisa en sus labios antes de que se diese la vuelta y, sin más, se lanzase al mar. Corrí hacía ella, intenté alcanzarla, pero ya estaba demasiado lejos. La vi caer al vacío, y cual río que termina en el mar, su vida también lo hizo. Mi corazón amenazaba con dejar mi cuerpo, el nudo en mi estómago impidiéndome respirar, mi visión nublada por las lágrimas en mis ojos. Y de repente, nada. Una luz intensa me sobrecogió, cegándome por completo. Poco a poco abrí los ojos, acostumbrándolos a dicha luz, y fue entonces cuando pude observar que seguía aún en mi cuarto. Todo había sido un sueño. Por segunda vez aquella noche me levanté apresuradamente y me vestí. "Estoy de camino" le escribí en cuanto salí por la puerta.

La encontré en la portería de su casa, que estaba a solo dos manzanas de la mía.

-¡Olivia! ¡Olivia, espera! - Grité jadeando.

-¿Qué pasa? – Respondió mientras bajaba los escalones hasta la acera.

Sin apenas aliento le respondí:

- Amar. El amor es la respuesta a nuestra existencia. Me preguntaste cuándo empezábamos a vivir y esa es mi respuesta. Ama. No a alguien, sino a todo. Ama el mundo, ama la belleza en él, aprende, sé curiosa, ama aquello que te guste, sea el arte, el conocimiento, la naturaleza o el ser humano. Y sobre todo quiere. Quiere a tu familia, tus amigos, aquella persona que te gusta, ama. Ama, porque solo amando podemos sentir que estamos vivos, que somos invencibles y podemos con todo. Y eso es por lo que debemos luchar, por lo que debemos vivir,  para amar y ser amados.

Sus ojos se aguaron, porque entendía, esa era mi respuesta. Y me abrazó, me abrazó como si yo fuese la misma tierra bajo sus pies. Se separó, y entre las lágrimas en sus ojos vislumbré algo que no había visto antes. Ese resplandor, el brillo de quien por primera vez le ve sentido a la vida, al mundo. El brillo de alguien que se quitaba la venda de los ojos y realmente veía.

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Apasionada de la escritura y la filosofía. 18 años.

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