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9 min
PRINCIPIO ANTRÓPICO CAPÍTULO III
Ciencia Ficción |
21.07.17
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Sinopsis

En un experimento de alto nivel algo parece haber salido mal.

La nave espacial Génesis era una obra maestra de la ingeniería y la aeronáutica. Fue lanzada al espacio en absoluto secreto sin que la noticia fuera dada a conocer a la opinión pública ni a la mayoría de los gobiernos del mundo. Dotada de la tecnología más revolucionaria conocida, a los seis meses de su despegue había conseguido alcanzar una diez por ciento de la velocidad de la luz. Gracias a una matemática asombrosa de los espacios curvos, la nave fue multiplicando su aceleración aprovechando la gravedad de los planetas gigantes que convirtieron su tirón gravitatorio en una descomunal fuerza repulsiva sin que tuviera que consumir un aporte extra de energía.  Primero Júpiter, después Saturno, Urano y Neptuno empujaron a Génesis hacia el infinito en dirección a Próxima Centauri, siguiente estación que aumentaría aún más su velocidad.

Construida siguiendo el modelo de una diminuta ciudad, los seis tripulantes encargados de pilotarla, gozaban de cualquier  comodidad que imaginarse pueda.  Estaba equipada con  gimnasios, laboratorios, salas de cine, recreaciones de espacios abiertos y mil detalles más destinados a hacerles la vida fácil. No faltaban en ella alimentos frescos de todas clases suficientes para vivir cien años,  medicinas, aparatos y material médico y quirúrgico, biblioteca, filmoteca, juegos y un sinfín de artículos y artilugios más. Como el presupuesto  del proyecto ascendía a  sumas mareantes, se autorizó a la tripulación para que cada individuo llevara consigo los objetos que considerada convenientes, incluso en el supuesto de que pudieran parecer superfluos o poco aconsejables. Incluso se les dotó con los medios necesarios para que desarrollaran a su antojo cuantas aficiones o diversiones les vinieran en gana.   Hasta unas pequeñas píldoras que provocaban un rápido y profundo sueño del que ya no despertarían, se pusieron a su disposición en caso de que surgiera alguna emergencia imprevista que les evitara una muerte terrible. Todo estaba preparado para que la misión fuera un cúmulo de placeres para los astronautas. Todo excepto un detalle inquietante y algo aterrador. No estaba previsto el viaje de vuelta. Otra cuestión sería que los científicos encontraran por su cuenta la forma de regresar una vez completada con éxito la misión. Vuelta que nadie era capaz de aventurar, dada la velocidad y posición de la nave, en qué año del futuro en la Tierra podría darse. Tal vez no quedara en el mundo nadie de cuantos trabajaron en el proyecto. Este hecho no les fue ocultado a los bravos tripulantes. Por ello costó dos años encontrar a los voluntarios con suficientes conocimientos y preparación para enrolarse en semejante aventura que, vista según cierta perspectiva, no dejaba de tener una naturaleza suicida. El problema no surgió por la falta de candidatos, pues una larga lista de aspirantes colapsó por unos días el proceso de selección, sino por las severas pruebas psicológicas, de conocimiento y médicas a las que fueron sometidos. Se impuso como premisa que fueran personas con una vida en cierta forma desestructurada, tanto a nivel familiar como social,  sin nada en el mundo con capacidad para hacerles arrepentirse de una decisión tan trascendental. Pero con la estabilidad psicológica suficiente para afrontar situaciones a las que jamás se enfrentó el ser humano.

Como había mentes encargadas de pensar en todo, se optó por el modelo Arca de Noé –nombre sugerido por un ingeniero aficionado a los chistes- para el cual fueron elegidos tres hombres y tres mujeres jóvenes en plenitud de sus facultades físicas y psíquicas y con un  brillante expediente académico y laboral.  Con ello contaban con la posibilidad de formar una colonia en algún lugar remoto del Universo llegado el caso de que lo considerarán conveniente  Cada uno de los elegidos pertenecía a una rama diferente de la ciencia. Fueron éstas las que terminaron apellidando a los científicos, pues quedaron para la posteridad los nombres de Fred el matemático, Jane la doctora, Jonás el físico, Eva la informática, Marvin el piloto y Lisa la ingeniera, motes también acuñados por el mismo ingeniero gracioso.  

 

 

A los seis meses de su lanzamiento la convivencia en la nave comenzó a resultar difícil. Los períodos en los que el módulo espacial transitaba por inmensas regiones del espacio- tiempo carentes de materia sin otra tarea que esperar noticias de la Tierra o realizar experimentos menores sin mayor trascendencia que mantener ocupados a los habitantes, ciertas tensiones hicieron su aparición. La idea apriorística de que las cosas funcionarían mejor con tres parejas de diferente sexo no parecía, a tenor de los hechos, afortunada. Al contrario, llevados por inquietudes comunes, los hombres y mujeres pronto formaron dos facciones encontradas. Como si de algo disponían en abundancia era de tiempo libre, Fred, Jonás y Marvin dedicaban interminables períodos de tiempo a fortalecer los músculos en el gimnasio,  cuando no se enzarzaban en partidas de juegos de ordenador que, igualmente les llevaban un consumo de horas excesivo a juicio de sus compañeras. Éstas, a su vez, se fueron convirtiendo en las únicas del grupo que conservaron el interés por la misión, atendiendo cada una sus funciones con una meticulosidad digna elogio.

El grupo entero solía reunirse a las horas de las comidas, momentos que las mujeres aprovechaban para recriminar a los hombres sobre la dejación de funciones cada día más patente que observaban por su parte. Tal fue el caso del día en que la doctora Jane, mostró su indignación a Marvin.

-Hace días que no nos informas sobre la posición exacta que ocupamos, ni lo que falta para llegar a las inmediaciones de Próxima Centauri. Teniendo en cuenta que eres el personaje de la tripulación más liberado de obligaciones, creo que tu trabajo aquí está dejando mucho que desear –dijo con un tono seco, sin intentar disimular la rabia contenida.

Marvin, piloto militar, no se distinguía por sus dotes diplomáticas. Subió el nivel de tensión con una contestación agria:

-La trayectoria de la nave está dirigida desde la Tierra al ciento por ciento. Ellos “losquetodolosaben” se encargan de llevarnos donde les viene en gana y a la velocidad que estiman oportuno. A mi me eligieron sólo para evitar que, si algo se les va de las manos, estrellemos su juguete de billones de dólares contra un árido planetoide. Por lo demás tengo que matar el tiempo de alguna forma. Así que entiendo mejor pidas explicaciones a tu inseparable Eva que se encarga de las comunicaciones. Dile que hable con Gilmore  o alguno de sus vasallos a través de su omnipotente ordenador para saber si estamos cien mil kilómetros más allá o más acá de la nada.

Jane, ante una respuesta tan impertinente, se levantó furiosa sin decir palabra. Contuvo su ira consciente que  de entrar en una discusión podría acarrearle un incidente de imprevisibles consecuencias. Se levantó bruscamente sin terminar el plato de comida y se puso a revisar los últimos análisis de sangre de la tripulación sin poder centrarse en su labor. En su mente sólo cabía la forma de dar una represalia contundente a la salida de tono de Marvin.

El resto del grupo continuó comiendo sin que mediara una sola palabra. Todos hicieron lo posible para terminar rápido y desaparecer lo antes posible de la escena.

 

 

Eva Morrison era la miembro de la tripulación más joven y mejor dotada intelectualmente. Tenía un aspecto de niña buena que aún le daba apariencia de contar menos edad de la tenía. Esa característica sirvió también para ser la persona más respetada entre  los compañeros. De alguna manera era la hermana menor de todos.  A los diecisiete años inventó un nuevo lenguaje informático, para doctorarse a los veintitrés con una brillante tesis en la que descubrió un modelo de encriptar códigos indescifrables. Ese talento le sirvió para ocultar en el proceso de selección varias alteraciones notables en su carácter. Eva era tremendamente insegura y con poca facilidad para adaptarse a la vida en una comunidad. Y menos con la peculiaridad de ese tipo de comunidad. Por decirlo de otro modo era una inadaptada socialmente.

Dentro de la nave era la persona que ocupaba con diferencia más horas en el trabajo. Su tarea principal consistía en que la comunicación con la Tierra permaneciera constantemente fluida, labor en la que empleaba no menos de catorce horas al día. Repasaba de continuo las frecuencias de radio empleadas eliminando cuantos ruidos y distorsiones pudieran molestar el tránsito de mensajes con la Tierra, así como se preocupaba de que estuvieran siempre disponibles nuevos canales en el caso de ser necesarios. Aunque siempre fue una trabajadora metódica e incansable, el exceso de trabajo respondía a otra inquietud que le tenía soliviantado el ánimo: le encomendaron la responsabilidad de ser ella quién llevara a cabo el experimento final y los dos ensayos previos. Para ello contaría con la ayuda del físico Jonás, pero en última instancia tenía que ser Eva la que decidiera el momento y la forma de completar la misión para la cual fueron enviados al infinito.

El temor a un error comenzó a pesar en su ánimo.  La única persona a la que se atrevió a confesar sus miedos fue la doctora Jane. Ésta trataba de liberarle los temores con palabras amables bajo la doble intención de tranquilizarla y, sobre todo, evitar un error de nefastas consecuencias.

-¡Bah! –le decía a menudo- no te preocupes tanto. La primera parte ha resultado un éxito completo, los fotones en la Tierra respondieron perfectamente al entrelazamiento cambiando su espín  en el día previsto. Y si al final lo hacemos mal será culpa de todos y cada uno de nosotros. Además contamos con una ventaja: nadie podrá castigarnos ¡estamos demasiado lejos para que vengan a exigirnos responsabilidades!  -frase que acompañaba con una sonora carcajada que podía interpretarse como un incipiente signo de demencia.  

 

 

 

 

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