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6 min
PROMESA
Varios |
19.09.13
  • 5
  • 5
  • 2021
Sinopsis

Una forma de entender la relación con el toro. Un ser respetable, noble, valiente y al que jamás debería herirse. Sólo es una opinión.

Campo y dehesa. Tú, abrigado en la manada y yo, envuelto en la turba. Separados por caballos y bruma. Te miro y no me miras, y avanzamos juntos pero separados, tu alma libre, presa la mi­a, y negra, y la tuya pura.

Se acelera el paso, ya se ven las casas, y empieza el trote y corre la chusma.

Es hermoso que no haya muerte ni estoque, ni espada ni burla.

Sólo desafío, fuerza y bravura. Corro ante tus ojos negros, que no son negros, que son de penumbra, y despierto al miedo y a la vida, y los rechazo como rechazo la duda.

Y tú, aún junto a la manada, aún arropado, me ignoras mientras corres, libre entre todos nosotros, sin importarte nuestra presencia.

Llegamos a la curva. Hay mucha gente, demasiada, y se alzan voces, jadeos y risas, y pasamos la curva. Un mozo resbala ante tu salvaje negrura. Le miras, receloso, pero no agachas la cabeza noble, y él rueda bajo la talanquera, y grita la chusma.

Empieza la recta, larga y eterna. Siempre me enseñaron que en recto es más veloz tu carrera. Aguanto, jadeando, tentando al dolor de la cornamenta, deseando un poco que me regales la herida abierta ¿Qué me importa la vida, con tantas llagas en ella?

Pero me aparto, temeroso, de tu paso de fiera, de obús, de carne viva y prieta. Y ladeas el rostro, nos miramos en medio de la carrera. Y clavas en mí tus ojos negros, que no son negros, que son verdes de libertad y dehesa.

Aguanto a tu lado, mi mano en tu lomo orgulloso, y siento tu fuerza. Ahora te veo, y no te temo, tal vez porque no te entienda, y río porque estoy vivo, porque la muerte está cerca ¿Qué importa la muerte a quien tiene el alma muerta?

Acaba la calle, acaba la recta, se aparta la gente al llegar a la puerta. Y en la plaza entran los valientes y los tontos, manada de fieras.

Nos separamos, nos diluimos en sudor y arena.

Jadeo, río, me vuelvo y te busco. Un mozo se acerca, quiere cortarte, te reta. Arquea la espalda sobre las punteras, alzas la cabeza.

Corta carrera.

No midió bien las distancias, tu medida fue más certera. Y salta el mozo, empalado por la pierna, y salta la sangre, y se tiñe la arena.

Se tiñe de negro y rojo, de gritos, dolor y furia ciega. El cuerpo ya no es hombre, ni marioneta, es sólo carne que vuela, que cae, que rueda.

Saltamos los valientes, los locos, las fieras, ante tu cara noble y osada, cegándote la embestida, el mozo sangra, le arrastran, le salvan la vida. Te distraen nuestras voces, nuestros saltos, los capotes torpes en las manos frías.

Llega el mozo al callejón, le retiran. Pero yo sólo te miro a ti, a tus ojos negros, que ya no son negros, que son rojos como la sangre viva.

Estoy en las tablas, pisando arena embarrada en sangre, salpicadura viva, roja casi negra, aún tibia.

Entre tú y yo no hay ya nadie, nada entre tú y mi vida. Corro adelante, a tu cara, dándola por perdida. Corres, vienes a recoger lo que es tuyo, y sonrío a cara de perro, y late el corazón y el alma mí­a.

Quiebro, engaño, arqueo la espalda y me pongo de puntillas. Alzas la cara, alzo los brazos, giro como una bailarina, y siento tu aliento calentando mi nuca, me recorren mil hormigas.

Doy dos pasos. Silencio. La plaza calla, conmovida. El hombre ha vencido el reto, y es sólo un niño.

Ayer cumplí catorce, y nunca quise cumplir quince. Te los quise regalar en este reto, y tú me regalaste la vida. Y ahora, mientras me alejo, te entiendo y te quiero. Y no hay muerte ni burla ni estoque. Me abraza un amigo, me llama loco, me aplauden los desconocidos y los cortadores me miman.

Ya nadie recuerda al mozo y su pierna herida.

Y yo estoy en las nubes, no veo más que tus ojos negros, que no son negros, que son luz dormida.

Y se apartan los tontos, las fieras, y los valientes se miran. Te retan, te burlan, revuelcas a algunos y otros te esquivan. El sol ya está alto, y mi alma ya no está vacía.

Quedamos, de nuevo, frente a frente. Me miras.

Salen los mansos a buscarte, pero les ignoras, rascando arena ensangrentada, sangre dormida. Me quedo quieto. Te lo debo, ahora es tuya la embestida.

Das un paso, respiras, y de pronto corres de frente, en recto, y ya no hay salida. Aguanto, quieto, temblándome las rodillas. Y vienes metro a metro, a por mi alma vencida.

Pero me has enseñado a latir, a respirar y a sentir la vida.

Quiebro, casi de puntillas.

No has caído, no te he engañado. He hecho lo que querí­as. Ladeas la cara, me rozas la cintura, justo sobre la hebilla. Y giro corriendo ya, son alas mis piernas, y son gelatina.

Y en mi cabeza, alguien grita, en curva, en curva. En curva resbala y no atina.

Corro como nunca, como nunca vivo, ¿alguien grita en la plaza, queda algún alma viva, o sólo la tuya y la mí­a?

Mi mano roza tu testuz, tu aliento me acaricia. Estamos vivos los dos, esto es también vida.

Vuelo a ciegas, salto la barrera, me recogen los mozos y me bajan a tierra.

Ahora oigo, veo, lato y vivo, ahora siento temblar las piernas.

No volveré a hacerlo, prometo después a los amigos; y luego, en casa, a mis padres la misma promesa.

Pero al ponerme en pie, al mirarte sobre la barrera, veo tus ojos negros, que son negros como mi alma es negra. Y tus ojos son para mí­, para mí tu promesa.

“Volverás a la arena”

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