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9 min
Punto Rojo
Suspense |
19.02.13
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Sinopsis

Laura es una joven prostituta, es ambiciosa y caprichosa. Cansada de la vida que lleva, sometida a un jefe sin escrúpulos urde un plan con su nuevo novio para mejorar las vidas de ambos.

Sus tacones rompían el silencio de la noche. Traía un andar extraño, sus pisadas no eran melódicas como de costumbre, con el dulce tintineo del mover de sus caderas. Aquella noche la melodía era más agresiva, con matices siniestros. Andaba nerviosa, mirando continuamente, de un lado a otro. Subida en sus grandes tacones, sus largas piernas abrigadas con medias de redecilla, parecían una interminable carretera sin salida que te conducían al barranco del olvido. Llegó al Punto Rojo. Su jefe, un cincuentón verde, que disfrutaba de su trabajo mucho más que cualquier empresario, no había llegado. El bar aún estaba vacío. Algún que otro bebedor solitario, bien vestido, que ahogaba sus penas entre copa y copa por haber discutido con su novia. Con él sabía que no se comería un rosco. Despechados, todos querían probar, pero luego malgastaban cien euros por una hora de cháchara con una desconocida, que iba en lencería y tenía que escuchar lo maravillosa que era su novia y lo infeliz que él la hacía. Decididamente no. Esa noche quería algo más duro. Necesitaba descargar la adrenalina que llevaba oculta en sus entrañas. Esperaría a las dos. Algún borracho sucio siempre caía. Ella se acercaría y le mordería el cuello. – ¿Quieres jugar un poco papi? He sido muy mala-. Él se haría el machote delante de sus amigos, sonreiría con cuatro dientes menos, perdidos en alguna pelea o ajuste de cuentas y la seguiría entre vitoreos hasta el cuarto oscuro, donde por cien euros y sesenta minutos follarían como perros.

-¿Dónde has estado? Menos mal que Pepe no ha llegado. ¿Tú no estarás haciendo extras a domicilio? Mira que si el señor se entera me manda para Rumania.

Mona era una mujer de treinta y cinco años. Llevaba en Canarias tres, en busca de una mejor vida. -¿Acaso hay un país qué te ofrezca una vida mejor, o se la ofrece uno mismo?-Pensó. Pepe la contrató como camarera, aunque acabó haciendo otras labores, las de puta, pero antes se aseguró de que servía para el trabajo cepillándosela un par de veces. Decía que los buenos catadores siempre probaban primero el vino. A las putas de su bar también les cataba el vino de la entrepierna antes de servirlas en bandeja a sus clientes.

Mona tenía dos hijos en su país. Trabajaba día y noche para poder enviarle dinero a su familia y cedía en todos los chantajes y perversiones de su jefe para conseguirlo. Además, como bien decía ella, no sabía hacer otra cosa, a dónde iba a buscar trabajo. Ese era el discurso de Pepe, si eras inmigrante y puta, ya no valías nada.

-No Mona, no estaba haciendo ningún servicio a domicilio. Me entretuve planchándome el pelo.

-Pepe debe estar al llegar. Cámbiate, que no te vea así, o sabrá que te has retrasado.

-Relájate Mona, tal vez ya lo sepa. Puede que incluso no venga.

Se dirigió a su cuarto y se miró al espejo. Le gustaba la Laura que veía. Sus ojos tenían más brillo, el brillo de la esperanza. Se puso un corpiño de satén morado a juego con el tanga y para celebrar que era una gran noche le añadió unos ligueros de encajes.  Se atusó el pelo caoba que le caía sobre los hombros, se pellizco las mejillas por dos motivos, el primero para dar color a su tez blanca y el segundo para asegurarse de que no estaba soñando. Cuando regresó el bar estaba ambientado. Pepe seguía sin llegar. El corazón le latía velozmente y la satisfacción le acariciaba la piel. Buscó alguna presa. Esa sería una gran noche, una noche de despedidas, que mejor que hacerlo con un buen polvo y cien euros en el canalillo. Arrastrando por el cinturón a su víctima le hizo un guiño a Mona para que no la molestara. Tenía trabajo. En la habitación estaba todo listo. Una cama, con los muelles pasados, abrigada con una sábana de leopardo. Una lámpara roja para darle cutrez, no calidez, a la estancia. Condones en la mesa de noche y un baño viejo para que el cliente se asease antes de revolcarse entre fluidos corporales y sexo. No había elegido mal. Un joven treintañero, con poca gracia pero limpio. Si estaba allí, con esa pinta de friki que tenía, era porque fuera no conseguía mojar en caliente, así que pondría todo su empeño en descargarse con ella. Se saltó los preliminares, estaba ansiosa, excitada por lo que esa noche escondía. Dos golpes en la puerta le aumentaron la tensión. –Pero qué coño-. Se dijo.

-Joder estoy ocupada.

-Laura, preguntan por ti.

-Que se esperen, en una hora estoy lista.

Sin pedir permiso abrieron la puerta, dejando al descubierto aquella primitiva imagen. Ella a cuatro patas siendo embestida por un animal.

-Vístase señorita. Tenemos que hacerle algunas preguntas-. Le decía el joven mientras le enseñaba la placa que indicaba que era policía. –La esperaré fuera-.

Algo ha salido mal, pensó.

-¿Me devuelves los cien euros? No hemos conseguido terminar.

Le lanzó el billete y lo echó del cuarto a medio vestir.  Envuelta con una bata de seda negra salió al bar. El joven policía la esperaba. Sus compañeras no hacían más que rondar alrededor de él.

-No son de los que se dejan su dinero en nosotras, así que vete-. Le dijo a la más joven. Con un movimiento de cabeza le indicó que la siguiera. Entraron a un pequeño despacho. Laura sacó del mini bar dos vasos y una botella de whisky. -No bebo, señorita, cuando estoy de servicio-. Ella lo miró, pensando en la cantidad de servicios que podría hacerle.

-¿Lleva mucho trabajando aquí?-. Le preguntó mientras sacaba un pequeño bloc.

-Cinco años, dos meses y tres días, para ser exacta.

-Su jefe se llama José Valido Hernández, por lo que tengo entendido.

-Sí, eso creo. Nosotras lo conocemos como Pepe.

-¿Y qué relación tenía usted con su jefe?

-Una relación estrictamente profesional. Yo trabajo y él me paga. ¿Puedo preguntarle por qué?

-Lo han encontrado muerto a escasos metros de aquí señorita. Ahora mismo está el cuerpo de la judicial buscando pistas.

Laura intentó hacerse la sorprendida. Debió haber previsto esta situación. Ensayar caras o maneras de sorprenderse.

-Vaya, no sé qué decir señor agente. Estoy un poco aturdida. Imagínese, qué será ahora de nosotras-. Bebió un largo trago de su vaso. -¿Y cómo fue?

-Al parecer lo encontraron desnudo, con una bolsa de basura simulando un pañal, con las manos maniatadas y un corte en la yugular. Llevaba un cartel que decía: “Soy un chulo y me doy asco”.

-¡Oh Dios mío! Quién podría hacer algo así. Pobre Pepe, era tan buena gente.

-Usted ha dicho que su relación era solamente profesional.

-Sí señor agente.

-Algunos testigos dicen haberlos visto juntos esta tarde, que discutían en medio de la Avenida de Canarias. ¿Es eso cierto?

-Fui a comprar algunos juegos de lencería, entre ellos este que llevo puesto-. Se abrió la bata y dejó su cuerpo semidesnudo al descubierto. -Me lo encontré en la calle y le dije que me tenía que pagar el dinero que me debía del mes pasado, que mi casero me había dado un ultimátum. Él estaba algo nervioso, al parecer tenía problemas con el dueño del Bar Avenida, algo relacionado con que le estaba quitando clientela. Me dijo que me pagaría esta noche y me fui.

-El dueño del Bar Avenida...Sabe si le dijo algo más, algún detalle que se le haya pasado por alto.

-No, sólo eso. Y no le di importancia, últimamente tenía problemas con mucha gente.

-¿Era problemático?

-No que yo sepa. Cuestiones de dinero, juego y esas cosas.

-Muy bien muchas gracias. Si recuerda algo más que debiera decirme llámeme, aquí le dejo mi tarjeta.

-Descuide que así lo haré.

El corazón volvía a latirle con normalidad. Fue a su habitación y cerró la puerta. Buscó el teléfono móvil en el bolso, pulso la tecla de rellamada.

-Hola muñeca.

-La policía acaba de venir a interrogarme.

-Es puro trámite muñeca, no te preocupes. ¿Tienes el dinero?

-No, aún no. Mona está muy pesada hoy, y supongo que después de esta visita lo estará más.

-Nena, tienes que coger ese dinero. Tenemos que largarnos de aquí esta noche. Apáñatelas, pero hazlo.

-Veré lo que puedo hacer. ¿No habrás dejado ninguna prueba, verdad?

-Pero cariño, qué te pasa. Estás hablando con un profesional. Relájate, o mejor ya te relajo yo luego.

Colgó el teléfono al oír pasos en el pasillo. Cuando abrió la puerta vio pasar una sombra fugaz. Pensó que sería algún cliente saliendo de una de las habitaciones. Ramón tenía razón. Debía relajarse. En pocas horas estaría muy lejos de allí.

Alejandro permanecía escondido entre las cortinas de una sala de juegos, o eso intuyó que sería. Esa noche iba a ser muy larga. No se fiaba de la versión de aquella puta pelirroja. Y menos aún después de las pocas palabras que pudo escuchar a través de la puerta de su habitación. Sabía que ella tenía que ver con aquel asesinato. Pero, ¿quién era su compinche? Ella no pudo maniatar al muerto, el hombre pesaba tres veces más y la autopsia no indicaba que lo hubiesen drogado.

Era lunes por la noche, qué mejor manera que empezar la semana con un buen caso. A este ritmo ascendería a inspector.

 

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Mi nombre es Elizabeth, tengo 27 años y soy una soñadora. Como sueño en exceso llevo una vida imaginaria perdida entre novelas, relatos y fantasias. Suelo perder mucho el tiempo dibujando mis huellas por lugares por los que no voy a pasar y columpiándome en la luna. Y como dijo Manuel Mujica: Yo hago mis novelas para escapar del tiempo.

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