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18 min
¿Por qué maté a Pérez Carrillo?
Suspense |
30.05.13
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Sinopsis

Un joven escritor envanecido por el éxito halla en el asesinato la forma más sublime de creación. No dudará en ponerlo en práctica contra la "competencia", aunque ésta incluya a su mejor amigo.

¿POR QUÉ MATÉ A PÉREZ CARRILLO?

 

Porque él tenía más talento que yo. O, más simplemente, porque él tenía talento y yo no.

Tenía veintidós años y me creía Cortázar. Y Bolaño. Me creía los dos juntos. Me creía mejor que ellos, juntos o por separado ¿Qué importaba no ser argentino ni chileno? Fumaba como un carretero ¿Qué más daba no haber disfrutado incomodidades en París? Había escrito cinco o seis cuentos bastante buenos y algunas decenas de poesías que creía fuerte y afortunadamente influidas por Neruda. También por Bécquer. Por supuesto, también por Machado.

Me creía, en fin, la sal de la tierra y la definitiva revolución de la literatura contemporánea. Y no sólo eso. También me dedicaba a la pintura. Y a la música. Era un buen deportista, gozaba de un físico que algunos envidiarían y de la novia italiana que muchos desearían. Me tenía a mí mismo como algo similar al hombre integral renacentista. Me tenía a mí mismo como un príncipe en todos los campos que hollase.

Conocí a Lucas Pérez Carrillo en la universidad. Achaparrado, la melena desgreñada, descuidada barba y permanente estúpida sonrisa enseñoreada de su rostro. Un gañán que despertó en mí una mezcla de compasión y simpatía. Un gañán que dejó de serlo tras cinco minutos frente a la primera de las muchas cervezas que nos tomamos mientras vivió. Su cultura era bastísima. Dominaba la Historia y la Filosofía Política, conocía con cierta profundidad algunas ramas de la Literatura y hablaba cuatro idiomas con fluidez. Era cinco años mayor que yo y sus conocimientos ya apabullaban los de cualquier decano. La brillantez de su formación autodidacta me hipnotizó. El príncipe decidió convertir en su mejor amigo a aquel que muchos despreciaban por su vulgar aspecto.

Me publicaron un relato bastante escabroso repleto de escatología en una pequeña editorial local muy underground. No es que fuera un primer paso hacia la gloria muy de mi elitista gusto, pero no dejaba de ser un paso. Y todos aquellos- no muchos- que tuvieron la deferencia de adquirir el pequeño volumen coincidieron en felicitarme por haber parido el mejor de los cuentos en él reunidos. He de reconocer, sin embargo, que compartía páginas con individuos que seguro hubieran mostrado más traza desgarrando colchas, soplando vidrio o lavando yeguas que escribiendo. La cuestión es que el elogio y los aduladores se convirtieron, de la noche al día, en compañeros de fatigas.

Como el éxito sólo copula con el éxito mi poesía gustó. Recitales en la universidad. Gustaban también mis dibujos. Fanzines y revistas. A mí y a mi banda de grunge se nos dejó tocar en público.

Era yo por entonces un pequeño icono en el seno de una pequeña subcultura con sus pequeñas obras de arte, sus otros pequeños artistas, sus pequeños músicos y diminutos cineastas, sus oscuros locales, sus ínfimas salas de proyección y sus pequeños puntos de encuentro. Y con sus enormes egos. El más grande y veleidoso de los cuales fuera, sin duda, el mío. Un gigantesco ego enamorado de sí mismo. Un Narciso desbocado creyéndose leyenda viva, sabiéndose a las puertas del Olimpo de los más grandes y, más aún, sabiéndose seguro de sobrevolarlo y de poder mirarlos con todo el desprecio del que no es sólo grande sino inmenso.

Y, a diferencia de Machado, no compartía almohada tan sólo con mi conciencia sino que dormía con Valeria, una preciosidad morena que había cambiado su estudio milanés por el pequeño apartamento al que me trasladé apenas mi obra comenzó a darme dinero. El apartamento, claro está, no lo mantenía con lo poco que se me pagaba por mi genialidad, el arte no genera funcionarios sino parásitos brillantes. Eran mis padres los que sustentaban, resignados, mis aspiraciones bohemias.

Valeria se dedicaba al arte audiovisual y a la performance, era un par de años mayor que yo y no diré ni que fuese una buena artista ni que estuviese enamorado de ella. Pero estaba buena. Muy buena. Follaba como los ángeles, si éstos, en algún momento anterior a la sempiterna indefinición de su sexo, follaron. Y me quedaba muy bien colgada del brazo en los diferentes actos socioculturales a los que me obligaba a asistir mi condición de pequeña égida del arte contemporáneo.

Hacía meses que no pisaba las aulas. Sólo iba a la universidad si en ella tenía lugar alguno de mis recitales de poesía o si alguno de mis conocidos con ínfulas de artista presentaba allí cualquiera fuera el tipo de obra. De manera que había perdido todo contacto con Pérez Carrillo, el que fuera mi mejor amigo antes de mi eclosión intelectual.

Iban a exponer unas series de mis dibujos en un café-galería y decidí invitarle a la inauguración. Tenía cierto interés en saber qué opinaba de mi obra alguien ajeno al círculo lisonjero que, para mi deleite- nunca lo negaré-, me perseguía sin descanso.

Valeria explicaba algo acerca de la performance contra no se qué empresa de curtiduría industrial que pretendía llevar a cabo frente al ayuntamiento. Un par de niñatos con rimel y uñas pintadas fingían interés e indignación contra los curtidos mientras atisbaban el escote de mi novia, quien sólo interrumpía su airada verborrea para colgárseme del cuello y gemirme que escapásemos al excusado diez minutos nomás. Fue entonces cuando vi a Pérez Carrillo. Tan desaseado como siempre y la eterna sonrisa estúpida que tan irritante y, al tiempo, adorable, me resultaba. Algo encorvado observaba Hasta que la muerte os separe, un dibujo a tinta negra que representa dos ancianos, hombre y mujer, desnudos y en ademán de tomarse las manos. El más figurativo de su serie.

Lo abracé como sólo se abraza a un hermano, o a un padre. Porque Pérez Carrillo, con la amistad que nos profesábamos, y el ascendiente que sobre mí le reconocía a su erudición, bien pudiera haber sido ambas cosas.

Decidimos salir en busca de un lugar tranquilo donde tomarnos unas cervezas y poder charlar. Me mostró su sorpresa por mi fulgurante carrera y su opinión crítica acerca de mi literatura. La narrativa estaba bien, con algunos aspectos puntuales brillantes. La poesía ¡ay! Eso era otro cantar, técnicamente irreprochable pero no aportaba nada nuevo. En cuanto a la pintura no era un experto como para permitirse la soberbia de opinar. Y para la banda, como tú ya sabes, jamás me gustó el grunge. Semejante bofetada de realidad me aturdió. Acababa de fustigar rabiosamente una auto percepción que tantísimas palmadas en la espalda habían engordado hasta la obesidad mórbida. Pero, por otra parte, me sentí inmensamente agradecido. Al fin de la boca de alguien escapaba algo distinto a la palabra sublime en relación a mi actividad.

Desde aquella noche comencé de nuevo a verlo a menudo. Siempre fuera de grupo de opositores a artistas en el que me movía. Ni a él le gustaban ellos ni a ellos él. Demasiado real y demasiado pedantes. Pérez Carrillo era una válvula de escape. Un balón de oxígeno en la sofocante ovación perpetua en que vivía. Los encuentros eran casi furtivos, en la clandestinidad de algún bar carente de glamour, refugios en los que buscaba el aire fresco del mundo que había fuera de la autocomplacencia de mi séquito. Y en uno de aquellos encuentros a escondidas me comentó, de pasada y sin darle importancia, que trabajaba en un relato corto. Apenas si lo dejó caer. Inmediatamente pasó a otro tema. Le hice volver al del relato. La mezcla de simpatía y compasión que dije me infundió cuando lo conocí regresó para dominarme. Sobretodo la compasión. Me poseyó por completo ¿Pérez Carrillo escribiendo ficción? Tal vez pudiera ser un buen ensayista. Pero pretendía crear todo un mundo, con sus gentes y los comportamientos y reacciones y sentires de esas gentes. Pérez Carrillo quería ser lo que tan pocos habíamos sido: un dios creador. Porque el artista es lo más cercano a un todopoderoso. A su antojo modela, dirige y juega con sus creaciones. Pérez Carrillo no podía ser un dios como yo lo era. Él era un estudioso, no un artista. Él era un sacerdote, jamás sería un dios.

Lo animé a seguir trabajando en su relato. Simpatía y compasión. La certeza de un engrandecimiento mayor de mi ego una vez certificada la enorme inferioridad de mi amigo y mi lejanísima inalcanzable superioridad sobre el resto de los mortales. Porque le exigí leerlo una vez acabado.

Me sorprendió encontrarlo allí. Precisamente porque él no soportaba el ambiente que me circundaba, con toda la peste a divismo. Y porque yo también lo prefería al margen de mi apostolado. Y porque a él le repugnaba el grunge. Aquello era un mini concierto para allegados al que no creía haberlo invitado. O quizá sí. Son tantos los allegados a la fama que ya ni conseguía asociar nombres, rostros y motivos de relación. Y mucho menos recordar a quién invitaba a qué y cuándo.

Sin ser brillantes he de decir que nos comportamos bastante dignamente sobre el escenario, e intercalé unos cuantos poemas entre los cuatro o cinco temas interpretados que fueron casi más aplaudidos por la audiencia.

Acabado el espectáculo y bajando de las tablas a recibir el palmeado en la espalda de rigor, lo vi, algo apartado, acodado en una barra improvisada para la venta de bebidas. Sostenía un tercio y sonreía como un mostrenco. Como pude escapé del grupito que me confundía con Kurt Cobain, y del furor uterino de Valeria, quien habíame hecho presa de su carnosa boca, y me dirigí a la barra. Pedí un tercio para mí y un segundo para Pérez Carrillo, quien apuraba las heces del suyo. Ninguno de los dos tenía mucho tiempo. A él le esperaba su novia y a mí el elogio. Coño, Lucas, no jodas que tienes piba. Hacía nada que parecía haber empezado a salir con cierta freak a la que conoció en no sé qué chat. Le expresé mi desconfianza en la calidad del ganado que solía pastar por la red, a lo que respondió ensanchando su perenne sonrisa. Me alargó unas cuartillas que dijo eran el relato del que me había hablado. Aún quedaba mucho por pulir, pero quería, antes de limpiar, fijar y dar esplendor, conocer mi veredicto y posibles orientaciones y consejos. Le prometí leerlo aquella misma noche. No tienes porqué hacerlo estrictamente hoy. Y con una leve inclinación de su amplia frente me señaló a una arrolladoramente atractiva Valeria. Jamás la había visto tan bellísima. Jamás volvería a verla tan sexy como la noche en que Pérez Carrillo me entregó su relato. La larga melena castaña suelta, revuelta y algo húmeda por el sudor de las apreturas del concierto. Los ojos ardientes, los entreabiertos labios rosados y ansiosos por devorarme. Los deliciosos senos redondos, aquellos vaqueros tan ceñidos. La piel tan cálida y acogedora. Mirábame charlar con mi amigo, la expresión de deseo turbada por la impaciencia. Reí generosamente y suscribí la dilación en la lectura del cuento que Pérez Carrillo tan perspicazmente acababa de sugerir. Brindamos, matamos la cerveza y nos despedimos hasta que hubiese leído el relato y quisiese encontrarme con él para comentarlo. Regresé a Valeria. Definitivamente no era aquélla noche para dedicarme a la lectura. Tampoco el día siguiente ¡Qué bella y cariñosa andaba la italiana por aquellos días!

Era sencillamente perfecto. Tan sencillo en la forma y, sin embargo, inmejorable ¿Perfección literaria? Nadie osaría aventurar semejante inconveniencia. Nunca, ni siquiera acerca del aluvión de obras de lectura obligatoria, de las que tantas sandeces se dicen. Del cuento que Pérez Carrillo me dio a leer algo embarazado por la opinión que a un escritor de mi categoría pudiera merecerle, sí. Absurdamente simple tanto en forma como en fondo. Una absurda historia de facilona sensiblería y primaria expresión narrativa. Y dotado del absurdo aroma que sólo emana de las grandes creaciones, las cuales irrumpen en escena de modo tan absurdo como fueron creadas. Absurdo. Como todo lo genial. Cuántas veces habíamos visto, leído y oído la añoranza de los diecisiete años y de los primeros amores. Eso eran las doce cuartillas que había manuscrito Pérez Carrillo. Nada más. Ridículo. Perfecto. Glorioso.

Decidí matarlo.

Fernando Peral formaba parte de aquella divina corte que yo regía. Debo reconocerle cierto talento en aquello a lo que se dedicaba, que tampoco muy claro estaba. Empezó pintando y parece ser que no era malo. Y se pasó al cine. De repente. No desagradó, y la misma opinión despertó en Sitges, a donde llevo algunos trabajos. Ciertamente a mí su rollo no me iba. Los zombies no casaban con mi devoción por la nouvelle vague. Puede que el hecho de recibir casi el mismo volumen de palmadas en la espalda que yo influyese a la hora de desarrollársele cierta autocomplacencia y frunce nasal, pero ha de decirse que siempre chorreó ego.

Si hablo de Peral a estas alturas ello responde a una mera cuestión expresiva, pues jamás recalé realmente en su presencia hasta que sin apenas mediar raciocinio acabé con su vida. Simplemente apareció, y al instante lo había hecho desvanecerse. Y no es haberlo asesinado brutalmente aquello que lo dota de la importancia suficiente como para figurar en mi relato, sino lo que su asesinato me hizo percibir. Matarlo fue tan simple y natural que definitivamente me decidí a acabar con mi amigo Pérez Carrillo.

Me lo encontré en la cama con Valeria. Me importaba bastante poco con quien pasase Valeria los ratos en que ya no era posible exigir más de mi agostado cuerpo, mientras ésta tomase las precauciones justas para no contagiarme nada. Fue el desprecio en los ojos de Peral lo que cortó definitivamente la amarra que me ataba todavía a ciertos lastres morales. No dije nada, me limité a salir de mi apartamento y esperar en el rellano, donde lié un porro, a que Peral abandonase mi dormitorio. Tardó su buena media hora. No me cabe duda de que terminó la faena, porque estaban a medio cuando los descubrí. Utilizaría el retrete después. Y también la ducha, claro: salió con el pelo húmedo. Podía oler el champú con esencia de limón que me encantaba por su frescor. Le pasé la chusta. Hablamos un rato de nuestros proyectos respectivos. Andaba doblando un corto que había rodado hacía ya un año y, según me dijo, le estaban tocando los cojones porque parecía que de repente sus amigos actores aficionados se creían Gloria Swanson y Marlon Brando.

Lo empujé escaleras abajo.

Había decidido matar a Pérez Carrillo, sí. Pero ciertos reparos no me permitían llevar mi deseo a término. Me había planteado tres o cuatro muertes, todas ellas con la justa medida de crueldad y limpieza ¡Ay! Algo me lo impedía. Creí era la amistad que, por supuesto, le seguía profesando. O la admiración. Qué equivocado estaba. Amistad o admiración no resultan óbice para el crimen. Ni siquiera el amor. El amor, del que amistad y admiración no son más que meras variantes, es posiblemente uno de los mayores asesinos en serie de la historia. Después de la ambición, que no es una variante del amor aunque se le asemeje. No, más bien temía no ser capaz de dar el paso, llegado el momento. Desconfiaba de la posibilidad fatal de un último remordimiento de conciencia, herencia social o excrecencia moral que retuviesen mi brazo ejecutor. ¿Pudiera ser que no alentase en mí un pathos de la distancia lo bastante hondo?

Y, sin embargo, nada más fácil que robarle la vida a alguien. Un ligero empujón, sin ninguna implicación espiritual por mi parte. Y la cabeza de Peral había quedado en una extrañísima posición. Expulsada de su mirada la jactancia, y convertido en maniquí descoyuntado lo que segundos antes era un fragante cuerpo humano plenamente satisfecho. Con el cuello en un inverosímil ángulo de noventa grados. Ya. Era mucho más fácil matar a una persona que a un personaje. Definitivamente el de dios era un papel muy sencillo de interpretar ¡Y me regodeaba en mi condición divina por hacer de la vida de mis personajes un ordeno y mando! Hacerlo con gente resultaba infinitamente más simple. Un empujón había bastado. Ningún esfuerzo.

Nadie sospechó de mí. Al menos nadie vino a preguntarme si tenía relación alguna con el desgraciado accidente. Seguramente ello se debió a que los acontecimientos adquirieron una velocidad tal con la muerte del pintor-cineasta que no dio tiempo a que viniesen a involucrarme. Porque Pérez Carrillo no le sobrevivió a Peral más de veinticuatro horas. Sin embargo, pasado un tiempo han seguido sin tratar de cargarme con mi pesado y pedante primer muerto. Probablemente porque Peral reventó todos los registros toxicológicos habidos y por haber en la nobilísima ciencia forense, el canuto que le pasé no fue más que la dulce y sedante guinda a una noche preñada de estimulantes colombianos. Parece ser que antes del fatal tropezón, Valeria y él dieron buena cuenta de la coca que mi novia tenía por casa. Nunca fui un gran aficionado a la farlopa, no me sienta bien. Agrava mis frecuentes jaquecas, mal que siempre he considerado propio de espíritus atormentados y, por tanto, tendentes a la grandeza y a la leyenda. Como el mío. Además me provoca unas náuseas terribles. El efecto de la misma en Valeria, por el contrario, me resultaba por demás exquisito. El apetito sexual que la cocaína despertaba en mi bellísima italiana alcanzaba cotas epilépticas. Precisamente el recuerdo del recibimiento que encontré en mi dormitorio tras enviar a Peral al vacío es lo que me permite deducir todo lo anterior.

Pérez Carrillo se presentó en mi estudio unos cuarenta minutos después de responder a mi llamada telefónica. Le dije que había leído su relato y que quería que lo comentásemos cuanto antes. Valeria había salido a hacer no se qué con una íntima amiga suya albanesa que satisfacía sus ínfulas artísticas actuando de vez en cuando en hiperbólicas funciones repletas de esdrújulas proclamas altisonantes que se querían denuncias del conformismo pequeño burgués contemporáneo pero que no iban más allá de constituir sobadas consignas y pobres tópicos muy útiles para echarle un polvo inconsecuente a alguna quinceañera con aires de Avril Lavgne hija de cualquier Janis Joplin ibérica de los ochenta. Naturalmente el teatro independiente, alternativo, rebelde y autocomplaciente no daba abasto para cubrir sus amplias necesidades pecuniarias, de manera que lo alternaba con la más prosaica y menos histriónica labor de escort de lujo. ¿Qué tal, Lucas? Espero no haberte pillado en mal momento. Para nada, estaba bajando porno. Ah, muy bien, admiro tu clasicismo. Gracias ¿Cómo está Valeria? Muy bien, se fue hace nada, imagino que a torturar con sus soflamas a alguna bruja por haber aceptado el visón que su marido prostático y calvo le haya regalado por sus bodas de plata. Una sonrisa amplia y mostrenca. Una sonrisa que entonces no despertó en mí la ternura de antaño. Una sonrisa que me invitó a ejecutar mi plan inmediatamente.

Le hice acompañarme a la minúscula cocina para sacar unas cervezas de la ínfima nevera. Joder, Lucas, tienes que ver una mancha cachondísima que encontró Valeria ayer dentro del horno ¿Una mancha? Sí, joder, una mancha, la hostia, se parece a Carmen Alborch. No jodas ¿a ver?

Pérez Carrillo se acuclilló y metió la cabeza en el horno sobre el que se ubicaba la pequeña cocina eléctrica.

Cerré la portezuela del horno con violencia sobre la base del cráneo de mi amigo.

Pérez Carrillo estaba muerto.

Ensañamiento. Estúpidos burócratas de la represión. Confundir la eficiencia con el ensañamiento.

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