cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

10 min
Realidad
Suspense |
28.03.19
  • 3
  • 0
  • 413
Sinopsis

Ellos nunca lo entenderán, a pesar de tener la culpa.

Los susurros en su mente lo atormentaban y lo seguían haciendo a pesar de los años. Esteban, un muchacho hundido en las adicciones, se encontraba en aquel rincón de su habitación; sus ojos parecían vacíos viendo hacia una nada que no era alentadora. Su cuerpo, desde detrás, se notaba tembloroso y apenas podría controlarlo. La decadencia de su ser había llegado a un límite colosal y el joven querría arreglarlo de alguna manera.

Las voces de las personas rebotaban en su cerebro y los comentarios le hacían perder de vista la realidad. Le han dicho que acudir con un especialista le haría mejorar su aspecto; otros le pedían acudir con un brujo, ya que insistían que alguien le habría hecho una magia negra.

 

Esteban, por el contrario, no podía discernir nada. Pero, desde lo más recóndito de su ser, como un pequeño susurro grotesco y profundo renació e hizo acto de presencia:

 

  • La debilidad es apasionante al infringirla a los demás… pero el que te la infrinjas tú mismo es una estupidez – le decía aquella voz de lo desconocido.
  • Pero… ¡¿Qué puedo hacer ahora?! – gritó desde sus adentros el joven consternado.
  • ¡No seas imbécil! – le espetó la voz cavernosa – Solo te estarás dañando si sigues insistiendo en seguir a esas mentes, carentes de compasión y de sentido común. Dime, ¿Qué demonios ellos han hecho por ti?

 

Eso pareció despertar algo en el joven, además de sacarlo de su talante meditabundo. Su cuarto, apenas y con un mueble y su cama, se encontraba alumbrada por la luz de una Luna que parecía no entender los pensamientos de Esteban. Sus ojos, ya abiertos, seguían perdidos en la nada, pero parecían formar algo entre esa nada. Los reflejos de sus padres salían sentados en su cama. Tenían grandes espacios de carne podrida y se le notaban partes de su esqueleto. Su padre no tenía un brazo y parte del mentón reflejaba su dentadura; sus brazos apenas y eran cubiertos por una ligera piel que dejaba al descubierto los músculos. Su madre, quién había perdido uno de sus ojos y en su lugar había una cuenca vacía, lo miraba con una mirada que él juzgaba acertadamente de tristeza. Había perdido la mayoría de su cabello y en la parte trasera se podría notar un agujero en su nuca que dejaba al descubierto parte de su cerebro.

 

La imagen de sus padres lo hacían más débil e impotente. De repente, escuchó que alguien tocaba su puerta. Era su pequeña hermana, Beatriz. La niña abrió lentamente la puerta y la luz de la sala bañó la imagen oscura de Esteban y esfumó la visión de sus padres.

 

  • ¿Qué te ocurre, hermano? – le preguntó con una inocente voz.

 

El chico se quedó en silencio unos segundos: su hermana tenía entendido que sus padres estaban de viaje y que no tardarían en regresar. Su hermana lo miró atentamente, mientras que con pequeña mano derecha sostenía el brazo de un oso de peluche. La pequeña entró al cuarto del joven y se sentó a su lado. Esteban, aún con la mirada al suelo, sintió esa presencia que le daba algo de luz a esa oscuridad que él mismo se había planteado. Su hermana, al contrario de su hermano, esbozaba una leve sonrisa que empezaba a difuminarse mientras observaba a su hermano.

  • Hermano, ¿qué te pasa? – le preguntó nuevamente a Esteban.

 

Cuando el joven despertó de su pensamiento, volteó lentamente su cabeza para mirar a su hermana. La primera impresión le hizo asustarse, ya que imaginó a su hermana con severos daños en todo su cuerpo. Pero, después de sacudir sus ideas, la miró nuevamente y la observo con toda la dulzura que su pequeña hermana reflejaba. La abrazó y le dio un beso en su cabeza. Acto seguido, le respondió:

 

  • No pasa nada, hermana. Simplemente es que extraño a nuestros padres.
  • Yo también los extraño – le respondió, comprendiendo su estado de ánimo – pero mi tía me ha dicho que ya no tardarán en llegar.
  • Eso espero, hermana – dijo sin convicción Esteban.
  • Mi tía llamó para invitarnos a cenar a su casa. Nos está esperando en la entrada de la casa, ¿podemos ir? – le suplicó tiernamente.
  • Sí, hermana. Adelántate tú. Yo las alcanzó.

 

Acto seguido, su pequeña hermana le dio un beso en su mejilla y le dijo:

 

  • Te quiero, hermano – luego bajó de la cama y siguió su camino hacía la puerta de la casa.

 

Los ojos del muchacho comenzaron a humedecerse; se levantó y con una pesadez en sus pies cerró la puerta. Comenzó a lanzar sus cosas por todos lados: rompió una foto de sus padres, cortándose con el vidrió del espejo. Gritó con todas sus fuerzas esperando que el dolor y el sufrimiento acabarán de una vez.

 

  • ¡¿Por qué no entiendes, imbécil?! – la voz se volvió a manifestar, pero esta vez con mayor intensidad.
  • No puedo… No la dejaré sola – susurraba Esteban, cansado de tanto dolor.
  • No tienes el valor para defenderte a ti mismo. No puedes lidiar ni con tus problemas. Sé muy bien que has perdido todo por ser débil y estúpido – le reclamó esa voz cavernosa.

 

Esteban, después de escuchar esas últimas palabras de esa voz, vio a sus padres abriendo la puerta de su cuarto. Su padre hizo un ademán con su mano para que su hijo lo siguiera. El joven, dudoso al principio, decidió seguirlos. Su padre era una visión que aparecía y desaparecía en segundos hasta guiar a Esteban al cuarto de sus padres. El pasillo de su casa, que, a decir verdad, se ubicaba en un segundo piso, tenía a los lados fotografías de su familia. Estaban las pequeñas mesitas con los floreros que su madre había comprado y luego colocado unos ramos de flores que, por el tiempo sin cuidar, ya se habían marchitado. Al llegar al cuarto de sus padres, tomó la perilla del cuarto no sin antes observar el pasillo: al final, casi en la entrada de las escaleras, observó una pequeña luz que se quedó estática unos momentos que parecía susurrarle algo.

 

Cuando quiso ir a investigar, la puerta del cuarto de sus padres se abrió lentamente y dejó al descubierto la recámara. Esteban, al voltear a ver el cuarto, se percato que aquella luz había desaparecido de las escaleras. Eso lo inquietó un poco, sin embargo, un ruido proveniente del cuarto de sus padres lo hizo salir de su consternación:

 

  • Esteban… - se escuchó un susurro femenino – Ven aquí…

 

El joven estaba asustado y su cerebro trataba de hacerlo cambiar de opinión, pero no daba resultado; Esteban comenzó a entrar. La puerta se cerró tras de él y, acto seguido, la luz lunar desapareció, dejando el cuarto de sus padres en una oscuridad permanente. Ante la oscuridad, Esteban se percató de unas pequeñas flamas nacidas de una fuerza sobrenatural flotando en el medio de la habitación.

Aquello impresionó al muchacho y trató de tocar una de las flamas: no ocurrió nada. Una de las flamas se movió, dirigiéndose a uno de los cajones de un pequeño un mueble situado a la izquierda de la cama matrimonial. Esteban, un poco pensativo al principio, optó por acercarse al cajón que aquella luz alumbraba suavemente. Al abrirlo, dio un respingo sorpresivo al ver lo que había encontrado: una pistola. La flama, que parecía moverse más rápido, aumentó su fuerza calorífica hasta tal punto que alumbraba la habitación completa. Esteban tomó la pistola y la examinó un poco: notó que estaba cargada con una bala; la flama se desplazó detrás de Esteban y, sintiendo una sensación extraña en la nuca, el joven no tardó en descifrar el mensaje.

 

Aquella flama le pedía suicidarse.

 

Sin pensarlo dos veces, se llevó la pistola a la sien, pero no disparó. Lágrimas emergieron de sus globos oculares para luego escuchar una voz:

 

  • Hazlo, hijo. Lo has intentado todo – se le escuchó hablar a una voz femenina.
  • Así es, hijo. Entendemos tu dolor y sabemos que es necesario. Eres débil y tu hermana no merece tener esa imagen de debilidad en su hermano mayor – agregó una voz masculina.
  • Mis padres no dirían eso…
  • Hijo, sabemos que tus recuerdos y absolutamente todos tus problemas no han sido resueltos como querías. El dolor que te causa solo le afectará a tu hermana. Piénsalo bien.

 

Esteban, decidido, se quitó el gorro de la cabeza que dejó al descubierto una calva para después, lentamente, llevarse la pistola a la sien.

 

Desde afuera, se reflejo una pequeña explosión apenas perceptible. Monserrat, tía de Esteban y de Beatriz, miró esa pequeña explosión y decidió llevar a la niña a su casa. Hecho esto, entró al hogar de su hermana y, como si ella ya supiera lo que sucedió, se dirigió al cuarto de los padres. Ahí encontró el cadáver de Esteban: la pistola estaba posada sobre su mano derecha y en la otra dejó unos papeles ensangrentados. Una de las paredes quedó salpicada de sangre; Monserrat no se había impresionado, pero estaba asustada. Con cautela y esmero, se acercó y tomó los papeles. Era una prueba de Cáncer positivo y del cual ella no estaba enterada. Derramó unas lágrimas y abrazó el cadáver de su sobrino. Pero las pruebas no habían sido el único motivo de aquel suicidio; de la carpeta donde se encontraban los papeles médicos, había fotografías de Esteban vestido de niña (y en los cuales se percató que su propia madre le tomó) para después encontrar unas fotos más en los cuales su propio padre abusaba de él. Monserrat, decepcionada de su hermana, decidió irse de ese lugar, dejando el cuerpo inerte de Esteban. Cerró con llave desde fuera y se dirigió a su casa para ver a Beatriz. Cerró su hogar y se dispuso a dormir con Beatriz. Antes de caer en su sueño, lloró por Esteban y tuvo un odio hacía su hermana y su esposo. Y, lo peor, era que seguían vivos.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

Tienda

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta