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4 min
POR AMISTAD
Varios |
07.09.14
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Sinopsis

Amigos y mujeres; ¡menudo lío!

  Vivió con una mujer; no demasiado guapa pero interesante, inteligente, educada, con una carrera universitaria, trabajo y dinero. Después con otra que no había terminado los estudios primarios, no tenía trabajo, ni educación, pero sí unos ojos preciosos, bonita figura y unos pechos lo suficientemente grandes, capaces, por sí solos, de llamar la atención.

      No se puede saber si el tiempo de soledad transcurrido entre las dos relaciones fue la causa, o por otra parte podemos achacarle la culpa a la socorrida crisis existencial que se dice afecta a los hombres a partir de cierta edad, o que simplemente era un perfecto estúpido. El caso es que llegado el momento, ocurrió. El cambio le pareció necesario y probablemente resultara inevitable, pero la segunda elección resultó, con el tiempo, nefasta. ¿Pero que sabía él? Sobre todo si se tiene en cuenta quien y como era. En aquel importante momento quedó clara su incapacidad de controlarse, su poca disposición a la reflexión.

      La primera de sus mujeres era un dechado de virtudes y por eso, le resultó finalmente insoportable; y la segunda, una bonita cáscara vacía que acabó revelándose como una verdadera hija de puta.

      No encuentro mejor manera de definirla en pocas palabras, aunque para él, la madre, era y continuó siendo una santa. Nunca acabé de entender las razones que tuvo para salvar de la quema a una señora que tampoco demostró, cuando llegó su momento, mejores cualidades que el fruto de su entrañas. Quizá se sintió apenado, siempre tan ingenuo, por una mujer que perdió su tiempo peleando por un marido; pasado de listo, vividor, putero, quizás su mejor cualidad y mentiroso; que la engañaba a la primera oportunidad que se le presentaba, y al que tuvo la ilusión de terminar echando de casa, para, no pasado mucho tiempo, arrastrarse hasta el picadero que él se había montado aprovechando la bicoca, para rogarle que la recogiera a su vera.

     El caso es que con estas dos mujeres con tan pocas cosas en común, la inteligente y la físicamente agraciada, terminó casándose, para llegar a un mismo final, pero por caminos tan diferentes como ellas mismas.

      Con la primera tanta perfección le abrumaba, le resultó totalmente imposible meter baza ni en la más insignificante de las decisiones que se tomaron a lo largo de la corta, todo hay que decirlo, vida conyugal. Todo parecía que era de ella, probablemente lo fuera, y él transmitía un sentimiento como de estar viviendo una existencia prestada que, más pronto que tarde, debería devolver, eso sí, con los intereses correspondientes. La solución se le presentó clara, incapaz de encontrar alternativas, decidió romper el vínculo matrimonial, con la pretensión de dejar atrás una vida hipotecada.

      Con la otra, tanta ignorancia terminó descolocándolo, tampoco ayudó la desfachatez para enfrentarse a la vida, con tan poco bagaje y tan mala leche, que demostraba su nueva esposa.

      Parecía, de todas maneras, dispuesto a cargar con esta nueva situación; pues le resultaba difícil reconocer otro error y por otra parte, aquella segunda relación, certificada con un nuevo matrimonio, parecía exacerbar su trasnochado instinto de macho protector. Una manera de esconder la verdadera razón; el poco peso específico de su carácter, para mantener y no pensar en enmendar el nuevo, pero cada vez más equivocado, rumbo que había tomado su vida.

     Pero he aquí que cuando la resignación era su penitencia y la propia dejadez de la existencia que llevaba, no deparaba mejor destino que su propia vesania, en ese momento y de la manera más inesperada, se tornaron los hados a su favor y tuvo la suerte de que ella decidiera abandonarlo para irse a vivir con su mejor amigo; yo.

     Nunca me ha vuelto a dirigir la palabra desde entonces y no acabo de entender la razón de su falta de agradecimiento, dado que él lleva años aparentemente feliz con su actual compañera, mientras que yo me arrastro por un inacabable descenso a los infiernos existenciales desde que, por amistad, dejé entrar en mi vida a su segunda mujer… y a su madre.

                                                       

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