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6 min
PROFESIÓN DE FE
Varios |
30.10.18
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Sinopsis

Historias de Duque y Martín.

 

“…Lo que yo quisiera hacer es un libro sobre nada…”

 

 Flaubert.

 

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Tanto escribir y todavía no escribo el primer relato. Estimo inútil seguir con esto sino puedo escribir un primer relato decente. Creo que colección de historias que  se  respete  a  sí  misma  debe  tener  una que la inicie, que la lleve a extender sus ojos sobre un paisaje preciso, que la obligue a entender que los personajes no pueden andar por ahí a su aire, sin perfumarse el  culo   con   talquito  antes  

de salir al diario transitar de esquinas y puteadas, sentenciados al vino de sobremesa o al jerez de aperitivo, sin otra opción que hablar correctamente, usar pajarita, y fornicar con la luz apagada y sin palabrotas, a la espera de un escritor que no babee mientras convulsiona.  Mi primer capítulo sería más o menos algo como y así tal vez:

 

1

 

La noche cae de golpe sobre aquel hombre de caminar incierto. La expresión de su rostro varía entre la facilidad del ebrio para perder sus rasgos y una tristeza sin límites. Sostiene una rosa con ambas manos y cada tres pasos se detiene a mirarla. Supone que anda desnudo y es la imagen de la tragedia. En torno suyo, a izquierda y derecha, bares y hoteles, hoteles y bares, más bares y más hoteles. Una calle caliente –piensa- mientras se le escapa la risa tranquila del hombre harto y ya de vuelta. Le sobra resignación y le falta cordura: El equilibrio perfecto –se dice- y añade para su consumo unas cuantas gotas de cinismo y algo de piedad. Su conocimiento de las mujeres es vago y difuso. Entiende más de hembras que de damas, y el deseo de ser feliz todavía lo aturde y lo conmueve. Es cierto que ya no tanto como en otros tiempos, y mucho menos que un brandy, jugar al pool, o pelear varios rounds de cópulas intrascendentes. A fin de cuentas, y luego de mediar un esfuerzo pasional considerable (inocencias muertas, canas de golpe, intentos de suicidio) comprende que la felicidad no pasa de ser un parpadeo nervioso, un tic tac sutil y esporádico imposible de prolongarse indefinidamente: la ecuación siempre da como resultado hastío y estío (crucifixión de los gestos, horca traducible en horas, en café negro para la vigilia, en pieles que desfallecen mintiendo, en palabras que no significan, en cigarrillos que ocultan el humo y tu mirada)

Duque vuelve a leer –a la luz de las velas como corresponde- el capítulo que dará inicio a su sus historias. Es interesante, bastante correcto, útil para uso de enfermos mentales y mantener cerca del alcance de los niños. Cada  palabra en  su  sitio: sentencias  de  peso, imágenes redondas y pulidas, testículos que cuelgan (santo deber ineluctable), coherencia, precisión, muy esto sigue a lo otro y de aquello se desprende que, muy me masturbo si Muñeca juega conmigo al ven que te caliento y después  nada: consecuencia lógica usted lo pilla, creo. Causa y efecto (¿pausa y defecto?): fósforo sube y enciendo un cigarro, noche de cucas, pleitos, y jaurías personales (callése y desvítase rubia, que Rosseau no era profesor de lenguas muertas, perdió, le regalo mi lengua viva y lo que se le antoje puta linda) Y de tanto darle la vuelta a la necesidad que tiene todo algo de ser iniciado para en verdad ser algo (o nada que también se vale una de especulación metafísica: no todo es comer y cagar) prosigo con el comienzo que a mi juicio en verdad lo es, y que bien podría ser; u otro:

 

1

 

Me caigo pero voy llegando. Es patético mi caminar a fuerza de medios equilibrios vacilantes y prosaicos.  Ojalá que no se me salga la mierda.  Si me descuido la cerveza me hace correr al water y apártate que me cago. Una mujer me obsequió la rosa que sostengo. No es fácil sostener una rosa. Lo peor es que se trata de una carajita bien, de su house, toda una lady. Yo lo que capisco es de putas consumadas o en tránsito de serlo. Cómo voy a cargar con una posible virgen de respetable cuerpo e interesante coeficiente mental.  Sigo bajando por esta calle de infinitas posibilidades: El Vox, El Bruno, La Naranja, El Ariston: hoteles; Mis secretos, Mis Fantasías, Mis Anhelos, Mi Paja Loca, Mi deja de voltear los tragos cabrona, etc: bares. Incluso lo inútil se vuelve indispensable a golpe de ojos, pies, y manos recurrentes. Solo en estos lugares de calor inexplicable pude acceder a la permanencia de lo efímero: el ahora que se hace perenne en su mutación indetenible (título para un ensayo: La Filosofía como arma de la castración mitomágica. Confieso que lo saqué de una Playboy, no veas tú que pérdida de tiempo hasta que llegué al afiche central: par de nalgotas y afeitadita) A punto de arribar no sé muy bien a dónde  -que cruz de tambaleo reiterado- un espectro de la noche me detiene, abre su boca de oráculo casi griego y se dirige a mí con voz de trueno, a mí, especie de Moisés borracho esperando las tablas o el retoque de Miguelito en el pulgar izquierdo.

                                                                                                                                  

-Oye tú, oye idiota

-Qué coño te pasa

-Te lo mamo y me das algo

 

(le faltan los dientes de arriba, lo que me hace presentir algún tipo de placer desconocido)

 

-Cuánto

-cien para comer

-No

-¿cincuenta?

-Doscientos

-No jodas

-cien para que comas y cien para que mames

-Eres un bolsa

-Dime algo que no sepa

-Vente

-¿Atrás del muro?

-Sí, apúrate

 

(Se arrodilla, saca la verga y lame)

 

-No me cabe en la boca

-Déjate de vainas

-Es grandote

-Chupa y calla

-¿Y si me ahogo?

-Ingeniosa la putilla

-Okey, machito, ¿sigo?

-Sigue

-¿Me acabas en la boca o en la cara?

-Suficiente

-¿Qué pasó catire?

-Hablas mucho

-Dámelo, anda

-No sé

-A que te meas de gusto

-Suena bien

-Te lo juro

-Y nada de escupir

-Me la trago todita

-Ok: último chance

 

La mujer se aplica y la cosa va tomando forma. Duque abre la mano y suelta la rosa (le pesa como solo pesa un elefante o un recuerdo) la ve caer entre colillas, condones, y cagadas de perro.  Empuja el falo en la boca sin dientes, eyacula y pisotea la rosa: no es fácil pisotear una rosa.

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Un oldman alto, hosco, y feo; hastiado de cigarros, bares, y noches sin término (hembras que llegan y se van, botellas de Whisky, la vieja escuela, el último dinosaurio, y así de pendejadas una detrás de la otra) Me aburre el sexo sin caras ni compromisos (ya tuve suficiente de esas pajas modernistas) Hoy día no me gustan los bares: parecen agujeros para heridos de guerra. Me gustan las personas y los perros (“Esa misteriosa devoción de los perros”, decía Borges) Amo a mi hija y a mi nieta: mis únicas dos rosas, mis últimas palabras. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

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