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7 min
Recuerdos de Asia VI
Históricos |
20.11.10
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Sinopsis

En este viaje de Tokio a Turquía, conoceremos a nuevos protagonistas. Es como esas historias que cuentan un misma trama, desde el punto de visto de más de un personaje.

- La gaviota que habita en las proximidades, aprueba con su vuelo este lugar de seductora leyenda. No hay roca, acantilado o precipicio, donde esta ave no haya dejado su nido, donde se siente observado y presida desde el cielo, el mar.

Quien hablaba de esa forma tan poética, casi shakesperiana, no era otro que Cinqualbre, de una viaje ralea de marineros, que entendía el mar como un oficio en las puertas de su desaparición. El Ville de France, una goleta de velacho de tres palos, seguía siendo todo un símbolo de la Francia colonial de Asia. Uno de muchos de los que aún se resistían a desaparecer; incluso cuando el inicio del vapor parecía condenar a la vela, a una época y a un arte de la mar. Su timonel todavía se sentiría, de veras, el señor de las aguas, desde aquel puente que bailaba al son de las olas. Sus manos dirigían un timón que hacía volar al barco sobre la superficie de un mar que a cada minuto parecía más claro. En El Ville de France era quien actuaba con celo y fidelidad, porque el capitán tenía como costumbre intervenir poco en las tareas domésticas. Los deberes del patrón eran prácticamente imperceptibles, apenas intervenía en la rutina y su buen hacer. Pero de sus expresiones secas, sus palabras y sobre todo de sus accesos de iras, nacía la forma de ser de Cinqualbre, el timonel.

- ¡Qué Poseidón y sus tritones me lleven! ¡Mal rayo me parta!

En su lecho improvisado, se despertaba Maurice, derrengado, con los párpados pesados. Experimentaba un sentimiento de ignorancia, cuando se deslizaba el barco sobre un mar tranquilo y se perdía la noción de las cosas. Había que salir al puente para encontrar en la fuerza del viento este sentido perdido.

- Truhán, menudo grumete nos ha traído la brisa. ¡Arriba, truhán! Pero aquí, te enderezaremos, vaya que si te enderezaremos, más recto que el palo mayor, si no quieres que te pasemos por la quilla.

En París, Maurice, iba y venía sin un franco en los bolsillos, mientas que su hermano, siempre con su nombre acompañado de las tres palabras magna cum laudem. Cuando regresaba a casa, veía cómo todo seguía igual, su padre recibiéndolo con una bienvenida poco amistosa. ¿Libros? ¿No estaría cansado de ellos? ¿Estaría dispuesto a emprender un trabajo serio? Se aventuró a acudir a una demanda aparecida en un periódico: “Se desea joven para vender Biblias a domicilio”. A fin de cuentas, serían libros. Respondió al anuncio y recibió un paquete de Biblias. Y no sabría decir porqué, pero sólo consiguió vender un ejemplar. Maurice debía saber que para ese oficio había que contar con algún tipo de dotes y había demostrado que no existía nadie menos capacitado para vendedor que él. Imagínense a un tipo que llegaba a una casa con timidez. Le abriría la puerta, un rudo analfabeto de pueblo o una robusta mujer, a quien se la halla apartado de sus sartenes, para encontrarse con un chico tímido, tendiéndole un libro y articulando con dificultad. “Señora, vendo Biblias”.

De este modo, llegaba a casa, sin un franco en los bolsillos. Y nuevamente, su padre le recibía con una bienvenida poco amistosa.

- ¿Es que crees que este mundo se hizo solo? Mañana mismo quiero que estés haciendo algo de provecho o vas a enrolarte en algún barco, rumbo a Asia.

Así, recaló Maurice en El Ville de France.

A la noche, veía la bóveda y sus constelaciones, los tímpanos vibrarían con el chapoteo del agua sobre la enorme panza del barco y el rostro sentiría la fresca brisa del mar pasando entre sus cabellos. A la mañana, la goleta bullía de vida en cubierta y nunca cesaba la actividad; siempre había algo que hacer a bordo. Pero fue en su segunda jornada de travesía cuando divisó un ángel entre la tripulación, una joven alta y esbelta, de un modo tan extraordinario que parecía una actriz de la capital. El no las conocía, por supuesto, pero siempre había que las actrices de la capital “eran las mujeres más bellas del mundo”.

Ese día iba de negro, un vestido negro con adornos sencillos en los puños, en el cuello y un los vuelos del vestido. Solía pasearse por cubierta, no a mucha distancia de él, pero para una mujer como ella, alguien como Maurice hubiera pasado inadvertido. Eso sí, la seguía con la mirada todo el tiempo e incluso la siguió hasta su camarote. Había un gran espejo, la joven miraba su imagen y se atusaba el cabello, cuando reparó en unos ojillos que le espiaban desde la puerta entreabierta. Ella se mordisqueó el labio, con una sonrisa, y le llamó.

- Ven, ayúdame, que yo sola no puedo. ¿Puedes desabrocharme el vestido?

Así hizo, aunque tímidamente.

- Dame tu opinión, ¿te gusto?, ¿te resulto… hermosa?

Maurice se ruborizó y ella se rió con fuerza.

- Muchacho, no tienes porque ruborizarte, no tiene nada de malo esa pregunta.

Era realmente hermosa, con los ojillos adorables, el cuerpo elegante y su aire exótico. Era todo eso y mucho más, pero él no podía decírselo. Un silencio largo, larguísimo, presidió esa escena íntima entre ellos dos, cuando una voz tronó a su espalda.

- ¡Victoria!

Sucedería a cuantos no estaban seguros de sí mismo: la propia timidez le obligaría a ir demasiado lejos. Eso no sucedió a Maurice. De hecho, le envolvió una ligera inquietud cuando vio un hombre abrirse paso por la puerta Muy corpulento, casi hercúleo, éste podría resultar una de las personas más versadas en el boxeo. Mudo, el muchacho se inclinó por hacer mutis de la escena, entrándole –de pronto- un gran sentido de la responsabilidad.

- ¡Uf! Creo que el señor Cinqualbre me llama al puente, parece que sin mí, este barco no funciona. Nos vemos, señorita.

Ya no volvió a verla más, parecía cómo si las aguas la hubieran tragado o se hubiese encerrado en su camarote, durante el resto de la travesía. Al menos, hasta la última mañana del viaje. Llegábamos a tierra, pero no era Constantinopla, ni el Bósforo. ¿Sería posible? No era preciso saber mucho de geografía para haberlos reconocido. Virando hacia estribor, el Ville de France describía el mar una lenta curva turquesa. Después de pasar la punta de un fuerte, la goleta se detuvo. Se balanceaba suavemente, a impulsos de la brisa, en el centro de la bahía. En aquel momento, algunos pasajeros empezaron a ocupar el puente, apretujados contra la húmeda balaustrada de madera para aguardar expectantes una explicación.

Maurice divisó a aquella joven, Victoria, ente la multitud; ella y el hombre que la iba acompañando, descendieron por una escalera cuyos últimos escalones estaban bañados por el agua. Había una especie de bote, que tenía en la popa un dosel de terciopelo violeta con unos bancos cubiertos con gualdrapas, también de terciopelo. Doce remeros, con casacas, estaban en su sitio. La embarcación, pronto, se perdería entre la niebla que se elevaba sobre las aguas del mar.
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