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26 min
Regreso al pasado. ( Segunda Parte).
Suspense |
18.01.14
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Sinopsis

José Villamañe, maestro de Primaria por tierras asturianas de los Oscos, continúa su recorrido por el palacio del Valledor en Castropol. Cada rincón del viejo caserón le trae a la memoria un torrente de recuerdos, y a cada paso tropieza con la inexorable, dolorosa e implacable huella del paso del tiempo.

~~Volvió a tentar la puerta cerrada que conducía a las habitaciones del piso inferior. Se abrió con un suave chirrido. No se lo esperaba y pegó un traspié. Ignorando los temores de hace un momento, atravesó un corto pasillo y comenzó a descender un empinado tramo de escaleras, con la Sony por delante, grabando sin interrupción. Al llegar al descansillo, se paró y tomó un plano fijo de la enorme habitación. Era la estancia más amplia del palacio con notable diferencia. Se trataba de un barracón de unos 20 metros de largo por 10 de ancho que en su día albergó una treintena de camas litera, de las cuales subsistía el armazón de media docena en buen estado y una decena más desarmadas o rotas. Los armarios metálicos, colocados entre ellas, habían envejecido mejor y apenas si mostraban algún pequeño deterioro.
José Villamañe se conmovió al comprobar que la única cama que conservaba el colchón había sido la suya durante los últimos Cursos. Los más pequeños solían dormir abajo y los mayores en las literas superiores. Su cama estaba situada enfrente de la ventana. Una absurda asociación de ideas le trajo a la memoria el cuento de “Ricitos de Oro”. Se subió a la cama y se tendió cuan largo era. Luego, cerró los ojos y dejó que su mente volara libre retrocediendo en el tiempo. El pantano de la memoria abrió de nuevo sus pesadas compuertas.
Las mañanas de los sábados eran un verdadero placer de dioses, cuando el sol se levantaba, ascendía en el horizonte y bañaba su cabecera. Qué a gusto se estaba en cama a esas horas, cuando no había que madrugar y salir a la fría mañana para asistir a clase en el Colegio del pueblo.
En el año 1972, la selección española de fútbol derrotó a la de Chipre por 7 a 0. La maestra cuidadora que dormía en la pequeña habitación del fondo, salía de cuando en cuando y les iba cantando los goles que todos celebraban con gran júbilo.
El 20 de Noviembre del año 1975, a primeras horas de la mañana, estando aún todos acostados, la joven maestra se situó en medio del pasillo y con semblante serio y compungido les informó de la muerte del Caudillo. Los gritos de alborozo ante la noticia superaron largamente a los del fútbol de tres años atrás, mientras saltaban sobre las camas y se peleaban con las almohadas. No es que los niños se alegraran especialmente de la muerte de Franco, pero el luctuoso suceso suponía una semana extra de vacaciones.
En aquellos tiempos, cuando se celebraba un bautizo, además de los habituales caramelos, los padres y padrinos del bautizado arrojaban pesetas a puñados desde la escalinata de la iglesia sobre la plaza situada entre ésta y el Ayuntamiento. Una jauría de niños y algún adulto, espabilado y con poca vergüenza, libraban singular combate para rebañar aquellas preciosas “rubias”, acuñadas con los dos célebres perfiles del Caudillo, el orondo y el famélico. Alrededor de 10, no había estado mal; por encima de 20, era un apreciable botín, y más de 30 representaba una pequeña fortuna.
Aconteció que un venturoso día, los progenitores del sacramentado se mostraron más generosos que lo que era habitual. Abundaron, así, los apreciables botines y las pequeñas fortunas y, quien más, quien menos, todos se fueron con sus buenas monedas en los bolsillos.
Esa misma noche, estando ya acostados, resultó que algunos de los más afortunados e intrépidos, sintieron la acuciante necesidad de derrochar sus pingües ganancias y no se les ocurrió nada mejor que saltar por la ventana del dormitorio y correr a la tienda del pueblo para cambiar el dinero llovido del cielo por varios kilos de terrenales chucherías. Hay que decir que nuestro protagonista no participó en aquella bacanal temeraria y consumista, librándose así del severo castigo impuesto a los descerebrados excursionistas nocturnos.
El pastel se descubrió cuando uno de los pequeños, no se sabe si por afán  de venganza al no haber participado en el festín recaudatorio o  por simple estupidez, tuvo la feliz idea de acudir donde las maestras y hacerles un pormenorizado relato de los hechos. El simpático soplón infiltrado, llamado Abel, logró que durante los días siguientes apareciera más de un Caín ofreciéndose gustoso a abrirle la cabeza con una quijada de asno. Hace falta ser burro, aliarse así con el enemigo. Y aunque no llegó la sangre al río, lo cierto es que el chivato delator recibió más amenazas de muerte que los testigos protegidos en un juicio contra la Mafia.
Un fuerte golpe procedente del baño, situado a la derecha de la escalera por la que había bajado, lo despertó bruscamente de sus felices ensoñaciones.
Saltó de la litera y, cámara en ristre, avanzó hacia el cuarto de aseo.
Se trataba de un recinto de unos 15 metros cuadrados, con una decena de lavabos adosados a dos de las paredes, cada uno con su espejo correspondiente; tres duchas y tres wáteres en las dos restantes. Constaba de una ventana que se abría hacia el Este y otra, más pequeña, orientada al Norte. La primera era de las pocas que tenía todos sus cristales intactos a pesar de hallarse a dos metros escasos del suelo exterior.
José Villamañe hizo una foto con mano temblorosa. Los espejos lo ponían nervioso. ¿Qué se refleja en ellos cuando nadie los mira? Había leído la frase en algún sitio y le había parecido algo tonta pero ahora lo inquietaba. Aun así, decidió grabarse a sí mismo reflejado en uno de los espejos. Entonces recordó que había acudido hasta allí porque había oído un golpe. Es curioso, pero hace un momento lo había olvidado.
Miró a su alrededor y no encontró nada que pudiera haberlo provocado. A menos que…un momento…
…Abrió la puerta de una de las duchas, situadas tras la mampara central de separación. La boquilla se había desprendido y yacía en el suelo. El cordón de sujeción, anclado a la pared, aun oscilaba levemente.
De repente, José Villamañe sintió un frío intenso. En aquella ducha, hacía más de medio siglo, había recibido su bautismo de hielo. Recién llegado del pueblo, en su primer día en la Escuela Hogar, se topó con sor Carmen, una monja alta y bastante bruta, que, sin darle tiempo a deshacer el equipaje, lo había desnudado y colocado bajo el chorro gélido. Trató desesperadamente de apartarse pero la servidora de Cristo lo sujetaba con mano de hierro. Creyó que se moría allí mismo. No había podido olvidar la traumática experiencia. Se estremeció de nuevo y cerró la puerta de la ducha. 
Se disponía a abandonar el cuarto de aseo cuando captó un leve movimiento dentro de uno de los espejos. Se aproximó con la respiración contenida.
¿Qué reflejan los espejos cuando nadie los mira?
Algo pequeño y oscuro se aproximó por su espalda a una velocidad prodigiosa. Resonó un golpe seco y breve, como un golpe de karate.
José Villamañe se giró y descubrió el mirlo agonizante sobre el alféizar de la ventana.
¿Pero qué demonios les ocurría hoy a los pájaros?, pensó mientras contemplaba el segundo kamikaze alado de la mañana. El animal moribundo lo miraba con ojos suplicantes. Abrió la ventana y percibió un fuerte olor a cadáver.
Antes, al mirar desde el ventanal del comedor, había contado mal. Allí fuera había tres animales. El caballo y el cabrito, amarrados al cerezo y medio muertos de hambre y sed, y un enorme gato negro, muerto del todo, ahorcado en una de las ramas altas.
Allí fuera, en algún sitio, había gente muy mala. Temblando de asco e indignación, recogió el mirlo estrellado y cerró la ventana. Lo depositó cuidadosamente en el cuenco del lavabo, sobre un nido de pañuelos de papel, y fue a recoger la funda que, una vez más, se había dejado olvidada, sobre la cama de su infancia.
Allí estaba, exactamente donde la había depositado, esta vez no hubo sorpresas. Vaya, menos mal, respiró aliviado y también en parte decepcionado. Miró el reloj y se sorprendió del tiempo transcurrido. Llevaba casi tres horas allí dentro. Si hubiera tenido que calcularlo, hubiera dicho que hora y media, dos como mucho. Y ni siquiera había comido. Las tripas protestaron y se acordó de la fila matutina para el rezo del santo rosario. Decidió que ya iba siendo hora de irse. Por hoy, ya había estado bien.
Antes de ascender la escalera, echó un último y fugaz vistazo al cuarto de los baños. El alma se le cayó a los pies. El cuerpo del mirlo yacía tirado en el suelo, en medio del cuarto, bajo la mampara, inmóvil y yerto. El minúsculo bulto azabache destacaba vivamente sobre las pálidas baldosas.
Desde el tramo superior de la escalera, que quedaba oculto a su vista, descendió un sonido de risitas sofocadas y pasos apresurados. Risas agudas y pasos cortos. Ruidos infantiles.
Su corazón se detuvo, saltó y emprendió veloz galope. Se le erizó el vello de los antebrazos, sintió que le faltaba el aire y la boca repentinamente seca. Ascendió un par de escalones y aguzó el oído, escuchando.
Las chicharras seguían cantando, parloteaban los gorriones y el viento gemía en los aleros y a través de los cristales rotos. Aparte de eso, no oyó nada más. Ningún ruido raro ni fuera de lo corriente.
Sin duda, su exacerbada imaginación auditiva le había jugado una mala pasada. Continuó subiendo la escalera con la cámara en posición de REC. Su mano derecha temblaba y tuvo que sujetarla con las dos. Regresó sin mayor novedad al pasillo angular y probó de nuevo con la puerta de la sala de estudio. Tal como esperaba, se abrió sin dificultad.
Dentro, todo estaba, prácticamente, como él lo recordaba. Las mesas de estudio, unas tres docenas, cubiertas con una especie de formica verde, se agrupaban en dos dobles filas a izquierda y derecha, a ambos lados de un amplio pasillo central. Al fondo, delante del ventanal que daba al campo de juego, se hallaba la mesa de la maestra. Desde las oscuras paredes, lo contemplaban un crucifijo de escayola de respetable tamaño y los retratos del Rey y Francisco Franco, custodiando cada uno los mensajes enmarcados de su despedida y toma de posesión, respectivamente.
José Villamañe se acercó a leerlos. En la habitación había poca luz por culpa de la hiedra y las zarzas exploradoras que, cual ladrones furtivos, aprovechaban las grietas del ventanal para penetrar en el interior. Los más osados habían logrado introducirse más de un metro y colgaban flácidos y fantasmales.
Ambos discursos habían sido utilizados por las maestras como castigos constructivos, y muchos internos, especialmente los niños, más díscolos y rebeldes, habían tenido que aprendérselos de memoria. Recordó que el de Juan Carlos era el más temido, bastante más largo y con la letra más pequeña. Lógico, pensó; Franco se encontraba al límite de sus fuerzas, rota y débil la voz aflautada, y después de 4 décadas poco le quedaba por decir. Cual Don Quijote de bolsillo, José recordaba la primera frase: “Españoles, al llegar para mí la hora de rendir la vida ante el Altísimo y comparecer ante su inapelable Juicio, pido a Dios…”
Avanzó hacia el balcón y tiró de las pesadas contraventanas. Las zarzas se resistieron mordiéndole  los brazos. Apoyado en la oxidada baranda de hierro contempló el campo de juegos. Aquí la maleza había crecido mucho más que en el patio de la entrada. Una densa y alborotada alfombra de silvas cubría por completo el terreno de juego, ocultaba los muros y trepaba por el centenario nogal aferrándose a sus ramas escuálidas y enfermas. Los hierros herrumbrosos de la canasta y las porterías volcadas sobresalían en ambos extremos como largos huesos desenterrados y olvidados.
Por primera vez en todo el nostálgico recorrido, se le humedecieron los ojos. Los estragos causados por el inexorable paso del tiempo eran aquí mucho más evidentes. El lúdico recinto se encontraba en un estado desolador, absolutamente irreconocible.
Nada quedaba a la vista de la dura superficie de tierra donde, en las mañanas de los sábados, habían disputado maratonianos partidos de fútbol. Después de dos horas jugando sin interrupción, sobre el rectángulo de 40 por 15, los resultados eran tan abultados que más que de balompié parecían propios de balonmano y algunos, incluso, de baloncesto. En una ocasión, después de terminar, como siempre, sudando a mares, bebió agua fría en el grifo del patio, bajo los soportales, y se quedó mudo. Durante una larga y angustiosa semana, J.V. utilizó un lenguaje peculiar, a medio camino entre traductora para sordomudos y el hombre que susurraba a los caballos. 
Los domingos a última hora de la tarde, aún en tiempos de las monjas, al regreso del habitual paseo hasta la estación del tren donde merendaban pan con chocolate La Cibeles, onzas negras y robustas, solían disputar un partido de fútbol en el que participaban todos, niños y niñas. Competían entre 30 y 40 por equipo con un balón blanco y más duro que un bloque de hormigón. No solían verse muchos desmarques ni balones centrados por alto y nadie tenía muy claro cuál era su equipo. Mientras en los partidos matutinos de los sábados se hinchaba a marcar goles, en los vespertinos dominicales se consideraba afortunado si conseguía contactar un par de veces con aquella especie de bola pintada de león de las Cortes.
El viento seguía soplando con fuerza y las nubes de la anunciada borrasca atlántica comenzaban a desfilar apresuradamente.
Hizo un par de fotos con mano insegura y ánimo decaído. Luego, se retiró del balcón y se sentó en la mesa de la maestra. Respiró hondo y cerró los ojos. 
“Basilio baila boleros y bebe vino de la bota”
“Azucena zurce zapatillas entre las zarzas”
Las inspiradas frases caligráficas irrumpieron con la fuerza de un brioso e indómito corcel. Las letras, grandes y redondas, se perfilaron nítidas, confinadas entre los pautados raíles como un tren enrevesado e infinito. A veces descarrilaba, claro, y se derramaba la regia sangre azul. Bic naranja, Bic cristal, el fino y el normal…
José comenzó a oler a tinta fresca. Abrió los ojos de golpe, esperando ver el fino cuadernillo verde, allí todo era verde, abierto delante de él.
No había nada, por supuesto, sobre la superficie de la mesa, excepto un estilizado ciempiés, sin duda extrañado por tener compañía, que había comenzado a cruzar parsimoniosamente de derecha a izquierda.
Los viernes por la tarde, la mayoría de los niños se marchaban a sus casas. Unos 10 o 15, dependiendo de la semana, se quedaban porque residían lejos, en aquel tiempo todo quedaba lejos. Recorrer 50 o 60 km. era como atravesar el océano. Los padres, labradores, no podían permitirse el lujo de gastar el dinero en taxis. De tal forma, que solo regresaban al hogar paterno en las fechas de vacaciones. José Villamañe era uno de los que se quedaban.
La tarde de los viernes, indefectiblemente, debían escribir una carta a sus padres. Todas, al menos las que él escribía, comenzaban de la misma forma:
 “Queridos padres: Deseando que al recibo de la presente os encontréis bien de salud, yo bien, a Dios gracias, paso a contaros lo que me ha ocurrido esta semana…”
Y terminaban de manera idéntica:
“Y por hoy ya no tengo más que contaros. Deseando veros pronto, se despide vuestro hijo que os quiere y os echa mucho de menos…”
La fecha arriba, la firma abajo, tras los besos y el abrazo, y aquí paz y después gloria. Obligatoriamente, había que escribir una página entera del cuaderno. Ningún problema. Se usa letra caligráfica, grande y estirada como un rico terrateniente, y se rellena con cuatro banalidades cotidianas el angosto espacio sobrante entre los floridos y prolijos párrafos de la presentación y despedida. Claro, pensó José, ¿Qué ibas a poner? Casi nunca les ocurría nada interesante. Las cartas de los viernes, redactadas en esta sala cuando las zarzas invasoras ni siquiera asomaban en la tierra, eran una especie de crónica, rutinaria y aburrida.
Exhaló un hastiado suspiro, se levantó y se dirigió hacia el armario empotrado. Consiguió abrirlo tras denodados esfuerzos, que fueron sobradamente recompensados con el descubrimiento de 4 baldas repletas a rebosar y combadas por el peso de dos centenares de libros y seis décadas soportándolos.
Allí estaban los inmortales Tintín y Astérix, El Jabato y El Capitán Trueno, Julio Verne, Stevenson, Salgari,  Los 3 Investigadores, Enid Blyton con los 5 y  los 7 secretos, Andersen…y un surtido repertorio de los cuentos clásicos infantiles, encuadernados en tapa dura de gran tamaño, con letras descomunales y soberbias ilustraciones ricamente coloreadas.
Con ademán solemne y reverencial, deslizó los dedos sobre los tomos gastados y polvorientos. Extrajo uno al azar, resultó ser “Tintín y el templo del Sol”, lo abrió por el centro y enterró su rostro entre las páginas amarillentas, dejándose embriagar por el añejo perfume, el aroma sutil y evocador del papel viejo, largamente recluido tras los desvaídos barrotes negros.
Decidió llevárselo de recuerdo, nadie lo echaría de menos. Hablaría con el cura para negociar la compra del resto. Sin moverlos de allí, por supuesto, de su Hogar, de su Escuela. Podría venir a verlos de vez en cuando y charlar de los viejos tiempos.
Fotografió los discursos enmarcados y grabó un lento barrido de las mesas, la pizarra y los libros del armario. Después salió al pasillo con el Tintín bajo el brazo.
El ulular de una sirena cercana silenció momentáneamente el concierto de los gorriones y las chicharras. El reloj del campanario de la iglesia dio dos  campanadas. Una madre llamaba a su hijo a la mesa. Más lejos, hacia las colinas del Este, ladró un perro. Su aullido, prolongado y lastimero, resultó inquietante y descorazonador.
José Villamañe entró en la capilla. Sería su última visita por hoy. Ascendió por la escalera de madera hasta el corredor superior. Los cansados peldaños crujieron, como quejándose. Le recordaron el aullido del perro. Apoyado en la baranda, se recreó admirando el hermoso retablo rococó, artísticamente trabajado con arabescos y filigranas de fantasía en tonos dorados y púrpura.
Abajo, sobre el mantel del altar, destacaba la santa custodia del sagrario, como una casita de chocolate tocada por los dedos prodigiosos del rey Midas. Arriba del todo, cerca de las oscuras vigas del techo, se divisa el ángel exterminador del Apocalipsis, armado con la espada flamígera y con un atuendo que recuerda la sota de la baraja; lo flanquean sendos querubines con los carrillos hinchados por el esfuerzo de soplar la larga trompeta. Preside el retablo una Inmaculada Concepción, tipo Murillo, subida sobre la bola del mundo, y, asomando entre sus pies, el cuerno lunar sosteniendo la humillada serpiente. La expresión de rabia y maldad del ofidio de los demonios estaba plasmada con impresionante realismo. El diabólico reptil también había aparecido de vez en cuando, como estrella invitada, en las pesadillas de José Villamañe, haciendo causa común con el monje inquisidor.
A la derecha de la Virgen, hállase un desconocido santo con tonsura y a la izquierda un tal san Román Nonato, cuyo peculiar apellido siempre le había llamado la atención. Con el tiempo, averiguó que “Nonato” significa “no nacido”, y que  fue extraído del útero materno mediante cesárea después de que su madre falleciese durante el parto. El hombre, tras su accidentado alumbramiento, llevó una vida de provecho y hoy se le venera como el patrono de las matronas y las parturientas.  A ambos lados, sobre dos peanas de madera, custodiando el sagrado monumento, se encuentran las figuras de  San José, con el Niño de la mano, y el Sagrado Corazón de Cristo.
 En sus años de niño ya le había impresionado la magnificencia y majestuosidad del conjunto y contemplándolo ahora hubo de admitir que esa admiración infantil estaba más que justificada. La desidia del arzobispado ya no tenía nombre permitiendo la lenta ruina de aquel tesoro religioso y artístico. Cómo si un padre, con alimentos de sobra,  contemplara la lenta muerte de su hijo por desnutrición y no hiciera nada por evitarlo.
En las paredes desconchadas quedaban media docena de pequeños cuadros representando las estaciones de la Pasión. El resto, yacían tiradas por el suelo, algunas en varios pedazos.  Se sentó en un banco desvencijado y murmuró una oración.
Al salir, se acercó a la pila de agua bendita. Increíblemente, dentro había restos del líquido. Sobresaliendo del charquito pestilente, descubrió un indefinible bulto gris. Recogió del suelo una astilla desprendida del banco y hurgó en el interior. La puntiaguda cabeza de un ratón de campo, mus musculus, lo miró, insolente, con sus muertos ojillos negros, mientras rechinaba silenciosamente los afilados dientes.
Dejó caer la astilla y se retiró bruscamente con un gesto de instintiva repugnancia. Bueno, discurrió mientras salía, al menos el simpático roedor falleció bendito del todo.
Al retornar al pasillo, se sorprendió del silencio reinante. Las chicharras y los gorriones habían enmudecido. Se asomó a uno de los ventanales, aquél donde se estrellara el gorrión. En el patio, justo debajo de la ventana, un enorme gato negro devoraba con avidez el cuerpo del pájaro. De repente, el animal dejó de comer, alzó la peluda cabeza y se quedó mirándolo fijamente, con escrutadora y malévola intensidad. De su boca sobresalían varias plumas ensangrentadas y restos de vísceras.
El orondo felino lucía un hermoso pelaje leonado, enteramente del color del carbón excepto por una señal, pálida e indefinible, que recorría su garganta y que recordaba….
José, dudando si soñaba o estaba despierto, recorrió el pasillo cual potro desbocado, raudo atravesó el comedor y se asomó a la ventana.
Allí continuaban el caballo y el cabrito, amarrados al cerezo.  Ambos alzaron sus cabezas y lo saludaron, sucesivamente, con un lastimero relincho y un desmayado balido.
En cambio, el gato negro ajusticiado permaneció mudo por completo. Entre el enjambre de moscas y avispas, su cuerpo se balanceaba suavemente acunado por el cálido viento del Sur.
Se echó a reír al tiempo que gesticulaba violentamente. Un observador imparcial pensaría que había enloquecido de repente. Pues claro que el gato seguía allí. ¿Dónde coño iba a ir en tal lamentable estado? Eso le pasaba por leer a Poe. Como si los gatos linchados, cual cuatreros ladrones de ganado en el salvaje oeste, se descolgaran alegremente para merendar gorriones estrellados contra los cristales.
Tomó una foto del cerezo y sus tres peculiares inquilinos y cerró la ventana. En ese momento, recordó algo. Regresó al comedor, allí donde descubriera la pizarra magnética.
 ¿ Q  U  I  E  N  E  S          S  O  I  S ?
La pregunta permanecía intacta donde él la construyera. Nadie había respondido.
Menos mal, se dijo, pero bueno, ¿qué esperabas? ¿Qué los fantasmas dialogaran alegremente contigo? Meneó desdeñosamente la cabeza y rio de nuevo. Luego hizo una última foto y se largó a toda prisa.
En el pasillo se aseguró de que los seis ventanales quedaban firmemente atrancados. Se disponía a salir, cuando reparó en que el cuadro que había enderechado estaba otra vez torcido, incluso más que antes. Se encogió de hombros, ya estaba vacunado contra los sustos, y volvió a colocarlo correctamente.
Entonces, se le ocurrió que, además del álbum de Tintín, debería llevarse algún recuerdo material más de aquella jornada inolvidable. Así que, ni corto ni perezoso, descolgó el cuadro con la fotografía de Castropol, salió con su preciado doble botín a  la escalera de entrada y cerró la puerta.
De nuevo en el patio y antes de salir a la calle, tiró las últimas fotos y grabó los últimos minutos de vídeo, como un rito postrero  de conclusión y despedida.
El ojo de la cámara Sony reptó lentamente por entre las zarzas y la hiedra, alcanzó las columnas de piedra y comenzó a trepar por ellas al encuentro de los ventanales. Unos extraños reflejos procedentes de la ventana del medio le llamaron la atención. Activó el zoom para acercar la imagen.
Un día, José Villamañe, había agarrado el cable de un pastor eléctrico con las manos mojadas. La poderosa descarga convulsionó hasta la última fibra de su cuerpo y casi lo derriba sobre el campo. Así se sintió ahora. Como si un ogro gigante lo golpeara con un descomunal mazo. Esta vez, el grito salió a flote. El objetivo de la cámara se desvió bruscamente enfocando el tejado.
Cuando al fin consiguió recuperar el encuadre del ventanal, ya había desaparecido la perturbadora imagen, si es que alguna vez estuvo allí.
Sólo habían sido un par de segundos pero, aunque alcance la longevidad de Matusalén, el maestro rural jamás podrá olvidar las dos caritas infantiles pegadas contra los cristales.
Se trataba de un niño y una niña, seguramente hermanos, la similitud de sus rasgos macilentos era muy grande. No tendrían más de 7 años.
Pálido y tembloroso, se sentó y cerró los ojos. La fugaz visión se había grabado a fuego en su retina.
Las naricillas chatas y los pequeños labios remedando un beso imposible, aplastados contra el vidrio frío, y en sus ojos, muy abiertos, toda la pena y el desamparo del mundo, como un prolongado grito de horror, mudo e infinito.
José Villamañe abrió los suyos y su mirada extraviada vagó errabunda a su alrededor.
El reloj de sol se había parado. Las nubes grises que llegaban en tropel habían bloqueado sus engranajes. El rollizo gato negro había finalizado su festín y se había subido al tejado. Desde allí vigilaba atentamente a los gorriones, que alborotaban sobre el alero y el culmen del tejado de enfrente. Los grillos y las chicharras seguían cantando pero con menos fuerza, como si lo hicieran más por obligación que por placer.
Volvió a escrutar los ventanales. No había nada que no debiera estar allí.
Al fin, consiguió salir del estado de shock y se levantó de un brinco, como picado por un escorpión. Salió a trompicones y trató de cerrar la puerta. Tuvo que desistir. La llave entraba con cierta dificultad y su mano aún temblaba.
Se subió al coche y arrancó el motor. Se olvidaba algo. Regresó al patio y recogió el libro y el cuadro. Se sintió observado. No se atrevió a mirar los ventanales. Ahora, sin embargo, consiguió cerrar la puerta. 
De nuevo dentro del vehículo, miró rápidamente los retrovisores. ¿Qué reflejan los espejos cuando nadie los mira…?
Oyó un ruido siseante procedente del asiento de atrás. Sufrió otro violento sobresalto. El coche se caló al soltar el embrague de golpe. El sonido sibilino se repitió de nuevo. Masculló una maldición, al tiempo que se palmeaba la frente y se desplomaba sobre el asiento, soltando el aire retenido.
A continuación, descendió del auto, abrió la puerta de atrás y de un zarpazo rabioso apresó el teléfono móvil que seguía sonando con el timbre en modo vibración.
Arrancó de nuevo y volvió a inspeccionar los espejos, ahora con más calma. El del lado derecho se encontraba ligeramente torcido, sólo mostraba la acera y parte de la pared del palacio.
Accionó el botón corrector.
De nuevo el tiempo se paró y el universo se contrajo, concentrándose en el  brillante lateral dorado de su flamante Peugeot 308, recién salido de fábrica.
Mientras su espíritu levitaba de nuevo, surcando la estratosfera, el cuerpo mortal de José Villamañe, funcionando con el piloto automático, descendió del coche, armado con la cámara, y se puso a grabar el singular descubrimiento.
Visualizó, mentalmente, la pizarra magnética del comedor, del tamaño de una pantalla de cine.
 
 …..O  L  A…………….¿Q U I E N E S    S O I S ?..........................

Allí estaba la respuesta. Había encontrado las letras desaparecidas.

U  E  R  F  A  N  O  S            H  A  D  I  O  S              B  U  E  L  B  E

La declaración de una nebulosa y dolorosa identidad, una despedida y una súplica…
Mientras conducía de regreso a casa, con la cabeza exaltada y el corazón encogido, José Villamañe miró la cámara Sony que reposaba en el asiento del copiloto, con un centenar de fotos y dos horas de vídeo. Se preguntó si algún día reuniría el valor suficiente para ver las imágenes y los fotogramas allí almacenados.
Sea como fuere, se prometió a sí mismo que volvería. Lo repitió en voz alta, dirigiéndose a los pequeños inquilinos que lo habían mirado desde el ventanal. Nunca es demasiado tarde para que unos pobres huérfanos tengan compañía y reciban consuelo y, ya de paso, algunas lecciones de ortografía.
Dejaría transcurrir un periodo prudencial y, más adelante, de nuevo, regresaría al pasado, al encuentro de los viejos tiempos y sus errantes moradores.

                                                    FIN

 

 

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  • Tengo la sensación de haber catado un caldo añejado con mimo y precaución. Tiene todos los elementos de un Castelao auténtico. Descripciones minuciosas y ligadas a las emociones de los protagonistas, suspenso, reminiscencias, humor ácido y final sorprendente. La frase "¿Qué reflejan los espejos cuando nadie los mira?" ha quedado repicando en mi mente, al igual que el sagrario como casita de chocolate tocada por el Rey Midas. Un abrazo, Paco. Te has lucido!
    Un encuentro pausado con fantasmas de diferentes raleas, pero todos muy interesantes. El marco de uno de ellos, el pasado del protagonista, es como un escenario por el que a la vez van apareciendo los otros suavemente, como si no quisieran asustar al protagonista, aunque no por eso menos inquietantes. Tanto un escenario como el otro seducen y deleitan, envuelven al lector-expectador. Es una pena que termine, porque nos deja con ganas de ahondar más en toda la historia, pero en cualquier caso me gustó mucho.
    Apasionante y ameno es el viaje al que nos introduce este relato. Un viaje en el que acompañaremos a un profesor que sigue queriendo aprender. Un viaje en el que volveremos no sólo a nuestra infancia, sino a rememorar ciertos episodios históricos patéticos o hilarantes. Un relato en el que el humor del protagonista - véase al final, cuando se propone remediar la ortografía de los huérfanos- pone de manifesto su plena humanidad. Saludos.
    ¡Qué quieres que te diga! Yo nací en el 65, así que para mí este relato tiene un plus de verosimilitud, porque doy fe, sin restarle ningún mérito a la indudable calidad literaria del relato. Cuando se abren las compuertas del pantano de la memoria la corriente es incontenible. Y recuerdo con gozo, porque eso fue, los funerales del "vigía de occidente" y la coronación del cazador de elefantes (del fútbol no me acuerdo) que pude ver en la primera tele en color que acababa de entrar en mi casa; y en las escalinatas de la puerta de la iglesia eran los "sugus" (con las pesetas, y algún duro despistado) los que volaban a la salida de los bautizos. El final es de vértigo, trepidante. Lo único que lamento es el abandono del caballo y el cabrito bajo el cerezo. Saludos.
    No hay de qué, ha sido todo un placer, tanto literario, como recordatorio nostálgico de nuestra infancia y nuestra generación, pero si quieres saber algo más sobre la mía, pásate por mi relato..Juan, la Pirelli y les corts..eso claro, si tienes ganas...No te prometo tanto suspense como en el tuyo, pero sí equiparable en nostalgia...Un abrazo.
    Ahora ya sé lo que me fascina de tu novela: no es la cámara de Villamañe, sino tú estilo, tus descripciones. Tú eres la cámara, cuyo ojo atrapa al lector, dirigiendo sus miradas por esos rincones y esquinas repletas de nostalgia, pero a la vez también oscuras. A esto se le une, el verse identificado con la añornaza de los hechos que narras...Quién no se acuerda de la semana de vacaciones cuando Frnaco se murió, o las pesetas, "las rubias" al aire en los bautizos -pues soy nacido en el 63.-. Logras fascinarnos con ese ambiente, por un lado nostálgico y por otro lado, oscuro, cruel cuando se piensa en los gorriones Kamikazes o en el gato ahorcado, casi fantasmal, con sus espíritus al final . En definitiva, al menos yo, como lector, me quedo muy triste, como desamparado, cuando la historia llega a su fin.Qué bueno sería que tuviese continuación. Saludos y toda mi admiración por tan buena obra.
    Ahora ya sé lo que me fascina de tu novela: no es la cámara de Villamañe, sino tú estilo, tus descripciones. Tú eers la cámara, cuyo ojo atrapa al lector, dirigiendo su miradas por esos rincones y esquinas repletas de nostalgia, pero a la vez también oscuras. A esto se le une, el verse identificado con la añornaza de los hechos que narras...Quién no se acuerda de la semana de vacaciones cuando Frnaco se murió, o las pestas, "las rubias" al aire en los bautizos -pues soy nacido en el 63.-. Logras fascinarnos con ese ambiente, por un lado nostálgico y por otro lado, oscuro, cruel cuando se piensa en los gorriones Kamikazes o el gato ahorcado, casi fantasmal, con sus espíritus al final . En definitiva, al menos yo, como lector, me quedo muy triste, como desamparad,o cuando la historia llega a su fin.Qué bueno sería que tuviese continuación. Saludos y toda mi admiración por tan buena obra.
    Perfecto relato de suspense/terror, no le falta de nada, con una recreación impecable, un ritmo que te va metiendo en la situación y pone el pelo de punta con la solución del enigma, si que habría que echarle valor para visionar los videos, pero más aún habría que echarle para volver a visitar a los huerfanitos. Bravo, un trabajo excelente, sin excesos ni faltas, absolutamente redondo, saltando de la ensoñación a la pesadilla del terror psicológico y paranormal, sólo me fastidia tener que haber tenido que esperar para terminarlo, un saludo amigo Paco.
  • Las guerras dejan muchas heridas; a veces, las peores son aquellas que no se ven...

    Desde siempre, las noches de Luna llena han sido escenarios abonados donde germinan las historias más singulares...

    42 minutos....2.520 segundos....ni uno más, ni uno menos... es el tiempo que tiene José Villamañe para localizar el cofre con los 7 lingotes...

    HORA: 20.00…Transcurrido: 660 min…Restante: 117 min.

    HORA: 18.40…Transcurrido: 580 min…Restante: 197 min. José Villamañe tiene algo más de 3 horas para encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    Y en búsqueda de los 7 lingotes, llegamos al capítulo VII. A medida que se acerca el final, la carretera se empina cada vez más y las curvas retorcidas se vuelven más traicioneras por momentos...

    Cada vez más cerca, cada vez más cerca...pero aún tan lejos...cuidado...porque el tiempo es oro...

    Enigma tras enigma, José Villamañe sigue aproximándose a ese tesoro oculto...

    Paso a paso, enigma tras enigma, minuto tras minuto, José Villamañe sigue acercándose al preciado tesoro con un valor estimado de 252.000 euros.

    José Villamañe continúa la carrera contrarreloj para descifrar los enigmas que le permitan encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

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Desde niño, he tenido en los libros a mis mejores amigos y "quién tiene un amigo, tiene un tesoro " ; al día de hoy, sigo buscando cofres enterrados y disfrutando del botín. Os invito a conocer mi blog: castroargul3.blogspot.com.es

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