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7 min
Recuerdos de Asia III
Históricos |
29.10.10
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  • 3014
Sinopsis

¿Cómo debe sentirse un pajarillo admirado, desde su jaula y que sentiría una vez libre?


- Podría dedicarme a tirar del rickshaw y ganar dos veces lo que gana un maestro de escuela. Ahora los trabajadores contamos con salarios más altos. ¿No te he dicho siempre, viejo, que el saber no vale de nada?

A través de la ventana, la joven Victoria oía la cháchara entre un padre y su hijo. Desde las rejas de bambú podía verse la calle, sus olores, las gentes, pero se veían como parajillos encerrados en jaulas que estuviesen a la vista de todos. Eran muy pocas las ocasiones que tenían para descubrir la ciudad más allá de esa prisión de bambú. De hecho, para los que vivían en esa casa, quedaba muy lejos todo lo que sucedía en ella. Al principio todo lo sentía con indiferencia y temor, desde la lejanía del que descubría nuevos mundos. Pero, pronto, en medio de esas emociones que iba liberando, al estar tanto tiempo contenidas, iba observando una Tokio tan próspera como distante.

Las tiendas estaban llenas y en las calles pululaban los transeúntes. Sin embargo, las rojas avenidas de un parque -última estación de aquella experiencia- quedaban desiertas a esa hora. Junto a un césped y un arroyuelo, entre tantos árboles que formaban un bello adorno natural; y más allá, junto a los tamarindos y los cerezos, abiertos en flor, había apretados haces de bambú que se veían entre los árboles. En medio de ese vergel, una sombrilla malva se asomaba sobre una pareja. La joven los seguía con la mirada y los reconoció, casi al instante, era Otake San junto a un extranjero.

Alargó la mano que aquel hombre tomaba, apoyándose apenas en ella. Admiraba sus muñecas, tan frágiles que parecían de porcelana, cuando posó sus labios en su mejilla y en seguida se fundieron en un beso. Ella se sentía enamorada del extranjero, del que sólo hablaba maravillas, tanto que incluso la propia Victoria se terminó enamorando de él. Pero no sería esa su única sorpresa. Al regreso a La Catedral, el barrio de Skébé estaba oscuro y silencioso. Los lupanares estaban cerrados y ni siquiera habían prendido sus característicos farolillos de bambú. Unos pasos resonaban en la acera y un picaporte sonó. Entonces, se percibieron grandes y atronadores ruidos, y atraídos por ellos, al doblar una esquina, dos rostros se dieron de bruces en la oscuridad. Un hombre de porte elegante y seguro de sí mismo, un occidental, reprendía a una mujercilla asiática que llegó a echarse a sus pies con las lágrimas prendidas en la mejilla.

Victoria se sintió inquieta, furibunda, quiso adelantarse y detener esa injusticia, pero Sanhei la detuvo, alcanzando su hombro con la mano.

- ¿Conoces a ese hombre? ¿Te hizo algún mal? Déjale marchar, yo le conozco, sé cual es su debilidad, te ayudaré a devolverle todo tu daño y conozco a la persona adecuada.

Escogieron la tarde idónea, lo planearon como dos buenos estrategas y se surtieron de lo necesario, como los generales hacían con sus armas, ante la batalla. Con el propósito de llevarlo a cabo, Victoria se transformó con el objeto de vestirla de vieja y acercarse a él, pasando desapercibida; como hacían los cómicos ambulantes para disfrazar su juventud. Su cabeza se cubrió con una peluca, de pelo blanco; se entintó la cara, se desfiguró los labios con arcilla, se ennegreció los dientes y se camuflaron sus pies juveniles con unos zapatos viejos. Así, salieron por la puerta trasera mientras en La Catedral las demás dormían, y llegaron al lugar donde esperaban encontrarle. Sanhei habría de seducirle, lo que no sería difícil pues aquel hombre solía emplear las jóvenes nativas como hermosos trofeos, sólo por diversión.

La principal curiosidad del lugar era el serrallo, una especie de cuadrilátero a cielo abierto, con una galería y una arcada. Desde tiempo inmemorial, servía para alojar las mercancías que iban a ser embarcadas. En uno de sus ángulos, había un edificio de una sola planta. Era el alojamiento de la guarnición, reducido a cuarto en la actualidad. Dos habitaciones habían sido preparadas para servir de dormitorio y despacho, para el capitán, durante su estancia en tierra.

De todas las cosas que formaban su mobiliario, sólo parecía sentir aprecio por una. Ni su mesa plegable, su pipa de porcelana, ni su inseparable servicio de alcohol o un pequeño papel enmarcado, con una dedicatoria: “Para el capitán Alberto Rochet, del Segundo Regimiento de Dragones. Por su gran servicio a Francia”. Se trataba de una vieja calcografía que representaba el retrato de una mujer. Este fetichismo resultaba más curioso al observar la misoginia del capitán. De hecho, sólo ella escapaba de tal ostracismo. Bien era cierto, que aquella joven se hallaba muerta desde hacía años, lo que podía explicar el trato a favor del que gozaba.

Sanhei, una vez que había logrado su propósito, estaba acodada en la barandilla de la terraza. El sol comenzaba a declinar y su larga estela se reflejaba en las olas doradas al anochecer. Entre tanto, sentía la fresca brisa, que haría ondular las pequeñas banderas que adornaban los buques. Entonces, oyó una voz detrás suya y se volvió.

- Una vieja acaba de entrar, llevando un ramo de rosas. Le he preguntado a quien se lo llevaba, no lo ha dicho y me he apoderado de ellas.

Enseguida, la joven se dirigió al retrato.

- ¿Quién es ella?
- Nadie. – Respondió con frialdad.

Entonces, sonó un tiro de fusil, luego otro. Las detonaciones se sintieron lúgubremente a través de la inmensa oscuridad.

- ¿Qué pasa? –Preguntó Sanhei, sobresaltada.
- ¡Vamos a verlo! ¡Uno no puede ni pasar una velada tranquila! – Masculló.

Un grupo de sombras avanzaba en su dirección, un brigada y media docena de hombres. Dos de ellos llevaban medio inconsciente a un gigantón al que habrían derribado, no sin esfuerzo. Sanhei, al verle, no hizo otra cosa que llevarse la mano a la cara, mientras que Rochet le agarraba del pelo para alzar su cabeza y contemplar su rostro.

- ¿Y este?
- Capitán, esta mala bestia quería apoderarse de algunos de nuestros fusiles. ¡Sabe Dios, para qué los querría!
- Para lo de siempre, esta raza solo piensa en lo mismo. – Le respondió- ¡Lleváoslo al retén y encerradlo!

A los pocos instantes, volvió a quedar sólo en la calle, cuando sintió una presencia acercándose. Vio a la vieja de las flores, a quien seguramente la hubiera despreciado por su indiferencia. Pero pronto supo atraer su completa atención. La mujer se fue libramdo de su disfraz y aquel hombre, que se reía, ufano, perdía su sonrisa. Entonces, tardó en reconocerla y cuando lo hizo, no vio a la niña tímida e indefensa; mientras que en Victoria se producía una revolución. Por primera vez, había desaparecido una voz que le gritaba: ¡Cuidado! Su insólita presencia, su seguridad, su sonrisa de fatuidad, le hicieron a él cargar con la mano abierta, por ese orgullo suyo dolido. Dos sonoros bofetones se sintieron en la oscuridad, el de aquel y el que le respondía con la misma quiescencia; pero fue el hombre quien se llevó la mano a la cara, por la sorpresa de su insolencia.

- Así respondéis, vosotros los occidentales. – Le contestaba, en un perfecto francés. – No sois, en realidad, mejores que nosotros.

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  • Aquí estoy otra vez Gonzalo (conste que me había leído ambos capítulos antes de pasarte comentarios) Bien, me reafirmo en lo que ya te dije antes: la narración (visión protosecuela) no decae en su interés, el documentalismo me sigue pareciendo genial, el trazado descriptivo en cuanto a personajes soberbio, y... como también he leído el comentario de Lázaro, gran compañero, aceptando su conocimiento sobre el tráfico de opio en Japón, donde probablemente, por ser un país mucho menos abierto a influencias que facilitasen ciertas expansiones perniciosas en sus territorios de "cerrados puertos", esta lacra no llegaría a cobrar la importancia que cobró en China (me acuerdo de la novela de J. Clavell "Tai-Pan" que trata fantásticamente este tema con la fundación de Hong Kong), sigo opinando que el relato, pese a ello, y como Lázaro ya especifica, no pierde ni un ápice de su "trabajada" estructura y magnífico desarrollo. Bien, ya está todo dicho por ahora. Un placer seguir leyéndote gran amigo, y otro abrazote- stavros.
    Me alegro de verte de vuelta, y con un relato tan ambicioso y entretenido como este. Lo he seguido con mucho interés, sobre todo porque he vivido bastantes años en Japón (entre ellos dos en Tokio), y precisamente la semana pasada estaba allí por trabajo. Te felicito por saber llevar tan bien el pulso narrativo. Y ahora me pongo el sombrero de repelente niño Vicente y te dejo una anotación histórica: la verdad es que la imagen del fumadero de opio me recordaba más a el Loto Azul y a la China imperial (o incluso al Londres victoriano) que al Tokio que está entre la llegada de los occidentales y la revolución Meiji (así entiendo que indicas la época del relato). Simplemente la imagen me sonaba muy rara y muy poco familiar. Una búsqueda por Internet te revelará que la popularidad del opio en Japón no fue ni mucho menos la que hubo en China propiciada por los ingleses en el siglo XIX, y que fue estrictamente ilegalizado en 1846, bastante antes de cuando ambientas tu relato (siguieron comerciando en el exterior con ello, e incluso lo propagaron en sus colonias asiáticas como Taiwan). Y ahora me quito otra vez el sombrero de niño repelente y te doy de nuevo la bienvenida
    Me tienes cautivado con tu historia, con su ambiente y los giros de la acción. un trama que parece que nos ha de llevar de sorpresa en sorpresa. Y que mejora a medida que la vas trenzando. Espero continuación.
  • ¿Quién es el cazador y quién, la presa?

    Un escritor, acostumbrado a lidiar con el terror en la literatura, conocerá la sensación del miedo; aunque todo sea un McGuffin.

    Viajamos a Turquía de finales del XIX para acompañar a nuestros personajes por este pequeño periplo.

    Seguramente tengamos todos nuestros héroes más o menos preferidos, no tienen porque ser cinematográficos, ni imaginarios. Nuestra cotidianidad nos dan héroes que resultan anónimos, ahora sobre todo que ese personaje está tan desmitificado. A mí me gustan los héroes de siempre, los que luchan contra adversidades casi insalvalbles o los que salen de la realidad. Y estos son algunos de los momentos que me han llamado más la atención de los cinematográficos.

    En este viaje de Tokio a Turquía, conoceremos a nuevos protagonistas. Es como esas historias que cuentan un misma trama, desde el punto de visto de más de un personaje.

    Se ha conocido recientemente que Concha Piquer, esa grande de nuestra copla que emigró a los EEUU, protagonizo la primera película sonora de la historia. Quizás, esto escueza algo a los puristas de Hollywood: ni fue en inglés ni sobre un icono cultural, propiamente americano.

    Los dos mundos. En una ciudad conviven dos clases de personas, apenas coinciden unas y otras, y muchas menos son las veces que se comprenden. Pero ambas terminan por necesitarse, mutuamente.

    Esta pequeña entrega es un imprevisto, se aparta de la historia, para hacer tiempo y dedicarme a revisar la rigurosidad histórica del resto. Se lo dedico, por tanto, a Lázaro y espero que -como esta bagatela- sepa tomárselo con humor. Una forma de observar el optimismo y la autoestima, que en los tiempos que corren seguro que sigue teniendo su vigencia. Un saludo a todos.

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