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14 min
Por Amor Al Arte
Varios |
09.05.08
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Sinopsis

POR AMOR AL ARTE

El furioso primer movimiento de la Sonata número 9 de Beethoven inundó con su melodía todo el auditorio. El público escuchaba extasiado la perfecta ejecución de tan compleja obra, la maestría de sus notas, la perfección de sus armonías.
Para Lucas Galera ese momento era el paraíso. Él era el violín principal de la orquesta y ese estaba siendo su momento de gloria. Las personas que escuchaban impresionadas la pieza, estaban escuchándole a él. Escuchándole y admirándole. Y la sensación embriagadora de superioridad hizo que Lucas se sintiera mucho mejor de lo que jamás se había sentido en su vida. Admirado, reverenciado, casi adorado.
El público se mostraba embelesado ante sus alardes con el violín, y durante los treinta y siete minutos que duró la pieza el público se quedó anonadado por su inmenso talento a la hora de llevar a cabo una obra tan compleja y brillante.
Al acabar la ovación del público hizo que a Lucas se le saltaran las lágrimas debido a la felicidad que le provocaba ese momento de grandeza, de exaltación. Lloró poseído por una felicidad que nunca había sentido. La música era su pasión y finalmente lograba alcanzar el lugar que le correspondía. El de un genio. Después de años como secundario, acababa de cumplir su sueño de ser primer violín tras la retirada del famoso Marcos Pedrera y sentía que por fin podía ser realmente grande. Los aplausos del público le elevaron hasta el cielo y le hicieron sentir mucho mejor de lo que jamás se había sentido.
Por fin había alcanzado su sueño, llegado tan alto como su esfuerzo le había llevado, por fin había alcanzado el premio por su esfuerzo. Y el premio tenía forma de ovación, de aplausos, de aceptación.
Saludó repleto de felicidad dejando atrás sus dudas y temores.
* * * * *


-      Chico, te estaba esperando. – le recibió el director de la orquesta en su despacho.
Lucas entró tímidamente y observo cómo el hombre le ofrecía sentarse con un gesto de su mano. Lucas se sentó despacio y mantuvo su postura tímida y nerviosa. Lucas siempre había sido así: tímido, nervioso, inseguro… Casi nunca se sentía bien consigo mismo, sólo cuando se hallaba con un violín en las manos.
-      ¿Te apetece beber algo, chico? – le ofreció el director.
A Lucas le molestaba que le llamara chico. Ya había cumplido los treinta y cinco y ese hombre no le sacaba ni diez años. Sin embargo no se lo hizo saber, sólo alzó tímidamente la mirada.
- No. Gracias por el detalle señor Valera, pero no tengo sed.
Valera mostró un gesto de conformidad y se sirvió un baso de coñac. Después ceremoniosamente tomó un pequeño sorbo de la bebida.
-      ¿Qué tal la experiencia como primer violín? – preguntó Nicolás Valera mirando a Lucas con interés.
-      Realmente maravillosa, señor. – respondió Lucas con un brillo en los ojos.
-      Maravillosa. – repitió Valera con tono pensativo.
-      ¿Ocurre algo? – preguntó Lucas algo intranquilo.
Nicolás Valer no respondió de inmediato, sino que dio otro largo sorbo a su coñac y se quedó en silencio, hasta que el opresivo silencio se tornó especialmente desagradable.
-      Verás, creemos que aún no estás listo para un puesto de tanta responsabilidad como es el de primer violín. – informó el director con tono grave.
-      Pero al público le encantó mi trabajo. – replicó Lucas con un nudo en la garganta.
-      No lo niego. - Replicó Nicolás. - Sin embargo, aún te queda mucho rodaje y hemos pensado que necesitamos a alguien más preparado para el puesto.
-      ¿Más preparado? – preguntó el violinista con lágrimas en los ojos.
-      Mira, mantendrás tu puesto de trabajo. No voy a despedirte si es lo que te preocupa.
Lucas se quedó callado, mirando el suelo con lágrimas en los ojos. Se sentía traicionado, abandonado, sólo. Apretó los dientes y sintió como si la sangre de su cerebro entrara en ebullición. A su alrededor la estrecha y poco iluminada estancia se le antojó más pequeña, más opresiva, más sucia.
-      Creo que he realizado mi trabajo con efectividad. – insistió Lucas, tartamudeando.
-      Por supuesto que si. – reafirmó el director. – Sin embargo, nos interesa tener un primer violín con un nombre. Un primer violín que nos mantenga en el puesto privilegiado que tenemos como una de las orquestas más importantes del mundo. – hizo una pausa para que Lucas asimilara toda la información. – Hemos contratado a Patricia Saló.
Lucas no contestó, sólo se levantó sin alzar la mirada y salió de la habitación con una mezcla de rabia y dolor, de furia y tristeza. A sus espaldas Nicolás Valera le envió unas últimas palabras de condolencia.
-      Lo siento chico. No te desanimes, ya llegará tu oportunidad.
Sin embargo, Lucas no pensaba en la oportunidad que podía ser, sino en la que acababa de perder. Más bien, que acababan de arrebatarle.
La inmensa felicidad que le había aportado aquél concierto se había esfumado. Ya sólo quedaba tristeza, dolor y melancolía.
Sólo sensación de vacío y pérdida.
* * * * *
Los ensayos eran para Lucas siempre motivo de alegría. Para alguien como él, cuya vida era la música, el momento diario del ensayo que para otros era simplemente trabajo, para él era el mayor de los placeres. Un placer Más allá de los sentidos.
Sin embargo, ese día no era feliz. No con esa sensación en el estómago, no después de haber sido repudiado sin miramientos. Realmente se sentía furioso y desasosegado. Sin embargo, cumplía con su deber, no para la orquesta sino para la música. Él le debía a esas notas perfectamente situadas hacerla sonar. Volverlas tangibles. Darles vida.
Mientras tocaban, una chica hermosa y elegante entró por la puerta del auditorio y se dirigió a hablar con Valera. El pelo lacio y oscuro que caía sobre los finos hombros de la chica contrastaba con el escaso pelo blancuzco que quedaba en la cabeza que remataba el rechoncho cuerpo de Nicolás Valera.
Lucas supo que se trataba de Patricia Saló, pero cuando Valera detuvo en ensayo para presentársela, las escasas dudas que albergaba quedaron completamente descartadas.
-      Damas, caballeros. – captó el director la atención de sus músicos. – Les presento a la nueva primer violín que nos ha honrado al aceptar formar parte de este sueño que todos construimos día a día. La señorita Patricia Saló.
Toda la orquesta aplaudió a la insigne recién llegada, todos salvo Lucas que sintió como unas nauseas se atenazaban en su estómago. Sin embargo, mantuvo la compostura e intentó mostrar el mínimo desdén posible hacia la nueva estrella que había pasado a formar parte de la orquesta que tanto amaba.
-      En un privilegio poder estar aquí con ustedes. – les habló la chica con un tono de voz vivo y fuerte. – Espero que disfrutemos los unos de los otros de nuestra mutua compañía. Realmente estoy deseando tocar con ustedes.
Al resto de la compañía le encantaba la presencia de Patricia. Ella era una de las violinistas más grandes del país, para ellos era un sueño poder tocar junto a una artista de tanto renombre.
Sin embargo, para Lucas la presencia de Patricia era una molestia. Podría decirse que Patricia era lo peor que le había pasado en su vida. Le molestaba su fama, le molestaba su genialidad, le molestaba su juventud (al menos tres años más joven que él), le molestaba su belleza y, sobre todo, le molestaba que pudiera llegar de fuera y quitarle a él lo que tanto le había costado le había costado conseguir.
Patricia se acercó a ellos y comenzó a saludarles con cordialidad, con una deliciosa sonrisa en los labios y un brillo de júbilo en los ojos.
Lucas también se levantó a saludarla, aunque apenas pudo disimular la aversión que la chica le suscitaba. Le estaba quitando todo lo que tenía en la vida. Su música, el reconocimiento, sus sueños.
Cuando se situó junto a ella comprobó que era bastante más alta que él y eso le enfureció aún más. Lucas era bajito, delgado y paliducho, mientras que ella era alta y voluptuosa. Sin duda podría haber sido modelo, pero lo que la había cautivado era la música y Lucas sabía que esa mujer era terriblemente buena con un violín en las manos.
-      Eres Lucas Galera, ¿verdad? – le preguntó Patricia sin que él se lo esperara.
-      Si. – respondió el nervioso. ¿Me conoces?
-      Te vi la semana pasada interpretando a Beethoven. No estuvo mal. – le respondió condescendiente. – Si continúas practicando algunos años quizá llegues a ser muy bueno.
Este último comentario se le clavó en el corazón como si fuera un puñal afilado. “Si continúas practicando unos años quizá llegues a ser muy bueno”. Se sintió despreciado, ella le estaba tratando como a un aficionado, como a alguien que aún no sabía lo que hacía. Pero la música era su vida y él sabía perfectamente lo que hacía. Él era un gran violinista. Y ella una usurpadora que estaba arrebatándole lo que era suyo.

* * * * *

Lucas lloraba sólo en el salón de su pequeño apartamento. Las lágrimas resbalaban despacio por su mejilla, arrastrando con ellas sueños perdidos e ilusiones rotas. A su alrededor la magnífica música de Mozart le envolvía, dándole lo que ningún ser humano podía darle. Sólo la magnificencia de la música podía hacerle vibrar. Nunca había encontrado persona en el mundo que le diera lo que le daban aquellos genios ya desaparecidos.
Y ahora que por fin comenzaba a recibir algo de la gente, todas esas cosas que siempre le habían negado, una advenediza había venido a arrebatarle lo que se había ganado con años de esfuerzo.
- Merezco algo mejor. – se dijo mientras contemplaba el vaso de vino medio vacío que reposaba en la mesita junto a él, y también junto a su violín. La dama a la que más amaba en el mundo.
Comenzó a pensar alguna forma de arreglar lo sucedido, alguna manera de volver a recuperar el lugar que le correspondía. Entonces lo tuvo claro, tenía que hablar con Patricia Saló y pedirle que dejara la orquesta. Que volviera a su anterior puesto, seguro que la readmitiría.
Debía convencerla. Parecía buena chica, seguro que no pondría pegar. Le daría la razón, se disculparía y se iría por donde había venido.
Con esa idea en la cabeza, Lucas salió de su casa en dirección al auditorio.

* * * * *

Ella estaba allí, tocando el violín. Sola sobre el escenario. La melodía que hacía sonar era sobrecogedora, bellísima. Por un momento, Lucas pensó en aceptar su lugar en la orquesta. Ella era realmente buena, una auténtica virtuosa. Conseguía extraer sonidos de sus cuerdas que él apenas lograba después de horas y horas de ensayo. Y a ella le salía natural, sin el más mínimo esfuerzo.
Sintió cómo la envidia que le carcomía por dentro aullaba al comprobar que Patricia era, sin duda, mucho mejor músico que él. Por primera vez, Lucas comprendió que la odiaba.
Patricia dejó de tocar cuando se percató de que ya no estaba sola y saludó a Lucas con una sonrisa en los labios.
Lucas le devolvió débilmente el saludo y subió al escenario con ella, sin dejar de mirar al suelo.
-      ¿Querías algo? – preguntó Patricia amable. Patricia era guapa, muy guapa. Tenía unos labios gruesos y apetecibles, unos ojos pequeños y vivarachos y una nariz fina y distinguida.
-      Verás. – se lanzó Lucas al comprobar la disposición de la chica. – No tengo nada contra ti, simplemente quería pedirte que dejaras este puesto de primer violín. Yo me lo he ganado durante años y, bueno, creo que me lo merezco. Sólo te pido que renuncies. Eres famosa, seguro que se matan por tenerte de primer violín.
Patricia comenzó a reírse. En su mirada podía leerse un total y absoluto desprecio. Lucas se sintió mucho más humillado de lo que se había sentido en su vida.
-      Me habían dicho que eras raro. – se burló la chica. – Pero realmente esto supera todas mis expectativas.
-      No te rías. – respondió con dureza Lucas.
-      ¿O qué?
Lucas no respondió, sólo miró al suelo dolido y con las lágrimas a punto de inundar sus ojos.
-      Eres patético. En serio. Anda piérdete o tendré que pedir que te sustituyan. – le amenazó con desprecio. – Podrías aprovechar el tiempo para aprender a tocar el violín en lugar de molestarme. En serio, das bastante pena.
Lucas se sintió mucho más furioso de lo que lo había estado nunca. Sintió cómo la ira tomaba el control de él, cómo se le nublaba la vista, cómo el odio tomaba el control.
Antes de darse cuenta de lo que hacía tomó el taburete en el que había estado sentada Patricia y descargó un fuerte golpe contra su espalda que la hizo caer de boca al suelo.
La chica intentó incorporarse, pero el segundo golpe que le asestó le destrozó por completo la mandíbula, haciéndola caer de espaldas semi-inconsciente.
-      ¿Por qué eres tan zorra? – preguntó Lucas fuera de sí. – Sólo te estaba pidiendo un favor. Y te has reído de mí. Me has quitado todo lo que tenía y encima te burlas en mi cara.
Patricia intentó decir algo, pero la mandíbula rota no le permitía hablar. Sólo consiguió que un esputo sanguinolento resbalara por su boca.
-      ¿Sabes? – continuó Lucas. – Lo que estoy haciendo ahora es, simplemente, luchar por aquello que es mío. No te lo tomes como algo personal.
Después de decirlo, golpeó de nuevo la cabeza de Patricia. Al principio la chica se resistió, pero después de dos golpes se quedó inerte. Lucas continuó golpeando hasta que el cráneo se abrió como una sandía.
* * * * *
- Lucas, tenemos que hablar.
Nicolás Valera parecía no haber dormido en toda la noche. Sus ojeras eran inmensas y su aspecto era cansado y desaliñado. Al contrario Lucas estaba fresco, brillante, casi irradiaba felicidad.
-      Por supuesto, ¿Qué ocurre?
-      Imagino que sabrás el triste suceso que aconteció aquí hace unas noches. ¿verdad?
-      Por supuesto. Pobre chica, fue terrible. – respondió Lucas con cinismo.
-      Bueno, deberás ocupar su puesto en el próximo concierto. Tú conoces las piezas como violín solista y ahora que no está Patricia entre nosotros, tú debes sustituirla.
En su fuero interno, Lucas se sintió realmente feliz, incluso fuera de sí. Al fin lo había logrado, el puesto era suyo. Sólo tenía que eliminar aquello que se interponía en su camino. Había aprendido una valiosa lección.
-      De todas formas, no te preocupes por la responsabilidad. La semana que viene empieza a tocar con nosotros Vladimir Sakarov, el famoso violinista ruso. Se ha ofrecido a rebajar su sueldo para ocupar el puesto de Patricia. Al menos un golpe de suerte, ¿no?
Lucas se giró y miró a Nicolás fuera de sí. Estaba claro que se había equivocado con el objeto de sus iras, pero eso iba a cambiar. Con una mirada dura y cruel, Lucas cerró la puerta del despacho de Nicolás Valera y se quedó a solas con él. Después, hizo lo que tenía que hacer.

FIN
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Estudiante de Derecho. El cine, escribir, tocar el bajo, el teatro, los comics y la subcultura en general.

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