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7 min
Promesa cumplida
Reales |
03.11.18
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Sinopsis

¿Las promesas, están para cumplirse?

Tuve que cumplir la promesa que le hice a mi madre recién fallecida. Una promesa que duraría nada menos que seis años. Recibí en mi casa a la mayor de mis hermanas. Ella tenía entonces setenta y dos años. Yo tenía cincuenta y dos años, y llevaba ya treinta casada. Tenía miedo de cómo reaccionaría mi marido a tal situación, aunque fuera él quien me recordara la dichosa promesa en medio de un sueño inolvidable. Por fortuna, al poco de llegar Benita, el bueno de mi Ulises había conocido a Paco, un amigo que le empezó a llamar noche sí, noche también, para no sé qué de un taller de escritura. Ulises tenía la oportunidad para empezar a disfrutar de su jubilación, y yo para hacerme cargo de mi hermana.

Así fue como me puse en el papel de enfermera, cocinera, ama de llaves, asistenta, y chacha. Reconocí de inmediato que era hipocondríaca, y casi todos los días teníamos que ir al médico. Un día al podólogo, otro al traumatólogo, otro al oftalmólogo. Era un no parar.

Lo peor era su carácter. Ya con quince años, cuando yo salía con mis amigos, mi madre me la endosaba de acompañante. Claro, luego nadie se nos acercaba. La conocían muy bien. Hasta le llamaban La ladilla, porque en las salas de baile se agarraba fuerte a mi brazo, y ya no me soltaba nunca. Las pasaba canutas. Ni bailaba, porque no le gustaba, decía ella, ni dejaba bailar a los demás. Bueno, a mí, que iba con ella. No había quien le discutiese nada. Se podía entender muy bien por qué no se había casado nunca. Se supo siempre que era muy difícil en el trato. Nunca olvidaré mi intento por escribir todo esto con ella por aquí, y a la malaje no se le ocurrió nada mejor que destruir todos mis apuntes.

Bien lo decía mi padre: A Benita, solo zurrándole le coges aprecio. Pero no me iba a poner en esas a nuestra edad. Yo estaba exhausta todo el día. No podía ni con mi alma, como para ir repartiendo tundas a viejas energúmenas. Hasta Ulises me notaba cansada, pero como buen marido que era, no me exigía más de la cuenta, ni me buscaba por las noches, y supo arreglárselas como cualquier hombre en su caso: escribiendo. Yo solo tuve que hacerme la tonta, y decir que me gustaba cada escrito que me mostraba y toda idea que se le ocurría, como comprar libros antiguos y andar a cargar un montón de velas negras a su despacho.

Los días que hacíamos la compra con Benita, eran igual de complicados. Primero teníamos que meter en el carrito sus cosas, y ya luego las de los demás. Encima era alérgica a casi todo. Que no tomates, ni pescado, ni cosas con colorantes. Para hacerle de comer, era una incertidumbre diaria. Por suerte, le encantaba cenar unos pistachos que conseguía Ulises no sé dónde. Tenían el mágico efecto de entretenerla, mientras no paraba de hablar bien de mi Ulises por un buen rato, siempre prometiendo recompensarlo, para luego permanecer toda la noche en profundo silencio.

Pero todo cambió el día que mi hija menor dio a luz a su tercer hijo, Martín. Como Lucía tenía que terminar su doctorado, me dijo que dejaría al niño en una guardería. Y yo le dije que de eso nada, que yo me podía hacer cargo de mi nietecito. Así que me lo dejó con nueve días de nacido. De imaginarme la reacción de la pérfida de Benita, las cosas no se hubieran torcido. Desde esa misma noche comenzó el fin, cuando Benita me pidió que al siguiente día la acompañase al ginecólogo, por unas comezones. Le respondí que de ninguna manera me iba a meter yo en la consulta con un niño pequeño en brazos. Sepa Dios los peligros a los que se podría haber expuesto mi Martincito entre tanto viejo. Pero la señora no entendía eso, decía que como ya tenía al niño ese, iba a dejar de lado a mi hermana, a mi sangre. Y hasta me echó en cara que, cuando niña, la sacaron del internado para ayudar en casa cuando yo nací. Me juraba que si por ella hubiese sido, se quedaba tranquilamente con las monjas, con lo bien que la trataban tan solo por ser la más bella. Y se atrevió a culparme a mí de quedarse soltera, porque ninguna de las hijas de madre fuimos capaces de ir a ayudarla en sus últimos años. Que se había sacrificado por madre, decía. La muy suripanta, cuando yo misma le dije a mamá, la última vez que hablé por teléfono con ella, que le deje todo a Benita, yéndome en contra de mis demás hermanos. Uno por uno tuve que ir convenciéndolos, para que luego la señora se quede con un montón de dinero y joyas.

Y al siguiente día presencié lo impensado. Es como si la estuviese viendo. Iba toda arreglada, bien olorosa a colonia de bebé. Que ya me podría explicar alguien ese gusto por la colonia de bebé, con lo mal que le caían los niños en esa época de su vida. Me parecía canallesco. Pero así se fue, por primera vez, sola al especialista de turno, y esa misma tarde arregló todo para irse al pueblo a pasar, según ella, navidad y fin de año. Pero cuando pasaron las fiestas, hablé por teléfono con ella para coordinar su regreso a mi casa, y me dijo que ya no volvería.

Esa fue la última vez que hablé con Benita.

Supe que no aceptó la invitación a ninguna de las cenas de los dos años posteriores que organizaron mis hermanos que vivían cerca del pueblo, ni quiso nunca recibir la ayuda de ninguna asistenta o cosa parecida. Dejó su casa un día, y nunca supo nadie dónde fue a parar.

Moriría sola.

Y que Dios me perdone, pero no puedo sentir lástima de ella.

Resultó que en su testamento repartió todo entre unas cuantas instituciones de beneficencia de las que nunca supe un solo nombre. Me dejó sin ningún recuerdo de madre.

Para colmo, mi Ulises también se perdió por la misma época. De tanto escribir por la noche, se volvió loco. Estoy convencida de ello. Una tarde, después de recitarme Nuestro juramento, de Julio Jaramillo, salió a por tabaco. Y jamás volvió. La culpa la tuvo el tal Paco, que terminó siendo un embaucador que solo buscaba una excusa para meter a mi Ulises de masón. Ese lo que quería era salir de su casa y no estar con su mujer.

Hay gente muy mala por el mundo.

 

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