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10 min
Premio Nobel
Varios |
17.10.20
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Sinopsis

PREMIO NOBEL

Cuando uno piensa en una ceremonia de los premios Nobel enseguida se imagina a señores enclenques de grandes huesos y mayores pellejos encajados con astucia entre trajes polvorientos con magníficas hombreras, personajes de ovalada cabeza y rostro digno debajo de gruesas y profundas gafas, acompañados quizá por mujeres sobrias y afectadas con el pelo engominado y debidamente recogido en un moño, un tumulto de caras serenas y miradas que ven, una fiesta de palabras certeras y silencios geniales, de movimientos correctos y respiraciones completas, la celebración de los protocolos más castizos, de las sanas costumbres, de los más elevados y sofisticados valores. Pues bien, nada más lejos de la realidad.

Lo primero que me sorprendió cuando llegué fue la calidez y la animosidad de los invitados. Visto desde lejos, nada hubiera podido diferenciarla de una verbena de barrio. Y una vez dentro la algarabía era tal que uno se veía de inmediatamente arrastrado al centro de un torbellino incomprensible de gritos y carcajadas, de ojos mirando a uno y otro lado, de picantes canapés y bebidas espumosas, de fragancias lejanas mezcladas con olores más urgentes, de empujones, de pisotones, y, paralelamente, la sensación de estar perdiéndose algo, la impaciencia por querer participar de una vez en ese algo. El tiempo empezaba a dar sus primeros avisos.

Nadie representaba mejor el espíritu reinante que aquel hombre de contornos circulares y matices colorados que, después de estrecharme la mano (sin duda había estado cascando nueces un momento antes), se interpuso en mi campo de visión para convertirse en el eventual protagonista de la película de mi vida. Fue la mejor representación de toda la noche, noble espectáculo de ver. Su cara, henchida de emoción, hizo alarde de un exquisito manejo de todos los tonos del espectro relacionados con el color rojo y parte del violeta. Sus ojos, redondos como todo en él, ejercían su derecho de soberanía sobre los párpados. En los adentros de sus ondas fosas nasales podían percibirse los ecos de lejanas noches de erudición mezcladas con el olor a tabaco y polvo. Mientras sus labios, en sociedad con lengua y cuerdas vocales, proferían todas suerte de vocablos so pretexto de repartir generosamente con los demás el exceso de saliva. No alcanzaba a rescatar ni una sola palabra, pero ¿a quién le importaba? ¿Qué frase, qué concepto o expresión podría superar aquélla soberbia actuación?

El tiempo empezaba ya a languidecer cuando fui rescatado por la tersura de una mano que se encadenó a la mía para conducirme a través de lóbregos corredores con la audacia de los yugos que no necesitan de coerciones para ejercer su oficio. Detrás de esa mano, justo a continuación del brazo que las unía, se escondía una persona de género femenino montada sobre altos tacones. Y en algún lugar inexpresable, de súbito, el no-tiempo, la ausencia de sentido de las realidades más cotidianas, la consiguiente deformación del espacio, la incapacidad para poder medir y valorar, la aglutinación de consecuencias...

La mujer todavía de mi mano y el tiempo amaneciendo, desperezándose, tímido aún, como realizando las primeras tentativas para volver en sí, calentando los miembros entumecidos. Por eso ella frente a mí, moviéndose con sinuoso e instintivo caminar que invitará a bailar el más primitivo de todos los bailes. Y yo luchando conmigo mismo, había oscilado simultáneamente entre el apego y el rechazo, habréme debatido entre el placer y el pecado, esforzándome por no seguir con mi mente esa desordenada película de imágenes explicitas, catálogo actualizado y de lo más variado con lo último en ejercicios de alcoba, resistiéndome sin éxito a la tentación de dejarme seducir y terminar por utilizarla en mi propio beneficio hasta hacerle feliz, pero sobre todo tratando penosamente de ensamblar tiempo y espacio en esa unidad cómplice que hasta entonces me había parecido indisoluble.

—Estas cuestiones del tiempo siempre nos acometen en los momentos más insospechados —pensé—. Pormenores sin importancia, por lo demás —y agité la cabeza desde su eje longitudinal para terminar de sacudírmelo de encima. Y por suerte lo conseguí, pues sin saber cómo me encontraba ya en el púlpito, todas las caras de la muchedumbre vueltas hacia mí, en silencio.

El silencio tiene algunas peculiaridades contradictorias, por cuanto en realidad no existe. Debajo del sonido siempre aguarda algún sustituto. Personalmente opino que ahí está la clave de la sabiduría, y en todo caso es innegable que posee una gran fuerza expresiva. Pero existen, como en las cebollas, varias capas de silencios, cada cual más reveladora y apremiante que la anterior. Pues, ¿no es silencio el lejano susurro que realizó la boca a la oreja del cónyuge? ¿No lo es también esa vibración que produce la laringe cuando procede a sacar algún líquido rebelde o cuando se desea llamar la atención de alguien sin la utilización de palabras? ¿Qué hay de la fricción nerviosa de las yemas de los dedos sobre los brazos de las butacas? Puro silencio. Pero sobre todo: ¿no era silencio esa atmósfera impaciente y expectante que amenazaba con llegar a la solidificación conforme me adentraba en las capas más profundas del silencio? Era hora de empezar mi discurso.

—Estimados señores —comencé—, iré al grano. A lo largo de este último año los acontecimientos han ido tomando un cariz extraño. Sin saber muy bien cómo, lo que empezara como un acto fortuito y accidental, una causa vulgar, tuvo un efecto inesperado que a su vez tuvo otro efecto y así sucesivamente hasta el día de hoy. Pues bien, tengo que confesar que yo nunca he deseado llegar hasta aquí, y, más aún, que creo que se ha cometido un grave error. Muchos han sido los elogios recibidos por mi escrito “Premio Nóbel”. Reconozco que me halagan. Lo que no suelo reconocer es que, poco después del baño de vanidad, se aparece un sentimiento de engaño y traición -acompañado de un poco de imbecilidad- que no me deja dormir por las noches. Vamos a decirlo ya: soy un perfecto embustero. Durante todo este tiempo el silencio ha sido mi aliado y mi cómplice, y ya es hora de hablar. En este corto periodo se han realizado ya centenas de estudios y tesis acerca del citado libro, que sin saber muy bien cómo han dado lugar a tres ligas mayoritarias con enemistades irreconciliables. Resumiendo mucho, la primera sostiene, según sus propias palabras, que se trata de una especie de “oda sarcástica a la idiotez humana”. La segunda contempla el contenido como una extrapolación de las cuestiones filosóficas más elementales propuestas por la física cuántica, a destacar la ausencia de entidad independiente y sus posibles consecuencias. Mientras que la tercera asegura que se trata de material autobiográfico disfrazado a base de metáforas y analogías. Por supuesto, también existen no pocas ligas minoritarias -como por ejemplo la escuela de los sueños-, así como subligas dentro de las ligas mayoritarias, como esa perteneciente a la primera liga, y cuyo nombre no recuerdo, que no titubea a la hora de acuñar el término “realismo abstracto”. De cualquier modo, ninguna de ellas ha hecho caso de mi silencio. Lamento confesarles, sin embargo, que todo ha sido parte de un penoso malentendido que ya va siendo hora de aclarar. Quizá el origen de la obra no sea tan atractivo, pero enfrentarse a la verdad propia o colectiva, y vencerla, casi siempre constituye un decepcionante salto al abismo, un solitario volver a nacer.

»Empezaré por decir que nunca he albergado un concepto demasiado alto sobre este texto. Tampoco ahora lo tengo. Soy consciente de que es lo que es en virtud de lo que la gente ha hecho de él. Podría daros las gracias por vuestra inestimable ayuda, que ha dado como consecuencia el recibimiento de este prestigioso galardón del cual no soy digno, mas toda mentira, ya sea que nos perjudique o nos favorezca -o quizá sobre todo en este último caso-, ha de ser desenmascarada. La vida a veces funciona así: un hecho fortuito acontece y se instala, y el resto no es sino una concatenación de eventos que se suceden frente a nuestros ojos atónitos. Se genera una bola que se hace cada vez más grande, que va adquiriendo forma y nombres y personalidad propia hasta deformarlo todo a su paso. En su origen era una idea sencilla. Pretendía burlarme un poco de mis ínfulas artísticas y literarias imaginándome como recibidor de un premio Nobel que no merecía. El escrito iría construyéndose a partir de ahí. El talante debería ser hilarante. Algunas ideas previas sobre los primeros párrafos me ayudaron al principio, pero luego el relato... luego el relato empezó a tomar un talante más absurdo cada vez y terminé por sucumbir a su personalidad. A veces escribes un texto y otras veces el texto te escribe a ti. Frida Kalho anotó en una ocasión que surrealismo es abrir un armario ropero y encontrar un tigre de bengala. Pues bien, este es mi felino.

Una capa nunca antes conocida de silencio se hizo con el pabellón, dominando el espacio y aniquilando el tiempo. Y el espacio, privado del atributo del tiempo, se deshizo en una extensa, en una sempiterna nada que cubría el infinito, disuelta ya la frontera fantasmal que aparentemente los unía y los separaba, desenmascarado el embuste sublime, quedando sólo el presente perpetuo e incalculablemente rico, deshecha la ilusión perfecta de los conceptos. En cuestión de instantes, de nuevo en la relación ordinaria y vulgar de las manecillas del reloj, lo comprendí todo. Y acto seguido la realidad volvió a solidificarse en el delirio de ese pabellón de caras afectadas mirando hacia mí, prorrumpiendo de súbito en una única y prolongada carcajada acompañada de lejanos y vagos aplausos...

 

Poco más que decir. Utilizar las palabras para describir lo ilimitado es como tratar de asir el aire con una jaula para pájaros. Tan solo añadir que este testimonio constituirá mi segunda publicación, a la cual le seguirá un tercer testimonio que cerrará la trilogía. A partir del cuarto ya podría empezar a pensarse en la antología...

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