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6 min
Plato De Segunda Mesa
Reales |
17.10.13
  • 4
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  • 1215
Sinopsis

La vida de una ama de casa en un pueblito.

¿Cómo pude ser tan tonta y dejarme tanto? ¿Cómo era posible que nunca me diera cuenta? Todos en el pueblo lo comentaban pero yo seguía ciega con fe en mi Carlos.

-Fíjate lo que andan diciendo en el mercado ¿Ya te enteraste? ¡Ay hermana! ¡Pobre de ti! Dicen que cuides a tu marido, Luisa lo busca mucho y quién sabe si… bueno, eso dicen en el mercado, yo nada más te lo cuento a ti para que estés prevenida. Ya ves que Luisa es bien resbalosa y tiene una reputación… Yo creo que le voy a preguntar bien a una amiga mía y descubrimos si tu marido te pone los cuernos. Yo te cuento luego.-dijo mi hermana, Edelmira, la solterona más chismosa en la historia de Atlixco.

Edelmira era muy baja y generosa en carne, con el cabello teñido del rojo más falso posible. Me llevaba diez años. Antes de enterarme del engaño fue ella la que más me previno, insistiendo en el tema por lo menos cuatro veces al día. Además fue ella quien se encargó de avisarle al pueblo que mi adorado esposo estaba con Luisa.

Un día, mientras yo lavaba la ropa de mi esposo, Carlos, llegó Edelmira a interrumpirme.

-Tengo una noticia muy importante que darte hermana. No quiero que te pongas mal; las muchachas del mercado no querían que te dijera pero yo no puedo callar algo así hermanita. Tengo que decirte…-Edelmira hizo una pausa recobrando el aliento. Su edad y su dieta a base de tamales, tortas y tacos hacían los estragos esperados, después de subir los cinco pisos hasta la azotea donde yo lavaba.

-Pues ya dime. Tengo que terminar la ropa antes de que llueva.-yo ya conocía sus chismes. Cada que se enteraba de el menor cambio en la rutina corría dejando las bolsas del mercado botadas para contarme el chisme que ella no podía nunca guardarse. Abría los ojos más y sus relatos siempre empezaban con “fíjate que…”.

-No hermana. Esto es algo muy importante. Perdóname por lo que voy a decirte pero…-me miró seria y unas lágrimas dramáticas corrieron por su mejilla.-Carlos te está engañando con Luisa. Yo los vi entrar juntos al hotel de Don Miguel. ¡Ay Carmen, hermana mía! Yo no quería darte esta trágica noticia pero pues ni modo, ¿qué le vamos a hacer?-dijo sentándose en un banco de madera a mi lado.

Yo me senté en el piso, tratando de confiar en que mi hermana mentía. No había otra forma de averiguarlo que yendo al hotel yo misma y verlos con mis propios ojos. Me levanté, tendí la ropa de Carlos por si acaso mi hermana mentía, y me encaminé hacia el hotel.

-Cuídame a los niños, ahorita regreso.-le dije. Edelmira asintió con la cabeza, susurrando “yo entiendo tu dolor.” Caminé quince minutos y llegué al hotel. Por suerte, Don Miguel estaba ahí, sacudiendo la mesa de la recepción.

-Don Miguel, ¿en qué cuarto está Carlos?-le pregunté. Don Miguel, un anciano ya muy mayor, tragó saliva al verme. Empezó a temblar, pero no me lo atribuí pues podía tener Parkinson.

-Este…Pues…Mira Carmencita…-dijo y sus dientes postizos amenazaban con escapar de su boca.

-Mire, a mí no me hace mensa. Mejor dígame o le armo un escándalo.-lo amenacé. Don Miguel empezó a tartamudear. Dejé de hacerle caso pues supe que no me diría nada. Recordé que el hotel tenía apenas cinco habitaciones, por lo que agarré todas las llaves de la recepción y subí a los cuartos.

Ya había abierto cuatro habitaciones y nada.

-Donde te encuentre con Luisa te mato Carlos…-dije caminando al último cuarto. Tomé aire antes de meter la llave. Abrí y las manos me temblaban. En la cama del cuarto estaban Luisa y Carlos bien abrazados.

-¡Así te quería encontrar desgraciado!-le grité con todo lo que tenía. Sentí que la cara se me quemaba y las manos me hormigueaban por las ganas de jalarle el pelo a Luisa. Me aventé a la cama, poniéndome a horcajadas sobre Luisa, arrancándole los chinos.

-¡Carmen! ¡Cálmate Carmen!-gritaba Carlos. Yo ni siquiera lo miré, seguía cacheteando a Luisa. La desdichada rompe hogares seguía sin reaccionar, como si acabara de despertar. Yo sólo oía sus gritos llamando a mi Carlos.

-A ver si así aprendes a no meterme con maridos ajenos, casquivana.-le gritaba. Así pude haberme seguido todo el día si no hubiera sido por unos brazos que me jalaban lejos de Luisa. Yo insistí y arrastré a Luisa por los cabellos lejos de la cama, casi hasta la puerta, y la solté, no sin antes escupirle.

Mi hermana Edelmira me dejó quedarme ese día en su casa con mis niños. Dijo que era mejor porque Carlos no me quería en su casa.

-Después de todo lo que hice por él, me corre de su casa. Es un maldito.-le dije un millón de veces. Edelmira me daba la razón, palmeándome la espalda y ofreciéndome continuamente té. Ya en la noche, a falta de camas, me dormí con mi hermana en un catre polvoso. Cuando iba a apagar la luz Ede me asustó con un grito.

-¡Jesús María y José! ¡¿Ya viste el tremendo moretón que tienes aquí en la espalda?!-dijo tocando mi espalda. Yo hice una mueca por el dolor y me alejé.- ¿Qué te pasó? ¿Quién te pegó? No me digas por favor que fue Carlos…-dijo mi hermana, queriendo saber todo el chisme. Yo me quité, cubriéndome la espalda.

-¿Te pegaba y no lo dejaste? Eres el colmo Carmen. Esas cosas no se perdonan…-dijo negando con la cabeza.

-Pues ¿qué? Unos golpecitos como sea, pero ¿ser plato de segunda mesa? ¡Estaré loca!-le dije defendiéndome.

Que me pegara de vez en cuando era aceptable, pero que me humillara frente a todos poniéndome los cuernos… eso sí que no.

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