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6 min
Recuerdos de Asia II
Históricos |
29.10.10
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Sinopsis

Iniciamos un viaje por la Asia más trágica y destartalada.

En las puertas de su propia revolución, Tokio brillaría con su barniz modernizador y cosmopolita. Acogía a varias escuadras en donde ondeaban todos los pabellones del mundo sobre un archipiélago de fortalezas flotantes. Así, la ciudad se convertía en una capital internacional que hablaba inglés, francés, ruso e incluso español, como si una moderna Torre de Babel se tratase. Fue un 25 de agosto, una de esas fechas que no se olvidaban en toda una vida, cuando apenas había dejado de jugar con las muñecas. Fue cuando Victoria conoció el que sería su hogar durante años. Al barrio lo llamaban Skébé, todo un símbolo, pues era la palabra que los japoneses utilizaban para referirse a lo obsceno, en un pequeño edificio conocido como La Catedral. Al final de una callejuela, aparecía una barraca de planchas apolilladas y paja podrida, destartalada y trágica.

Un prostíbulo y fumadero, sumido en la oscuridad. Unas lamparillas de opio ponían reflejos amarillentos en el techo, mientras oscuras volutas flotaban en el aire y el humo borraba el color propio de las esteras de paja de arroz. El salón principal acogía a un buen grupo de hombres y mujeres, con pequeñas puertas correderas que conducían a unos cuartos. Eran las cámaras del amor. Unas especies de celdas mal iluminadas pero frescas, amuebladas únicamente por una cama con un colchón de crin; allí la gente iba a hacer el amor.

Pero era un lugar que podría resultar elegante, entre la calma casta del fumadero y el desenfreno propio del templo de celo puro. Allí los europeos iban a aquella catedral para confesarse y disfrutar de sus placeres. Confesionarios para los pecados prohibidos y otros mundanos.

Asustada y cohibida, ante tantos ojos extraños que la miraban, rostros desencajados por la risa, sintió como una mano la arrastraba hasta una de esas celdas. Allí le esperaba un hombre occidental. Ella se resistió, quiso lanzar un chillido pero la turbación la mantenía callada. Él sólo la miraba. La miraba fijamente con una mirada apagada. Entre tanto, bebía, cualquier cosa, sake, licor de ajenjo, whisky. Y a cada trago se le oía reír hipando como si imitara el cacareo de las gallinas. Entonces, palmeó el colchón invitándola a acercarse, pero ante la negativa fue él quien la arrojó a la cama.

La quiso tranquilizar diciéndole que en Honk-Kong se había aficionado a las chinitas de once años y que ella la encontraba casi demasiado mayor. Aquel hombre se reía divirtiéndose con las caricias, pero la pequeña se imaginó cosas abominables. “Te voy a tratar como una francesita”, dijo cuando la acostó. Estalló en lágrimas silenciosas y pronto se desmayó por la impresión.

- Pura como el purísimo Fui San,- murmuraba- las caricias de una muñequita son igualmente frescas.

De pronto, dejó de sentir, incluso sus propias lágrimas perlando su mejilla. Cerró los ojos y se imaginó que estaba a salvo. En una habitación luminosa y aseada, dormía sobre el dosel de un mosquitero, cuando lo levantaba el señor Baquespin para darle un beso en la frente. Entonces, apagaba la luz tenue de su farol. La niña se despertó y las miradas se encontraron.

- Apago por los mosquitos. –Decía.

Inmediatamente estuvo despierta y espabilada, sus oscuros párpados pestañearon y sus ojos brillaron como dos faros en la noche. El húmedo lupanar oliendo a sudor y las nauseas que la sacudían como si se estuviese montando en un columpio, la aturdían. “Las caricias de una muñequita son igualmente frescas”, pensaba. Una y otra vez, como una obsesión, hundiéndose las uñas en la carne, pero sin soltar una lágrima.

- ¡Calla ya, déjala! –Oyó el murmullo de una voz en la oscuridad- ¿No comprendes que es su primer día? ¿No recuerdas cuando llegaste tú?

Unos rostros surgieron de las sombras, era un grupo de cuatro chicas que no la dejaban de mirar.

- ¿Cómo te llamas? – Dijo una muchacha de moño alisado, llamada Sanhei.
- Victoria – dijo con timidez y apenas sin voz.
- ¿Trece o catorce años?
- Catorce.
- Piensa que el primer día es el peor – la muchacha, una joven con un largo kimono blanco le alargó el extremo de una pipa de agua. –Fuma, es opio. Te sentirá bien.

El opio resultaba ser un buen antídoto contra la repugnancia que se sentía al tener una experiencia como esa: suprimía el dolor que producía el corazón por otro en la raíz del cabello. Así, la expresión de inocencia se borraba en su rostro por otra de fatiga y tristeza.

Los años que iban sucediéndose en aquel lugar, fueron realmente tristes. Todavía era bastante ingenua y ni siquiera sospechaba que aquellas personas que la habían conducido a ese destino eran las mismas que frecuentaban la antigua casa del señor Baquespin, sobre todo uno en concreto que la hubiera vendido a una señora de la alta sociedad japonesa. Para su sorpresa, fue quien tomó el rol de madre y la persona que mejor la trató tras la muerte de aquel anciano.

- Te veo una joven muy especial.

Victoria pronto logró hablar bien el japonés, ella se lo había dicho con admiración. Otaké San era una dama correcta, con un negocio muy particular, aunque algo excéntrica para la clase alta a la que pertenecía. Quizás no le despreciaban tanto el hecho de regentar un prostíbulo como haber violado caprichosamente la moda. Vestía elegantes ke-hao de seda, unos kimono desfasados sobre todo porque la alta sociedad había adoptado modelos occidentales, y aún utilizaba el coche a tracción humana. Un plateado rickshaw esperaba a la entrada, junto a los dos porteadores; lo que componía una estampa pintoresca incluso para el Tokio de aquella época.

Sanhei abrió la puerta de la casa y los comenzó a regañar a gritos. No lo hacía buscando reprimir alguna trastada que hicieran los porteadores sino para prevalecer su carácter soberbio ante las demás; pero tan pronto veía aparecer a la señora, dejaba de hablar y adoptaba una expresión casi sonriente.

- Estaré fuera todo el día – dijo Otaké San – prepáralo todo para esta noche.
- Sí, ama.
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  • Un viaje por Asia bien narrado, con sus costumbres ancestrales. Mi escritora favorita siempre ha sido Pearl S Buck, que aún naciendo americana vivió y escribió para Asia. Seguiré de cerca tus andanzas por esos mundos. Un saludito.
    Bien, compañero Gonzalo, veo que tu relato va viento en popa. Asume las proporciones necesarias y lo suficientemente atractivas para que el relato te atrape, te conmueva y, por supuesto, sigas deseando que continúe, como no podía ser de otra manera, ya que vuelves a demostrarnos que eres un estupendo narrador..., venga te llamaré "trabajador y constante" como a ti te gusta, y sigo... "extraordinario narrador" capaz no sólo de demostrar una magnífica inventiva, sino de atesorar una fluidez exquista (idiomáticamente hablando), repleta de un documentalismo envidiable y que a mí, ya me conoces, me sabe a cine, sin menosprecio de nuestro mayor tesoro: la Literatura. Me parece un gran acierto (muy de flashback, ¡otra vez el cine, jeje!) empezar esta II parte como protosecuela o pecuela del I relato. ¡Fenomenal la ambientación y, por supuesto, las descripciones! En la III parte te comento algo más- Abrazotes de tu amigo stavros.
    El relato arrebata. transmites la emoción de la protagonista, le escena en su crudeza queda iluminadad con un lenguaje efectivo y sencillo. Los lugares exóticos bien llevados.. , voy a la siguiente. z.
  • Por fin he regresado del pequeño puente de fin de semana y traigo una nueva entrega, en dos partes, en donde conoceremos la casa y algo más de los personajes.

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