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12 min
¡REALISMO!
Terror |
26.11.17
  • 5
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  • 1410
Sinopsis

Un joven incrédulo recibe su justo castigo por burlarse de los oscuros poderes de una vieja bruja gitana...

¡REALISMO!

Las paredes y postes de la pequeña localidad de High Bow se veían cubiertas de llamativos carteles de color amarillo, en los cuales, en grandes letras negras, podía leerse…: LA COMPAÑÍA TEATRAL DE MONSIEUR DELACROIX SE COMPLACE EN PRESENTARLES LA OBRA “LA MALDICIÓN DEL HOMBRE LOBO”. Y un poco más abajo, en letras más pequeñas…: “PRESENTANDO A SIR JOHN SALLINGER Y LADY MARY CRAWFORD EN LOS PRINCIPALES PAPELES”.

            Sí, esto era lo que podía leerse en los sugestivos carteles. Pero la realidad de la obra era otra muy distinta…

            Tarde de ensayo en la vieja biblioteca de High Bow, habilitada por la pequeña compañía teatral de Jean Delacroix como improvisado teatro.

            Sobre la tarima prepara a tal efecto, tres únicas personas, Jean Delacroix y sus actores principales, John Sallinger y Mary Crawford.

            ―¡Mon Dieu, Monsieur le Sallinger, esto es horrible, horrible! –El director de la obra y dueño de la compañía, un pequeño hombrecillo de origen francés, de largo y rizado cabello negro dio un par de pasos hacia el primer actor de su troupe teatral, meneando su índice derecho con aire un tanto amenazador―. ¿Qué le ocurre, mon ami? En mi vida he visto una interpretación peor.

            John Sallinger se limitó a clavar sus ojos azul cielo en los del francés y a encogerse de hombros.

            ― Très mauvais, très mauvais! –Mientras Delacroix agitaba la cabeza de un lado a otro, con expresión entre furiosa y derrotista―. Jamás he visto semejante desastre –el francés se volvió de nuevo hacia Sallinger―. ¿Y tú te hacer llamar acteur? ¡Necesito más realismo, mon Dieu, más realismo!

            ―Monsieur Delacroix, me ofende con sus palabras―. John Sallinger apretó los puños y se encaró con el hombrecillo, los ojos chispeando de furia. Después bajó de la tarima y se encaminó hacia la puerta de la biblioteca municipal de High Bow―. ¡Ha de saber que yo he trabajado para las mejores compañías de teatro del país, con directores de primera categoría! –Casi había llegado a la puerta de salida, cuando retrocedió de nuevo hacia el entarimado y volvió a subir para dirigirse hacia el pequeño director de la compañía―. ¡Usted no lo entiende, maldita sea!

S-soy incapaz de interpretar nada en lo que no crea…

            ―Pardon? –El pequeño francés enarcó ambas cejas en actitud claramente sorprendida―. Je ne comprends pas.

            ―Sí, maldita sea. ¿Cómo demonios puede creer alguien, en pleno siglo veinte, en hombres lobo, vampiros y otros cuentos por el estilo?

            ―Maintenant, vous comprenez, mon ami... –Finalmente, Jean Delacroix se encogió de hombros y, seguidamente, añadió― : Pero estrenamos esta noche...

            ―Necesito despejarme. Lamento haber sido tan brusco –tras estas palabras, y visiblemente avergonzado, Sallinger volvió a encaminarse hacia la escalerilla de acceso a la tarima, no sin antes dirigirse hacia la primera actriz de la compañía, Mary Crawford―. ¿Me acompaña, señorita Crawford?

            La bella joven miró por un momento al dueño de la compañía, que hizo un leve gesto afirmativo con la cabeza al tiempo que se daba la vuelta, agitando levemente los brazos por encima de sus rizados cabellos negros diciendo...

            ―¿Qué más da, si todo se ha ido ya al traste?

            ―¿Me invita a un trago, señor Sallinger? –Preguntó Mary al tiempo que se cogía graciosamente del brazo de su colega de escenario.

            ―Por supuesto –respondió el primer actor de la pequeña troupe teatral con una sonrisa―. Nos irá bien a los dos.

            Se despidieron del director de la compañía con un leve cabeceo, y salieron a la calle.

            Anochecía, y el lugar estaba desierto. Tan sólo alguna pareja de enamorados que, cogidos de la mano, paseaba a la mortecina luz de las farolas.

            John y su compañera no tardaron en encontrar un local donde apaciguar su sed y un vez dentro, caminaron sin dudarlo, hacia la barra.

            ―¿En qué puedo servirles? –El barman, un hombre alto y gordo, les dedicó una amistosa sonrisa. Sostenía en su rechoncha diestra un vaso de cristal, y en la zurda un paño húmedo.

            ―Un whisky solo, por favor –pidió Sallinger con gesto cansado.

            ―Un Bloody Mary –pidió su compañera con una  sonrisa.

            Al oír a la joven, el orondo barman se apresuró a responder que aquel era un simple bar de pueblo y que no servían cosas tan sofisticadas como lo que ella acababa de pedir, así que la joven actriz se tuvo que conformar con un Gin Tonic.

            Luego, el camarero volvió a centrar su atención en Sallinger.

            ―Corríjame si me equivoco –empezó en tono cauteloso―. ¿No son ustedes los actores de la compañía teatral que llegó al pueblo esta mañana? –Mientras hablaba, colocó dos vasos sobre el mostrador, y se dispuso a servirles lo que habían pedido.

            ―En efecto –respondió John en tono aburrido―. Somos actores –seguidamente, tomó su vaso, tras alzarlo ante su cara en mudo brindis, se bebió el contenido de un sólo trago –Un whisky excelente –dijo, y volvió a dejar el vaso sobre el mostrador.

            El barman, asintió con un  ligero cabeceo y una sonrisa y se apartó de la pareja, dispuesto a continuar con las labores propias de su oficio.

            Tras unos breves instantes en silencio, y después de dar un sorbo a su Gin Tonic, Mary Crawford habló.

            ―¿De verdad eres Lord, John?

            Sallinger dedicó a su compañera una enigmática sonrisa antes de responder.

            ―No, por Dios. En realidad el título de Lord pertenece a un tío abuelo mío –John dedicó a la joven otra enigmática sonrisa y añadió―: Pero eso es algo que nuestro pequeño amigo francés no tiene por qué saber.

            ―Ah –la joven, como respuesta, sonrió graciosamente, y dió otro trago a su bebida.

            Media hora más tarde, la pareja de actores salía del bar charlando animadamente.

            ―¿Vienes a seguir con el ensayo? –Preguntó Mary mientras se ponía su abrigo de imitación de piel, pues la temperatura había descendido unos cuatro grados durante su estancia en el local―. Recuerda que estrenamos dentro de… ―Miró su reloj de pulsera―, un par de horas.

            ―Ve tú –se apresuró a responder él―. Yo prefiero pasear un poco, si no te importa volver sola a la biblioteca y enfrentarte a las iras de monsieur Delacroix.

            ―Pero, ¿y el ensayo? –Insistió la joven, aunque consciente de que no iba a conseguir hacer cambiar de opinión a su compañero.

            ―¿Para qué? ¿Para hacer de hombre lobo? –Jonh crispó ambas manos a la altura de su rostro y emitió un gruñido al tiempo que mostraba los dientes en un divertida mueca que pretendía parecer amenazadora―. No, gracias. Prefiero pasear un rato, a ver si encuentro una forma de meterme en el papel.

            ―Como quieras –Mary se encogió de hombros y tras dedicar a Sallinger una agradable sonrisa, se encaminó de vuelta hacia el improvisado teatro de la biblioteca pública de High Bow.

            Una vez a solas, el joven actor decidió que tal vez fuera buena idea recorrer la pequeña localidad.

            Llevaba andando unos veinte minutos, cuando sucedió algo peculiar.

            John Sallinger se había alejado lo suficiente como para llegar a la zona más pobre de High Bow ; un lugar sucio, lleno de chabolas y casuchas medio derruido, donde niños harapientos correteaban medio desnudos y descalzos, y vagabundos de demacrado aspecto, tendían la mano en busca de una limosna que gastar en vino.

            ―¡Señor, eh, señor! –John se detuvo sobresaltado ante la visión de la vieja, que extendía la mano hacia él con gesto suplicante.

            ―¿Q-qué quiere usted?

            ―¿No tendría usted unos pocos peniques para una vieja necesitada?

            ―Por Dios! –Con gesto impaciente, el actor apartó a la anciana de su camino, dispuesto a regresar a la biblioteca del pueblo, con un poco de suerte, aún podría ensayar un poco antes del estreno de la obra―. ¡No tengo tiempo que perder con alguien como usted, señora!

            Y entonces… Ocurrió.

            La anciana, que en realidad era una vieja zíngara, apretó los labios, se besó el pulgar y el índice juntos y escupió a los pies de Sallinger con rabia, tras susurrar unas extrañas palabras en un idioma aún más extraño.

            Después, le dedicó una misteriosa sonrisa, mostrándole unos dientes picados y amarillentos por las caries y el tabaco, y se alejó de él renqueando.

            Un tanto confundido, el joven actor se quedó mirando como la vieja se alejaba y desaparecía tras una esquina, desapareciendo por fin de su campo de visión.

            Aún permaneció Sallinger allí parado, en medio de toda aquella podredumbre y deshechos humanos, hasta que finalmente decidió emprender el camino de vuelta a la biblioteca del pueblo.

            Aquellos que lo vieron, afirmarían después que John Sallinger caminaba tambaleándose, como ébrio de alcohol.

            Y llegó al teatro improvisado en la sala de lectura de High Bow.

            ―Mon Dieu, monsieur Sallinger! Jean Delacroix dejó escapar un pequeño grito cuando su actor estrella entró en la bibilioteca―. ¿De dónde diablos sale? Falta poco para que la obra dé comienzo.

            ―N-no pasa nada –tartamudeó el actor tambaleándose levemente para espanto del director de la compañía―. S-sólo estoy un poco mareado.

            Eran las diez y media de la noche.

            Faltaban treinta minutos escasos para el gran estreno.

            Finalmente, y acompañado por Delacroix y uno de sus compañeros de reparto, Sallinger fue conducido hasta un pequeño recinto situado tras el entarimado, donde le fue ofrecida una infusión, con el fin de aplacar su misterioso malestar.

            ―Comment êtes-vous, cher ami? –El Francés, apoyado en la puerta del cuartito, miraba expectante al joven actor― ¿Cree que podrá…? Ya sabe…

            ―Sí, creo que sí –John sacó un pañuelo de su bolsillo y se secó el sudor que perlaba su frente.

            ―Fantastique!!! –Palmoteó el pequeño galo con alegría―. ¿Preparado para salir a escena?

            Ante esta pregunta, Sallinger respondió con un leve asentimiento y una tímida y cansada sonrisa.

            Y así, a las 23:00 de la noche, se alzó el telón ante las miradas impacientes y expectantes de los habitantes de la pequeña ciudad de High Bow.

            Y llegó la escena en la que Sallinger había depositado todos sus temores…

            Sobre el entarimado, John Sallinger y Mary Crawford.      

            En primera fila del público, el director de la compañía, Jean Delacroix.

            La escena simulaba el interior de una cabaña en medio de un bosque, donde los personajes interpretados por John Sallinger y Mary Crawford, Edgar y Sally hablaban, a punto de descubrir el terrible secreto de él…

            ―Edgar: (Llevándose las manos al pecho, en actitud compungida) ¡Querida Sally, nuestro amor es imposible!

            Vestían ropas de época. Él de leñador, ella un elegante traje de estilo victoriano.

            ―Sally: (Dejándose caer en una silla de madera situada a su lado) ¿Por qué, oh, amado mío? Sabes que no me importa nuestra diferencia de clases.

            ―Edgar: (Arrodillándose a los pies de la joven y tomando su suave y pálida diestra entre sus encallecidas manos de leñador) No es por eso, oh, amada mía. Bien lo sabes. (Vuelve la cabeza con aire avergonzado). El motivo, amor mío, es otro…

            Los dos jóvenes se alzan, abrazados tiernamente el uno al otro.

            ―Sally: (Apoyando su mejilla izquierda en la camisa de cuadros de su amado) ¿Cuál es el motivo que te aparta de mí? ¡Necesito saberlo!       

            ―Edgar: (Aparta a la joven suavemente, y se acerca a una de las ventanas de la cabaña) ¿Has oído hablar de la bestia que está aterrorizando la comarca?

            ―Sally: ( Lo mira con un brillo de terror en sus bellos ojos, al comprender lo que su amado está intentando decirle) ¡Dios mío, no!

            ―Edgar: ¿Entiendes ahora por qué nuestro amor es imposible?

            ―Sally: (Sollozando desconsolada) ¡Amado mío, puedo ayudarte!

            ―Edgar: (Con voz firme) No puedes hacer nada. Nadie puede hacer nada por mí.

            ―Sally: (A voz en grito) ¡DÉJAME INTENTARLO AL MENOS!

            En ese momento, y ante los aterrorizados ojos de su amada, el joven leñador comienza a sentirse mal y, temblando, se hinca de rodillas en el suelo.

            ―Edgar: (Entre jadeos y quejidos de dolor y angustia) ¡Corre, Sally, vete! ¡No quiero hacerte daño!

            ―Sally: (Paralizada por el terror y la sorpresa) ¿Q-qué te está pasando?

            Y en ese preciso instante, John Sallinger/Edgar, puede ver y oír a la vieja gitana, mostrándole su picada y sucia dentadura y haciendo ese extraño gesto con los dedos.

            Y entre el entusiasmado público asistente, el pequeño director francés palmoteaba y lloraba, frenético y emocionado, ante la actuación de su actor estrella.

            ― Fantastique!!! –Gritaba entusiasmado―. Qu'est-ce réalisme!!! –Aullaba apasionado―. Mon dieu!!! –Exclamaba el hombrecillo.

            Mientras, sobre el improvisado escenario, John Sallinger clavaba una mirada de auxilio en su amiga y compañera de reparto, al notar como todo su cuerpo se estremecía, y un gruñido, profundo y lejano, brotaba de su garganta…

FIN

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