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7 min
Recuerdos de Asia V
Históricos |
09.11.10
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Sinopsis

Los dos mundos. En una ciudad conviven dos clases de personas, apenas coinciden unas y otras, y muchas menos son las veces que se comprenden. Pero ambas terminan por necesitarse, mutuamente.

Ridet Caesar, Pompeius flebit, decían los legionarios de la denominada legión Fulminatrix. César esta vez no debió reír, pero Pompeyo lloraba. Los pueblos de Asia, en especial los del Extremo Oriente, no debían estar muy satisfechos con la posición que les había colocado el imperialismo europeo. Los asiáticos despiertos veían en el imperialismo un sistema mediante el cual los asuntos de su propio país eran regidos, sus recursos explotados y su pueblo utilizado en beneficio de unos hombres extranjeros. Entendían el capitalismo como un sistema absentista, por el cual los muelles o sus fábricas que tenían ante sus ojos, y en las que solían trabajar, pertenecían a unos propietarios que se hallaban a miles de kilómetros. Entendían la constante amenaza de que una civilización ajena devorase sus antiguas culturas, o la molestia de tener que aprender un idioma europeo. Y entendían las actitudes de superioridad, la conciencia de raza exhibida y que variasen entre el desprecio y la condescendencia. Para ellos, el imperialismo significaba los clubs de gentleman de Calcuta, en los que no admitían ningún indio, o los hoteles de Shanghai, de los que se excluía adecuadamente a los chinos. Eso determinaba dos mundos que siempre se veían pero no congeniaban nunca.

Los de una ciudad como Tokio verían pasar a mucha gente, a cientos y distintos todos ellos de un día a otro. Un campesino, por ejemplo, desconocería ese placer al verse siempre rodeado por los mismos vecinos, pero no por ello sentías más compañía. En una gran ciudad, verías un trasiego interminable, pero unos y otros eran tan inaccesibles como sería comprender el pensamiento de unas aves en su migración, por parte del campesino. Sólo a veces, los dos mundos de la ciudad se daban a conocer.

La Catedral era de esos lugares idóneos, en donde las dos clases de gente que no se relacionaban nunca, congeniaban aunque por poco tiempo. La chica llamada Victoria se habría hecho mujer en esos lugares y llegó incluso a enfrentarse a uno de esos hombres arrogantes, su mayor temor, un extranjero que respondía al nombre de Alberto Rochet. Esa perspectiva le llenaba de coraje, pero también de pesar porque mucho se temía, y con razón, que habría de volver a aquellas circunstancias, alguna que otra vez. A diferencia de ella, que cualquier giro de su destino hacía proceder dolor o felicidad auténticos, la vida de la otra estirpe se resumía en una fórmula de impasibilidad: no habrían gozado ni sufrido de verdad. Ni penas ni alegrías, sólo placeres y contrariedades.

Eso mismo que pensaba de Rochet, observó en otros muchos extranjeros, por ejemplo en la Señora Pollant.

- Hoy es sábado, ya está aquí la Señora Pollant.

Quién fuese la esposa del embajador, se distraía con la mayor diligencia en hacer obras de caridad, protegiendo a las mujercillas que habitaban en La Catedral. E incluso dedicaba un día, siempre el sábado, a aquellas “amistades”. Contaba con el respaldo de una inmensa fortuna y distraía sus ratos de ocio cultivando sin el menor provecho el arte culinario. Toda una ironía, cuando estuvo casada con el Señor Pollant, ni frió un huevo; y cuando enviudó se preocupó de esa afición, de la que se sentía orgullosa y por supuesto, haciéndolo sin interés: nada podría salir comestible de esas manos. También tenía su gracia cuando se refería a ella misma como una estatua de mármol, bella, pero al intentar averiguar el aspecto de aquella estatua, no se conseguía sacar nada en limpio, salvo que era vieja como una parca. Y de vez en cuando reía, emitiendo una corriente de hálito jocoso.

De La Catedral nadie como la dueña, Otake San, sabría lo importante para una mujer como ella el relacionar ambos mundos, la sociedad que trabajaba por el día y aquella que salía de noche y que siempre parecía estar feliz. Otake San, con sus reservas, apreciaba a la Señora Pollant porque precisamente fue quien le presentó a aquel hombre de quien estaba perdidamente enamorada. Se llamaba Phillipe Farrere, aunque sólo en dos ocasiones Victoria recordaba haberlo oído, pero al hablar de él maravillas, al hacerlo con tanta pasión, ella misma se sintió enamorada.

Todavía sería una pequeñaja, seducida por la curiosidad -sobre todo, aquella impetuosa propia de la juventud- cuando quiso descubrir una parte prohibida de La Catedral. Se trataba de una puerta de doble hoja, en eso no habría distingo con cualquier otra, pero se abría a los aposentos de la dueña y Otake San era reservaba en esos menesteres. No sabría decir por qué se decidió a entrar; ya al llegar se había dado cuenta de que la puerta no estaba cerrada con llave. Victoria corrió la puerta y lo primero que encontró fue a la ama, observándose en un espejo, aunque con una sonrisa desdeñosa. En sus diez dedos un sorprendente arsenal de sortijas, formaban las dos manos más hermosas que pudiera imaginarse. Se atrevió a tocar uno de los anillos.

- ¿Te gusta? – Preguntó Otake San- ¿Y esto?

“Esto” era una cadena de oro, pesada como unos grilletes; y la mujer había hecho una mueca de indiferencia, al observar la atención que ponía la joven. Como parte de su esencia japonesa desconocía el placer de cargar con tanta baratija en el cuerpo, lo veía incomprensible, una innecesaria exhibición de lujo. A ella le gustaban más las cosas moderadas, sutiles, pero en definitiva, se trataba de un regalo y como tal debía contentar a su dador.

Esa había sido la primera vez que supo de aquel extranjero seductor; la última, apenas unas semanas. En esa ocasión se había producido una transformación en su carácter como sería el día de la noche. Ya no era el amante deseado, ese hombre del que se sentía perdidamente enamorada. Desde hacía unos días no había sabido noticias suyas y como sucedía a cierto tipo de aves, como el pardillo, al abandono del macho, en la hembra sólo cabría dejarse morir. Temía que no pudiera esperar nada de él, ahora incluso sentía que ya ni siquiera le querría para nada. Su músculo que llamaba corazón se iba derritiendo y su cuerpo lo tenía tan débil, que veía pronto el momento de desfallecer. Llegó a tal su desesperación que clausuró La Catedral y quedó con la compañía de algunas de las chicas, fieles amigas. Con el tiempo, le entristeció ver aquel lugar tan vacío; y cómo le era imposible permanecer sentada ni siquiera un momento más, sintió la necesidad de hacer algo, moverse. Inútilmente, la enfermedad le devoraba en su carne y en el espíritu.

No fueron pocos los intentos por encontrarle en la ciudad, Sanhei y Victoria pidieron poder entrevistarse una y otra vez en la embajada, pero nunca podía recibirle. Siempre ocurría que aquel hombre, Phillipe Farrere, o había salido o no se encontraba bien. Dejaron notas, de las que nunca recibirían respuestas. Hasta que un día supieron por un joven, a quien habían seducido, de su nuevo destino en Turquía. Victoria estaría dispuesta a todo, a seguirle, si fuera necesario por persuadirle a permanecer al lado de aquella mujer que desfallecía sin esperanzas. Una vez más, tendría que echarse a la mar en busca de nuevos horizontes.
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  • Magnífico el primer párrafo. Una pequeña crónica y una gran muestra del calado histórico que introduce su hálito de verdad a la evolución significativa y reveladora de cuanto te dispones a contarnos. Los personajes se incorporan nuevamente a los esquemas más acordes de la novelística, y da comienzo una rigurosa composición de caracteres: señora Pollant, Phillipe Farrere, y por supuesto Otake San y Victoria que ya adquieren esa entidad de columna vertebral que, por lo menos, dominan este capítulo V. Uff, amigo Gonzalo, menuda interpretación del texto que te he endilgado. Pero es lo que cuenta en una buena trama: la construcción de personajes, el punto de vista, y el gran papel de la descripción física y ambiental. Todo va muy bien encaminado, me gusta y ya me callo. Un abrazote grande y buenas noches- stavros
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    Los dos mundos. En una ciudad conviven dos clases de personas, apenas coinciden unas y otras, y muchas menos son las veces que se comprenden. Pero ambas terminan por necesitarse, mutuamente.

    Esta pequeña entrega es un imprevisto, se aparta de la historia, para hacer tiempo y dedicarme a revisar la rigurosidad histórica del resto. Se lo dedico, por tanto, a Lázaro y espero que -como esta bagatela- sepa tomárselo con humor. Una forma de observar el optimismo y la autoestima, que en los tiempos que corren seguro que sigue teniendo su vigencia. Un saludo a todos.

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