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12 min
Refugio
Terror |
19.05.13
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Sinopsis

Un indigente camina desesperado en medio de la noche hostil y glacial de un país ajeno. La puerta misteriosamente abierta de un garaje parece ser su salvación. Pero alguien, o algo, ha encontrado refugio allí antes que él.

REFUGIO (Valencia, 25-29 enero 2013)

 

Hace frío. No como el de los febreros allá en casa. Sino un frío atroz que se te agarra al alma. Un frío a dentelladas que hambriento te cala los huesos. Hace el frío de quien tiene hambre.

Recorres la crujiente capa de nieve a pisadas furiosas, calle arriba. Calle abajo sacudes los brazos contra los costados. Tratas de entrar en calor, de ganarle una partida imposible a la noche de invierno. Las estrellas sobre este país ajeno te observan y ríen. Como vienen haciendo tantos desde que aterrizaste, ilusionado.

Calle arriba el vaho huye de tus pulmones ateridos. Recuerdas el último arrugado cigarrillo. Y que nadie, ni nada, permanece largo tiempo junto a un estómago vacío. Calle abajo no hay un portal ni un banco donde refugiarse. Cruel paradoja, piensas, quienes a tantos despojaron de sus techos, siquiera ofrezcan a cambio el indigno cobijo de un cajero automático. La noche al raso significa morirse. Reconocer la derrota en un juego en el que nunca aceptaste participar. Y, sin embargo… ¿Cuántos como tú?

LA GENERACIÓN MEJOR PREPARADA DE LA HISTORIA. Un eslogan más, vacío como todos. Y cómo se les llenaba la boca a costa de vuestros años de estudio callado. Cómo se llenaron los bolsillos mientras tanto. ¿Cuántos moriréis congelados esta noche y en las noches sucesivas? Rajados. Desgarrados de hambre. Peor, infinitamente peor: suicidados. No os prepararon para esto. Erais la élite de la sociedad occidental futura. Tantos años formándote. Y has acabado vendiendo sopa en una tierra extraña. Un país hostil, a ti y a miles como tú. Donde se habla una lengua que no incluyeron entre las muchas que consideraron imprescindible aprendierais. Hoy día sí. Hoy día, allá en casa, es la lengua del futuro. Proliferan las academias. Podrán exportar vendedores de sopa con conocimiento fehaciente de los ingredientes que la componen.

Un gato cruza la calzada a toda prisa, escaldado de frío. Se detiene frente a la puerta del garaje de un edificio de apartamentos. Abierta. Pero no ha pasado un solo coche en horas, no que tu recuerdes. ¿Qué importa eso? Esa puerta abierta es el billete a un día más de esta vida miserable. No estarás entre los que escapen de la penuria por la rápida vía del suicidio, te falta el valor.

El gato te mira con fijeza, inmóvil ante el providencial refugio que se os ofrece.

Ven.

El garaje ocupa el sótano de un bloque de pisos de protección oficial. Esos el derecho de cuya compra nunca se te concederá. Una amplia sala recorrida por dos hileras de pilares maestros, tres cada una. El blanco de las paredes sucio de humedad. El alumbrado mortecino de unos cuantos tubos fluorescentes. Al fondo parpadea uno, próximo a la extinción. Apenas media docena de coches. Un astra del 98 como el que conducías en casa, otro del 2010 exacto al de tu padre.

El gato se ha encaramado al techo de un viejo passat. Es una gata preñada, gorda como una piñata. Te observa, orgullosa de su ágil proeza. Te alegras de tener compañía. Son ya muchas las noches solo. Cuando te quedaste sin las sopas no tardó en abandonarte. Pronto vino el desahucio. Y se esfumaron todos. A poquitos, al principio. Pequeñas excusas. Silencios luego, y por último NO. Nadie, nada. Ella y todos. Probablemente sea eso mismo lo más duro de la miseria: lo solo que ha de acarrearla uno.

Te despojas de los gruesos guantes chamuscados de colillas apuradas hasta el filtro. Y de los tres pares de calcetines, todos los que te quedan. Rezando no sabes bien a qué, o a quién, para que no haya congelación. Manos y pies duelen, atravesados por decenas de agujas heladas. Los has visto de mejor color: durante tus veranos infantiles, recuerdas, en la playa con tus padres y tu hermana. Pero no se han congelado. Conservarás tus veinte dedos de negras uñas rotas, aún habiendo perdido todo lo demás.

Un estruendo mecánico te hace regresar de tus tribulaciones. El quejido reumático de la puerta del garaje poniéndose en marcha. Te yergues de un salto. Corres hasta la base de la rampa de salida, a tiempo de ver como la puerta acaba justo de cerrarse. Automática, programada para permanecer abierta un minuto, dos a lo sumo. Y de nuevo el silencio de plomo, mecanografiado por el titilar moribundo del tubo del fondo.

Te frotas las manos. Y los pies. Crees sentir como cada gota de sangre vuelve a circular por ellos, alcanzando trabajosamente la punta inerte del dedo gordo.

Te ovillas como la gata. Tratas de descabezar un sueño que hace días, semanas, se te niega.

Duerme. Sueña.  

Imágenes terribles inquietan tu sueño. Muerta tu desfigurada familia, apenas reconocibles. Por su alianza tu padre. Por la tobillera barata y un lunar peculiar tu hermana. El análisis de la dentadura permitió identificar a tu madre. Las fotografías del accidente. Su retorcida morada última, el bonito coche de tu padre que tanto respeto os inspiraba conducir, a tu hermana y a ti, por si lo rascabais. Un amasijo, informe como ellos. Admirable labor de encaje, la recuperación de los cadáveres. El que fuera apacible rostro, tranquilizador en noches como ésta, sorprendido para siempre en una mueca de horror. Pulverizado después. Siquiera un rastro de humanidad. La carne tumefacta, desgarrada por cientos de huesos astillados, deja asomar el recuerdo grisáceo de lo que fueran órganos en buen, aún joven funcionamiento. Sus postreros gritos te traspasan como un rayo iracundo, y se mezclan con el tuyo al despertar.

Tratas de ubicarte, desorientado tras el abrupto aborto del sueño vuelto pesadilla. El boqueo entrecortado expulsa un vaho espeso que denota el notable descenso de la temperatura aquí dentro. Das un largo trago buscando entonarte. Tu padre te trajo esa petaca al regreso de uno de sus viajes. El hermoso cromado ennegrecido por el uso, especialmente intenso los últimos meses. El whisky barato golpea tu garganta. Pero no consigue amainar el lacerante dolor del recuerdo. Tampoco caldear el flujo helado que parece recorrer todos tus vasos, de la carótida al capilar más intrascendente ¿Más frío aquí que fuera? Imposible, piensas. Bebes de nuevo. La gata te observa impasible, ajena a tu dolor. Ajena al frío que te devora y a la soledad que te oprime el pecho. Imposible, te dices.

De vuelta en casa el tiempo estrictamente necesario para enterrarlos. Día y medio alejado del mostrador de alimentos eco-amistosos. A tu regreso estabas despedido. Hay muchos, demasiados, dispuestos a mayores sacrificios que tú. Sin subsidio por desempleo, triquiñuelas contractuales. Tras siglo y medio de lucha, tantos muertos y tantas lágrimas, sepultar a tu familia evidencia una actitud escasamente profesional.

Se apagan las luces, salvo el pálido tartamudeo al fondo. Automáticas como la puerta. Te preguntas cuánto rato habrás dormido. No tienes reloj. Ni móvil. Todavía tienes tu vida, aunque no vale gran cosa. Ni prevés conservarla mucho tiempo. No te equivocas. En resumidas cuentas…

No tienes nada.  

Te diriges a la base de la rampa de salida. Tal vez, a través de alguna rendija en el marco de la puerta, un tímido rayo de luz delate la salida del sol. Al pasar junto a un coche, en tu tanteo inseguro crees haber percibido calor emanando del capó. Imaginaciones, te insistes. Nadie ha entrado ni salido desde tu llegada. Tampoco mientras dormías tu sueño atroz. Te habrías despertado, estás seguro.

Ni un átomo de luz escapa al sello de la puerta. Fuera pudiera ser el más radiante mediodía y no tendrías constancia. Incluso estar el mundo llegando a su fin. No aquí dentro.

Lo cierto es que, permíteme añadir, nunca volverás a ver la luz del sol.

Te vuelves muy lentamente, preguntándote de dónde procede el anuncio terrible. Porque en el silencio helado de este sótano, entrecortado apenas por tu temeroso jadeo borracho y por el irreductible tintineo fluorescente, acabas de oírlo. No crees haber oído la voz, esa voz que hace meses acompaña tus sueños como un narrador cruel. No. Esta vez has escuchado su eco, hondo como el mal de mil generaciones. Resonando en las paredes del garaje, una voz familiar como la conciencia propia ha aparecido tras cada pilar y cada coche. Tan familiar… tanto que crees enloquecer. Tu padre. También tu madre y tu hermana. No sucesivamente, sino al tiempo. Y tú, también eres tú. Y alguien, o algo mucho más antiguo que vosotros y tus abuelos, que todos tus antepasados.

El verbo pavoroso de aquello que es más antiguo que el mundo.

Yo.

Buscas la cantimplora desesperado, escarbando en cada bolsillo del remendado plumífero. Te resistes a aceptar lo indiscutible. Porque nada hay indubitable más que la presencia invicta del mal. Y se te ha concedido el privilegio inédito de encararlo, al Mal en sí. Y el de dialogar con Él.

Conmigo.

Tus manos convulsas dejan caer la petaca que fuera bella. El estruendo metálico con que rebota y se pierde bajo uno de los astras parece traerte de vuelta a la realidad por unos segundos. Quién anda ahí, preguntas. Quién anda ahí, esperaba mucho más de ti, alguien que se precia de tener carrera y masters. Quién anda ahí, repites. Qué pobre reacción, le venta de sopas hizo de ti un mediocre más. Ciertamente resultas digno de regir los destinos de un país, el tuyo por ejemplo.

Intentas serenarte, recobrar un aliento que, en tu fuero interno sabes, recién se ha marchado para siempre. Porque ya no es tuyo sino mío. Apoyas las manos en al capó más próximo. El hedor de tu propia piel abrasada inunda tus fosas nasales sin que sientas dolor alguno. Congeladas hasta los codos, hace rato que escaparon de tu agonía. Al despegarte trabajosamente de la plancha al rojo comprendes la torpeza indomeñable que te ha llevado a perder la preciada petaca. Tampoco adviertes los charcos de sangre sobre los que caminas. Ese flujo perezoso que hace pocas horas te esforzabas en activar riega ahora un piso hecho de cientos de cristales rotos. Los afilados dientes de horribles bestias sin nombre desgarran tus pies indiferentes de frío.

Por un instante alcanzas a preguntarte qué ha sido de la gata. Tras siglos de convivencia fecunda algunos de vuestros procesos mentales continúan sorprendiéndome. Para tu información, la gata corrió a esconderse tras el pilar más alejado, y desde allí sus ojos hechos a la oscuridad admiran curiosos el espectáculo dantesco.

Espeluznantes imágenes abarrotan tu mente devastada. Y la voz. Esa voz. El aullido de millardos de almas cautivas reducidas a la nada absoluta.

En tu mano desollada está poner fin al tormento. No a éste tormento, la turbación de tu razón no te impide intuir que el daño con que se te honra durará lo que el tiempo. Pero sí se te concede la gracia de terminar con la tortura que es la vida miserable en que te habías embarcado. Porque, no vayas a hacerte ilusiones, las cosas no podían sino empeorar ¿Qué trabajo va a ofrecerle nadie a un indigente que hiede a derrota y a whisky de supermercado? Ni siquiera tienes el modo de regresar a casa a hacerte cargo de tu magra herencia. Sabes bien como acabaría todo. Congelado en cualquier portal. Degollado en algún parque, si sobrevives al invierno.

Ten la pequeña grandeza de mirar al Mal a los ojos. No seas desagradecido como tantos de tu raza.

Te resistes. Lo que confundes con un flaco resto de orgullo no es más que el pavor tan humano a enfrentar aquello que tu acotada mente no concibe. Bajo el moroso parpadeo fluorescente se te revela una verdad maligna que excede toda noción. La visión de la realidad innominable abruma tus sentidos trastornados.

Oh, vamos ¿No crees que arrancarte los ojos está muy visto? Además, la operación no es tan sencilla como se os miente en las películas. Mucho menos si piensas proceder con esas embotadas manos descarnadas. Verme te supera, dilo sin más. Ruega por la confortable oscuridad.

Silenciado el vacilante foco, el aullido horrísono con que vomitas tu alma se diluye entre los tantísimos otros de que se hace vuestro más fiel acompañante. Nadie lo hubiese oído, de todos modos.

La mamá gata lame amorosa a los monstruosos cachorros de su camada aberrante. Los amamanta feliz, aún a sabiendas de que pocas horas más tarde la habrán devorado hasta los huesos.

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