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27 min
PODEMOS VIVIR CON ESO
Varios |
14.07.18
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Sinopsis

La última vez defendí en un ensayo el relato largo. Me parece inconsecuente defender los relatos largos y publicar relatos cortos. Así que aquí va un relato largo. Si no lo leen, no interesa. Ya debería dejar de interesarme por eso.

                                           PODEMOS VIVIR CON ESO

 

La primera vez que la vi fue por casualidad.

 En ese tiempo yo trabajaba en el centro y los sábados me venía temprano, en esos enatrus amarillos que pasaban por la vía expresa, cuando la vi. Me dejó cojudo. Era de una belleza abusiva. Una de esas preciosidades que uno ve en la calle y le hacen sentir la necesidad de seguirlas, de saber donde viven, con quien, si son solteras, si tienen enamorado, a qué se dedican y todo lo demás. Una de esas chicas por la que uno hace locuras, y cuando el amor se acaba trata de no volver a verlas por temor a volver a hacer más locuras.

Yo la vi bajando las gradas de uno de los paraderos de Miraflores, y estaba siguiéndola con la mirada cuando la vi cruzar la vereda, subir al enatru, aparecer en la entrada y avanzar por el pasillo. A mi costado había un asiento vacío, junto a la ventana, y aunque yo rogaba por dentro que se sentara ahí, por fuera trataba de fingir la mayor indiferencia posible. Ella se paró a mi costado, y dijo:

Permiso.

Yo me hice a un lado, y  dejé que  pasara.

Dentro del ómnibus quemaba el sol de verano; pero más sudaba yo por la emoción de tener esa belleza a mi costado. Recuerdo que me había venido leyendo una novelita policiaca; pero de pronto ya había perdido toda concentración y no podía distinguir las letras. Igual  fingía estar leyendo para no delatarme, cuando vi que ella alzaba su bolso de mano y lo ponía a la altura de su cara para protegerse del sol.  Entonces le dije:

Quema feo, ¿no?

Ella solo asintió con un movimiento de cabeza.

En el lugar donde yo estaba sentado había un poco de sombra. Entonces fingiéndome el caballero que no soy, le pregunté:

¿Quieres que te cambie de asiento?

Ella dudó un momento; pero aceptó.

Cambiamos de lugar y  me fui a la ventana a sudar con justicia. Alcé el libro junto a mi cara; pero no atenuó en nada el calor. Ella me sonrió, y sentí que todo sacrificio estaba justificado. Entonces le pregunté:

¿Vienes del trabajo?

Sí, es sábado, dijo sonriendo: Necesito descansar.

Yo también, sonreí. ¿En qué trabajas?

Soy enfermera.

Ah, mira qué interesante.

Nunca en toda mi vida me había parecido interesante el oficio de enfermera; pero en ese momento me pareció lo único interesante del mundo. Le pregunté cómo era, y la seguí con todos los sentidos atentos. Me dijo que trabajaba en Miraflores, cuidando un viejito que sufría de cáncer terminal, y debido a eso sus horarios eran muy irregulares. A veces se quedaba a dormir en la casa de la familia, y otras ni siquiera podía descansar los fines de semana.  A veces también se quedaba despierta  toda la noche o tenía que suspender su descanso  si surgía una complicación; pero en general su trabajo era muy tranquilo. A veces aburrido. A mí generalmente me importa un pepino la muerte de alguien; pero esa vez casi me conmoví hasta las lágrimas por el sufrimiento del viejito, y creo que lo sentí honestamente.

Para animar un poco el encuentro yo le conté mi trabajo, muy malo, de vendedor y fotocopista en una librería.

Estaba  a unos centímetros de mí, y yo sabía conscientemente que ese era uno de esos encuentros que nunca en la vida iba a olvidar. Esa chica era preciosa, como si el Dios de la creación, después de hacer hombres y mujeres en masa, se hubiera propuesto demostrar sus habilidades artísticas y se había preocupado en modelar cuidadosamente un rostro que desde todo punto de vista era perfecto.  Cada pelo de  sus cejas, cada pestaña o cabello parecían haber sido puestos ahí cuidadosamente, después de haber sido pensado en detalle. Han pasado  muchos años de eso y  todavía me acuerdo de su melena corta que se deshacía de su nudo y caía imparablemente como la arena seca, a ocupar su  lugar en un peinado ya prefijado.  Reía fácilmente, y sus labios brillaban cuando lo hacía. Era una mujer educada y amable, como generalmente no lo habían sido conmigo las chicas. Al verla uno se sentía limpio de corazón, y capaz de luchar por un mundo mejor para protegerla.

Hicimos el trayecto desde Miraflores hasta Tablada sonriendo mientras nos mirábamos y casi tan rápido que pasó como un suspiro. Al principio temí que se bajara en Barranco porque pensé que podía vivir ahí; pero después pasamos  Surco, y nada. Pasamos  San Juan de Miraflores, y nada. Llegamos a  Villa María del Triunfo y, cuando estábamos entrando a Tablada,  me preguntó:

¿Dónde bajas?

Yo sonreí.

Ya me pasé tres cuadras, le dije.

Bájate bájate, me dijo, alarmada.

Pero antes de bajarme  me dijo que si sabía de un trabajo mejor me iba a avisar, y me escribió un número de teléfono en la mano. Me dijo que la llamara, generalmente a las ocho ya estaba libre, y me bajé y me quedé mirando el enatru hasta que se perdió de vista en una esquina. Tenía su número escrito en la mano, y me preguntaba cómo las cosas me habían salido tan bien, a mí que generalmente nada me salía bien.

El lunes después del trabajo la llamé. Como no tenía teléfono y vivía en la cima del cerro tuve que bajar al teléfono público de una farmacia que estaba junto a la pista y llamarla. Ya para esa hora sospechaba que el número telefónico era falso, y no la volvería a ver. Pero alguien me contestó. Al principio no distinguí bien voz porque no estaba acostumbrado al teléfono y hacían bulla los autos que pasaban cerca; pero después de insistir supe que era ella. Me decía:

Pensé que no ibas a llamar.

¿No? y ¿por qué?

No sé.

Te dije que te iba a llamar. Más bien yo pensé que tú no ibas a contestar.

¿No? ¿por qué no?

No sé.

 Y nos reíamos como dos tontos.

Mañana, ¿te puedo llamar?, le dije.

Sí. Pero a esta hora.

¿Y pasado?

También; pero a esta hora.

¿Y traspasado?

Nos reíamos.

Que descanses. Que duermas bien. Hasta mañana a esta hora, le dije al despedirme.

Hasta mañana. Cuídate mucho, me contestó.

Esa noche, como todas las noches que siguieron, me quedaba en la cama pensando en ella antes de dormir. Despertaba feliz pensando que volvería a hablar con ella. Y aunque el trabajo seguía siendo una mierda, lo soportaba mejor que antes. Había llegado hace poco a Lima, y  aunque vivía solo y no conocía casi a nadie, ahora tenía a alguien por quien esperaba que dieran las ocho para conversar. Le preguntaba qué había hecho, qué le había pasado de nuevo, y me contaba algún detalle de su trabajo, de las noticias que había escuchado en la radio, de la película que había visto, (le gustaban las comedias románticas, las de Tom Hanks y  Meg Ryan que en ese tiempo daban), y me preguntaba si me gustaba tal canción, o si  había visto ese video de Enrique Iglesias, y me cantaba una canción y nos reíamos de todo como dos idiotas. Cada vez era más difícil despedirnos. A pesar que solo hablábamos unos minutos, porque yo no tenía plata para gastar mucho en llamadas, las despedidas se hacían cada vez más difíciles.

¿Vas a pensar en mí?, le preguntaba yo

Sí.

Yo también estaré pensando en ti.

Y oía sus suspiros, y yo también suspiraba.

Adiós. Hasta mañana. Se va a cortar la llamada, le decía.

Cuelga entonces, decía ella.

No. Cuelga tú primero. 

No. Tú primero.

No. Que corte la empresa.

Y nos reíamos, hasta que la empresa nos cortaba la llamada.

Al día siguiente volvíamos a hablarnos unos minutos para reírnos y suspirar antes de despedirnos.

Estoy besando el teléfono, le dije una vez.

Yo también, dijo ella.

Y nos quedábamos en silencio, hasta que nos cortó la empresa.

Un viernes ella me dijo:

El domingo voy a estar en Tablada.

Y aunque no la veía hubiera jurado que estaba sonriendo.

Quiero verte, me dijo.

Yo también, le dije.

El parque de la glorieta, ¿lo conoces?, el que está frente a la iglesia.

Sí, creo que sí.

El domingo a la ocho en el parque de la glorieta. Voy a estar ahí. No faltes o no te vuelvo a contestar.

El domingo voy a estar ahí entonces, le dije. Desde mañana voy a estar ahí. Voy a acampar ahí.

Ella siempre se reía de todas las tonterías que yo decía.

Apenas terminó la llamada fui a preguntar a la gente donde quedaba el parque de la glorieta. Me dijeron un lugar y fui a conocerlo para no perderme a último momento. Era viernes en la noche, y ya se podía ver niños jugando y muchas parejas dando vueltas al parque o sentadas en la rotonda del centro, la que daba nombre al parque. Pili no me lo había dicho, pero cuando la vi supe que la glorieta era el punto de encuentro de las parejas de enamorados. Tenía diecinueve años entonces, y me habían hecho mi primera cita de enamorados, y estaba feliz.

El domingo antes de las ocho fui. Si antes lo había sospechado en ese momento lo confirmé cuando vi la cantidad de parejas dando vueltas al parque, sentadas frente a la iglesia, en una heladería, o en la puerta de una discoteca. Supe que Pili sentía lo mismo que yo. No sabía en qué parte nos encontraríamos, y para poder ubicarla subí a la parte central de la glorieta y la esperé  mirando a todas las chicas que estuvieran. Pensé que tal vez ella no había ido sola, tal vez había ido con una amiga, y por si acaso miraba las entradas de las calles por si la veía aparecer acompañada; pero me parecía que no llegaba todavía. Eran cerca de las ocho y no sabía si no había llegado o simplemente no podía distinguirla. Me angustiaba pensar que ella pudiera estar allí y yo no pudiera reconocerla. Miraba con atención a todas las chicas que pudieran parecerse a ella y trataba de reconocerla por su pelo, por su forma de vestir, de caminar; pero ninguna lo confirmaba. Ya eran  las ocho y yo trataba de distinguirla con desesperación en cada rostro, en cada una de las chicas que se asomaba al parque, pero no la reconocía, y pensaba que en algún lugar debía estar, y me imaginaba sus reproches por el teléfono, diciéndome que tanto le decía que le interesaba y no era capaz distinguirla entre las demás mujeres.  Y tal vez se decepcionaría por eso. O  creería que en realidad no había ido y solo estaba inventando excusas. 

A las ocho y diez, estaba casi seguro de que ella estaba ahí y yo no la reconocía; a las ocho y veinte tal vez había llegado tarde; pero ahora sí, seguro que estaba allí; a las ocho y treinta, que no la podía distinguir; a las ocho y cuarenta tal vez estuvo ahí, pero debía haberse retirado, decepcionada. A las ocho y cincuenta ya todo estaba consumado. Antes de las  nueve fui a la heladería que tenía un teléfono público en la entrada y llamé al número que me había dado. No quería hablar con ella; pero al menos dejaría constancia de que había cumplido con ir y la había esperado. Me contestó ella.

¿Romeo? ¿Eres tú?, me preguntó.

Me quedé desconcertado.

Sí… sí, le dije.

¿Fuiste al parque?

De … aquí te llamo.

Romeo no pude ir.

Respiré aliviado; pero ella estaba alterada.

La salud del señor se complicó, y tuve que regresar de mi casa. Traté de llamarte pero no sabía dónde. Estuve esperando tu llamada para avisarte…

Está bien, está bien…

No, no está bien. ¿Estuviste esperándome?

Sí.

Yo quise ir, amor. Yo quería estar contigo.

Yo también quería; pero está bien, ahora no se pudo. Es tu trabajo.

Yo quise estar contigo.

Yo también quería; pero ya nos veremos después. Te lo aseguro.

Lo siento tanto.

Yo también.

Quisiera tenerte conmigo.

Yo también.

Te quiero tanto.

Yo también.

Nos despedimos consolándonos mutuamente, besando el teléfono y prometiéndonos que la próxima semana nos veríamos, por muy largo que pareciera la semana. Hasta que como siempre la empresa nos cortó.  Las veces siguientes que la llamé en esa semana, Pili me decía que ese domingo sí estaría ahí, aunque sea desconectaría el teléfono para que no la llamaran a su casa. Iría con una chompa blanca y un pantalón celeste para que la reconociera, y estaría en la banca de la esquina del parque, esa que se veía desde la entrada de la heladería, y me llenaría de besos para vengarnos de los minutos que apenas teníamos. Nos despedíamos riendo y cantando bajito una canción de amor hasta que la compañía de teléfonos nos cortaba, y yo me quedaba con los ojos cerrados y el teléfono en la mano para no perder el influjo de Pili, la mujer más hermosa y dulce que había conocido.

El siguiente domingo antes de la ocho también estuve en el parque. El lugar estaba igual de concurrido que antes; pero ahora la noche era más fresca y estrellada, y  la gente parecía más feliz y hermosa. Todo parecía tan limpio y  brillante que apenas podía contener los labios que se me estiraban en una sonrisa estúpida a pesar de que trataba de fingirme serio. Al costado de la banca una pareja se había instalado  y no paraban de besar y reírse. Aunque yo siempre había odiado a la gente así, esa vez los comprendí, y me alegré por ellos. Esperé buscando a Pili con la mirada, tratando de distinguirla en esa multitud de chicas que caminaban solas, en pareja o en grupo. Trataba de ubicar su melena corta, su chompa blanca, y su pantalón celeste. La buscaba mirando entre las que se acercaban, las que llegaban por las bocacalles, las que esperaban solas y aunque varias veces me pareció reconocerla, después me di cuenta que no eran ella. Pili era más linda y elegante que todas. Yo la seguía esperando, pero dio las ocho y pensé que ahora si debía estar viniendo. Pasó las ocho y yo pensé que no podía tardar más. Por más que se hubiera demorado en salir, ya debía estar llegando, para que pudiéramos aprovechar el tiempo. Llegaron las ocho y veinte, y pensé que algo debía haberle pasado. A las ocho y media temí que fuera algo muy grave; pero ya debía estar llegando a toda prisa. Miraba las bocacalles y ya me parecía verla aparecer apresurada, asustada, y con sus chompa blanca y su pantalón celeste y buscándome con la mirada. A las ocho y cuarenta miraba el reloj y trataba de detener el tiempo, que los segundos demoraran más, que los minutos no fueran tan cortos, al menos hasta que llegara Pili. A las ocho y cincuenta ya cada vez era más difícil mantener las esperanzas, y me dolía en el corazón pensar que no llegaría. A las nueve ya todo había terminado.

Me acerqué a la heladería y llamé a su número. Alguien alzó el teléfono. No dijo nada un instante; pero yo sabía que estaba allí. Escuchando en silencio al otro lado de la línea. Solo después de un momento preguntó:

¿Romeo?

Yo no dije nada. Ahora sabía que había estado allí, en Miraflores. Ahora sabía que nunca había venido. Que siempre estuve esperando solo.

Lo siento, mi amor, dijo  despacio. Estaba llorando. Yo también me puse a llorar. Me sentí un idiota y arrimé la cara a la pared para que no me viera la gente que pasaba por la calle.

Quise estar contigo, decía, lo quise tanto. Yo sé que no me crees; pero es la verdad. Te amo. Pienso tanto en estar contigo todo el tiempo. No llores. Mi hombre no llora por mí.

La llamada se cortó, y yo me quedé solo entre tantas parejas de enamorados que reían y se  veían felices, abrazados por todas partes, y sintiéndome solo como una rata. Sin nada más que hacer me fui caminado a mi cuarto. Subí hasta el cerro, y desde arriba me quedé mirando las luces de Lima. No conocía bien la ciudad, pero suponía que aquellas luces de allá, las que se veían solo como puntos, eran las de Miraflores, y me preguntaba cuál de esas la iluminaba, cual estaba más cerca a ella, o si ella también estaría mirando para acá, si a esa hora se estarían cruzándose nuestras miradas.

El lunes no la llamé, y el martes tampoco, a pesar que en esos momentos pensaba que tal vez ella también estaba allá, esperando al lado del teléfono, como yo la había esperado a ella. Contaba los segundos alrededor de las ocho, y a medida que pasaban,  me sentía entristecido y aliviado, como si hubiera vencido un gran peligro que me acercaba a ella. Pero mi espíritu no era muy fuerte. Yo no tenía amigos ni familia. Ni nadie en Lima, y me sentía muy solo. El miércoles ya no resistí más y la llamé.

Ella me contestó:

¿Aló?

Reconocí su voz, y aunque no dije nada, ella debió saber que era yo.

 Romeo, dijo en voz muy baja, como si me confesara al oído. Estuve pensando en ti. He pensado mucho en ti. Yo sé que ya no me crees, yo sé que ya no confías en mí. Pero te amo, aunque no me creas. Te juro que te amo, aunque ya sé que mi palabra no vale nada. Y espero que me perdones, por haberte dejado sin explicación.

No contesté hasta que se cortó la llamada.

Al día siguiente la volví a llamar, y me dijo:

El domingo voy a ir. Voy a estar allá. Aunque tú no estés. No te pido que vayas. Ni que me creas, pero voy a estar ahí, y te esperaré, como tú me esperaste. Y si no llegas, no importa. No voy a pensar mal de ti. Pero si llegas, ven. Déjame pagarte lo que te hice.

Al día siguiente dijo lo mismo o algo parecido. Yo no le hablé. No quería creerle, y no sabía que pensar. Me negaba hasta el último momento; pero pensaba que tal vez ahora si podía ir, y podría decirme todo, explicarme el porqué, y yo le creería, porque quería creerle. En esta ciudad fea y extraña en la que había empezado a vivir, ella era la única persona que yo tenía.

El domingo fui.

Llegué un rato antes, tratando de que nadie me vea. Me fui a la heladería, y me senté en una mesa, cerca a la ventana. Desde allí podía ver la banca de la esquina donde me había dicho que iba a estar y la esperé. Esperé buscando entre las personas, esperando ver llegar de un momento a otro la hermosa mujer de melena corta y chompa blanca y pantalón celeste; pero no llegaba. Esperaba mirando en el reloj las manecillas correr, y aunque me había dicho a mi mismo que no me importaba, que no le creía, cuando el reloj pasó de las ocho yo empecé a rogar: “Por favor llega”, “por favor”, “déjame creer en ti”, “dime que no me has mentido otra vez”; pero el minutero siguió inexorablemente, segundo a segundo, minuto a minuto, y a las ocho y media ya supe que no vendría.  Salí de heladería y me fui a mi cuarto, preguntándome: “¿Por qué haces esto? ¿Qué tienes? ¿Quién eres? ¿Qué te pasa?”. Di varias vueltas por las calles, porque si me iba así a la cama no podría dormir, y traté de cansarme caminado. Antes de ir definitivamente a mi cuarto,  y odiándome, no pude resistir la tentación, y en el teléfono público de la farmacia la llamé. Yo sabía que no estaba bien; pero sentía que tenía que hacerlo, tenía que darme más motivos para guardarle rencor, porque si no, no podría olvidarla. Nunca podría olvidarla.

Ella me contestó de nuevo:

¿Aló?

Oí su voz y me arrepentí de haberla llamado. Me di cuenta que si ella me volvía a   prometer algo yo le creería, porque yo quería creerle. La necesitaba. Yo era demasiado débil y solitario, y ella era lo único hermoso que yo tenía en la vida. Entonces para no hablar solo le pregunté:

¿Por qué?

Romeo…

¿Por qué?

Ella no dijo nada. Nos quedamos en silencio los dos, respirando a ambos lados de la línea, hasta que la moneda cayó y la comunicación se cortó.

Entonces todo fue como una oscuridad. Me dormía pensado en ella, soñaba con ella y lo primero que pensaba al despertar era en ella. Viajaba  con ella, trabajaba con  ella,  y regresaba en el enatru mirando las calles, pasaba por su paradero y miraba ansioso a las personas, esperando verla aparecer descendiendo la escalerilla,  y cuando el enatru se iba miraba por la ventana hasta el último segundo que la perdía de vista, porque pensaba que justo en el instante que yo volteara ella aparecería descendiendo las escaleras y nuestras caminos nunca se cruzarían. Miraba las casas que estaban sobre la vía expresa y pensaba: “Ella está por aquí, está cerca, tal vez si le pregunto a ese señor la conozca, tal vez aquel la ha visto, aquella puede saber dónde está, donde vive”.

Había tanta gente en Lima, y yo no sabía cómo buscarla, y tenía miedo de encontrarla. Y no era capaz de olvidarla. Esperaba en la cama contando los minutos antes de la hora que acostumbraba a llamarla, hasta que la hora se pasaba y yo suspiraba aliviado de haber vencido la tentación, y que ella supiera lo débil que era, de todo lo que la necesitaba, hasta qué punto me tenía en sus manos, y no  tuviera que pasar por la vergüenza de que sepa lo fácil que podía hacer conmigo lo que quisiera. Resistí así varios días, como si fueran años. El viernes no pude resistir más y pensé en darme una oportunidad para odiarla. Para poder olvidarla. A las ocho como siempre bajé a la pista y la llamé. Alguien contestó:

¿Aló?

Era su voz.  Le dije:

El domingo a las ocho estaré allí. No sé si vienes. No me interesa. Solo te esperaré y será la última vez que te espere. Después nunca más te volveré a esperar. Nunca más te llamaré. Nunca más te molestaré. Nunca más me volverás a ver. Y si me ves, no me hables, porque yo no te reconoceré.

Colgué el teléfono y me fui.

Ese domingo volví a esperar en la banca de la esquina del parque. No miré a la gente ni busqué a nadie con la mirada. Solamente esperé que pasaran las ocho, mirando el cielo y consultando el reloj de rato en rato, mientras los minutos avanzaban lentamente. Hasta que dieron las ocho y media sin que llegara, y me puse en pie y me fui. Caminaba por las calles polvorientas de Tablada sintiéndome el hombre más solo y miserable del mundo, sin conocer a nadie, sin nadie con quien hablar, sin saber dónde ir ni qué hacer. Sin querer acostarme por miedo a quedarme solo en la cama sin poder dormir, tomé un ómnibus que iba al centro y me senté al fondo, en el asiento pegado a la ventana y me puse a llorar. Lloraba con vergüenza y cólera, fingiéndome dormido y con la cara obstinadamente pegada a la ventana para que nadie se diera cuenta. Cuando llegué al centro vagué por la plaza San Martín, el Jirón de la Unión, la plaza Mayor, bajé por Emancipación,  Tacna, La Colmena, a cualquier lugar donde hubiera gente. En La Colmena entré a  un night club donde mujeres horribles se desnudaban en un ambiente sórdido y miserable, y salí, sintiéndome peor, más solo y más canalla. Solo entonces me di cuenta de todo lo que necesitaba a Pili,  como un condenado necesita una salvación.

Sin poder contenerme, en un teléfono público del Centro Cívico la llamé. Ya eran cerca de las once de la noche; pero quería oírla, aunque rompiera mi promesa, y ella supiera lo débil que era.  El teléfono sonó un rato, y alguien contestó.

¿Aló? ¿Quién es?, preguntó.

Era una voz de hombre, una voz clara, segura y serena. La voz de un hombre educado.

Aló, buenas noches, dije, sin saber qué decir:…disculpe, ¿se encuentra Pili?

Sí, bueno, Pilar está durmiendo en este momento.

Ah, perdón…quería hablar con ella.

¿Es urgente?

No, no… Solo quería darle un mensaje.

¿Es muy personal? Si quiere se lo puedo dar yo cuando despierte.

Claro…pero, ¿me podría decir quién es usted, por favor?

Samuel Bellei. Soy su esposo.

Colgué el teléfono y me fui hacia la avenida Grau. Después rumbo al sur, y caminé y caminé entre la gente y en la soledad, sin importarme por donde iba. Solo pensaba: “¿Por qué? ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué me mentiste? ¿Qué es verdad de todo lo que me contaste? ¿Eres enfermera? ¿Vives en Tablada? ¿Quién es ese hombre? ¿Cómo te casaste?...” Y  no quería pensar más porque sentía  que cada pregunta traía otra, imparable, indetenible…y ya debía parar, no debía saber más en ella si quería olvidarla, aunque me quedara sin respuestas porque cada segundo más que pensara en ella, iba a tener un recuerdo más que olvidar, y ya no quería tener más recuerdos…Caminé y caminé, tomé carros, volví a caminar y llegué a mi cuarto jurándome olvidarla, ahora sí.

Fue el día cero. A partir de entonces cada día que pasaba contaba como un día más de no haberla visto, de resistirme a llamarla. Y así fui contando los días. Día tras día, conté uno, dos, tres… diez, treinta, sesenta, noventa, seis meses, un año, dos años, tres años. Después perdí la cuenta, dejé ese trabajo, dejé de pasar por ahí. Los enatrus, dejaron de circular, y conocí otras personas, conocí otras mujeres, por unos meses o unos días, o por unos minutos. Pensé en muchas mujeres, tuve sexo con muchas, y su nombre, su rostro, su recuerdo se me fue borrando, se mezclaron con el recuerdo de otras mujeres que confundí y olvidé, o vagamente  empecé a recordar confundiendo recuerdos, mezclando tal vez unas con otras, y después ocuparon un lugar más importante muchas que vinieron después. No una ni dos, ni diez,  ni veinte, ni treinta, ni cuarenta… sino cientos, a las que recuerdo cuando estaba desnudo sobre ellas, junto a ellas, bajo ellas, entre sus piernas, empujándolas contra la pared, contra un colchón, contra una puerta, contra una columna, contra una mesa o en el aire, dándoles con fuerza, con furia, casi con odio, viéndolas gritar, jadear, quejarse, resistirse, arrepentirse, mientras yo sonreía con satisfacción, como un atleta olímpico orgulloso de su fuerza, de su poder y su destreza,  pensando que eso es mejor, que era mil veces mejor ese sexo sin amor que las palabras vacías y los recuerdos idiotas que las mujeres que quise y me dejaron, porque al menos eso era real, esos cuerpos desnudos, esas piernas abiertas y esos sexos húmedos no eran mentira, no eran la ilusión que ellas me prometieron.

Hasta que todo pasó, y pasó y pasó, hasta hace poco.

 A veces me quedo varios días escribiendo sin salir de casa, y después salgo a tomar un poco de aire. Entonces me voy a un parque a leer o corregir un escrito, o simplemente dejarme estar, sin que nadie me moleste. Es lo bueno de vivir en lugares como Tablada donde a nadie le interesa la lectura, y un escritor puede disfrutar tranquilamente del anonimato. Es la libertad soñada para los que no queremos pagar el precio de la fama.  Ese día estaba corrigiendo un relato en la banca de un parque cuando una pelota cayó cerca de mí, y un niño se acercó, seguida por una niña un poco mayor y dos mujeres que los cuidaban. No me gusta tener niños cerca. Hacen ruido y me desconcentran. Esperé hasta que ese proyecto de hombre recogió la pelota, y se fue exultando, haciendo demasiados movimientos. Traté de volver a la corrección del texto que siempre es la parte más tediosa del proceso, y cuando estaba volviendo a retomar la concentración, otra vez la pelota volvió a caer cerca de mí, seguida naturalmente por esos desagradables especímenes que son los críos. Detrás de ellos venían las mujeres que, como era obvio, no eran capaces de tenerlos quietos. Sin querer mirarlos, esperé que se los llevaran. Recién cuando las mujeres los alzaron en brazos, diciendo no sé qué tonterías cariñosas, voltee a verlos. La mujer que cargaba al engendro menor me observaba con una curiosidad rara. Me pareció haberla visto en otra parte. No sabía dónde. Cuando la miré con atención nuestras miradas se cruzaron. Su rostro era agradable, de facciones muy regulares; pero pálido, y como gastado por el tiempo y las preocupaciones. Parecía solo una linda ama casa. Hubo una chispa de recuerdo en mi memoria, y después un inicio de certeza. Entonces voltee a mirar a otro lado, porque no necesitaba ver más. Sabía quién era; pero era obvio que ella lo había sabido antes que yo. Me puse de pie rápidamente sin mirarla y me fui caminando con un poco de prisa, porque había jurado no reconocerla, y para un hombre que ha venido a labrarse un destino en la capital, el futuro importa más que el pasado.  Y en el pasado yo había enterrado su recuerdo, nuestros sueños, nuestras  promesas, y no iba a perder mi tiempo resucitando cadáveres después de todo lo que me había costado aprender a vivir con eso.

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  • A mí no me molestan los trolls, Martín. Incluso me dan risa, porque no puede quitarme algo que me interese realmente. Por ahí, incluso a uno le tengo cariño porque fue el único que evaluó un relato mio del que nadie más hizo nada ( PORQUE TODAVÍA TE AMO); pero si les contestara sería a mi manera, es decir: escribiendoles un cuento. :) Lástima que no me inspiren nada. :( Un abrazo.
    Hay mucho de cierto en lo que dices, Martín. Es una burla que te den cinco estrellas sin comentarte, porque en el fondo esperan que tú correspondas de la misma manera. Pero también son odiosos los trolls que te descalifican sin leerte, algo que no me molestaría si no fuera porque en el fondo esos trolls son participantes que ocupan los primeros lugares del ranking y que al parecer, cuando ven a alguien como amenaza, lo mandan al fondo de la lista. Yo no sé ni quiero saber quienes son; pero si lee esto, le digo que mí me da risa cuando lo hace conmigo. Si me da pena cuando lo hace con textos valiosos. Yo si comento todas mis evaluaciones ah, aun cuando sean antipáticas. Un abrazo.
    Pero cuando lo intenté de esta forma ya pude ver una solución. No me gustó por diversas razones; pero era necesario y tuve que aceptarlo. Un escritor reconocido me dijo que los relatos no tenían que decirlo todo, que como la vida debían tener claroscuros, datos escondidos... y entonces decidí aprovechar eso. Cómo alguien de un lugar pobre como Tablada se casó con alguien de Miraflores? Era enfermera de verdad? Por qué no iba? No era feliz? Ya estaba embarazada? No lo sé. Y no creo que pueda escribir una segunda parte. No creo. En cuanto a los lectores de relatos largos, si pues, aquí se sabe quien lee y quien no. : ) Pero peor me parecen esos que te descalifican sin leerte. Un abrazo.
    Gracias Martín, por comentar y tomarte tantas molestias. Sí, el relato necesita varias correcciones que no me habría dado cuenta si es que no lo hubiera puesto a ojos de los lectores. Gracias, por eso. No creo que lo cambie mucho; pero si se puede mejorar, pulir, detallar...Gracias también por tus palabras, viniendo de un narrador que respeto como tú han hecho que le dé a este relato un valor que no tenía. Yendo ya la anécdota, te confieso con cierta vergüenza que muchas cosas no las sé. Mucho, casi todo fue real, y sucedió tal como se cuenta. Cuando lo escribí tenía muchos vacíos y aunque intenté con otros narradores, el relato no salía, no convencía. Tú eres narrador y puedes entenderme.
    Gracias, Chus. Los malo de los relatos largos es que cuando corriges llegas al final tan cansado que ya la lucidez no funciona muy bien. Por eso siempre es bueno otros ojos que te ayuden. Ya revisaré con cuidado tus recomendaciones. Las voy a tener en cuenta; pero por ahora me están amontonando el trabajo antes de las vacaciones de medio año, y apenas tengo tiempo de escribir. También tengo un montón de libros atrasados que leer y quiero corregir mis novelas, así que las vacaciones me van a quedar cortas. :) De todas maneras voy a tratar de publicar algo breve y con humor en estos días. Gracias de nuevo, y un abrazo.
    Hola Omar, perdona la tardanza pero quería leerlo con la atención que merece. La historia se lee fluida , mantiene la atención y cierra bien. Respeto a los diálogos creo que podría mejorarlos, no en lo que a los personajes se refiere, sino a como los estructuras: la falta de guiones y la reiteración en las entradillas a los personajes (le preguntó, le dijo,...) le restan al relato. Y por último, el párrafo final lo hubiera estructurado en dos párrafos. Un abrazo desde Madrid y no se te olvide seguir publicando historias pequeñas, de esas que te sacan la sonrisa... :)
    Gracias, amigos, por comentar. Andrés, a lo que iba específicamente es: si todos llevamos una frustración amorosa, ¿cómo esta mala experiencia reprimida puede afectar las relaciones amorosas ya establecidas? ¿Tal vez en poca tolerancia a la libertad femenina? O peor, los casos de feminicidio ¿no serán el deseo inconsciente de hacer pagar a una sola mujer la infelicidad recibida de muchas?... El personaje al final ya me parece un caso cercano a eso. Y Mrs Hyde, he revisado las palabras que me indicas y la concordancia está bien, lo me parece mal es que toda la frase es un poco enredada. :) Voy a tratar de cambiarla después. Gracias por animarme a escribir relatos largos. Abrazo a los dos.
    Omar, el tema del machismo en nuestras patrias es muy interesante. Pienso que somos el resultado de unos paradigmas muy fuertes respecto a esto. En tu relato, por ejemplo, el punto de partida es un acto de caballerosidad que algunos pueden considerar machista. Saludos.
    Gracias, muchachos. Como lo colgué sin esperanzas me satisface los comentarios, sobre todo cuando son críticos y me ayudan a ver los relatos desde otros ángulos para corregirlos. Me alegra saber que cualquiera se identifica con el personaje central. Por lo visto todos tenemos cadáveres en nuestro ropero personal. :) Me pregunto, Andrés, cómo afecta en nuestra formación social este tipo de frustraciones. Cómo en el machismo, por ejemplo. Y Carlos, el individuo de los primeros años ya no es el mismo que el del final. El error que noto es que en una parte dice que la ha olvidado y, sin embargo, en el relato la recuerda con claridad. Debo corregir eso. Gracias a Sebastian también por comentar.
    Gran historia de amor en que cualquier persona sensible se puede sentir identificada. Todos hemos suspirado por un amor imposible, algunos hemos llorado... y aquí esta el éxito de tu narración. Lo que no veo tanto es que la persona tímida y no ganadora del personaje, por revancha y compensación empiece a sexualizarse con muchas mujeres...pero bien. Historia muy buena
  • Qué pasaría si en en futuro ser gay, transexual y lesbiana fuera lo natural y ser heterosexual prohibido?

    A veces pasa.

    Cuando el Gobierno se mete en tu cama.

    ¡Se ve cada cosa!

    Aviso sobre la aparición de mi libro CIUDAD DEL APOCALIPSIS en Klinde

    Ah, los políticos!

    A algunos creyentes no les va a gustar; pero si nos contuviéramos siempre para no molestar a alguien, no escribiríamos nada.

    No todo es lujo, balas, fiesta, mujeres hermosas y sexo en la vida de la mafia.

    Ahora que triunfa el libre mercado y las denuncias por corrupción se vuelven a extender por Latinoamérica, una empresa transnacional anuncia la cárcel soñada por delincuentes de alto vuelo.

    La última vez defendí en un ensayo el relato largo. Me parece inconsecuente defender los relatos largos y publicar relatos cortos. Así que aquí va un relato largo. Si no lo leen, no interesa. Ya debería dejar de interesarme por eso.

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