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3 min
PSICÓLOGO
Reales |
22.11.19
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Sinopsis

PSICÓLOGO-------Yo no tuve uno en mi niñez, ¡fueron dos!: la chancla de mi madre y el cinturón de mi padre; tan a la mano para corregir... De hecho no tuve que ver mucho con ellos, pues generalmente no acudía a sus citas; cuando mi madre se agachaba para agarrar la chancla y agarrarme a jodazos, ya estaba a diez metros de ella y aumentando; ¡un ciclón me venía guango! Como a treinta metros me detenía y volteaba a verla, ella con la chancla en alto decía de cosas y remataba con la siguiente frase: ¡PERO HAZ DE VENIR A COMER FLACO LOMBRICIENTO! - Yo le gritaba: ¡PRIMERO MUERTO QUE RAJAO!- enseguida me iba a recorrer mi mundo donde no faltaba quien me diera un taco en aquel arrabal del demonio, cuna de prostitutas, marihuanos, y gente común. Yo no creo en los psicólogos, pues los que conozco están en la condición lamentable de necesitar un psiquiatra; pero no creo que exista uno mejor que la chancla, el cinto, y la vara... Con el tiempo dejé de incendiar cosas, de romper otras, o vender lo que no era mío; lo lombriciento se me quitó, bueno... ¡eso digo yo! - consideré mejor la opción de enamorar niñas a la de hacer maldades; la de enfrentar mis responsablidades a huir de ellas; la chancla y el cinto habían hecho su función. Al pasar los años, ya de adulto joven, llegué a donde mi madre convivía con una de sus comadres, ambas en senda mecedora conversando de aquí y de allá; era normal que al sentarse dejaran a un lado las chanclas y a pata rajada convivían; en aquella penumbra estiré un alambre por atrás y le robé una chancla, me la llevé a mi casa y la enmarqué; abajo escribí la leyenda: gracias a ella no fui un delincuente. Tal vez si la chancla hubiera sido del dos como las que usa mi esposa no hubiera habido problema alguno para engrosar las filas de la delincuencia, pero la que usaba mi madre era del nueve desparramado, llena de chicles viejos y pelos de dudosa procedencia; un golpe con ella en la nuca ¡te dejaba viendo estrellas y mareado por varios días! Ahora... al leer esta historia, después de cuarenta años, mi madre sabrá qué fin tuvo aquella chancla que se le esfumó y jamás encontró. ALEJANDRO DÍAZ SALAZAR
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