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23 min
Plática silenciosa con la Muerte (Completo)
Reflexiones |
13.02.16
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Sinopsis

A la Muerte le toca ir a buscar a uno de los suyos, con pesar va a cumplir su interminable tarea. Su víctima es un hombre terco, tenaz y audaz. (Éste es el relato completo, con las 5 partes juntas)

Plática silenciosa con la Muerte

Parte I – El anciano

La Muerte estaba triste. A uno de sus preferidos, uno de los únicos humanos que de verdad apreciaba, le había llegado su hora. A la Muerte le tocaba ir a buscarlo. Nunca dudó en hacer bien su trabajo, pues era una necesaria y, de paso, eterna. Nunca cuestionó el perpetuo equilibrio de la existencia. Nacer, crecer, reproducirse y morir. Pero ahora lo cuestionaba, no quería ver a uno de sus más grandes adeptos que el mundo había visto desaparecer en el vacío libertino de la inexistencia.

Lo encontró sentado en el parque de la apacible comunidad de San Bernandino, su lugar favorito. El futuro difunto tenía ya 100 años, desde hacía tiempo estaba jubilado. Había traído al mundo con sus propias manos a 12 sublimes hijos, y desposado a la más hermosa de las doncellas, su amada Eve, que había abandonado anticipadamente a su esposo después de un infarto. Sus hijos eran patriarcas y matriarcas de una sociedad perfecta, utópica, integra e impecable. Todos sus descendientes eran dignos de mencionar, pero no lo haremos, pues no alcanzarían las palabras para narrar todas y cada unas de sus hazañas. Algunos poseían altos cargos en diversos gobiernos, verdaderos filántropos del siglo XXVI. También había entre ellos científicos que con mucho esfuerzo y dedicación dieron con la cura para las mil y un enfermedades agobiantes que padecían los humanos. Un par de las más hermosas reinas de belleza y un asiduo merecedor del Nobel de la Paz, sin dejar de mencionar que uno de ellos también gano un Pulitzer, por su exhaustiva investigación de los diversos lazos del narcotráfico, la venta de armas, la trata blanca y el mercado ilegal de órganos esparcido por todo el globo, ayudando a las muchísimas autoridades a cortar el problema de raíz. En los genes de su linaje solo reinaban el bien, el trabajo, la bondad y la caridad.

Los hombres lo llamaban “El filántropo más grande” y “El abuelo de la humanidad”. No solo había luchado por un mundo autosustentable y una sociedad intachable, sino por una moral humanista que marcaría el comienzo de una nueva era: el siglo XXV. Ya no había guerras ni conflictos, las diferentes sociedades y culturas llevaban años reconciliadas y armonizadas. Todo gracias a él.

Aquel abuelo de todos, aquel filántropo más grande era capaz de encontrarle la solución a todo. Cualquier conflicto y desacuerdo se veía disminuido, subyugado y solucionado frente a su vasto intelecto de súper humano. Cualquier problema ante él era un simple sumar de dos cifras. Ser el producto de más de 2500 años de selección natural, mutaciones genéticas y evolución humana debía ser invertido en algo que ayudara a las generaciones futuras, al mundo en sí. Él fue el primer humano que dejó de ser humano. El primer sapien sapiens que dejó atrás su apellido sapiens para convertirse en superioris. El primer sapiens superioris, el protagonista iluminado de una nueva era –la tan aclamada y alguna vez imposible– utopía humana que imaginó el célebre Thomas More.

Bien, aquel hombre sabía que no le quedaba mucho tiempo. Ese miércoles –19 de agosto del año 2601– se caló su viejo gorro de filósofo existencialista, llenó su muy deteriorada pipa de tabaco y colocó un zippo moderno al estilo retro en uno de los bolsillos de su humilde saco de frac. Salió de su humilde morada a unas cuantas cuadras del parque comunitario de San Bernandino, con su característico paso inseguro de humano sin modificaciones intracorporales –del que uno de sus bisnietos había sido inventor–, con la cabeza calva oculta por un gorro y el ejemplar del día del periódico global –que él mismo fundó– bajo el brazo. Se dirigía a su banco favorito, uno que estaba bajo un roble antiquísimo que él mismo había sembrado durante su juventud

Observo su alrededor. Y terminó desbordado por las lágrimas. Estaba exasperado por todas las maravillas de las que él fue participe. La sociedad era lo que más lo enorgullecía. Su sociedad era la prueba de que podía lograrse lo imposible, el entendimiento mutuo y la paz. Pero también derramó un par de lágrimas por todo aquello que alguna vez precedió la sociedad perfecta. Los 200 años de guerras que devastaron la corteza y el interior de la imperturbable Gaia, la pérdida de todo el conocimiento de los humanos, y sin lugar a dudas, los diez años del mortífero brote virulento –Fines Vitae– que casi extingue a los pocos sobrevivientes.  También recordó con pesar la fatídica lucha por la toma del poder del débil gobierno –global–, que surgió después del infame padecimiento de la mortal Fines Vitae. Muchas almas humanas se perdieron durante las sucesivas catástrofes de las que Gaia fue testigo. Pero miro al cielo, al azulino y estrellado cielo descontaminado, y se sintió mejor. Era el tiempo de mejores tiempos. De tiempos que jamás volverían a sufrir los embates de la maldad humana, pues ésta estaba extinta, al menos, según el decreto que él mismo proclamó durante su investidura como Líder de los Humanos.

Caminó por la impoluta acera, que lucía tan impecable como el día en que fue hecha, cruzando las majestuosas cuatro calles que lo separaban del parque con la galantería y presteza de las que presumía habitualmente. Los pocos transeúntes que se encontró en el camino lo saludaron efusivamente, la sociedad en general estaba en deuda con aquel magnánimo hombre. Besos, abrazos y apretones de manos bien intencionados hicieron sentir al anciano muy satisfecho de su obra humanística.

Tras muchas despedidas y bendiciones para desconocidos, logró llegar a la calle que lo separaba del parque. Desde ahí logró divisar su banco favorito, que estaba protegido por la sombra de un roble, el roble más grande de todos, tal vez el único de los que quedaban, pues durante las sucesivas guerras la madera de los árboles estuvo en alta demanda.

Una mirada rápida por el frondoso y bien cuidado parque para ver si alguien tendría la dicha de pedirle su bendición. No había nadie. Todo estaba completamente desierto, todos los miembros de la sociedad se hallaban elaborando sus respectivas tareas, los adultos trabajando para un mejor planeta y los niños –sus amados niños– en sus escuelas, aprendiendo a ser útiles a la sociedad perfecta. Sonrió al pensar eso, sabía que si una sociedad se encargaba de dar la mejor enseñanza a sus infantes, ésta perduraría tanto como la luz del sol o muchísimo más.

Se sentó calmadamente. Lo merecía. Para un anciano de 100 años una caminata de cuatro cuadras era muy exhaustiva. Así que mientras recuperaba el aliento, comenzó a ojear el periódico global, y se sintió satisfecho con lo que encontró.

Parte II – El periódico Global

En la primera plana estaba uno de sus nietos, por el motivo de haber inventado una máquina que era capaz de terraformar la corteza de Gaia, para así poder habitar los terrenos que quedaron completamente destruidos y contaminados del planeta. En la sección de biología se podía apreciar una nota de un redescubrimiento de una especia que se creía extinta –no era la primera vez que se creía extinta–, un celacanto exento de mutaciones nadaba en un tanque de agua rodeado de científicos, que admirados por su capacidad de resistencia, tomaban notas y discutían entre ellos fogosamente. En el apartado de espectáculos, una nueva reina de belleza se levantaba triunfante de la tribuna para recibir la corona de Miss Gaia del año. Lo cerró delicadamente, ya no necesitaba leer más. El mundo estaba a salvo, custodiado por una sociedad perfecta. Y la sociedad era vigilada por una cohorte de Guardianes de Providencia, una milicia instruida especialmente por el mismo, para salvaguardar la democracia, la libertad y el bienestar de todos sus integrantes. Los Guardianes de la Providencia jamás permitirían que todo se fuera por el caño y que la sociedad jamás volviera a repetir 2500 años de guerras, muerte y odio.

Puso el periódico global a su lado derecho, dejándolo sobre un montón de hojas secas que no se me molestó en sacudir antes de sentarse. Sacó la pita de su bolsillo y presionó el botón del zippo retro para volver a los viejos tiempos, a los tiempos donde fumar tabaco era completamente mal visto. Una larga calada a su pipa, y volvió a sentirse como cuando era joven y gallardo, cuando luchaba con su firme retórica en los debates de política de la recién formada liga de naciones.

Un viento ralo y agreste meció las ramas del imponente roble. Era una figura etérea y desconocida que acababa de apersonarse.

Mientras meditaba acerca del porvenir de una sociedad sin él, el anciano centenario sintió que alguien –o algo– lo miraba. Pero no había nadie alrededor. Intrigado y desconcertado, echó una nubecilla de humo como si nada. Ésta dispersó abruptamente, como si algo se hubiera interpuesto en su travesía hacia su hecatombe química. Se dio cuenta de que su mirón estaba frente a él. ¿Miedo? No, para nada, el anciano había visto y pasado por cosas mucho peores e intimidantes. Siguió fumando como si nada. La presencia siguió allí, sin moverse, sin emitir ningún sonido. Una estatua imperceptible que no podía ser apreciada.

-¿Cuándo piensas sentarte, amiga mía, o es que acaso no te duelen los huesos como a mi? –dijo el anciano haciendo un gesto de invitación a que tomara asiento a su lado.

La estatua invisible no dejó su imperturbable lugar.

-¡Vamos! Siéntate. Sé que eres tú, Muerte –insistió el anciano cortésmente.

La Muerte decidió seguir ignorándolo. Sabía que en cuánto se volviera perceptible, no habría vuelta atrás.

-¿Viniste para llevarme o solo vienes a interrumpir mis meditaciones de anciano centenario?

El anciano fue y siguió siendo terco y audaz, siempre conseguía lo que quería. Además no tenía ni un ápice de tonto. La Muerte lo sabía. Muchas veces estuvo cerca de tomar su alma, pero el ahora anciano siempre hallaba la manera de salir adelante. Esta vez no, era necesario respetar el ciclo. Recibió órdenes muy concretas: cumplir con la tarea. Sumado a que había otras almas que recoger y se hacía tarde. Al equilibrio no le gustaba ser desequilibrado. Dejó su forma etérea y se mostró al anciano tal cuál era. El anciano no se inmutó ante el aspecto sombrío y tenebroso de La Muerte.

La Muerte tenía por uniforme de trabajo una túnica negra y harapienta que caía de pies a cabeza. Traía puesta una capucha que no dejaba ver su rostro de Cosechadora de Almas. Las mangas largas de aquel siniestro uniforme no dejaban ver las esqueléticas manos del segador. Y bajo la sombra del roble, la guadaña de la Muerte se veía aún más sombría.

-Con que ese es tu aspecto –dijo el anciano satisfecho–. ¿A qué se debe esta visita inesperada, vieja amiga mía? –una sonrisa de dentadura perfecta brotó en un pispás.

La Muerte lo miraba discretamente por debajo de su capucha de ejecutor del equilibrio. Su rostro no era el mismo desde la última vez que lo había visto. Antes tenía los labios carnosos, el rostro en bien cuidado y sin manchas, impecable como su vocabulario de político. Ahora era un vejete de rostro un poco caído, con patas de gallo, arrugas y más arrugas. Pero aquellas no eran arrugas de estrés, de ira o de tristeza. Eran arrugas de un ser afable, humilde, digno de admirar. Eran arrugas de alguien que ha encontrado la paz absoluta, la felicidad máxima, el orgullo inalcanzable.

Guardó silencio. Y dejó que el viento fúnebre y sombrío que soplaba aquella mañana hablara por ella. Cualquiera diría que tenía una charla con una tumba abierta.

-Vaya –dijo el abuelo–. En ese caso… eso significa que… ¿Este es el fin? –la voz del centenario era entrecortada, como si hubiera sufrido por aquel silencio sepulcral.

La Muerte asintió lentamente con agobio y tristeza.

El ambiente era tenso y pesado, como si aquel par de seres sin nada en común estuvieran en un velorio sin difunto. Al hombre más grande había pisado Gaia –antiguamente conocida como Tierra– le había llegado la hora.

-Al menos –dijo el filántropo centenario–, ¿podría dejarle un mensaje a mis hijos? Quisiera dejarles algo como una carta. Ellos siempre odiaron las cartas, preferían sus aparatos tecnológicos de última generación. Pero tengo muchas cosas que decirles –se lamentó el anciano–, y no tengo nada a la mano para cumplir mi último deseo.

Parte III – El mensaje

Le mintió a la Muerte, si tenía como dejarles un último mensaje, cargaba siempre consigo un MultiTasker, un dispositivo indispensable que cumplía cualquier tarea como llamar, escribir, recordar, investigar, informar, en fin, lo hacía al instante –éste dispositivo también fue inventado por uno de los suyos, de hecho, por sus bisnietas gemelas–. Pero el abuelo centenario prefería dejarles un recuerdo. Un arcaico, austero y fantástico escrito de la vieja escuela, la antigua vieja escuela. Su vieja escuela.

La Muerte se encogió de hombros. Colocó delicadamente su sombría hoz de segador en el banco, y le hizo señas a su acompañante para que no osara tocarla. El anciano se alejó modestamente de la tenebrosa herramienta de la Muerte. El segador sacó un viejo trozo de pergamino y una pluma –bastante devastada por el uso– de uno de los bolsillos ocultos en sus largas mangas y se los entregó serena.

-Gracias, es justo lo que necesitaba, amiga mía –dijo agradecido el centenario.

La Muerte asintió satisfecha. Tomó su hoz del banco y volvió a sentarse. Mientras esperaba a que el abuelo de todos terminara su última carta, la Muerte acariciaba con sus dedos esqueléticos el filo intimidante de su hoz de segador. La hoz estaba decorada con grabados extraños. Garabatos de tinta negra sobre metal oxidado. Parecía que habían sido hechos por un niño de 4 años.

El  anciano quería decirles un millón de cosas a todos sus descendientes. Quería correr y zafarse de esta como en tiempos de antaño. Quería darles por última vez la bendición a todos, como lo hizo alguna vez Isaac con Jacob, sólo que esta vez este Isaac post moderno del siglo XXVI no sería mezquino y se la daría todos los suyos. Pero no podía. La Muerte estaba ahí, silenciosa, tácita y un poco ausente, dispuesta a hacer cumplir su única tarea. La inminente muerte no le dejaba aclarar sus sentimientos. En su mente, había un tornado de sugerencias, últimas voluntades y teorías suyas  que quería que fueran leyes. Junto al tornado, un mar de dudas y recuerdos difusos azotaban su cabeza, sin faltar los vientos de preocupación que avanzan con una gran tormenta tropical.

El tabaco ayudaba a calmar el pensamiento de una muerte inminente. Cerró los ojos y comenzó a buscar inspiración en su corazón, pero no la encontró, así que decidió buscarla en su entorno, en su sociedad. Miró al cielo, a su robusto roble y su invaluable sombra, al pasto y a las flores genéticamente modificadas que adornaban. Oyó el cantar de los pájaros, el tímido y desolador silbido del viento y el lejano susurro del ambiente citadino. En su mente empezó a sonar el inexistente bullicio del Parlamento Global, que repicaba incesantemente en sus ya envejecidos tímpanos. <<Libertad>>. <<Responsabilidades>>. <<Derechos>>. Vocablos de humanista tatuados en su lengua que lo acompañarían hasta su muerte.

Tampoco encontró inspiración en su sociedad. Pero repentinamente sintió una sensación excelsa y extraña. En sus labios resecos y aromatizados a tabaco, sintió un beso de una hermosa musa de otrora tiempos, su amada Eve. No la había olvidado, después de tantos años juntos, era imposible olvidarla. Recordó de golpe y con enorme precisión la primera vez que se conocieron. Él era un joven parlamentario que llegaba tarde a su primer debate en la Cámara del Porvenir, el lugar dónde se decidía el futuro de un débil gobierno trastocado por individuos con intereses conflictivos.

Parte IV – La inspiración

>>En aquella Cámara de Conflictos –como lo conocía la gente común y corriente– habían comunistas, capitalistas, nacionalistas, liberalistas, neoliberalistas, anarquistas, derechistas, izquierdistas, progresistas y una larga lista de <<istas>> más. El futuro centenario llegaba tarde a su primer debate, corría en un lugar donde no debía correr para no llegar tarde  a un sitio donde  jamás se debía llegar tarde. Iba con un retraso de una media hora por una llanta de bicicleta pinchada, una corbata no muy bien anudada al cuello y la falta de buen almuerzo antes de parlamentar. “Permiso” “A un lado” “¿Ya empezaron?” pedía, gritaba y preguntaba sin cesar, rogando que su “pequeño” retraso no le costara el recién obtenido trabajo de sus sueños.

>>Era la hora pico de la Cámara. Estaba hasta reventar, pero todos estaban conscientes de que al nuevo le hacía falta un poco de ayuda. Así que se hicieron a un lado amablemente. Una mujer –probablemente secretaria– con varias carpetas bajo el brazo que estaba de espaldas no escuchó el <<a un lado>>. Se la llevó de por medio. Una lluvia de órdenes, peticiones y sentencias cayó en el lustroso suelo del Congreso Global, sumada a los posibles discursos y apuntes que el muchacho traía en su maletín dañado por la caída de una bicicleta.

-¡Demonios! ¿Por qué en este preciso instante? –se lamentó el futuro abuelo.

-¡Oye! Mira lo que hiciste –la secretaria lo fulminó con la mirada.

-Lo siento –el joven se entristeció. Voy tarde –ignoró que sus apuntes y otros papeles estaban en el suelo, mezclados junto a los de la joven secretaria. ¡Adiós!

-¡Tú! –el joven estaba a punto de volver a su carrera catastrófica.

-¿Qué? –dijo respondiendo al llamado.

-¿No me vas a ayudar a limpiar tu desastre? –dijo ella con el ceño y los labios carmesí fruncidos.

-Te ayudaría pero tengo que irme, voy retrasado, es mi primer día…

-Ah. Con que tú eres el nuevo. Bueno suerte, yo me encargo –el joven estaba a punto de empezar la carrera de nuevo, cuando otra vez oyó un grito.

-¡Espera!

-¿Ahora qué? –preguntó él– ¡Voy tarde!

-Tu corbata, tonto –ella señalo su corbata, estaba completamente desanudada. Ven acá.

El muchacho se acercó lentamente, como si fuera un perrito regañado por su amo.

-No vas a hacer el ridículo en tu primer día. No mientras yo trabaje aquí.

Él se sonrojó. Le recordó vagamente a su madre. La secretaria tenía el cabello corto, castaño. Pómulos altos, de rostro inmaculado. Los labios de carmesí y los ojos de color avellana, casi completamente verdes. Era más alta que él, característica poco común en aquellos tiempos. Su voz era una dulce canción que dormiría hasta el bebé más terco. El muchacho procuró no verla directamente, pero inevitable. Sus ojazos lo cautivaron mientras le arreglaba la corbata. El tiempo se detuvo para él, solo veía sus labios carnosos y rojizos. Sus pestañas largas. Dudó que esa escena fuera real.

-Listo –dijo ella con picardía, darle después para un beso en la mejilla. Ve y haz algo bueno.

Esta vez sí salió disparado como una bala. Pero a mitad del trayecto oyó de nuevo la dulce voz de la desconocida.

-¡Tú! –gritó– ¡Me debes un café! –se agachó y comenzó a recoger aquella marea de papeles. Jamás olvidaría un momento como ese. Ni siquiera cuando tuviera cien años. Olvidar. Jamás.

Parte V – La trascendencia

<<Tac tac>> El repique metálico de la hoz contra el suelo lo sacó de su alegre trance.

-Perdón, es solo buscaba que decir. Con tan poco pergamino debo ser específico.

El viejo filántropo tomó la pluma con delicadeza, y apoyándose en el banco escribió algo corto –para él–, conciso pero trascendental para sus familiares.

-Listo –dijo el anciano con cierta picardía y una sonrisa desdentada en su rostro.

Le tendió la pluma a su intimidante edecán y metió la nota dentro de su chaqueta. La Muerte tomó la pluma y la puso de nuevo entre su bolsillo dentro de sus mangas. Se levanto lentamente del banco, como si no quisiera levantarse. Dio un par de pasos hasta ponerse delante del anciano. En ese momento se veía más sombría, aún más sombría que cuando se le apareció al anciano. Extendió su mano huesuda hacia el anciano, como si quisiera ayudarle a levantarse.

El anciano dudó durante un instante si tomarla o no.

-¿No hay otra manera? –preguntó el anciano con voz despreocupada.

La Muerte negó con la cabeza.

-En ese caso… –la tomó sin vacilación.

Se levantó como si nada. Su cuerpo se sentía ligero. Como si no pesara.

-Con que así se siente estar muerto. Será divertido, ¿verdad? –dijo el anciano optimista frente a su desconocido porvenir.

La Muerte asintió levemente. Su dedo huesudo señaló su cuerpo. El anciano miró, desconcertado e intrigado.

-Vaya, eso lo explica todo.

Su cuerpo aún seguía tendido en el banco, sin moverse, sin el sonido típico de la respiración costosa de un anciano, probablemente sin impulsos eléctricos. Se vio a sí mismo recostado en el banco. Con una simple sonrisa y su preciada pipa en el regazo. Se acercó a su cuerpo y se dio un beso a sí mismo. La Muerte no estaba asombrada, veía cosas así todo el tiempo.

-Entonces, ¿ahora que procede, estimada amiga? –preguntó el anciano.

La Muerte golpeó dos veces el suelo. Apareció una especie de vórtice. Era como ver por una venta. Y en esa ventana ambos, Muerte y Anciano, divisaron a una muchacha bastante joven en la cima de un rascacielos.

-Ahora le toca a ella, ¿no es así?

La Muerte asintió con desgana y encogiendo los hombres.

-No luché para que pasaran cosas como estas. Que va es su vida, espero que tenga buenos motivos. ¿Vamos o no?

Segador y Abuelo cruzaron el vórtice. El Segador puso una mano en el hombro al anciano, éste lo miró a los ojos bajo aquel manto de oscuridad. La Muerte puso su dedo esquelético sobre lo que sería su boca. Un mensaje simple: quería que no hablara. Era justo, el anciano era un <<poco>> hablador.

-Sí sí, lo que tú digas. ¿Pero podemos asustarla primero? –la Muerte lo fulminó con su mirada inexistente, como alguna vez lo hizo su amada Eve.

Cuando la sociedad en general se enteró de la afable muerte de su benefactor, se declaró un año de luto. Sí, un año. Era demasiado querido. No en vano se ganó sus apodos. En cuanto a la nota dentro de su bolsillo, se enmarcó y colocó en un pedestal en la Cámara del Porvenir, para recordar los ideales del abuelo de todos. La pequeña carta decía lo siguiente.

19 de Agosto de 2601

¡Feliz Día de la Humanidad!

Para todo ser pensante que sea capaz de leer:

Estimados Sapiens Superioris, ha llegado mi hora. Son tantas cosas que quiero decirles, son tantas cosas que quiero relatarles. Pero el tiempo y las palabras no están a mi favor. Mi ingenio aún sigue siendo el de antes, así que trataré de darme a entender lo mejor posible. Por favor, no se maten, no en vano, nuestros antepasados vivieron años de miseria y agonía, de desidia y desesperación. Años de guerra, hambruna y enfermedades. Ellos representan la eterna búsqueda de la paz y la prosperidad, la cual nosotros hemos alcanzado. Así que traten de ser uno con ustedes mismos y quienes los rodean. Si no, estará la Guardia de la Providencia. Ésta, siempre hará lo suyo. No sean erráticos, inconscientes e instintivos. Poseemos razón y sabiduría. Eso nos hace humanos, pero lo que nos diferencia de nuestra antigua progenie es que sabemos utilizarlas para buenas cosas. Que ese detalle no se pierda. Otra cosa, por favor, jamás, jamás descuiden la educación de nuestros niños. De ellos depende la perpetuidad de nuestra raza y nuestra cultura perfectas. Como bien lo dijo Simón Bolívar alguna vez, “Un pueblo ignorante es un instrumentos ciego de su propia destrucción”. Es algo que jamás debe perderse, hijos e hijas de mi corazón y mi entrepierna. Y por último, no olviden jamás de dónde vienen. Tuvimos la desgracia de perder toda nuestra historia en las sucesivas guerras que azotaron a nuestra Gaia. Dejen cuánto registro sea posible. Sólo eso. Jamás olviden. Jamás olviden. Jamás olviden. Los quiero a todos. Bendiciones para todos. Buen porvenir para todos. Adiós.

                                                                                                                                                                                                                                 -Bill G.S. Waltonman

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