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7 min
Recuerdos de Asia IX
Históricos |
11.12.10
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Sinopsis

Aquella tarde, tanto turcos como occidentales, rivales o aliados en la política, se habían entregado al mismo dolce far niente. A la noche, se fueron a buscar el descanso entre las sábanas de sus camas, pero Phillip Farrere no logró calmar la inquietud que lo dejaba en vela. Fue la claridad de la luna quien le sacó de la penumbra de su dormitorio y le arrastró a fuera. Sus pies le devolvieron a una de las habitaciones más representativas: la biblioteca, en la planta baja.

En un rincón de una larga galería, un gran cortinaje montado en el artesonado disimulaba una doble puerta. Fue por allí donde desapareció y llegó a la biblioteca. Reinaba en ella un ambiente de paz, ni siquiera había luz.

Buscó en sus bolsillos una caja de fósforos, y una luz, primero temblorosa, se hizo fija. Creó a su alrededor un mundo de formas, el rostro de un cuadro, el brillo opaco de unas cortinas, un trozo de pared, y fuera de allí, la oscuridad total. Las arañas colgaban del artesonado y de muebles, pero con unas cubiertas de sábanas amarilleadas para protegerlos. Había, sin embargo, libre de su cubierta un espejo de cuerpo entero. Descubrió una sombra que formó una figura, una anciana, ataviada con un kimono blanco y dorado. Phillipe tuvo que reprimir un grito de asombro ante lo que vio. Aquel rostro enmarcado por un suave cabello oscuro, era el rostro de Otake San, que había quedado en su ya lejana Tokio. Y únicamente fijándose en los ojos observaría la diferencia entre la fantasía y la realidad. Estos ojos permanecían sin vida. La anciana le asió del brazo y le llevó al otro lado. Entonces, aspiró su perfume. Un perfume extraño, impidiéndole reprimir un nuevo gesto de estupor, como si una bocanada de sudor se hubiese mezclado con esos muebles, cubiertos por sábanas, y el aroma propio de los lugares cerrados.

Una sensación de angustia le dominaba, un sabor de sangre en la boca, un dolor en el abdomen, la presión en los ojos nublados, los zumbidos en los oídos. Trató de gritar, pero todo lo que alcanzaba a emitir era un débil aullido. De pronto sintió que sus rodillas se flexionaban y caía al suelo. Al fin, volvió en sí, empapado por el sudor, entre las sábanas de la cama. Todo había quedado en una pesadilla.

Farrere recuperó el sueño y se despertó al alba, muy temprano. En otro país hubiera dicho: por el canto de los pájaros, en aquel lugar sería por el jardín, las montañas, el cielo y el agua. Los cuatros elementos fundamentales de aquel paisaje. El verdor de mil flores de oro y plata, de los jardines; la nieve blanca de las cumbres de las montañas y el cielo cristalino, hundido en la espuma del mar.

Phillipe se quedó admirándolo, abierto desde el inmenso balcón. Si a la noche, el mar tenía el aspecto del nácar, pareciendo cómo si la vía láctea se hubiera sumergido en sus aguas; a la mañana se distinguían las velas de las barcas de pesca que iban y venían en busca de su preciado botín. Al alba, se observaba un trasiego infinito. La flora y la fauna, las mil y una avecillas y el aroma de la espuma del mar. Y en el horizonte, las ruinas de una fortaleza, frente a un espectador que hacía tiempo admiraba con la misma curiosidad los restos de algún templo griego o de alguna otra construcción romana. Aquella mañana, además, la templanza del tiempo hacía desear un buen paseo.

De ella sólo había ruinas, en forma de cuadrado con un lado unido a la tierra y los otros tres hundidos en forma de cuña en el mar. De la última batalla, apenas se había remozado ni siquiera una mínima parte del lienzo de piedras de la fortaleza.

- No comparto ese deporte de sentir aprecio por unas ruinas.

Un fuerte relincho y el ruido de los cascos de un caballo, le hicieron volverse atrás, pero fue el brinco de aquel semental árabe lo que le aceleró el corazón. A pesar de su nerviosismo, observó al jinete con una atención apasionada. Un rostro tinte mate, encuadrado en una barba ensortijada y por el keffiyé, prenda en forma de pañuelo, con un pesado cordón negro y dorado. Al descabalgar, Phillipe admiró su abaia, la larga túnica, igualmente negra y con adornos de oro. Se trataba de Diarkedir Ylhiz.

- Este es un buen testimonio de lo que nos deja la artillería moderna. – Continuó diciendo, cuando alcanzaba las bridas con la mano. – Columnas de basi-bozuk tomaron el fuerte y pasaron a cuchillo a su guarnición.

Los basi-bozuk eran los irregulares, turcos o kurdos, que hacían la vida dura a las tropas francesas; en realidad a cualquier occidental como parte de la herencia de una vieja guerra en la que Turquía fue humillada por el resto de las naciones. Hoy se sabría que aquellos acontecimientos supusieron la ruina del Gobierno liberal por un régimen autocrático. Algunos, como el sultán Amman, previeron las pocas probabilidades que tendrían sus carreras con el nuevo Gobierno y optaron por el destierro. Sus riquezas estaban demasiado a la vista y despertaban más codicias en la capital que en unas tierras lejanas, donde mantener su antiguo tren de vida, sin atraer la atención de los jerifaltes del gobierno. A costa de un alto precio, los constantes ataques de unas tropas irregulares movidas por un resentimiento patriótico y antioccidental.

Diarkedir añadió un detalle, añadió una frase que recordaba haber leído sobre Napoleón: “Es aquí donde este lugar quebró mi fortuna”. ¿Cómo no sentir cierta curiosidad? Y de hecho, no hubiera sido necesario ser un experto en el Ministerio de la Guerra para comprender la derrota de los sitiados. Columnas de basi-bozuk rodeaban la fortaleza, mientras que una flota los apoyaba por mar. Todo el esfuerzo defensivo no pudo concentrarse en un solo lado de aquel cuadrado y con el tiempo cayó ese bastión que parecía imposible de rodear. Turcos y franceses compartieron el mismo ardor salvaje y desesperado. Nunca hubo cuartel para los prisioneros: sujetas en las almenas se suspendían unas horribles guirnaldas de cabezas cortadas y el fuego, hizo el resto.

No, Diarkedir Ylhiz no exageraba, a pesar de su costumbre de adornar con frecuencia los episodios con el fin de parecer más sincero. De hecho, a los que sentían la necesidad de no limitar sólo a su patria las calamidades sucedidas en una guerra, el cuadro que le ofrecía no aparecía desprovisto de interés.

- Pasen, señores, pasen a tomar un refresco.

Los vestigios de aquel fortín, que había soportado tan dura prueba de la artillería, aparecían dibujados por una estela de espuma blanca del mar. Lentamente, la historia de aquel turco terminó acompañando unos vasos de naranjada, desde la vista admirable de una terraza. Acompañado, además, del balanceo de unas barcas en las aguas inquietas de la playa.

- ¡Y yo que pensaba…! Pensaba entrevistarme con el capitán de la plaza e incluso le traía un obsequio. Mis informes eran erróneos.
- No fueron erróneos, -precisó el turco- iban con retraso. Los acontecimientos, a veces, corren más deprisa que el correo.

Phillipe Farrere apuró su bebida y reflexionó un segundo antes de volverse a llevar el frío cristal a los labios. Su rostro reflejaba la tensión de un hombre desolado, no solo por el sacrificio de esas vidas humanas, sino por la suerte que le habría supuesto su nuevo destino.
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