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11 min
Rashid, un joven de Afganistán
Reales |
28.08.21
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Sinopsis

Sobre el drama humanitario de las personas que buscan refugio y la hipocresía de algunos gobiernos

Rashid, un joven de Afganistán

El 20 de abril de 2016, una ventolera como de huracán tropical barrió las frágiles tiendas de campaña que daban cobijo a miles de familias en Idomeni. Volaron también los tenderetes de las organizaciones de voluntariado y hasta algunos de los retretes provisionales instalados a toda prisa por el gobierno griego. No era la primera vez que eso pasaba, pues, según me contó Mijalis, voluntario de Oikópolis, las fuertes ráfagas de viento son habituales en esa zona fronteriza con Macedonia. Tan solo quedaron en pie las instalaciones de ACNUR y los grandes contenedores metálicos donde Médicos Sin Fronteras, la Cruz Roja y otras organizaciones no gubernamentales desarrollaban sus tareas humanitarias. Como dijo ese día José Luís Montero, mi compañero de aventuras solidarias: Esto es el desastre dentro del desastre.

El día anterior, un grupo de 12 voluntarios habíamos ido -bajo el paraguas de Oikópolis, asociación que congrega al movimiento ecologista de Salónica-, a aquel precario e improvisado campo de refugiados; unos a cocinar, otros, como en mi caso, a tomar fotografías y realizar entrevistas con el fin de denunciar las políticas inhumanas e ilegales de los gobiernos europeos. Como evidencia de que esos gobiernos intentaban tapar sus abyectas actuaciones, os comento una anécdota:

A las diez de la mañana salía el convoy para Idomeni desde la calle Ptolomenón, 29, sede de Oikópolis. Al llegar le comenté a Litsa Kirkine, coordinadora de la organización, que tanto mi compañero como yo disponíamos de carnets que nos acreditaban como periodistas, con lo que tendríamos fácil acceso al campo de refugiados, custodiado por el ejército y la policía. “Ni se os ocurra mostrar esos carnets de prensa -nos dijo-. Los periodistas tienen vetada la entrada a los campos”. Acto seguido, nos entregó unas tarjetas que nos identificaban como voluntarios de Oikópolis. “Con esta acreditación no tendréis problema para entrar”, añadió en un perfecto castellano. Estaba claro: la Unión Europea no quería que se publicaran testimonios de su ignominiosa actuación antihumanitaria.

La mayor parte de personas concentradas en ese campo procedía de Siria, pero también de Afganistán y otros países; aunque tan solo a los sirios les era permitido tramitar la solicitud de asilo. Al parecer, la situación de guerra en Afganistán, que ya duraba décadas, no era considerada por la Unión Europea como un conflicto bélico. Realmente vergonzoso e indignante.

Al llegar a Idomeni, situado a unos sesenta kilómetros al norte de Salónica, el impacto visual fue brutal. Miles y miles de tiendas de campaña muy precarias se hacinaban sobre los campos de cereales en barbecho y sobre las vías del tren. Aquella línea ferroviaria, que une Salónica con Belgrado, ya no funcionaba desde hacía semanas debido al cierre de fronteras. Personas de todas las edades deambulaban de un lado a otro: niños, ancianos en sillas de ruedas, parejas jóvenes, grupos de adolescentes… Nuestros dos vehículos -una furgoneta y un turismo- se dirigían lentamente hacia los dos grandes contenedores habilitados como cocinas. Legumbres, verduras, arroz, pasta, patatas, pan, fruta… Ni carne ni pescado. Mientras el resto del grupo se afanaba en los preparativos para cocinar, inicié un recorrido, cámara fotográfica en ristre, por aquel entorno en el que tan solo los niños reían. Los rostros de aquellas gentes mostraban cansancio, frustración y desesperanza.

Me sobrecogió un escrito realizado con rotulador de trazo grueso sobre una tienda de campaña que decía: I, MISS YOU MOM & DAD. Os echo de menos, mamá y papá. Quedé unos minutos atrapado por esa frase y cuando estaba tomándole algunas fotos se abrió la cremallera de la tienda de campaña. De ella salió un muchacho muy joven, de una acentuada delgadez, vestido con pantalones de dril de color azul oscuro, desgastados por el uso, y un jersey de lana con algunos agujeros.

Bien guiados, esa sería la traducción de su nombre: Rashid. Aquel muchacho, con el que nos entendimos hablando un inglés precario por ambas partes, accedió a contarme su historia. Desconozco si habrá llegado a buen puerto en su peregrinar, si sus pasos habrán sido bien guiados como dice su nombre. 

Nos dirigimos a la cantina de la estación de Idomeni, situada a pocos metros de su tienda de campaña, donde le invité a desayunar. Era una suerte que aquel pequeño establecimiento se mantuviese abierto. Por varias razones: se podía comprar algo de comida, bebidas, productos para la higiene… Pero, sobre todo, porque disponía de una débil señal de wifi y de varios enchufes, en los que decenas de jóvenes se arremolinaban para cargar las baterías de sus teléfonos y poder así enviar mensajes de tranquilidad y esperanza a sus familias.

Por aquellas fechas Rashid andaba por los dieciocho años y hacía dos que había abandonado su pueblo, Kuhgestán, una población afgana de etnia mayoritariamente tayika, bañada por las aguas del río Harirud, ubicada entre la ciudad de Herat y la frontera con Irán. En esa zona los talibanes ejercían desde hacía años un fuerte control. Rashid era entonces un adolescente que había tenido que madurar a marchas forzadas. Nunca mejor dicho, pues había caminado más de cuatro mil kilómetros, atravesando Irán, inmenso país donde encontró muestras de solidaridad en las familias aldeanas con las que coincidió en su peregrinar. Evitando pasar por las ciudades, cruzó luego toda Turquía hasta llegar a orillas del mar Egeo. Durante sus últimas etapas en tierras turcas conoció a cientos de personas que huían de la guerra en Siria y entabló amistad sincera con otros jóvenes de su edad. A las afueras del pueblo pesquero de Aso empleó hasta el último céntimo que le quedaba para pagar a las mafias y poder subir a una embarcación atiborrada de gente. El objetivo: atravesar los nueve kilómetros de mar que lo separaban del punto europeo más cercano: Skala Sykamineas, en la isla griega de Lesbos.

No hablaré aquí de todas las vicisitudes que Rashid pasó hasta poder embarcar hacia Lesbos. Sí diré, no obstante, aquel percance que mayor quebranto le había causado: La precaria embarcación en la que las mafias lo hicieron subir con otras 25 personas, se hundió a poco menos de dos kilómetros de la costa griega. Cuando llegaron en su auxilio los voluntarios de Open Arms tan solo pudieron rescatar con vida a doce personas. A Rashid consiguieron reanimarlo, pero estuvo muy cerca de perecer en el Egeo. Si los chalecos que les habían vendido los carroñeros de la desgracia ajena hubiesen estado homologados, todas aquellas personas se habrían salvado.

- Mi madre era dirigente de la Asociación Revolucionaria de Mujeres de Afganistán, la RAWA -comenzó diciendo Rashid después de dar buena cuenta de un paquete de galletas con chocolate, mientras el té humeante se enfriaba un poco-.

Yo por aquel entonces no conocía la existencia de esa organización, la Revolutionary Association of the Women of Afghanistan (RAWA), así que unos días después de aquella conversación con Rashid me puse a investigar el tema y descubrí, con asombro, que la RAWA es la organización femenina más antigua de Afganistán, que lucha por la libertad, la democracia, la justicia social y el laicismo. La fundadora de RAWA fue Meena Keshuar, que formó este grupo en 1977, con la ayuda de otras estudiantes universitarias de Kabul. Meena fue asesinada en Quetta (Pakistán) en 1987 por agentes de la KHAD (rama afgana de la KGB) con la ayuda de la sanguinaria banda fundamentalista de Gulbuddin Hekmatyar. Sólo tenía 30 años. Esta organización plantea que la lucha por la independencia, la libertad y la justicia es inseparable de la lucha por los derechos de las mujeres.

Rashid sigue con la mirada el vapor que despide el té humeante. A través de las sucias cristaleras, contempla el exterior de la cantina, donde infinidad de tiendas de campaña rodean la estación, prestando una rica policromía a los campos resecos y al camino de acero que conforman las vías.

- Mis abuelos maternos son personas de mente abierta -continuó diciendo Rashid-. Gente sencilla, pero que nunca se dejó manejar por ninguna religión. Eso tiene sus riesgos en Afganistán, is very dangerous. A pesar de sus limitados recursos económicos, pudieron pagar los estudios de mi mamá en la universidad de Kabul. O sea, que mi madre viajaba desde su casa, en Kuhgestán, hasta la capital, que son más de mil kilómetros; en viejos autobuses, claro, porque el viaje en avión era muy caro. Allí, en Kabul, compartía vivienda durante el curso con otras jóvenes estudiantes. En la facultad de historia conoció a algunas militantes de RAWA y se unió a esa lucha, que aun persiste en mi país.

Rashid guardó silencio. Volvió a desviar la mirada hacia el exterior de la cantina. Observé que, presa de una honda emoción, se le humedecían los ojos.

- La mataron los talibanes -dijo con voz casi inaudible-. A mi mamá.

El revuelo en la pequeña sala del establecimiento me recordaba al de los hormigueros en época de almacenamiento de grano. Decenas de chicos jóvenes (se veían muy pocas chicas) entraban y salían continuamente. Algunos aguardaban turno para conseguir cargar la batería de su móvil. Otros compraban alimentos o tabaco.

Pasados unos minutos, Rashid continuó contándome su historia:

- Mi padre tuvo que pasar a la clandestinidad y no tengo noticias sobre su suerte. Mis abuelos -prosiguió- vendieron una parte de sus tierras y me dieron dinero para que intentara llegar a Europa, a Alemania. La presidenta, Angela Merkel, dijo que podían acoger a medio millón de personas, porque necesitan trabajadores. Mis abuelos me animaron a venir a Europa.

Una vez que los socorristas de Open Arms consiguieron salvarle la vida, Rashid fue trasladado a las dependencias de la ONG Lighthouse Relief, una pequeña organización de voluntariado que atendían a las personas que conseguían llegar a Lesbos desde Turquía, ofreciéndoles atención sanitaria y psicológica, ropa limpia, aseo e higiene. Allí permaneció un par de días, hasta que, como establecía el protocolo, el ejército lo trasladó a un barco que lo llevaría hasta el puerto ateniense del Pireo. Desde allí inició un viaje de más de 600 kilómetros a pie hasta Idomeni, donde hacía unas semanas que habían cerrado la frontera con Macedonia.

Al día siguiente, la terrible ventolera convirtió aquel campo de refugiados en un día de perros. La tienda de Rashid ya no estaba. Quizás intentó continuar su viaje, cruzando clandestinamente la frontera con Macedonia como hacían algunos grupos de jóvenes.

Mientras escribo estas líneas, estos recuerdos, el Rey, Pedro Sánchez y algunos de sus ministros se ufanan por lo bien que han llevado a cabo la operación de repatriar a cientos de personas desde Afganistán. Y no puedo olvidar que las familias afganas que he conocido desde 2016 en diversos campos de refugiados en Grecia siguen esperando a que se les permita tramitar la solicitud de asilo en Europa.

¿Acaso las personas como Rashid no son también víctimas de una guerra que dura ya más de 30 años? 

No he vuelto a tener noticias de ese joven, pero espero que, haciendo honor a su nombre, sus pasos hayan estado bien guiados.

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