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5 min
PREGÚNTALE AL HORIZONTE.
Amor |
21.04.17
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Sinopsis

Cuando el amor vuelva a encontrarlos, nada ni nadie podrá volver a separarlos. Mientras tanto, él espera a su amada con renovadas esperanzas.

Llevaba varios días observando a ese extraño muchacho desde la ventana de mi habitación. Se le veía triste, con la mirada perdida en el horizonte. El chico se mantenía inmóvil, erguido, desafiando al abismo que separaba el suelo de esa azotea que se vislumbraba desde cualquier ventanal de mi edificio. El viento acariciaba su níveo rostro mientras jugaba revoloteando su moreno pelo, pero el joven seguía impasible, observando a la lejanía. Cada día emergía sobre esa azotea a la misma hora, se mantenía atento, petrificado, con los ojos clavados en el horizonte durante largo rato, para luego desaparecer bien entrada la noche. Tras semanas observando el extraño ritual de ese joven, me convencí que no se trataba de un suicida, pero el misterio de ese comportamiento me llevó a querer descubrirlo. 

Sabía exactamente a qué hora aparecería sobre esa azotea, así que me dispuse a entablar conversación con el joven. En el fondo, sentía tristeza por ese desconocido, ya que su marmóreo rostro no reflejaba un ápice de ilusión. Llegué unos diez minutos antes de que apareciera. Cuando la puerta de esa azotea se abrió, la figura severa del muchacho apareció ante mí. Sus ojos claros e inexpresivos se clavaron en los míos como ajugas punzantes, pero sus labios no articularon ningún sonido. 

Con un pequeño gesto de cabeza pareció indicarme que lo acompañara, y  después de ver como se situaba en su habitual lugar de observación, me dirigí a su lado. A pocos centímetros de la barandilla se convirtió en “piedra”, observando a la inmensidad del horizonte.

- ¿Qué haces aquí todos los días muchacho?- le dije mientras me colocaba a su lado sin muchas esperanzas de albergar una respuesta. 

- Espero - contestó él con una voz suave, melódica. Nada que ver con su férreo aspecto.

- ¿A quién esperas chico?- volví a preguntar.- No te ofendas, pero llevo tiempo observándote, preocupado de que hicieras alguna locura, pero me he dado cuenta de que no tienes intención de hacerlo.

- ¿Te refieres al suicidio?- respondió sin dejar de vigilar la lejanía. No tengo esa intención. Amo demasiado la vida. 

- ¿Entonces? ¿Qué, o a quien esperas?- volví a insistir.

Entonces el chico sacó una foto de su cartera. Era la foto de una joven muy hermosa. Me la enseñó y comenzó a hablar:

- Se llama Enid. Hace tres años nos conocimos por casualidad en el Parque Central. Desde el primer instante en que nuestras miradas coincidieron, nos dimos cuenta que jamás podríamos amar a otra persona. El destino nos unió en un solo ser. Todo marchaba muy bien. La vida me sonreía, y por primera vez sentía el verdadero amor. Enid y yo nos fuimos a vivir juntos hasta que su familia se interpuso en nuestra relación. Ella tuvo que volver a su país, y yo me quedé sin alma, condenado a vivir sin sentir nada.  Intenté varias veces ir a buscarla, hablar con su familia, pero todo fue inútil. La última vez fue hace un año. No conseguí ver a Enid, pero su hermana menor me hizo llegar un mensaje: “Espérame en el punto más alto de la ciudad, en ese edificio donde contemplamos por primera vez la inmensidad del horizonte. Nada ni nadie podrá derribar nuestro amor, y algún día volveremos a estar juntos. Enid.” Esa es la razón por la cual siempre aparezco a la misma hora en este lugar. Espero la llegada de Enid.

- Te comprendo chico - contesté. A pesar de no haber tenido ningún impedimento, conozco lo que es amar a una mujer. Hace cinco años falleció mi esposa, y no hay día que no recuerde su esencia, sus gestos, su olor, su mirada, es decir, que la siento todavía viva en mi corazón, y estoy seguro que algún día volveré a verla. Igual que tú volverás a ver de nuevo a esa chica.

Por primera vez el joven cambió el semblante. Parecía vislumbrarse una sonrisa en sus labios, y una expresión de gratitud en sus ojos. Por primera vez desde que hablábamos me miró a los ojos.

- Si quieres esperaré contigo a tu amada - continué.- ¡Si no te importa, claro!

- Será un placer amigo –contestó el muchacho.

Y así, día tras día, en esa azotea ya no se contemplaba la figura solitaria y pétrea de un muchacho, sino a dos hombres de edades muy dispares, conversando alegremente y oteando con minuciosidad la lejanía. Así fue durante algunos meses, hasta que un buen día nadie apareció en esa azotea, y la inmensidad del horizonte sonrió al ver feliz a su amigo, con el que tantos momentos de silencio había compartido.

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Licenciado en historia. A veces, me visitan las musas y escribo lo que mi mente dibuja. Hago mía la máxima de Juvenal: "Mens sana in corpore sano". Solo quiero que me lean.

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