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3 min
Quesos, cosas, casas. Pt 1.
Reales |
09.11.16
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Sinopsis

Tengo mucho tiempo sin escribir y recién comencé a intentarlo otra vez. Esto no me ha salido tan mal y quiero compartirlo. Si lo terminaste de leer, agradezco que comentes que tal te ha parecido. (perdón si hay algún error ortográfico o en la manera en que el texto se ve, lo pegué directamente del bloc de notas, no tengo diccionario y no he dormido desde ayer)

 


- ¿Ves como se caen?

Alicia no respondió,  mantuvo la mirada bailando en los cuerpos de las hojas que caían desde el cielo, el enorme arbol que les daba sombra.
El aire comenzaba a espesarse, eran mediados de agosto y el invierno se asomaba en cada aliento exhalado. Raul metió las manos en los bolsillos de su gabardina, era demasiado sensible al frío. 
Del otro lado del parque, a la verdura de una colina, estaban dos adolecentes sentados en la grama, dandoles las espaldas.Eran apenas dos bultos semitransparentes que se fundían con la luz del sol. Uno de ellos - la chica, suponía, aunque ambos llevaran el cabello largo- se acomodó en el regazo del otro y éste bajó a besarla.

- ¿Se mueren?

  Las palabras se atoraron en su boca. Alicia se había bajado del banquito y pintaba circulos de tiza en el suelo. Esperó a escucharlo otra vez antes de contestar. 

- Papá, ¿las hojas se mueren? 

Raúl sonrió. Ahora podía ver que lo que Alicia dibujaba en el concreto casi blanco de la plaza era un "paisaje del espacio", como la niña llamaba a esa nueva tendencia
que tenía de dibujar -sin tomarse demasiada licensias artísticas- el típico paisaje de montañas que tocan las nubes y pequeñas casas cuadradas de techos triangulares. Casi igual a todos los que se enunciaban con "Realice un dibuo libre" en su libreta del colegio, excepto que  justo donde antes se acostumbraba a poner un cielo azul celeste y al sol como protagonista del cuadro entero ocupando el centro mismo de la hoja, estaban dibujados un centenar de círculos amontonados unos con otros en lineas que representaban a la osa mayor de manera literal, como un perro grande y barrigudo.
 Aquellos circulos, como reaprendía cada cierto tiempo, no eran estrellas sino "planetas y planetoides", la mayoría de ellos inexistentes pero diferenciables el uno del otro por el color con el que iban pintados. Pero ahora, con la tiza blanca, solo podía intuir que aquel de la media sonrisa que se le salía del rostro y desaparecía en el corazón de sus planetas vecinos, probablemente era saturno.

-¿Si se están cayendo, se están muriendo, no?

La niña se había levantado y lo miraba directamente a los ojos con los brazos cruzados.
Las farolas de luz se encendieron de repente, sumiendo el ceño fruncido en la sombra de su cabello suelto.

- ¿Y el cintillo?

Sin voltear, la niña lo señaló con el pulgar por encima de su hombro derecho, tirado a un lado del dibujo. 
 
- ¿Sabías que cuando las hojas caen del árbol es porque ya el árbol sabe que se van a morir y no las quiere?- preguntó, haciendo énfasis en cada palabra como si tratara de explicar algo obvio a un estúpido. 

- ¿Si?- respondió él y al levantarse del banco sintió como el oxígeno se tardaba en llegarle a la cabeza. Había pasado toda la tarde viendo jugar a Alicia desde aquella banqueta; más de tres horas sentado haciendo nada. El tiempo era cada vez más relativo.

La silueta de un hombre pasó rozándole por un costado. 

Raúl recogió la cinta de pelo rosada y se la puso en la cabeza.

- Ahora es mía- dijo, y Alice echó a correr.  

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