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¿Qué harías si te quedasen unos Días de Vida?
Reales |
12.02.18
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Sinopsis

Vuelvo al relato-diálogo.

—¿Qué harías si te quedasen unos días de vida?

Estaban en la hacienda de campo de quien había formulado la pregunta. Iban allí a charlar y tomar algunas cervezas mientras disfrutaban del sol veraniego. Otro rato de piscina y bajar al pueblo a cenar. Como ese día estaba nublado, permanecían en un pequeño cuarto con un sofá dirigido hacia un viejo televisor.

La pregunta lo dejó pensativo. Interpretó mientras daba otro trago del botellín que era un modo de sondearle y conocerle mejor, puesto que habían comenzado a quedar durante ese mes.

—¿Que qué haría? Uf, de todo.

—¿Como qué?

—Para empezar le diría de mi pronta muerte a mis amigas y a alguna otra chavala. Ya imaginas —rio.

Su compañero lo escudriñó.

—Venga —prosiguió—, ya sabes. Les propondría sexo. Y si puede ser, sin condón. Total, ya me va a dar igual, ¿no?

—¿De estar muriendo buscarías sólo por sexo?

—Eso lo primero —dijo y rio solo—. No tendría nada que perder. Se lo diría hasta a tu hermana.

Esa afirmación hizo reaccionar la cara de su amigo. Entonces éste respondió:

—Ella está casada.

—¿Y qué? No tendría nada que perder —dijo y dio un trago.

—Ajá. ¿Y qué más?

—Pasaría del curro, eso está claro, y me iría a robar. Que me pillen o lo que quieran, pero me llevaría lo que me apeteciese.

—Claro, no tendrías esa sensación de temor por ser descubierto.

—Más bien se pierde la emoción de que te descubran. Mira, esa puede ser una putada —reflexionó—. Da igual, lo que querría es disfrutar de lo que robo, un poco para demostrar que soy libre de verdad, que por fin hago lo que me viene en gana.

—Aun así creo que sentirías remordimientos.

—No creo, me conozco. Después iría a pelearme —afirmó de repente—. No tiene el porqué ser con alguien que conozca, es el hecho de dar hostias como las que daba en el instituto. Me desahogaba, tío —dijo con la mirada perdida en el pasado—, les daba tunda a los que me daban rabia. Lo sé, era uno de esos de manía gratuita, pero no me disgustaba ni me arrepentía.

Levantó el botellín sobre su boca para apurarlo. Después se incorporó para estirarse y dejarlo al lado del televisor, sobre el mueble. Se dejó caer en el sitio.

—Encima aprobaba. Te lo juro —la última sílaba se le mezcló con un eructo que fue más aire que ruido—. Eso le daba rabia a la clase entera. Incluso a los profesores.

Su amigo escuchaba atento. Parecía realmente interesado.

—Pero lo que de verdad intentaría es algo ilegal a un nivel terrible.

—¿Cómo de ilegal?

—No lo sé. Es más como lo siento, no sabría decirte. Es una necesidad que me surge sin motivo claro.

—A ver, delitos terribles están el asesinato o la violación...

—No necesito, no necesitaría —se corrigió— llegar a ese extremo. Pero casi. Es difícil de explicar, pues ni yo mismo lo termino de identificar —dijo y se acomodó mejor en el asiento—. Es un sentimiento que ahí está, sin surgir. Sé que no es bueno, lo intuyo; lo reconozco —Se mantuvo analizando—. Estarás pensando que soy raro.

—Para nada. Todo el mundo siente alguna vez la necesidad de cometer el mal.

—El mal, que no mal. Eso es.

—También me he comportado indebidamente alguna vez.

—Pero esto es diferente...

—Lo sé. Creo saberlo, sí. Un acto tan deleznable que no tenga perdón. Y que no sea vulgar. Sí — lo contaba con la mirada fija, llena de imágenes mentales.

—Es la mejor forma de explicarlo. Si total, voy a morir, me va a dar lo mismo y salgo ganando al satisfacer esa necesidad oscura.

—Necesidad oscura universal.

Tras oírlo, rio examinando por alguna reacción en su amigo. Se calló y sintió entonces la garganta seca. Continuó hablando:

—Lo que hizo Hitler. A él ya poco le afecta. Es un ejemplo un tanto aleatorio, ahora que pienso.

—Te entiendo.

—No quiero ser un Hitler, aunque a nivel local seguro que lo logro —Sonrió—. Eso si sé que me voy a morir en unos días.

Continuaron hablando un poco del tema y ya fueron cambiando de conversación a la par que se abrían nuevas cervezas.

En un momento dado, interrumpiendo el diálogo, el amigo y dueño del lugar se levantó de su asiento con la intención de salir de la habitación. No dijo nada, abriendo la puerta con más fuerza de la necesaria. Observaba y entonces le llamó. No hizo caso. El portazo fue notorio, aunque más sonoro resultó para sus oídos el ruido de la cerradura, que delataba el mecanismo de cierre con una llave.

Se levantó gritando el nombre del amigo. Llegó a la puerta e intentó abrir. Nada. Insistió con el pomo hasta que le dolieron las palmas. Se quejó acercando el rostro a la madera:

—¿Qué haces?

Desde el otro lado, escuchó la voz amortiguada.

—No me convences. Así que te dejaré encerrado.

—¿Qué dices? ¡¿Qué broma de mierda es esta?!

—Ninguna. Traigo aquí a mis nuevas amistades y los pongo a prueba con esa pregunta —El eco contra la madera daba a la voz un tono fantasmal—. Según lo que respondan, sé cómo son en verdad, y actúo en consecuencia.

—¡Estás loco!

—Mira quién habla. Tus respuestas son de las peores que he recibido. Eres diabólico.

—Tú no eres menos.

Pero no recibió respuesta por el resto de los días.

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