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5 min
Por una Maldita Carta Aval
Terror |
02.06.17
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Sinopsis

Yo no debería publicar este relato en la categoría de "Terror", pero lo voy hacer, porque en Venezuela hay muchas historias reales que son más tenebrosas que muchos fantasmas o muñecas asesinas... Por cierto, si les gustas síganme por Facebook y Twitter.

A mis veintiún años había logrado una posición económica envidiable en comparación a mis hermanos, ganaba cinco sueldos mínimos mensuales y tenía excelentes beneficios, incluyendo un paquete vacacional anual y un seguro privado.

Mis tres hermanos mayores siempre les comentaban a mis papás que no iba a durar mucho en el trabajo: por flojo, por inadaptado o simplemente por falta de rendimiento.

Obviamente tenían envidia, pero mis papás me aconsejaron no hacerles caso a sus comentarios de mal gusto. Según ellos, si quería progresar por encima la crisis que atravesaba mi país, debía enfocarme en cosas importantes.

Y así lo hice… Cuando cumplí dos años en la compañía me gané un viaje turístico para Curazao con dos tickets de vuelo aparte del mío… Para molestar a mis hermanos invité a nuestros padres que con gusto accedieron.

Era la primera vez que visitaba la isla paradisiaca, y los destinos turísticos que nos ofrecieron esas tierras benditas nos dejaron abismado. Disfrutamos cinco días y cuatro noches.

Al sexto día empecé a presentar un fuerte dolor abdominal que se irradiaba por toda mi pierna derecha, asustado, decidí comentarles a mis papás. Fueron ellos los que me llevaron al servicio médico del hotel donde nos hospedábamos.

El diagnóstico era claro: tenía apendicitis. Todos decidimos que lo mejor sería regresar e internarme en la clínica más cercana a mi casa.

Al llegar al centro hospitalario un doctor me atendió por la unidad de emergencias y coincidió con la opinión del primer doctor que me evaluó: Tenían que operarme para extraer el apéndice; con unos días de reposo estaría de vuelta a mi exitosa vida.

-¿Cómo será su forma de pago? -indagó el doctor.

Mis padres, preocupados, se vieron a la cara; pero yo tenía una solución.

-Tengo seguro privado -dije con aire de despreocupación.

El doctor levantó una ceja y me miró por encima de sus lentes.

-¡HCM! ¿Qué seguro es? -preguntó

-Institutos Unidos -dije.

-¡Vaya! -respondió y se rascó la coronilla de la cabeza-. Pondré a la encargada de Administración al tanto, mientras resuelves eso voy a trasladarte a un cuarto y a iniciar un tratamiento.

Así lo hicimos, y a las pocas horas ya tenía una respuesta: el seguro no asignaba el código. Para solucionar tal inconveniente me recomendaron que cancelara la consulta y el ingreso.

Eso hice, puse a disposición mis cuentas de ahorros, total, el seguro ya me reembolsaría el dinero.

Recuerdo que la señora de Administración me entregó un presupuesto, exámenes de sangre y un informe del médico.

-Con eso te darán una carta aval. Y entonces sí podremos ingresarte en quirófano -dijo aquella mujer con aire de superioridad.

Rápidamente me puse en contacto con la empresa, pero ellos me dijeron que debía ir directamente al seguro. Mi papá se ofreció, mientras mi mamá se quedaba a cuidarme.

Una semana transcurrió… Estaba cansado de los tratamientos y de la comida para enfermos, ni los médicos ni las enfermeras decían nada. Hasta que una noche entró mi mamá al cuarto.

-Oye, Fernandito. Te negaron la carta aval -dijo con la voz quebrada.

-Pero… ¿Qué pasó?

-No sé no dicen nada, simplemente que rechazaron tu petición.

Suspiré y la miré con aire despreocupado, ella negó con la cabeza.

-Tenemos que salir. Ahorita mismo de la clínica.

-No mamá, que sigan consumiendo mis cuentas de ahorro, ya recuperaré el dinero -le dije.

-Las cuentas ya están en cero. Tenemos que salir -repitió.

Yo quería armar un alboroto, pero por la tranquilidad de ella decidí no hacerlo. Salí de allí en sillas de rueda porque el sólo hecho de incorporarme me causaba vértigos.

Fuimos hasta el hospital más cercano, un lugar verdaderamente tétrico, pero la respuesta ante mi caso fue que no contaban con el personal médico.

Así pasé toda la noche: deambulando en buses nocturnos, rezando para que no nos robaran o acribillaran y tocando todas las puertas de los centros asistenciales públicos.

Amanecimos en la calle, en las puertas del “mejor hospital público”, mi madre desesperada empezó a gritar:

-Alguien que nos ayudes, se me va a morir, se me va a morir.

El vigilante nos dio ingreso, y me puso en una camilla junto a otros enfermos. Al principio no entendía la actitud de mi mamá, pero cuando mi cuerpo empezó a sudar y a sacudirse comprendí la gravedad del asunto.

Yo trataba de mantenerme tranquilo, pero simplemente no podía. Unas enfermeras llegaron para colocarme algo en las venas… algo que me puso peor.

Así pasé, horas y horas en aquel hospital; por un lado, soportando los llantos de mi madre, y por otro aguantando el dolor que se había despertado desde mis entrañas…

Dijeron que estaba por llegar el cirujano, porque él debía atenderme rápido, pero nunca llegó…

Pude escuchar los gritos aterradores de mi mamá, y ver mi cuerpo frío y humillado ante la muerte. Incluso pude contar esta historia, lo único que nunca pude ver después de fallecer fueron a mis hermanos, ni en el funeral ni en el entierro. Supongo estaban muy alegres para asistir a algo tan triste.

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