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8 min
Prostituta
Amor |
02.12.18
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Sinopsis

Prostituta

 

I

 

  Puta, era ella.

Con todas las letras. Bien puta.

Desde que se sacaba la bombachita, la cual le dejaba la marca en la cintura, hasta cuando se agachaba para complacer al cliente más mugriento de la frontera.

   Prendía un pucho para sacarse el gusto a rancio de la boca, abría un Beldent para desmigajarlo, y se lo quedaba mascando, mientras pensaba en el par de hijos que había dejado en casa con una amiga que hacía de niñera.

   Había hecho varios abortos, pero eso no le importaba. Le gustaba la noche, y las complicaciones de la maternidad, no le quitarían el agrado de trabajar bajo el manto estelar.

   Se dejó por negros, blancos, chinos, travecos, jóvenes que tiemblan como vara verde, porque es la primera vez que la ponen y detrás de le puerta está su tío, pensando “que macho es mi sobrino”-

   También abrió las piernas para contrabandistas, dueños de boliches, empresarios, dueños de free shops que tienen esposa, hijos, perro y gato.

   El tema es que se estaba haciendo vieja con sus 30 años.

No todos se la querían coger a ella.

   La Yaque del CAP, era el sabor número uno del putero. Todos la querían lamer. Hombres y mujeres.

   Ya nadie quería una puta vieja, y la Yaque del CAP, solo tenía 19 años. La marca de la bombachita en su cintura se borraba rápido. Su piel de café ardía con ondulaciones de vellos bronceados y su sexo era firme y gelatinoso. Duro y sano.

   Las viejas ya están descancaradas y curtidas por el tiempo. La piel se arruga, la boca no segrega baba como antes y las chupadas se hacen más secas.

   Ella seguía mascando su chicle mientras se bajaba de un solo trago un vaso de vodka “corpo mole” y se daba un teco para poder seguir cogiendo noche adentro mientras descansaba su rabo entre cumbia y cumbia.

   Entró aquella noche un arrocero de Artigas. Un tipo viejo ya, y adobado por el trago. Camisa blanca con lamparones amarillentos bajo sus axilas. Algunos pelos formaban una especie de nido en su cabeza casi pelada. Usaba un pantalón rotoso, pero al nivel de las nalgas, se podía ver el bulto de una billetera de cuero macilenta y surtida. Llena de billetes arrollados como hojas de lechuga.

   Tanía olor a mierda y a calzoncillos emplastados por días de laburo en el campo.

   La Yaque del CAP se le acercó enseguida para pedirle un trago mientras bailaba “Al negro lo vuelvo loco mamá, con mi pollera amarilla” y hacía que sus nalguitas hicieran un baile de respingos bajo un jeans con licra.

   La morochita se le refregaba, mientras que la puta vieja, o la vieja puta, sentía el residuo de la droga en su tabique nasal. Sabía que con la Yaque no iba a poder, por eso, encendió otro Bill y se puso a hablar con el cantinero.

Me serve otro trago que hoje ta brabo-

   El putero era un ambiente lúgubre, con matices de un pequeño infierno.

Los baños casi siempre estaban taponeados con preservativos y los clientes meaban en el piso. Los cuartos eran adornados con pequeñas luces de neón que hacían que algunas cosas de muy mal gusto, brillaran más. Tal era el caso del cuarto de la Yaque del CAP. Tenía una toalla clavada en la pared con la figura de un tigre interestelar que parecía navegar tuerto por entre un mar de estrellas y pirámides.

   El olor a semen coagulado se filtraba por casi todos los lugares.

No obstante, desde a ventanita del baño, algunas noches, se podía ver la luna y el suave paso de los gatos que deambulaban por el techo. Eso, eso era mágico.

   La Yaque ya había parado de bailar cuando el arrocero se le acercó a la puta vieja mientras esta todavía charlaba con el cantinero.  La jovencita le levantó el dedo medio de la mano y se dio un pequeño tapa en la nalga derecha.

   Vamo pu cuarto- Le dijo al oído. Mientras que en su billetera, se sentía el chasquido de los billetes de mil, reventando entre las grasas de las nalgas del gordo burgués.

 

II

 

 

   Ella solo quería vivir la vida que siempre supo vivir.

Tomar mate, cargar el celular y mirar face.

Además de eso, no sabía hacer nada concreto.

Quería si, un milico. Sin importar si este fuera verde o azul. Sabía que le gustaban los uniformes.Los hombres que mandaban en algo y los que traían un sueldito a casa todos los meses. No dejaba de admirar a los milicos que se compraban una Honda y hacían rodón en la bajada de Conaprole, o los que rebajaban un auto y escuchaban Maluma a todo volumen haciendo rechinar los dientes de los bundiñas agroboys de la Sarandí.

   Milico. Eso sí era para ella. Uno que hiciera Muay Thai y que se fumara una caño día de semana. Que se prendiera en una Kaiser cuando llegara a casa y que la preñara para el resto de la zafra.

   Pero ella, seguía con su realidad. Era otra vez puta, y su sueño a lo milico, había quedado en la noche con su tinta, que se desvanece por la ventana rota del cuarto.

   El arrocero le había cogido el culo de manera dantesca.

Ella pensaba que era solo un viejo flácido, pero cuando este se bajó los pantalones, vio a aquel animal que asomaba sucio y medio erecto entre una maraña de pelos amarronados.

Guardaba la secreta esperanza de que aquello no se le parase del todo, pero el viejo le hizo así con el dedo y le dijo: Vem cá mía fía, que ya tumei a pastillita azul-

   Trató de hacerlo acabar, bobeando un poco con aquella verga de gladiador, pero en un momento el viejo la sentó de una trompada. La dio vuelta de manera brusca y le bajó la bombacha de un tirón.

Ella se mordió la mano y sintió como que tuviera un taco de billar en el rabo.

Ta dura, né?- Le preguntó el viejo, mientras a lo lejos, se escuchaba la risa de la Yaque del CAP ante la aparición de un cliente habitual en el putero.

   Por suerte el viejo con pija de burro, no demoró mucho en acabar.

No había usado preservativo y le había dejado las piernas temblorosas por el dolor. Cuando fue al baño, ella vio el fino hilo de sangre que iba dejando en el piso. Ese mismo hilo, corría como una vena latente y húmeda por entre sus piernas que ya dejaban ver alguno que otro colgajo de piel.

   Se enjabonó la parte de su cuerpo que estaba rota y se visitó lo mejor que pudo.

Al salir a lo que sería una rudimentaria pista de baile, el viejo ya estaba pagando lo que debía. Salió por una de las dos puertas, guiñándole el ojo a ella y a la del CAP mientras una carcajada de eructo escapaba de su panza: Naum fica muito contente guriziña, que semana que veim vó cuntigo-

   Al otro día, la puta vieja no podía levantarse. Pero ya estaba acostumbrada.

Una vez un bundón de la Sarandí había venido con algunos amigos luego de haber salvado un examen de matemáticas.

   Pagaron y se la llevaron a un motel en donde se enfiestaron con ella por horas.

Trancaron la puerta, levantaron el volumen del televisor a todo lo que daba y la usaron como una muñeca de carne bruta.

    Ella no sabía que un puñado de gurises de aquella alcurnia sabía hacer la mitad de lo que le hicieron a ella. Pero en el fondo, le había gustado. Los muchachos, por lo menos eran limpios. Olían a perfume, la trataban de “doña” y solo dos de ellos le habían pegado y no habían usado preservativo.

Sin embrago, en aquella noche, ella supo en sus entrañas que se había embarazado de alguno de ellos.

 

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Me gusta la literatura, soy fanático de los libros y me gusta cocinar. En realidad me gano la vida como cocinero y me gusta leer. Soy licenciado en letras y me gusta Borges entre otros. Me gusta escribir y ser una persona que lee la vanguardia. Me gusta la literatura Uruguaya y la del Brasil.

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