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4 min
Por las calles de Madrid se encuentran muchos insectos con forma humana.
Varios |
23.02.08
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Sinopsis

Hacía cinco minutos que otro restaurante de comida rápida me había puesto de patitas en la calle alegando ‘’incompatibilidad de caracteres entre empresa y empleado’’. Como es lógico pedí mi sueldo por diez horas trabajadas, más extras de manutención y transporte. Después de arrojar el uniforme con olor a Big Mac al primer contenedor que encontré, fui al bar más cercano que estando en Madrid supone unos cinco minutos andando desde cualquier punto de la ciudad. Subí calle Montera hasta Gran Vía, y en esquina con Fuencarral entré en la Taberna Copacabana.
No sé exactamente en que momento decidí no vivir, o mejor dicho, no vivir espiritualmente. Todo es una barrena sistemática, todo son arenas movedizas, todos son parásitos, todo es, en fin, como un gran agujero negro viscoso donde no hay tacto, ni gusto, ni placer, ni, cómo no, vida… El caso es que el bar aquel tenía poco de sudamericano en general, y menos aún de la alegría que se le supone a un local con tal nombre. El camarero, un avieso hombrecillo de mediana edad con un sonrojo crónico a causa de la bebida, correteaba de acá para allá como una hormiga que ha perdido a sus compañeras.
-¿Qué quiere usted?- me preguntó el hombrecillo de cara color piruleta.
-¿Tiene vino boliviano?
-¿Cómo?
-Que quiero un vino.
El bar estaba semivacío, y solo tres clientes habían decidido malgastar un tiempo en aquel sarnoso tugurio; uno de ellos jugaba enloquecido a las tragaperras dándole patadas cuando no le aparecían en pantalla las cirsas, otro miraba pasmado la teletienda mientras apuraba una y otra vez su copa y el otro entraba y salía del baño con evidente gesto de dolor en el rostro.
-¿Le gustan jóvenes?- me preguntó el camarero de súbito.
-¿Los vinos?
-Joder…- se acercó a mi oído evidenciando un importante problema de higiene-Digo las mujeres.
-¿Qué si me gustan jóvenes las mujeres?
-O los hombres, solo pregunto si le gustan.
-Si… como a todo el mundo.
-No se crea- dijo apartándose de mi oído y hablando deliberadamente alto- hay mucho fetichista por ahí suelto.
-¿Mucho qué?
-Acompáñeme.
No sabía exactamente lo que ese hombre quería, pero movido por no se qué resorte o, como diría Freud, por un extraño instrumente de utilidad en el mundo real del subconsciente, hice lo que me pedía. Abrió una puerta y atravesamos un pasillo con multitud de cajas de bebidas a los lados y basura de todo tipo amontonada.
-Lo que le voy a enseñar le va a gustar.
-¿Qué es?
-Ahora lo verá… Si le soy sincero, usted me ha caído bien en cuanto atravesó la puerta…
-Claro, igual que usted.
-Evidentemente, cuando dos almas semejantes se acercan tanto uno como otro sienten en seguido un gusto por hablar con su alma gemela.
-Yo nunca he encontrado eso.
-¿El qué?
-Un alma gemela.
-Habrá tenido novias, o amigos…
-He tenido perro.
-Y siempre hacen buena compañía.
-Siempre.
Abrió una puerta que parecía estar empotrada en la pared, y cuando la abrió surgió una penumbra con destellos fosforescentes que por un momento me cegaron… por un momento.
-¿Le gustan?- preguntó el avieso camarero.
Había en aquella extraña habitación cuatro hombres y cuatro mujeres, sentados todos en fila y completamente desnudos, con posturas que debieran ser eróticas pero que se mostraban demasiado forzadas. Una luz de neón encima de cada uno alumbraba sus desnudos cuerpos y daban un aire de dibujo virtual a sus expresiones..
-¿Cuánto tiempo
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Por supuesto leer y escribir. Toda clase de deportes y ,como no, viajar, viajar todo lo posible y cuanto más mejor

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