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13.03.18
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Sinopsis

Despierto, como cada día. La luz del sol se filtra a través de la ventana y daña mis ojos cuando intento abrirlos. Comparto la cama únicamente con un montón de ropa que se arruga a mis pies y un teléfono móvil que me grita insidiosamente al oído.

No quiero levantarme, desde que te conocí, no quiero levantarme.

Al final, es demasiado. Y sé que si apago el molesto sonido volveré a cerrar los ojos. Me incorporo y siento el peso sobre mis hombros, que me curva la espalda y oprime mi rostro. Solo pido una tregua, pero es muy pronto para llorar. Soy tan fuerte y a la vez tan débil. Levantarme cada día es muestra de ello, soy capaz de hacerlo y me maravillo, pero ¿debería ser tan dificíl?

No quiero pensar más, dejo que mi cuerpo tome el control: la ducha, el café, el maquillaje, la ropa. Ya estoy despierta, ya estoy preparada para fingir que estoy preparada. Quiero ir porque sé que tú estarás allí, pero no puedo ir, porque sé que tú estás allí.

La calle, el frío, la gente. Soy tanto y a la vez tan poco. Las miradas se deslizan, se escurren ¿qué tienen ellos que yo no? Alguien ríe, pero es muy pronto para reir.

Saludos, pasos, sonrisas forzadas. Te busco, te miro, me miras ¿lo sabes? ¿acaso lo sabes?. Es por ti, todo es por ti: la alegría, los llantos, el odio, el cansancio, son por ti. Soy consciente de nuevo. Las voces ahora son palabras y las mías se entremezclan, hago lo que tengo que hacer y soy capaz de hacerlo, me gusta, me gusta el sol, me gusta el viento. Hace frío, pero no importa.

Llega el descanso y tú estás allí. Hoy me buscas, me hablas, estás conmigo. Parece que entre tantos soy tu predilecta y me deleito con tu atención. Hoy estás de buen humor y yo también, ya no recuerdo nada que no seas tú. Algo se cae y te ríes, yo río contigo. El dolor cambia de rostro y ahora es tan bello como un latido, como un suspiro que se entrecorta, como una sonrisa que se congela por un instante. Puede que no pueda tocarte, pero tu fragancia me envuelve y no necesito más.

Fin del descanso, se cierra el telón. No volveré a verte hoy, quiero decirte tantas cosas... pero solo digo adiós. Segundo acto. No soy capaz. El Sol está en lo alto, la luz llena las calles, las voces pierden su esencia. Lo odio. Te odio.

¿Por qué me das cada día un poco, solo un poco cada día?

El tiempo pasa despacio, parece caminar hacia atrás, ojalá caminase hacia atrás.

Las calles de nuevo, el calor, la gente. No me importa, ya nada me importa. No sé si camino en el centro o solo te acompaño, por mucho que tomes siempre hay más. Si pudiera dártelo todo, si yo pudiera...

Hogar silencioso, hogar ruidoso, da igual. Cierro la puerta y puedo sentir la soledad, pero es dulce esta vez y llena de promesas. Cristalizo, te doy forma, te creo, te destruyo, te creo de nuevo ¿lo sabes? ¿acaso lo sabes?. Si lo supieras ¿vendrías a mí?. No eres nada, no eres más que un producto de mi imaginación, si existieras nadie podría vivir, nadie podría morir.

¿Oscuridad? No, estrellas, luna. Es la hora. Tengo miedo de cerrar los ojos, por si mañana debo abrirlos de nuevo. Ruegos y súplicas en vano. Dios no me escucha, tú no me escuchas ¿alguien me escucha? Quizá sueñe contigo y me funda entre tus brazos, quizá sueñe conmigo y me rompa en pedazos, pero siento ya el frío bajo mis ojos, es hora de terminar ¿terminar? ¿puede terminar? Solo soy un juguete entre tus manos y tus manos no tienen forma.

La oscuridad se filtra por la ventana y me invita a cerrar los ojos. Comparto la cama únicamente con un montón de ropa que se arruga a mis pies y un teléfono móvil que me quebranta con su insidioso mutismo.

No quiero dormir, desde que te conocí, no quiero dormir.

Al final, es demasiado, y sé que si acabo con el molesto silencio no volveré a cerrar los ojos. Me tumbo en la cama y el peso sobre mis hombros se arrastra hasta mi frente, mi garganta, mi pecho. Es hora de la tregua y ya no es pronto para llorar.

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  • El sol negro se alzó desde el oeste, oscureciendo la luz que inundaba el mundo. Las farolas se apagaron gradualmente, ya no era necesario que esparcieran unas ligeras tinieblas que apenas podían combatir la claridad. Poco a poco las calles se fueron llenando de espantosas criaturas que reptaban desde los nidos en los que habían dormido durante la clara noche. La jornada comenzó como cualquier otra, se dirigieron a sus empleos o escuelas. Algunas, extrañas, permanecían aún en sus lechos, pues amaban la luz y preferían dormir durante el día.

    Matías se despertó con el familiar y poco agradable sonido del despertador, lo apagó con una mano lacia y se sentó en la cama, imponiéndose con gran esfuerzo a los ritmos naturales de su cuerpo.

    Yo crecí en uno de esos lugares. Un lugar viejo, tan ideal para la vida que atrapó a los primeros humanos que pusieron un pie en él como una araña atrapa a una mosca en su telaraña. Montañas pobladas de bosques que se elevan a ambos lados del río que, con el pasar de los eones, las ha erosionado. Tierra fértil, protección y caza. ¿Qué más puede pedir una tribu de nómadas cansados, hartos ya de deambular por caminos aún sin trazar?

    El espectáculo era desolador y el superviviente formaba parte de él. Caminaba sin prisa a través de las calles vacías de vida esquivando los cadáveres incorruptos de sus semejantes, que a falta de bacterias que les sirvieran de Caronte se momificaban lententamente al aire libre, descubriendo macabras sonrisas, más acentuadas en unos, apenas visibles en otros, dependiendo de cuanto tiempo llevaran muertos.

    Las siguientes páginas narran los acontecimientos que me llevaron a cometer el terrible crimen del que pronto tendréis noticias. Mi única intención es que se conozca la verdad, que no soy un monstruo, si no una víctima de algún poder más allá de mi entendimiento. Sé que no puedo esperar vuestro perdón pero aún así os lo imploro, pues sé que si un solo alma me otorga la absolución, la mía podrá salvarse.

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Lo único que quiero es mejorar.

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