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8 min
Psicosis. Día 4. Apariencias.
Suspense |
10.09.17
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Sinopsis

Adivina quién soy... Y llama al 911.

Cuando abrí los ojos estaba sudado y con el corazón a mil latidos por minuto. Giré mi cabeza para inspeccionar dónde estaba. Al menos pude respirar, estaba en mi cuarto.
Dudé por varios minutos en abrir la puerta, pero finalmente lo hice. Mi hermana estaba sentada sobre el sofá, viendo la televisión. No se dio cuenta que había salido del cuarto hasta que me vio abrir la nevera.
—¿Qué buscas? —dijo en tono desafiante. Su pregunta había erizado mi piel.
Todo había sido tan real que por un momento dudé en que fuera una pesadilla.
—Algo de comer —respondí con voz trémula.
Se levantó y fue hasta donde yo estaba. Tenía la boca seca, y cuando quise tragar algo de saliva, una sensación rancia inundó mi garganta.
—Tienes días durmiendo... y despiertas hambriento. Es que yo lo sabía. ¿Cómo no me di cuenta antes?
Volteé a mirarla con los ojos bien abiertos. Temía que fuera a decir algo loco.
—Todos los actores son drogadictos. Bueno, todos los intentos a actores terminan siendo drogadictos y fracasados.
En cierto modo sus palabras resultaron ser tranquilizantes. Al menos, todo, había resultado ser una horrible y tortuosa pesadilla. Respiré, aliviado; tomé una banana medio descompuesta y regresé a mi habitación para seguir leyendo:
...Estoy rezando, últimamente rezo mucho, rezo para evadir las ideas que cruzan mi mente, rezo por terminar las grabaciones y rezo para que... él no aparezca.
He tenido sueños muy extraños, sueños que no parecen ser sueños. En realidad, son pesadillas, pesadillas en las cuales soy Federico, pesadillas en las que acabo con muchas vidas, pesadillas en las que me convierto en un asesino.
Tengo miedo de lo que pueda pasarme y lo que pueda pasarle a los que me rodean. Estos días me he preguntado seriamente quién soy en la realidad. La verdad es que...
—¡No sé quién soy!
Di un salto, y giré la cabeza alrededor del cuarto.
—¡Ay, coño! No, no, no —vociferé.
Me envolví en las sábanas y el sonido de la manilla de la puerta hizo que me estremeciera. ¿Qué es esto? —pensé, horrorizado—. Pues observé mi propio reflejo tratando de salir del espejo, golpeándolo con furia... Y la maldita puerta, seguía girando la manilla.
—¿Qué sucede contigo, Mauricio? Maldito drogadicto, sabía que a eso iba a llevarte la actuación. ¡Vuelve a tu trabajo y déjate de mariqueras! —vociferó mi hermana.
—Cállate, Emiliana, cállate, maldita perra callejera. Es mejor que te vayas si no quieres que te corte la lengua y te la haga tragar —no pude reconocer mi propia voz, y creo que ella tampoco, porque no volví a escucharla.
Volví a presenciar algo de silencio. Era lo que necesitaba para adentrarme en el texto:
...he perdido la noción de la realidad, me cuesta diferenciar entre lo real o irreal. Y me preocupa muchísimo lo que pase con mi personaje. Es decir, sé que él se convierte en un asesino potencial, sé que mata a muchas personas, pero no sé cómo termina. El director ha decidido ocultar el final...
Y sé que parece algo totalmente desquiciado, pero siento que la vida de Federico está conectada con la mía. Es como si coexistiéramos en universos paralelos, y lo que hagamos en nuestras vidas por separado, nos afectase simultáneamente.
Sé que estoy mal, que no debí asesinar a mi perra, que no debí sumergir a aquel niño en el tanque de agua, que debí abstenerme de colocar arsénico en la pasta de mis vecinos. Pero es algo que no puedo detener... Todo esto me está ayudando a realizar un mejor trabajo.
Por suerte, a mi correo electrónico ha llegado el extracto final del libreto. Con lo que acabará mi tormento, para bien o para mal.
...No, no Dios... La voz le ha dicho a Federico que asesine a su mejor amigo y luego se suicide. Ya sé que se siente matar a un ser vivo, ¿pero tendré que probar, aunque sea una pizca de la muerte, para poder tener una interpretación magistral?
Estoy asustado de mí mismo, tengo miedo de hacerme daño... Necesito ayuda... ¡Ayúdame, Mauricio! Tú decides el final.
Lancé el texto contra el suelo y observé que las demás hojas estaban en blanco, de ellas empezó a emerger un líquido espeso color escarlata que bien podía ser sangre o excremento.
Tomé un bolso donde tenía los utensilios necesarios para la audición final, y salí a toda prisa de la habitación.
—¿A dónde vas? —preguntó mi hermana, y se puso delante de la puerta—. No tomaste tus pastillas, estás mal.
—¡Ya basta! tengo que irme a cumplir mis sueños.
—Esos sueños están acabando contigo. ¿Es que no lo ves?
La sujeté de los hombros, forcejeé con ella, y terminé por lanzarla al suelo. Ella quedó inconsciente, y eso, me dio la oportunidad de encontrar la llave... No sé en qué momento se aferró a mi pierna...
—No lo hagas, quédate por mí, quédate por mí Héctor.
Una llamarada invadió mi cuerpo, y producto a la ira comencé a patearla... y la pateé tanto que no sólo quedó inconsciente, sino que su cabeza quedó rodeada en un charco de sangre.
Llorando, cerré la puerta y salí corriendo, un tanto por lo que yo había hecho y otro tanto porque era tarde.
Apuré el paso lo más que pude y mientras lo hacía, trataba de ignorar el maldito teléfono, pero sonaba tanto que tuve que sacarlo del bolso.
—Diga —contesté.
—I need to talk with you, Federico —la voz era de aquel doctor que me atendió en el sueño.
Tiré el teléfono hacia un riachuelo y seguí caminando hasta la parada de autobuses. Sabía lo que estaba pasando, todo era algo planeado por parte del otro actor para quedarse con el protagónico. Maldito miserable.
Esperando el bus, aproveché a retocarme. Nada ni nadie iba a apartarme de mi meta, estaban equivocados si creían que con trucos baratos iban a quitarme mi papel.
En pocos minutos llegó un Yutong, y como varias personas se bajaron pude sentarme en uno de los asientos delanteros. Tardaría unos diez minutos en llegar, tiempo suficiente para crear un monólogo.
En mi mente improvisé un dialogo que me llevaría, sin dudas, a ganarme el papel. Después de fijarlo en mi mente, traté de relajarme, y por un momento observé la pantalla filmadora de pasajeros...
Entonces, vislumbré algo curioso: un tipo estaba sentado, a su lado no había nadie y los demás pasajeros lo observaban con recelo. No podía distinguirlo bien, pero tenía una bata blanca manchada de sangre... o café, no sé.
Volví la cabeza hacia atrás, tratando de observarlo mejor; pero tenía la cabeza agachas. Decidí mirarlo por la pantalla y, abruptamente se levantó y saludó a la cámara.
Presioné el botón de Stop varias veces. Olvidé que los endemoniados Yutong se detenían a la tercera vez que presionaban esos botones... Lo peor sucedió cuando el hombre parecía acercarse a mí.
...Por fortuna, las puertas se abrieron, y no me importó caminar dos cuadras. Lo único que en verdad me interesó, en ese momento, fue escapar... ¡Sí! De mí mismo, aquel hombre de bata manchada, era yo...
Corrí hasta el estudio, y una vez allí me sequé el sudor y me coloqué el atuendo para el casting... Dentro del bolsillo de mi pantalón comenzó a vibrar algo, tragué saliva y llevé mi mano trémula hasta allí... Era mi teléfono...
—Aló —contesté tratando de ahogar el llanto.
—De todo corazón, discúlpame. Y aunque tenemos nuestra diferencia, te deseo lo mejor del mundo. Te amo, Mau.
—Gracias... Yo también, hermana.
Colgué el teléfono, y lo guardé... No podía controlar el llanto, y así mismo entré a la grabación...
—¡Bravo! Magnifico. Estupendo.
Al entrar, el director de la película me recibió con congratulaciones mientras los camarógrafos me aplaudían.
—Excelente. ¡Héctor! Estuviste estupendo. Sin dudas serás aclamado por la crítica.
—No, no... Yo, yo no soy Héctor.
Vio mis ojos, y un escalofrío invadió todo mi cuerpo. Conocía esa mirada fría, tenaz y evaluadora.
Sonrió, y me tomó de los hombros.
—Sabía que esta terapia funcionaría. ¡Sabía que te curarías!
—No... no sé de qué habla.
—¡Sí lo sabes! ¡Sí lo sabes!
—No, no... ¡Suélteme! ¡Suélteme!
—Lo haré a la cuenta de tres, pero prométeme que te calmarás.
Asentí con la cabeza.
—Uno.
Detallé su aspecto físico... y tragué saliva.
—Dos.
Los camarógrafos tenían aspecto pulcro, y también me resultaban familiares.
—Tres...
Salí corriendo de aquel lugar.
—¡Espera, Federico! ¡Espera!
Mi corazón pareció estallar cuando escuché ese nombre... Pero al cruzar la puerta terminé por perder el control por completo. Aquella era la clínica que creí haber visto en sueños.
...Hice lo mismo que en la pesadilla, corrí hasta salir de las instalaciones. La enfermera volvió a llamarme por el nombre de Federico, y yo crucé la calle aterrado... Las luces terminaron por cegarme.
—¡Corte!
—¡Llamen al 911! ¡Llamenal 911!

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