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6 min
Recuerdos de Asia VIII
Históricos |
29.11.10
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Sinopsis

Viajamos a Turquía de finales del XIX para acompañar a nuestros personajes por este pequeño periplo.

El konak, la casa del bajá Ammam, se abría en una explanada rodeada por tres sitios por los jardines y limitando en el cuarto, por el mar. El vestíbulo acogía a un trasiego de personalidades y a una nube de servidores, unas jovencitas de uniforme encarnado y oro recibían a las visitas y las conducía a un gran salón, el verdadero corazón del palacio, que se comunicaba tanto con el Selamkin, o sea el pabellón particular del bajá, como con el harén; aquel era el Mebayin, el salón de los embajadores.

Sin embargo, la atención del narrador nos llevaba a visitar las habitaciones recogidas en la intimidad de unas mujeres. Una enorme habitación aparecía casi a oscuras, iluminada tan sola por una lámpara de cobre y cristal, similar a una lamparilla de sagrario. Allí, Victoria podía sentirse como su primer día en La Catedral, todo lo encontraba extraño y distante. Pero en ella, también habría quien la ayudase; allí sería Mahdira, la jefa en el Harén del sultán.

- Tendrás que ponerte esto – se refería a una especie de tcharchaf, con velo, que las mujeres turcas conocían como yachnak- una recién llegada no debe intentar llamar demasiado la atención. Tus compañeras no lo perdonarían. Entre nosotras, como en todo en esta vida, hay grados. Una recién llegada es la guezde; cuando seas admitida por lo menos una vez en la alcoba particular, te convertirás en ikbal; y, en fin, se llaman kadinas a las favoritas con las que el bajá pretende tener descendencia. Es la esperanza de toda mujer que entra aquí. Se supone que la sultana es en quien reside la decisión de admitir a una nueva mujer en el harén, pero aquí se sabe -desde la propia sultana a la última odalisca- que el bajá dispone de nosotras a su leal saber y entender. O el de Kemal Sahib, el gran eunuco, la última instancia, de hecho, la única instancia, en esta decisión.
- ¿Quién?
- Creo que le conoces como Sepharian, pero antes, mucho antes, era el gran eunuco del harén. Luego se fue y…

Un aire de nostalgia había en su voz.

- Hola, Mahdira. ¡Cuánto tiempo!

Sepharian, Kemal Sahib, o cómo se llamase realmente, llegó a la habitación y saludó a aquella mujer que estuvo introducido a Victoria en ese mundo tan particular. Ella al verle, le devolvió el saludo con un bofetón, por esa rabia suya contenida, y estalló en lágrimas. Pero se obligó a dejar de llorar, no quería que las demás la vieran llorando, sería una actitud impropia para una mujer como ella.

Mientras esto sucedía con nuestros protagonistas, no muy lejos de allí, tras unos pasillos –hoy, bastante ajetreados- del palacio, volvíamos los pasos hacia el Mebayin, el salón de los embajadores. En una recepción al más puro estilo británico, Phillipe Farrere se sentiría como en casa por sus gustos ingleses tanto en sus costumbres como en su indumentaria.

- Un francés creyéndose ser inglés, sois ustedes raros los occidentales.
- Siento aprecio por sus costumbres. El cricket, el whisky y sus poetas. “Belleza bajo la noche”.
- “Camina bella, como la noche”. Será que Lord Byron no suena igual en los labios de un occidental que de un hombre turco.

Su interlocutor en la conversación, Diarkedir Ylhiz, effendi, era un empleado en la casa del sultán, que le había introducido en la corte turca y quién le presentó al bajá Amman y a su esposa Katbe. Farrere vio en esa circunstancia sacar beneficio a esos dieciocho meses en Turquía, mientras que el sultán creyó poner en práctica el proyecto de visitar Francia, a esa Francia que su esposa no había visto aún.

Y si Phillipe Farrere era un francés, que parecería inglés, otro de los que conocería esa noche, sería un alemán, aunque con la facha de un sudamericano. Una situación un tanto extraña, que sólo podría explicarse por el espíritu eminentemente viajero del cuerpo diplomático. Pero allí estaba, con una fisonomía parecida a la de Bolívar, popularizado por docenas de retratos. El mismo rostro de color mate, la misma cabellera espesa y negra, y unas patillas rizadas, un detalle no casual para parecerse aún más al Libertador. Sólo que este, hablaría alemán.

- Sprechen Sie deusth?
(¿Hablas alemán?)
- Ob ich deusth spreche? – Phillipe, le miraba algo desconcertado- Ja. Warum? (¿Qué si hablo alemán? Sí. ¿Por qué?)

Fritz Speer, el corpulento embajador alemán, se había presentado con una copa en cada mano.

- Tenga la bondad de alabar los méritos de estas truchas y del stengha.

Como nadie debería ignorar, un stengha era un vaso lleno con la mitad de whisky y la otra mitad de soda. Y la trucha a la que Fritz se refería, se trataba de un plato acompañado de vegetables, preparado según las rígidas recetas de la cocina británica.

Phillipe se había acercado a la mesa, alejándose de los miembros del cuerpo diplomático de otras naciones y empezó a degustar el menú, atendiendo a lo que oía entre ellos.

- Permíteme decirle que no estoy completamente de acuerdo con usted.
- Atención, - interrumpió, Speer con un chasquido de los dedos para avisar al camarero- la copa de la derecha del señor está vacía.
- ¿La guerra, dice usted? – Continuó Phillipe.- La guerra no arregla nunca las cosas. Mire usted el daño que ha hecho para los territorios, que dice haber vencido.
- Pero todo es reparable. En la próxima guerra marcharemos de la mano. Ustedes y nosotros nos encargaremos, gracias a nuestros cañones y a vuestra libra, de devolverle a la guerra su sentido del pudor.
- Si nos refiriésemos a la trucha, ésta no observaría sentido del pudor ni reparación alguna tras el hecho de habérnosla comido, por mucho que usted haya dado una gran satisfacción de ella.
- Ustedes los ingleses y su flema. – El alemán entornó el gesto, ofendido.
- ¡Ni esto es flema, ni yo soy inglés – Phillipe se terminó levantando, apoyando sus dos manos en la mesa - soy francés!
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  • ¿El konak- casa del bajá- será el "vonak" que indicaste en el capítulo VIIr -cuyo significado desconocía- y en cuya acepción probablemente te traicionó la tecla, jeje, y pusiste "v" por "k"? Bueno, amigo Gonzalo, duda aclarada. En cuanto a la narración, muy pero que muy cuidada, veo y leo (celebro y aprendo) que trazas bosquejos informativos definidos a la perfección y atractivamente exóticos en cuanto se refiere a ese mundo casi mágico del "ensueño turco" (yo casi lo veo en technicolor, con actores y actrices de la Metro). Me encanta y me parece, además de atractivo, muy ameno. Después nos regalas una evocación muy naturalista, de buen bouquet, pero, como tú indicas, "del más puro estilo inglés", con sabores literarios muy variados y que nos retrotraen a esos recuerdos novelísticos tan estupendos de Kipling, E.M.Forster, y hasta un poquito a Agatha Christie cuando Philipe indica que no es inglés sino francés, y que a mí me ha traído a la memoria a Mr. Hércules Poirot cuando le llamaban francés, y él se cabreaba indicado: "Mais non, madames et monsieurs, je suis belge!"... Bien, estupendo capítulo, descriptivamente impecable, y... hasta el próximo. Un abrazo y buenas noches, amigo.
  • ¿Quién es el cazador y quién, la presa?

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    Viajamos a Turquía de finales del XIX para acompañar a nuestros personajes por este pequeño periplo.

    Seguramente tengamos todos nuestros héroes más o menos preferidos, no tienen porque ser cinematográficos, ni imaginarios. Nuestra cotidianidad nos dan héroes que resultan anónimos, ahora sobre todo que ese personaje está tan desmitificado. A mí me gustan los héroes de siempre, los que luchan contra adversidades casi insalvalbles o los que salen de la realidad. Y estos son algunos de los momentos que me han llamado más la atención de los cinematográficos.

    En este viaje de Tokio a Turquía, conoceremos a nuevos protagonistas. Es como esas historias que cuentan un misma trama, desde el punto de visto de más de un personaje.

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    Los dos mundos. En una ciudad conviven dos clases de personas, apenas coinciden unas y otras, y muchas menos son las veces que se comprenden. Pero ambas terminan por necesitarse, mutuamente.

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